The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 58. El tapiz de los destinos #2
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Capítulo 58. El tapiz de los destinos #2

—Una cosa más —dijo Aella, y en su mano surgieron lo que parecían semillas cristalinas. Las lanzó hacia los portales, donde desaparecieron con pequeños estallidos—. He esparcido regalitos por ahí. Los denomino «simientes de caos». Hacen las cosas mucho más… flexibles.

Los portales pulsaban, tirando de nosotros con una fuerza invisible.

—Entrad —ordenó Vorinar—. Que el destino guíe vuestros pasos.

Tuve el tiempo justo para cruzar una mirada con Thatcher antes de que el portal me absorbiera.

La transición fue como dilatarse a lo largo del tiempo. Después, la realidad volvió de golpe y caí dando tumbos hacia delante, en dirección a la Biblioteca de Todas las Cosas.

Y yo que creía que la biblioteca de la Aguja de Hueso era gigantesca.

Las estanterías alcanzaban alturas imposibles, hasta perderse en la brumosa distancia.

Estaban llenas de libros de todos los tipos y tamaños, algunos encuadernados en cuero y otros en materiales que no supe identificar.

El aire vibraba con los susurros de miles de millones de vidas; cada libro murmuraba su historia en una brisa infinita.

Me encontraba en una plataforma de espejos que no reflejaban mi imagen, sino fragmentos de mi pasado.

Allí estaba a los cinco años, llorando por un juguete roto; a los quince, besando a un chico por primera vez; a los diecisiete, cuando un grupo de delfines nos encontró a Thatcher y a mí en las aguas de Cresta Salada.

«¿Thatcher?», transmití a través de nuestro vínculo, y sentí alivio al percibir su respuesta.

«Estoy aquí. En otra sección, creo. Este sitio…». Su voz mental se interrumpió, abrumada.

«Hay que buscar el centro», le dije.

Me puse a caminar en una dirección aleatoria. Los libros me llamaban al pasar junto a ellos, y sus susurros se hacían más fuertes cuando me acercaba.

—¿Te gustaría saber cómo vas a morir? —me ofreció uno con una voz que me raspaba la mente.

—El secreto que nunca te contó tu madre —prometió otro.

—El nombre de tu primer hijo —propuso un tercero.

Me esforcé por no hacerles caso, aunque la curiosidad socavaba mi determinación. Eran trampas, distracciones. Tenía que encontrar el Tapiz.

El camino giraba una y otra vez; aparecían escaleras donde antes no las había; los pasillos cambiaban de forma cuando no miraba. Allí el tiempo parecía fluir; no sabía si llevaba minutos u horas andando.

Entonces oí un grito.

Se impuso sobre los susurros, agudo y espeluznante. Corrí hacia él, y mis pasos resonaron de forma extraña en el amplio espacio.

Encontré su origen tres pasillos más allá: un competidor al que conocía de vista se retorcía en el suelo, envejeciendo a toda velocidad. Su cabello castaño encaneció hasta llegar al blanco, y la piel se arrugó y se descolgó mientras las décadas transcurrían en fracciones de segundo.

Un pequeño objeto cristalino salió rodando de su cuerpo convulsionado: una simiente de caos que crepitaba de energía disruptiva.

Me apreté contra la pared mientras el envejecimiento seguía su curso. En unos instantes, el competidor se convirtió en polvo y sus gritos cesaron de golpe. A nuestro alrededor, los libros absorbieron sus restos y surgieron susurros con su voz, añadiendo otra historia al coro interminable.

Temblorosa, rodeé la simiente de caos a la mayor distancia posible. «Thatcher —le transmití a través del vínculo—, si ves un cristal brillante, no lo toques. Puede convertirte en polvo en cuestión de segundos».

«¿Qué? —Su respuesta me llegó al instante—. ¿Crees que tengo por costumbre recoger objetos desconocidos en los laberintos letales?».

Sonreí a medias pese a todo.

«Mayores estupideces has hecho en situaciones menos peligrosas».

«Cierto». En su voz mental había una diversión desganada que me resultó dolorosamente familiar.

No habíamos hecho más que empezar y ya había caído un competidor.

El camino desembocaba en una amplia estancia circular.

Ante mis ojos colgaba el Tapiz del Destino.

Millones y millones de hilos entretejidos en el aire, de formas que parecían aleatorias hasta que se miraban de cerca y se apreciaba su espantosa belleza.

Cada hilo brillaba con luz propia. Allí donde se tocaban saltaban chispas, creando momentos de conexión que propagaban ondas hacia fuera.

Otros competidores habían llegado también. Marx estaba cerca del borde, pálida, buscando su hilo en la madeja. Otro competidor ya alcanzaba el que debía de ser el suyo, con movimientos cuidadosos y precisos.

Me obligué a concentrarme para buscar mi hilo. ¿Cómo iba a reconocerlo entre todos aquellos?

Entonces lo vi.

Brillaba con luz estelar, cargado con un eco de mi poder interior. Trazaba en el Tapiz una compleja trayectoria; se cruzaba con muchísimos otros, pero mantenía su luminiscencia inconfundible. Mi destino, visible y tangible.

