Capítulo 59. Cuando el destino se desenmaraña
M e puse en pie a toda prisa y giré hacia la puerta, pero había desaparecido, sustituida por una pared de piedra lisa.
«¡Thais! —La voz mental de Thatcher estaba teñida de pánico—. ¿Qué ha pasado?».
«Estoy en el santuario —respondí intentando evitar que mi miedo traspasara nuestra conexión—. Vance me ha empujado dentro, y la puerta ha desaparecido».
«Aguanta. Voy a encontrar la forma…».
«¡No! —Lo último que necesitaba era que se matase tratando de rescatarme—. Céntrate en los hilos, a ver si averiguas cómo separarlos. Ya me encargo yo de esto».
Capté la reticencia de Thatcher, pero también que sabía que yo tenía razón.
«Ten cuidado».
El hilo gris se extendía más allá.
Di una vuelta completa para examinar mi prisión.
El santuario era circular, con el techo en cúpula, más pequeño de lo que esperaba.
Pero las paredes irradiaban poder. Los símbolos fluían por ellas, se reconfiguraban ante mis ojos, formando palabras en idiomas desconocidos que se disolvían para dar paso a otras.
En el centro de la cámara había un gran telar, y el hilo gris salía directo de él.
Y por encima colgaba un velo.
Lo observé, paralizada entre el terror y el asombro, mientras empezaba a tomar forma y mostrar visiones en las que la existencia se resquebrajaba. Vi fracturarse las barreras que separaban los mundos; la oscuridad presionaba los límites de la realidad con impaciencia voraz.
Por los desgarrones se derramaban criaturas que avanzaban como una plaga por parajes que no reconocía, devorándolo todo a su paso.
La visión cambió, y entonces la vi.
Una mujer se erguía ante las hordas interminables. Era joven y tenía el pelo del color del hilo que me había llevado hasta allí. Rizos gris tormenta caían alrededor de un rostro, bello a su manera terrible y poderosa.
Levantó una mano y el pesadillesco ejército se detuvo.
Entonces giró y me miró a los ojos. Los suyos eran rojo sangre.
Nuestras miradas se encontraron a través del tiempo, y había fuego en la de la mujer. Sabía que yo la veía.
Aparecieron más escenas, pero no pude concentrarme en ellas.
Porque, de repente, el suelo se estremeció.
El santuario se estaba disolviendo.
Las paredes fluctuaban, entre sólidas y transparentes. Las imágenes que antes fluían a la perfección chispeaban y se extinguían. Hasta el Telar comenzó a difuminarse; sus hilos se apagaban uno por uno.
Algo marchaba espantosamente mal.
Por los dioses, las consecuencias de invadir aquella sala me estaban alcanzando.
«¿Sigues ahí, Thais? —preguntó Thatcher con angustia a través del vínculo—. Está pasando algo. Todo se está…».
Un momento.
«¿También está pasando ahí fuera?», transmití.
La realidad dio una sacudida.
De pronto estaba en la antecámara en la que habíamos empezado, jadeante y desorientada.
No estaba sola. Thatcher se materializó a mi lado; después, Marx, y luego, Vance. Joder, había sobrevivido, cómo no. De no ser porque el repentino cambio me había distraído, me lo habría cargado en el sitio.
—¿Qué demonios acaba de pasar? Estaba a punto de alcanzar mi marca —protestó Marx.
Me bajé la vista a las manos. Ninguno de nosotros tenía su marca. El Juicio había terminado, sin más.
La mano de Thatcher alcanzó la mía. «¿Estás bien?».
«Sí». Le apreté los dedos. Necesitaba la confirmación física de que los dos estábamos allí, con vida.
El aire se agitó y empezaron a llegar las Leyendas. Xül fue el primero en aparecer, con cara de absoluto desconcierto. Lo siguió Aelix; luego, Chavore, y, a continuación, otros a los que no reconocí. Todos parecían confundidos; se miraban atónitos y cuchicheaban.
