Capítulo 60. Tras el colapso
E l portal que llevaba a la Aguja de Hueso se cerró a nuestro paso.
Nos quedamos allí parados, en los familiares salones de piedra negra, en silencio.
—Tengo que contactar con los otros —dijo Xül mientras se ponía en marcha—. Aelix, estoy seguro de que mi padre convocará una reunión.
—Asistiré —aseguró Aelix—. Cuanto antes comprendamos lo que ha pasado, mejor.
Esperé a que Xül me mirase, pero mantuvo la vista clavada en Aelix.
—Xül —le dije—, tengo que hablar contigo.
—Ahora no, Thais. —Seguía sin mirarme—. Esto es más importante.
—Vamos. —Marx me cogió del brazo y me habló en voz baja—. Que se encarguen de esos asuntos divinos tan misteriosos; tú y yo podemos asaltar la cocina.
Aunque sentía una opresión en el estómago, la dejé sacarme de allí. Oí que a nuestras espaldas se abría otro portal.
—Tiene miedo —me explicó Marx en cuanto nos quedamos a solas en una salita de la Aguja de Hueso. Con un gesto grácil y descuidado, se dejó caer en un sillón de terciopelo y clavó los codos en los reposabrazos—. Los hombres siempre se comportan de un modo muy raro cuando están asustados.
Me hundí en un sillón, frente al suyo.
—Desde luego, es muy peculiar.
—Dices que no se preocupa, pero bien que se dio prisa en salvar a Thatcher con aquellas manos de los muertos —observó Marx.
—Ahora mismo no quiero hablar de eso.
Se llevó las rodillas al pecho.
—Ya me imagino. —Suspiró—. ¿Podemos hablar del otro tema tabú? ¿O eso también está vedado?
Puse los ojos en blanco.
—¿A qué tema tabú te refieres, en concreto?
—A la resistencia. —Bajó la voz—. Ahora las dos estamos metidas.
Asentí despacio.
—Eso parece.
—Una cosa es estar al tanto y otra, estar dentro. —Tiró de un hilo suelto del sillón—. ¿Crees que, si ascendemos, nos pedirán formalmente que nos unamos?
—Si sobrevivimos, es muy probable.
—Cuando —me corrigió Marx—. Cuando sobrevivamos. —Se me quedó mirando—. Si te lo piden, tienes pensado decir que sí, ¿verdad?
—Mi hermano ya les ha prestado juramento. No voy a dejarlo solo.
—¿Y Xül?
—¿Qué pasa con él?
—No te hagas la tonta. Tienes una relación con el príncipe de la muerte, y su padre lidera todo el asunto. No es lo que llamaríamos una posición neutral.
—No tenemos ninguna relación, Marx. Ya no.
—Entonces ¿se ha acabado y ya está?
—Pero si tú no has parado ni un momento de decirme que era mala idea…
—Sí, bueno… —Marx tuvo el detalle de mostrarse contrita—. Eso era antes.
—¿Y ahora estás a favor de Xül?
—Estoy muy a favor de no morir con remordimientos. —Me tiró un cojín—. Mira, mañana nos convertiremos en diosas o moriremos en el intento. Y, de un modo u otro, tú has estado tonteando a escondidas con el hijo de la muerte sin que te pillen.
—Está comprometido y va a casarse.
—Lo único que digo es que, si has llegado hasta aquí sin que te caiga encima un castigo de los dioses, puede que ese sea tu destino. —Agitó las cejas—. Además, ¿has visto cómo te mira? Es tan raro que asusta.
—No digas tonterías.
Se encogió de hombros.
—No sé, igual me equivoco. Total, solo soy la chica que os ve follaros con la mirada cada vez que estáis en la misma habitación.
—¡Marx!
—¿Qué pasa? Es verdad. —Se puso seria un instante—. Hoy, cuando importaba, te ha elegido a ti, Thais.
—En todo caso, y como he dejado muy claro al principio —murmuré—, es un asunto que no quiero tratar en este momento.
Marx levantó los brazos para fingir que se rendía.
—Lo que tú digas, Morvaren.
—¿Cuántos nos hemos salvado hoy? Me he olvidado de contar.
—Cuatro. —Se incorporó en el sofá—. Aelix dice que el Forjado no es como los otros Juicios. Lo supervisa el propio Olinthar. Nada de juegos ni de trucos; solo una prueba para ver si podemos blandir el poder divino sin que nos destruya.
—Menudo consuelo.
—No puedo ni imaginarme —señaló Marx— lo que tiene que ser para ti estar en su presencia.
—Es casi insoportable, la verdad. Pero lo mío no es nada comparado con lo que tiene que pasar Thatcher.
Marx asintió en silencio.
—¿Tienes idea de qué dominio escogerás? —me preguntó. Se levantó y se fue a la ventana a contemplar el cielo carmesí.
¿Tendría sentido que me quedara donde ya estaba?
Si aquello había sido casi un hogar para mí, se debía a Xül.
Su presencia dominante en el castillo negro.
Las sesiones en la playa que se abría al mar de color medianoche.
La Ciudad Eterna y sus fieros jardines, donde la belleza florecía incluso en la oscuridad.
Cómo había pasado de ser mi carcelero a mi tutor, y luego a… lo que fuese.
Xül seguía siendo una enorme incógnita. Era difícil creer que todo aquello llegaba a su fin. Que tal vez dejara aquel dominio al día siguiente y, al caer la noche, durmiese en otro distinto.
El corazón me dio un vuelco solo de pensarlo. Marcharme de allí, tras todo lo que había ocurrido. No ver los cielos carmesí ni los mares negros al levantarme. No percibirlo al otro lado del pasillo, ni sentir su complicada pero reconfortante presencia.
