Capítulo 60. Tras el colapso #2
Volvió el volumen hacia mí. El dibujo era tosco y antiguo, pero reconocí los seres monstruosos de inmediato. Bestias que desafiaban cualquier descripción, con demasiadas articulaciones, demasiadas patas, demasiados dientes.
—Son los monstruos fabulosos de las Tierras Malditas de Vaerhuun —explicó—. Pero esas tierras llevan milenios selladas, desde antes incluso de que los cuatro reinos se separasen. Y las bestias murieron hace mucho.
—Entonces ¿por qué las he visto?
—No lo sé. —Estudió la página con mucha atención.
Me eché atrás y me apoyé en el escritorio, evitando con todo cuidado que mis ojos se posaran en él.
—El hilo del destino que me llevó a la puerta estaba entrelazado con el mío. Y con el de Thatcher.
—Y esa mujer que viste… ¿dices que te miró directamente?
—Sí. Casi como si pudiera verme allí, observándolo todo.
—Eso no debería ser posible. —Frunció el ceño—. Las profecías son ecos de futuros potenciales, no ventanas. Que ella te viera significaría que…
—¿Qué?
—Que existe fuera de los límites temporales normales. —Cerró el libro despacio—. O que es lo bastante poderosa para ver a través del propio tiempo.
—Eso da un poco de miedo.
Dejó el libro a un lado.
—La verdad, espero que se haya tratado de una anomalía fortuita y nada más.
—¿Y si no?
—Nos hemos concentrado en Olinthar. En quitarlo de en medio. —Mantenía el control de la voz, pero yo percibía la tensión subyacente—. Pero, si hay algo removiéndose en Vaerhuun…, eso ya no es una amenaza política, sino existencial.
—Tienes miedo.
Sus ojos se posaron en mí.
—Soy pragmático. No es lo mismo.
Aquellas palabras fueron seguidas de un silencio espeso, cargado de acusaciones implícitas. Acaricié con el dedo las marcas grabadas en la superficie de la mesa, y los recuerdos de las últimas semanas volvieron a mí en tropel.
—Es gracioso que estemos hablando del fin del mundo —comenté al cabo— cuando no puedo ni mirar este escritorio sin recordar…
Se le dulcificó la expresión.
—Te entiendo.
—Ahora es todo tan complicado… —Desvié la vista, incapaz de mirarlo a los ojos.
—Thais… —Pronunció mi nombre con una gravedad que no supe descifrar.
—No, déjame que acabe. —Inspiré hondo y, aunque me resultara difícil, le sostuve la mirada—.
Los dos hemos guardado secretos, y, en ambos casos, por buenos motivos.
Pero, ahora, con todo lo que está ocurriendo…
La ruptura del dominio, el Forjado de mañana…
No quiero que queden cosas sin decir entre nosotros.
Me observó un rato y su rostro perdió la expresión hostil.
—¿Crees que podrías perdonarme? —Las palabras se le escaparon de repente mientras se frotaba la cara—. No sé ni cómo voy a reaccionar si no me perdonas.
Le clavé la mirada. Mi corazón, el muy traidor, también lo necesitaba. Necesitaba que las cosas entre nosotros se arreglasen, al menos hasta donde fuera posible.
—Solo si tú también me perdonas a mí.
—Para que lo sepas, hacerte daño es lo peor que he hecho en mi vida —murmuró—. No se repetirá jamás.
—Y yo no… No tuve en cuenta lo que te pasaría si nuestro plan se iba al traste.
—Habría sido mi perdición. Necesito que lo comprendas.
—Lo siento.
—Yo también lo siento, estrellita.
Nos sumimos en un frágil silencio.
—Temía la llegada de este momento. Odio que vayamos a pasar así nuestra última noche. —Su mirada pareció traspasarme y llegar más allá—. Aunque sabía que se cernía sobre nosotros, tenía la esperanza de que no llegase jamás.
—Eso no suena muy pragmático —hice notar.
—La idea de perderte… —No terminó la frase—. No sé si podría soportarlo. Creo que no.
Nuestras miradas se cruzaron, y en la suya vi que ardía una llama.
Fui a decir algo, pero no me salieron palabras.
¿Qué quería que dijera? Claro que era muy duro.
Lo nuestro era un asunto pendiente, sin resolver.
No había una ruptura clara, solo bordes mellados.
Sus palabras eran dolorosas e injustas, pero, a la vez, las que yo quería oír.
—No digas eso —susurré—. Me pone las cosas aún más difíciles. Necesito que lo aceptes, Xül, y que dejes de jugar a ese juego conmigo.
—¿Te crees capaz de darlo todo por terminado? —me preguntó con los ojos entornados—. ¿Así, sin más?
—Debemos ser capaces los dos. Ya lo sabes.
Con un movimiento fluido, giró y me acorraló contra la fría pared de piedra. Me puso las manos en la cara y me hundió los dedos en el pelo, al tiempo que me acariciaba con ternura los pómulos. Cada fibra de mi ser me gritaba que me apartase.
—¿Y si lo cancelo? —susurró mientras sus ojos inspeccionaban los míos con desesperación—. ¿Y si me niego a casarme con ella?
La pregunta quedó suspendida en el aire, imposible y electrizante. Me lo quedé mirando, con el corazón desbocado, incapaz de responder.
—A estas alturas no puedes echarte atrás. —Lo aparté de un empujón.
—Dime que no cambiaría nada —exigió con una mirada ardiente—. Si me lo pides, me alejaré de ti, lo haré, pero para eso te tengo que oír decírmelo.