—Esto no tiene precedentes —oí murmurar a alguien.
—¿Y Vorinar? —preguntó otro—. ¿Qué ha pasado?
Los ojos de Xül se encontraron con los míos en mitad del caos, con una pregunta para la que yo no tenía respuesta. Negué ligeramente con la cabeza: no tenía ni idea de a qué se había debido aquello.
Entonces apareció Vorinar.
Pero algo iba mal. El anciano aesymar que hablaba en acertijos y se movía con el peso de los eones estaba muy erguido, rígido, y sus ademanes eran mecánicos. Sus túnicas aún mostraban constelaciones, pero estaban inmóviles. Tenía los ojos apagados y vacíos.
—El Juicio ha concluido —anunció, y en su voz ya no estaba la resonancia de antes. Tampoco las adivinanzas ni la sabiduría críptica; solo palabras sencillas—. Ha habido un error. Todos los supervivientes pasarán mañana al Forjado.
—¿Un error? —Chavore dio un paso al frente—. ¿Qué…?
Pero el aesymar del destino ya se había esfumado. Sin un portal ni un desvanecimiento progresivo; estaba allí y de repente ya no.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
—Jamás había pasado nada parecido —dijo Aelix en voz baja, perdida su calma habitual.
Xül se abrió paso hacia nosotros con cara de estudiada neutralidad, pero capté su mirada calculadora. Sabía algo.
—El juramento de sangre… —murmuró en voz tan baja que solo yo lo pude oír—. Ahora que todos están distraídos y, gracias a la inestabilidad de los dominios, no hay portales de visualización.
Miré a Thatcher. «Ha llegado el momento».
Asintió con un ligerísimo movimiento de cabeza.
—Miria está entreteniendo a Chavore —susurró Xül casi sin mover los labios—. Pero tenemos que darnos prisa.
Nos alejamos del grupo, y Xül nos guio a una hornacina oscura en la que las grietas de la realidad creaban distorsiones visuales. Cualquiera que mirase en nuestra dirección vería tan solo reflejos fragmentados.
—Tu mano —le dijo Xül a Thatcher, e hizo que se materializara un puñal.
—Antes tengo una petición —dijo mi hermano.
Xül miró alrededor con los ojos entrecerrados.
—No andamos sobrados de tiempo, así que date prisa.
—Estoy de acuerdo con todo lo que me ha dicho Thais, pero quiero que dejéis al margen a Chavore.
«¿Qué?», transmití clavándole la mirada.
«No está involucrado en ninguno de los planes de Olinthar. Estoy seguro; hazme caso».
—Es un precio muy alto —gruñó Xül.
—Es innegociable. —Thatcher se puso muy recto y se cruzó de brazos.
Xül me lanzó una mirada de reojo, aún con los ojos entornados. Me encogí de hombros.
—De todas formas —dije—, no vais a por él, sino a por Olinthar.
La irritación de Xül era palpable, pero cedió y alargó la mano hacia Thatcher.
—De acuerdo. Ya se me ocurrirá algo.
Thatcher asintió y extendió la mano con la palma hacia arriba.
—Pronuncia el juramento —dijo Xül—. Pero elige bien tus palabras, porque son vinculantes.
Thatcher lo miró a los ojos.
—Juro por mi sangre que me opongo a Olinthar. Nunca estaré a su servicio de verdad, y, en cuanto surja la ocasión, haré lo necesario para provocar su caída.
—Tienes que jurar lealtad a mi padre —añadió Xül.
—Juro lealtad a las fuerzas que se oponen a Olinthar.
La mandíbula de Xül se agitó.
—Eres tan difícil como tu hermana.
—Ya lo sé —dijo Thatcher, y se encogió de hombros.
Xül suspiró y pasó la hoja por la palma de la mano de Thatcher. Brotó la sangre.
—Unidos por la sangre, jurados por la sangre —entonó. Se hizo otro corte en la mano y juntaron las palmas.
