Capítulo 58. El tapiz de los destinos
D esde el momento en que llegamos a la antecámara me pareció que algo estaba fuera de lugar. Por fin había empezado el último Juicio.
La niebla se arremolinaba a nuestros pies, formando dibujos que hacían que me llorasen los ojos si me los quedaba mirando. En las paredes había espejos. Ya estábamos en el cuarto Juicio.
—Este sitio da grima —murmuró Marx, y se me acercó un poco.
Asentí, incapaz de sacudirme la sensación de que estábamos al borde de algo enorme y voraz. Los otros competidores se habían dispersado por toda la sala. Solo quedábamos siete.
Localicé a Thatcher en cuanto se materializó al otro lado de la estancia, y caminé hacia él sin vacilar. Era imprescindible que hablásemos cuanto antes. Crucé la sala a zancadas y nos reunimos a mitad de camino.
«Tenemos que hablar —le transmití por nuestro vínculo en cuanto estuvimos lo bastante cerca—. Ahora mismo».
«¿Qué pasa?», me respondió de inmediato su voz mental, empañada por la preocupación.
«Todo. —Miré a mi alrededor y me encaminé con mi hermano hacia una esquina en la que los espejos fracturados creaban un caos visual. A ojos de cualquiera que nos mirase, éramos dos hermanos que se daban ánimos mutuamente antes del Juicio—. Hay muchas cosas que no sabes».
«Thais…».
«Tú escúchame». Dejé que todo fluyera entre nosotros, en una vorágine de imágenes y emociones. Kavik en el bosque, con las manos alrededor de mi cuello. La resistencia contra Olinthar. La participación de Xül.
Sentí tambalearse la mente de Thatcher. Su mano encontró la mía, y apretó con fuerza mientras procesaba la avalancha de información.
«¿Kavik intentó matarte y no me lo dijiste?». Su voz mental transmitía una calma letal.
«Ya está muerto. Y tampoco es como si la última vez que nos vimos tuviéramos mucho tiempo para hablar. —Lo miré a los ojos—. Pero hay algo más, una amenaza diferente. La resistencia opina que cada vez estás más cerca de Olinthar».
«He pasado mucho tiempo en Sundralis. Más de lo que me gustaría. Y Olinthar me propuso que eligiera su dominio tras el Forjado».
«Morthus tiene espías en Sundralis. Están convencidos de que te estás dejando engatusar por Olinthar, de que te unirás a él y te convertirás en una especie de arma en sus manos».
«Pero los dos sabemos que eso no va a pasar».
«¿Mataste a un umbrío?».
Thatcher bajó la vista, y se me encogió el corazón.
«No tuve más remedio. Olinthar lo estaba torturando, y yo no podía quedarme cruzado de brazos. —Su mirada se suavizó—. Pero ¿colaborar con él? ¿Ayudarlo de alguna forma? Es la mayor estupidez que he oído en mi vida».
«Ya, y eso fue lo que les dije».
«¿Qué más les dijiste?».
«Lo que tenía que decirles, Thatcher. —Me crucé de brazos—. Se lo conté todo».
«¿Por qué corriste ese riesgo?».
«Porque pretendían que murieses hoy. En este Juicio». Le apreté la mano.
Thatcher abrió mucho los ojos.
«¿Porque creen que soy un seguidor devoto de Olinthar?».
«En resumidas cuentas».
Sus dedos se cerraron alrededor de los míos.
«Quieren que les jures la lealtad con tu sangre —continué—. Y después de que asciendas…». Le mostré el resto: la necesidad de jurar lealtad a Sundralis, de hincar la rodilla ante Olinthar, de seguir actuando como espía en el centro del poder enemigo.
Nuestras mentes guardaron silencio un largo rato. A nuestro alrededor, la niebla se hacía más densa. Podía percibir la inquietud de los otros competidores. Se agotaba el tiempo.
«Los dos teníamos asumido que este pacto acabaría con nuestra muerte —sentenció tras asimilarlo por completo—. Pero ¿ahora me estás diciendo que podría haber otro final?».
Sentí un nudo la garganta, el peso de todo lo que Thatcher había sacrificado.
Por los dioses, cuando se manifestaron mis poderes, mi hermano lo perdió todo; su oportunidad de llevar una vida normal se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos.
Su futuro, sus sueños. ¿Y para qué? Para quedar encadenado a mí.
Para transformarse en lo que yo necesitara.
Un arma, un escudo, un confidente. Todo sin quejarse ni una vez.
Si alguien se merecía librarse de aquella pesadilla era él.
Thatcher nunca había buscado nada de aquello.
Debería tener la oportunidad de construir algo real, una vida en la que no se limitara a sobrevivir, en la que pudiera respirar tranquilo sin esperar a la siguiente catástrofe. Una vida que fuera suya.
«Sí —insistí—. Se nos presenta la oportunidad de salir con vida, de tener un futuro».
«En el que yo finja estar al servicio del dios que destruyó todo lo que amábamos».
«Lo sé». Le apreté la mano con más fuerza.
Thatcher lo meditó un momento.
«Su miedo no es infundado —dijo al fin—. Salta a la vista que Olinthar intentaba ganarse mi confianza por algún motivo. Aún no sabía para qué, pero esto tiene sentido».
Otra larga pausa.
«¿De verdad iban a matarme?». Su pregunta llegó acompañada de un destello de la vulnerabilidad que solía ocultar.