—¡No! —grité, pero se me quebró la voz—. Tienes que ser tú quien decida apartarse. Así que adelante.
Apoyó la frente en la mía y cerró los ojos.
—En tal caso, dime que luche por lo que tenemos. Por nosotros.
—Sabes que no puedo —respondí. Las palabras dolieron al abandonar mis labios—. Lo estropearía todo. Llevas diciéndolo desde el principio. No puedes cambiar de opinión de un momento a otro, y menos a estas alturas. Tu padre no te dejaría.
—A la mierda mi padre —gruñó—. Que se vayan todos a la mierda.
—No hablas en serio, Xül. Estás asustado porque, de pronto, todo se hace muy real. Has comprendido que mañana ya no estaré aquí. —Ladeé la cabeza; quería que me entendiese bien—. Si lo cancelas, más adelante lo lamentarás. Y no pienso permitirlo.
—Deja de intentar razonar conmigo. —Cerró los dedos que me sujetaban del pelo—. Esto me está destrozando, Thais.
—Xül…
—No lo entiendes —me interrumpió—. Te quiero, estrellita. Estoy enamorado de ti.
Se me paró el corazón. «Amor».
Inspiré con fuerza.
—Pero ¿basta con eso, Xül? —le susurré—. ¿Con todo lo que está pasando? ¿De verdad es suficiente?
—No eres la única cuyo padre es un hipócrita. El mío escogió el amor por encima del deber y estuvo a punto de acabar con el reino. —Xül inspiró y se me acercó más—. Que me condenen durante toda la eternidad si no soy capaz de hacer lo mismo. Por ti quemaría Voldaris hasta los cimientos.
Me faltaba el aire. No podía pensar. Aquella confesión me había desnudado, me había dejado indefensa frente al maremoto que se desataba en mi pecho.
Se abalanzó sobre mí y sus labios chocaron contra los míos con una avidez desesperada. Luego, sus manos se alejaron de mi rostro y bajaron a la cintura para apretarme contra él. Jadeé contra sus labios mientras nuestros cuerpos se entrelazaban.
—Xül —susurré cuando sus labios pasaron de mi boca a la mandíbula y descendieron por el cuello—. Si hablas en serio…
Soltó un gruñido.
—Iría a la guerra por ti —murmuró con la respiración entrecortada—.
No pienso ocultarlo más. Se acabó hacer lo que me pidan los demás.
Ya basta. Ahora voy a tomar yo las decisiones, y te elijo a ti.
Dime que también es lo que quieres tú —me susurró con los labios en el cuello; ya me estaba desabrochando el vestido—. Que serás mía.
En respuesta, atraje su rostro hacia mí e introduje los dedos entre sus trenzas. Era todo lo que quería. Su sabor, el contacto de sus manos en mi piel, la fuerza con que me levantó mientras yo le rodeaba la cintura con las piernas.
—Eres todo lo que voy a querer jamás —confesó entre beso y beso—.
Mientras quieras, seré tuyo, Thais. La eternidad es muy larga, y sé que te estoy pidiendo mucho.
Y que existe la posibilidad de que cambies de opinión, sea dentro de un año o dentro de mil.
—Dejó de hablar y me miró a los ojos—. Si llega ese día, se me parará el corazón. Solo late por ti, Thais.
—Ya soy tuya, Xül —murmuré—. Hace tiempo que lo soy.
—Mañana se lo contaré todo a mi padre —gruñó con los dedos clavados en mis muslos—. Después del Forjado dejaré de ser su marioneta.
—No se lo va a tomar muy bien —avisé, sin aliento.
—Casi seguro que no —respondió Xül—. Pero ya he jugado demasiado tiempo a sus juegos. Ahora voy a tomar lo que quiero. —Me recorrió con ojos hambrientos y posesivos.
Cuando nuestras bocas se encontraron no fue con ternura, sino con una certeza que nos caló hasta los huesos; los dientes se toparon, las lenguas pelearon para hacerse con el control.
Le mordí el labio inferior hasta hacerle sangre y su gruñido me resonó en la boca; el sabor metálico hizo que me diera vueltas la cabeza.
Me cogió del culo y, sin esfuerzo, me levantó y me llevó al otro lado de la estancia. Despejó el escritorio con un violento ademán del brazo; pergaminos y tinteros rodaron por el suelo. Me lanzó sobre la superficie pulida y sentí su frescura contra mi piel enfebrecida.
—Parece que tenemos cierta propensión a los escritorios, ¿no crees, estrellita? —murmuró, y noté sus dientes en la oreja—. Durante todas esas aburridas sesiones del consejo, en las negociaciones…, solo podía pensar en aquella noche.
—Entonces ¿a qué estás esperando?
Su mirada se hizo más intensa. Llevó los dedos a los cierres de mi camisa y trató de abrirlos con impaciencia.
—Debería arrancártela —murmuró, tironeando del delicado tejido.
—Adelante —le propuse; su contacto me hacía arquear la espada—. Quiero oír cómo se rompe.
Una sonrisa pícara le asomó a los labios. Agarró el corpiño y tiró de él, con un sonido que restalló por todo el estudio. La ráfaga repentina de aire fresco en la piel desnuda me arrancó un escalofrío, pero no fue nada en comparación con el efecto que me produjo su mirada de reverencia.
—Eres la puñetera perfección —gruñó. Sus manos buscaron enseguida piel desnuda.
Yo me peleaba con su camisa, frustrada por lo complicado que era desabrochársela.
—Quítate eso —exigí—. Ahora mismo.
Su risita burlona hizo que me corrieran escalofríos por la espalda.