Thatcher puso cara de dolor, pero no se apartó hasta que Xül lo soltó.
—Ya está —dijo Xül en voz baja—. Mañana, después del Forjado, te consagrarás a Sundralis según lo previsto. Desempeñarás el papel de un súbdito leal y te acercarás a Olinthar. Y esperarás tu momento.
—Sé a qué me comprometo.
—Tenemos que volver a nuestros dominios —la voz de Chavore resonó en la sala— hasta saber a qué se ha debido esta inestabilidad.
Las otras Leyendas murmuraron en conformidad y empezaron a abrir sus portales. La antecámara que se nos hacía tan opresiva al llegar parecía entonces frágil, en cierto modo más irreal.
Vi a Chavore al otro lado de la sala; su expresión pasó de la preocupación general a la concentración mientras buscaba a su competidor. Me pregunté cómo se habría ganado la simpatía de Thatcher. Tendríamos que hablar de ello más adelante.
—Las manos en los bolsillos, Morvaren —dijo Xül, y se alejó con naturalidad.
«Bueno, ha sido menos teatral de lo que me figuraba —dijo Thatcher a través de nuestro vínculo—. Tengo que volver con Chavore antes de que venga a buscarme».
Me dio un apretón en la mano y caminó hacia su mentor. Estaba bastante cerca, quizá a unos diez pasos.
Thatcher había recorrido la mitad cuando el suelo pulido de la antecámara se partió.
No se resquebrajó ni tembló de antemano. En un momento era un suelo sólido y al siguiente se había abierto bajo sus pies.
Y entonces mi hermano se precipitó hacia abajo.
—¡Thatcher! —grité mientras me lanzaba adelante.
Pero estaba muy lejos.
Corrí hasta la fisura. Ya era tarde. Y de pronto…
Unas manos esqueléticas brotaron del abismo.
Atraparon a Thatcher con una delicadeza sorprendente, lo rodearon con sumo cuidado y lo subieron hasta sacarlo de la grieta.
Xül estaba de pie en el borde. Las manos de los muertos obedecían sus órdenes, y las había usado para sujetar a Thatcher, que se arrastró hacia mí.
Me abalancé sobre mi hermano antes de que se hubiera dado cuenta de que estaba a salvo, y lo rodeé con los brazos tan fuerte que gruñó.
—Odio la caída libre —murmuró contra mi hombro. Le temblaba la voz por mucho que intentase bromear.
Me aparté lo bastante para mirar a los ojos a Xül, que se limitó a asentir.
Chavore apareció en el acto y se puso a inspeccionar a Thatcher en busca de lesiones. Sus ojos se posaron en Xül, a caballo entre la desconfianza y la gratitud.
—Gracias —dijo al fin, con tono rígido y formal.
Xül inclinó un poco la cabeza.
Se quedaron mirándose un momento, dos príncipes, viejos rivales. Chavore tendió la mano.
Xül se la estrechó. El apretón fue breve, pero lo presenciaron todas las Leyendas que estaban allí, un momento de unidad ante un caos sin precedentes.
—Vamos. —Xül se me acercaba a paso firme.
Asentí, pero no aparté la vista de Thatcher mientras Chavore lo conducía a su portal. Mi hermano volvió la cabeza, y vi mis propios pensamientos reflejados en su cara.
Habíamos sobrevivido a otro Juicio, pero los dioses estaban alterados. La sorprendente conducta de Vorinar, el colapso del dominio, la forma en que la realidad se deshilachaba… Nada de aquello parecía un buen augurio para el Forjado del día siguiente.
«Mantente a salvo», le dije a Thatcher a través de nuestro vínculo.
«Tú también. Y… otra cosa. —Se detuvo frente al portal de Chavore—. No sé qué pasa entre Xül y tú, pero intentad que no se os note tanto».
Torcí el gesto y a continuación seguí al guardián.