«Sí. Morthus no dijo cómo; solo que lo tenían planeado para este Juicio». Le transmití todos mis sentimientos: el terror ante la idea de perderlo, la desesperación por tenerlo a salvo, el alivio por haber encontrado otra solución.
«¿Quieren que haga un juramento de sangre por su causa?».
«Sí».
«¿Y que guarde lealtad a dioses que ni siquiera conozco, que podrían no ser mejores que Olinthar? —Su voz mental se endureció—. No quiero cambiar un amo por otro».
«Pues no lo hagas —me apresuré a contestar—. Jura que estás en contra de Olinthar, que nunca te pondrás a su servicio de verdad. Que, cuando llegue el momento, ayudarás a derrocarlo. Eso es todo».
Mientras se lo pensaba, noté como su mente analizaba las implicaciones.
«¿Y lo aceptarán?».
«Tenerte en Sundralis es más importante para ellos que tu lealtad absoluta. —Esperaba estar en lo cierto—. Además, tu odio hacia Olinthar es real, y eso es lo que importa».
«¿Y después? ¿Cuando haya caído?».
«Más vale que no seas un puto mentiroso, Morthus», pensé para mí antes de responder.
«Quieren abolir los Juicios, Thatcher. Se acabaron los sacerdotes que capturan a inocentes. Se acabaron las masacres destinadas a entretener a los dioses. Morthus quiere ayudar a Elaren».
Noté que crecía su interés.
«Entonces ¿él acabará ocupando el trono?».
«Sí. Pero piénsalo. Ya no es solo nuestra venganza. Es casi todo lo que queríamos, lo que nos habría gustado conseguir con su muerte, aunque no sabíamos cómo hacerlo realidad».
«El fin de la tiranía», murmuró.
«El fin de la tiranía», confirmé.
«Aceptaré su juramento de sangre —dijo tras considerarlo con detenimiento—, pero solo para confirmar lo que ya sabemos: que estoy en contra de Olinthar y que nunca le serviré de verdad.
Y que, cuando surja la oportunidad, colaboraré en su destrucción.
Pero no estoy dispuesto a arrodillarme ante nadie más para lograrlo», añadió con fiereza.
«Basta con eso —le aseguré, y el alivio inundó nuestro vínculo—. Es todo lo que necesitamos. ¿Juntos?».
«Juntos —confirmó—. Hasta el final, sea el que sea».
Un fuerte estruendo nos separó. De pronto, la niebla de la cámara se contrajo y retrocedió. Los espejos fracturados empezaron a mostrar la misma imagen, una figura que se materializaba en el centro de la estancia.
El primero en aparecer fue Vorinar. Aunque era el padre de Heron, más bien parecía su hijo. Se cubría el cuerpo con túnicas de un negro absoluto, decoradas con constelaciones que se movían cada vez que respiraba. Cuando habló, su voz transportaba el peso de los eones.
—El tiempo es un río —dijo, y sus palabras arrancaron extraños ecos al espacio—. El destino es el camino que va labrando en la piedra. Algunos nadan con la corriente; otros se ahogan.
Antes de que nadie pudiera desentrañar sus enigmáticas palabras, el aire estalló a su lado en un torbellino de colores y se materializó Aella…
, si es que «materializarse» era el término adecuado para describir la forma en que la realidad pareció hipar y producirla.
Mientras que Vorinar era orden y pautas, ella era una hermosa encarnación del caos.
Cambiaba de aspecto a cada instante. Al principio era una joven con un pelo que recordaba el arcoíris; luego, una anciana surcada de arrugas. Rio, y el sonido resonó por toda la estancia.
—Hay que ver qué caras ponéis —dijo girando para mirarnos mientras su forma titilaba—. Tan serios, tan preocupados… ¿Es que no sabéis que el mejor destino es siempre el que no se ve venir?
Hizo un gesto despreocupado y pequeñas distorsiones se propagaron por el aire; los colores se invirtieron, y el tiempo se entrecortó y se repitió.
—Os damos la bienvenida —entonó Vorinar— al Tapiz de los Destinos.
De pronto, la niebla que nos rodeaba se solidificó en un portal… No, en siete portales, uno por competidor. Flotaban en el aire como desgarrones en la realidad y dejaban entrever un espacio imposible al otro lado.
—Vuestro destino os aguarda en la Biblioteca de Todas las Cosas —prosiguió Vorinar—. Cada vida que ha sido, es o será se encuentra escrita en sus estanterías. Cada hilo que conecta un alma con otras está tejido en el gran Tapiz.
Aella soltó una risita, un sonido agudo e inquietante.
—Por otro lado, ¿qué gracia tiene un hilo recto? He añadido ciertas… mejoras. Sorpresitas para que las cosas sigan siendo interesantes.
—Vuestra tarea es sencilla —dijo Vorinar, ignorando la interrupción de la otra aesymar—.
Cada cual debe dar con su propio hilo dentro del Tapiz y seguirlo hasta su marca del destino.
Volved antes de que cierre la Biblioteca, al amanecer.
Pero puede que os encontréis nudos, y para completar este Juicio tendréis que desenmarañarlos.
—¡Sencillo! —exclamó Aella—. ¡De una sencillez maravillosa! Ni que decir tiene que las consecuencias de tocar el hilo incorrecto pueden ser nefastas. —Su sonrisa se amplió de forma imposible—. Aunque ¿qué es la vida sin un poco de riesgo?
—El santuario interior está vedado —añadió Vorinar—. El Telar del Destino no es para los ojos de los mortales. Aquellos que lo invadan…
No le hizo falta terminar.