No sabía si en los otros dominios habría sitios como los acantilados desde los que Xül y yo habíamos contemplado las estrellas, si encontraría alguno que diera al mar, que me evocase recuerdos de Cresta Salada y de Draknavor.
O tal vez no debiera querer eso, sino algo nuevo, que no me recordase todo lo que había perdido.
Thatcher estaría en Sundralis.
Quizá debería seguirlo allí.
Había tantas posibilidades que la cabeza me daba vueltas; pronto, mi mente se sumió en futuros más oscuros.
La boda que sellaría la alianza política de Xül.
Nyvora, que lo reclamaría como suyo. ¿Se mudaría a Draknavor y convertiría el lugar en un recordatorio diario de lo que yo no podía tener?
¿O Xül se iría, abandonando su refugio en los confines del mundo?
Tal vez repartieran el tiempo entre un dominio y otro.
No creía que fuera capaz de verlos juntos, al menos durante mucho tiempo seguido. No iba a enfrentarme a algo así década tras década.
Al pensarlo sentí una opresión en el pecho.
El paso del tiempo. La eternidad. No conseguía imaginar lo que eso representaba.
¿Tendría el corazón destrozado para siempre o se curaría con el tiempo, como daban a entender tantas historias?
O quizá, cuando la inmortalidad hundiera sus garras en mí, la cosa fuera diferente y los sentimientos conservasen para siempre una intensidad luminosa, ardiente y terrible.
Había visto la biblioteca de Xül, llena de diarios en los que se describían siglos de existencia. ¿Cuántas de aquellas páginas reflejarían corazones rotos? ¿Cuántas, amores perdidos o no correspondidos?
Pasaron varias horas antes de que se abriera un portal. En cuanto apareció me puse en pie de un salto, y Marx hizo lo mismo.
Xül y Aelix lo cruzaron. Me bastó mirarlos a la cara para saber que las noticias no eran buenas.
—¿Y bien? —preguntó Marx al ver que ninguno de los dos decía nada.
—Vorinar no se ha presentado —respondió Aelix, sombrío—. Su asiento en la reunión estaba vacío.
—Eso es preocupante —respondí.
—Desde luego —confirmó Xül con voz tensa y controlada—. Y muy impropio de él.
—¿Y cómo han reaccionado los demás? —preguntó Marx.
—Con confusión. Inquietud. Sospecha. —Aelix se alisó el pelo con la mano—. Algunos creen que está detrás del colapso del dominio. A otros les preocupa que le haya podido pasar algo.
Aelix se detuvo junto a Marx.
—Deberíamos irnos. Tienes que descansar para prepararte para mañana.
Marx nos miró a Xül y a mí; era obvio que se resistía a marcharse.
—¿Seguro?
—Vete —le dije.
Me dio un rápido abrazo.
—No te mueras antes de convertirte en inmortal, ¿vale? Sería todo un anticlímax.
Pese a la situación, sonreí.
—Haré lo que pueda.
En cuanto se marcharon, Xül echó a andar sin decir ni una palabra. Lo seguí hasta su estudio. Al ver el escritorio tuve que controlar un respingo. Aquellos recuerdos seguían siendo dolorosos.
Xül ya se había puesto manos a la obra y extraía libros de su colección personal.
—¿Qué buscas? —le pregunté.
Ni levantó la vista.
Me acerqué y leí los lomos de los libros que había reunido. Arquitectura divina. Estabilidad de los reinos a lo largo de las eras.
—Antes te marchaste muy deprisa —continué.
—La situación requería rapidez.
—Te preocupa algo, y no es solo Vorinar.
Me miró por fin, y la máscara se quebró.
—Los dominios no se… rompen, Thais. La infraestructura divina ha existido durante milenios sin un solo fallo.
—Entonces ¿qué ha podido provocar lo ocurrido?
—Eso es lo que me preocupa. —Señaló los textos con un gesto—. O había un defecto en los mismísimos cimientos del propio dominio, o…
—¿O qué?
—O hay algo que se mueve entre nosotros y que tiene poder suficiente para hacer pedazos el dominio de un dios.
Nuestras miradas se cruzaron sobre el caos de libros y material de investigación. Los dos pensábamos cosas que no queríamos decir en voz alta. La resistencia se debía a que Olinthar se había convertido en un tirano. Pero ¿y si la amenaza era mucho más temible?
—Tengo que contarte lo que vi en el santuario —anuncié por fin con voz calmada.
Levantó la vista y sus ojos disparejos buscaron los míos. Luego, la mirada se volvió fría.
—¿Ahora te vas a mostrar sincera?
Apreté los dientes al oír el reproche en su voz.
—No hagas eso.
—Que no haga ¿qué?
—Fingir superioridad moral.
—No era consciente de estar fingiendo. —Dejó el libro con sumo cuidado—. Adelante, háblame del santuario.
—Mientras estaba allí se reveló una profecía. Antes de que todo se fuese a la mierda.
Eso atrajo su atención.
—¿Qué encontraste?
—Más bien, qué me encontró a mí. —Inspiré hondo. Luego, se lo conté todo. La profecía viviente, las visiones de la realidad que se fracturaba, las hordas de bestias. Y la mujer.
Mientras yo lo describía, Xül se quedó inmóvil. Cuando terminé se dirigió a otra estantería y sacó un tomo de aspecto más antiguo que los demás. Estaba encuadernado en algo que parecía una piel escamosa.
—Eso que has contado me recuerda… —Fue pasando páginas—. Pero no es posible.
—¿De qué se trata?