Pero entrelazado con él, tan enredados que casi parecían uno solo, había otro hilo. Palpitaba con una energía distinta, orgánica, primitiva, que hablaba del crecimiento, la decadencia y las fuerzas fundamentales de la mismísima vida. Estaba hilado con los colores de la sangre y los huesos.

El de Thatcher.

Nuestros destinos estaban unidos literalmente, enredados en violentos nudos. Pero no fue aquello lo que me impresionó, sino la longitud. El hilo de Thatcher no parecía tener fin.

El hilo que Heron había visto cortado se perdía ahora en la distancia. Me flaquearon las piernas de alivio. Nuestro trato con Morthus había funcionado. Thatcher viviría. Alargué una mano temblorosa, buscando forma de separar nuestros hilos.

—Complicado, ¿eh?

Di media vuelta y vi a Vance a mi espalda, con la vista fija en nuestros hilos enredados.

—El tuyo y el de tu hermano. Menudo revoltijo.

—Atrás —dije en tono de advertencia.

—Tranquila, Morvaren. —Levantó las manos para fingir rendición—. No busco pelea; solo quiero mirar. —Su sonrisa se amplió—. Aunque me pregunto… ¿qué pasaría si no fuera posible separar esos hilos? ¿Podrías completar el Juicio sin tu marca? ¿Y él?

Se alejó antes de que yo pudiera responder, pero sus palabras se me habían clavado. Volví a centrarme en nuestros hilos para examinar los nudos con más detenimiento. Tenía que existir una forma de separarlos sin desencadenar las consecuencias de tocar un destino ajeno.

Los observé desde varios ángulos en busca de algún cabo suelto. Pero cada tramo conducía a otro nudo, a otra voluta retorcida. Mi frustración crecía con cada intento fallido.

Entonces lo vi. Seguí los hilos por toda la sala hasta que encontré el punto en que se separaban.

Pero aquello me heló la sangre. El hilo de Thatcher se apartaba bruscamente del mío, y a continuación se oscurecía hasta adquirir un inquietante tono negro.

Aunque no supiera qué significaba aquello, no me gustó.

«¿Thais? —La voz mental de Thatcher irrumpió en mi pensamiento, tensa y apremiante—. He encontrado nuestros hilos. Están…».

«Yo también. Tengo delante un sitio en el que se separan».

Miré a mi alrededor y lo divisé al otro lado de la cámara. Nuestras miradas se cruzaron a través de la distancia.

«¿Se te ocurre algo?», le pregunté.

«Estoy en ello».

Devolví la atención a la maraña, más frustrada con cada segundo que pasaba. Alrededor de nosotros, los demás competidores seguían sus hilos hacia las profundidades del Tapiz, en busca de sus marcas. Pero Thatcher y yo estábamos atascados, incapaces siquiera de empezar.

Entonces capté una complicación adicional.

Un tercer hilo se había entretejido con los nuestros. Tenía el color de las nubes de tormenta. Gris y extraño, se entrelazaba con los nuestros de una forma incomprensible. No pertenecía a otro competidor; esos podía distinguirlos con bastante claridad, cada uno con su energía y su trayectoria.

Aquello era otra cosa.

El hilo gris parecía palpitar, y sentí un tirón en el fondo del pecho, una llamada que esquivaba el pensamiento y llegaba directa al instinto. Alargué la mano antes de haber decidido moverme.

«¿Thais? —Sentí la preocupación de Thatcher—. ¿Qué haces?».

«Hay otro hilo. Enredado con los nuestros. —Le enseñé lo que veía—. Pero no es… No es de nadie que esté aquí».

«No lo toques», me advirtió.

El hilo gris tormenta discurría entre los demás, sin llegar a rozarlos en ningún momento, excepto donde se unía a los nuestros. Seguí su recorrido a lo largo del Tapiz.

Estaba tan concentrada que no supe adónde llevaba hasta que me encontré ante una barrera de puro poder.

El santuario interior.

El hilo traspasaba la barrera y se perdía en lo que fuese que había más allá. Nuestra única esperanza de desenredar nuestros hilos desembocaba en territorio prohibido.

Ni hablar. Me obligué a dar media vuelta. Fuera lo que fuese aquel hilo, fueran cuales fuesen las respuestas que entrañaba, no merecía la pena morir por ellas. Tenía que dar con otra forma.

—¿Ibas a algún sitio?

Al girar vi a Vance a mi espalda. Sonreía, pero su expresión no tenía nada de amistoso.

—¿Me estabas siguiendo? —pregunté, y di un paso atrás—. Pues me temo que esta zona está restringida. Y déjame en paz de una vez, coño.

—Tienes razón. No podemos pasar. —Su sonrisa se amplió—. Pero tú sí.

Me empujó con fuerza, tan rápido que no tuve tiempo de reaccionar.

—Por haber estado a punto de matarme en Memorica.

Caí hacia atrás, agitando los brazos en un intento de recuperar el equilibrio.

Tenía la barrera justo detrás…

Y entonces la crucé.

Lo último que vi antes de que la barrera se convirtiera en piedra fue la sonrisa satisfecha del competidor.

Estaba atrapada en el único lugar al que teníamos vedado el acceso.