The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 57. La negociación #3
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Capítulo 57. La negociación #3

—Puedes irte, niña —añadió Morthus. Se acomodó en el trono—. Pero recuerda: ahora eres portadora de secretos que no puedes olvidar. Tu vida depende de tu silencio. La vida de ambos.

Asentí. Una parte de mí se preguntaba por qué no me había exigido un pacto de sangre. Estaba claro que, a diferencia de Thatcher, yo no representaba una amenaza a sus ojos.

Mientras Xül me acompañaba a la puerta, la voz de Morthus nos siguió.

—Ah, por cierto, señorita Morvaren…, la próxima vez que me quieras citar las palabras de mi hijo, asegúrate de que comprendes el contexto. A fin de cuentas, Vivros no se salvó. Acabó por perecer.

Con ese alegre recordatorio, la puerta se cerró, y Xül y yo nos quedamos solos en el pasillo. Eché a andar sin mirarlo. No me sentía capaz.

—Thais…

Seguí caminando.

Un borrón de movimiento y, de pronto, lo tenía delante; me cortaba el paso, con una mano apoyada en la pared.

—No te vayas ahora sin hablarme.

—Apártate.

—No. —Apoyó la mano libre en la otra pared para atraparme—. No, a menos que me mires.

—Te he dicho que te apartes. —Traté de agacharme y pasar por debajo del brazo, pero lo movió para seguir bloqueando el pasillo.

—Sé que estás enfadada…

—¿Enfadada? —Por fin lo miré, y no sé qué vio en mis ojos, pero hizo que los suyos emitieran un destello letal—. ¿Crees que estoy enfadada?

—¿Qué, si no?

—Estoy… —Se me quebró la voz. De pronto me sentía abrumada por todo lo que había pasado. La negociación. Descubrir lo de Thatcher. Lo que teníamos que hacer a continuación. Lo que iba a pedirle a mi hermano—. No puedo respirar, Xül.

Le cambió la cara.

—Thais…

—No. —Apoyé la espalda en la pared. Necesitaba abrir un espacio entre nosotros, pero no lo había—. No puedes seguir así. No puedes mirarme como si te importase…

—Me importas —dijo con voz ronca y desesperada—. Ese es el puto problema.

—Basta.

—No podía decírtelo. —Las manos que tocaban las paredes se cerraron en puños—. ¿No lo entiendes? Formo parte de esa resistencia. Todo esto me supera con creces.

—Así que ibas a dejar que ocurriera, que me enterase cuando su cuerpo… —No pude terminar.

—Estaba buscando alternativas. —Acercó la frente a la mía, pero no llegó a tocarme—. Llevo semanas luchando por encontrarlas.

Todo aquello era excesivo, una carga insoportable. Sentí su cuerpo junto al mío, noté que su respiración se había vuelto irregular. Nos adentrábamos en terreno peligroso.

—¿Tan mal concepto tienes de mí? —me preguntó—. ¿Crees que me habría quedado al margen y les habría dejado ejecutar a tu hermano?

—Sabías lo que planeaban…

—Iba a impedirlo. —La oscuridad se le asomó a los ojos—. Aunque eso representara enfrentarme a él. Aunque significara… —Se calló, con los dientes apretados.

—Deberías habérmelo dicho.

—Puede ser. Pero ya me conoces. —No gritaba, pero sí hablaba con tono cortante—. O creía que me conocías. Igual que yo creía conocerte.

Me quedé helada.

—¿Y qué significa eso?

—Si no recuerdo mal, tú tenías tus propios planes en todo esto, estrellita. Dime: ¿algo de todo lo que ha pasado ha sido real? ¿O es solo que te resultaba útil? ¿El príncipe de la muerte, tan tonto que te ha dado acceso a su conocimiento, a su poder, a su dominio?

—¿Eso es lo que crees? —La cólera me ardió bajo la piel.

—¿No era así? Todas esas preguntas sobre la política divina, sobre los Primigenios, cada vez que me has dejado acercarme a ti… ¿Eras sincera? ¿O solo era el camino más corto hacia tu objetivo?

Abrí la boca para protestar, pero no me salieron las palabras.

La acusación me había dejado una profunda huella. Porque tenía razón. Al principio era justo como él decía: un medio para alcanzar un fin. Un peldaño en mi ruta hacia la venganza. Para mí no era más que un poderoso tutor al que podía manipular para extraerle información.

Pero, en algún punto de ese camino, las cosas habían cambiado por completo.

No sabría decir en qué momento había sucedido.

¿Fue cuando me apoyó durante los entrenamientos y me empujó a esforzarme más?

¿O cuando reconoció que, para él, lo que había entre nosotros no podía ser solo físico?

Tal vez fuera aquella noche, en el agua, cuando todo cambió, con aquel beso; cuando vi, tras la máscara cuidadosa que lo ocultaba, al hombre que se había pasado toda la vida creyendo que las personas como él no estaban destinadas al amor.

Que los dioses me asistieran. Me había enamorado de él. De la única persona a la que no me podía permitir amar.

Y me dolía. El corazón me iba a estallar en pedazos. Porque, de pronto, ahí estábamos los dos, y casi no podía ni mirarlo a la cara.

—Te acostaste conmigo mientras planeabas morir. Dejaste que me enamorase de ti sabiendo que me ibas a dejar. Yo tengo secretos porque he jurado guardarlos. Los tuyos te han servido para manipularme.

La acusación me dolió y me dejó sin aliento.

—¿Quieres que hablemos de manipular a la gente? ¿Qué hay de Nyvora? ¿Y de ese matrimonio que te espera en cuanto terminen los Juicios? —Empezaba a perder el control de mi voz.

Sabía que estaba siendo hipócrita. Le había prometido una noche en la que podríamos olvidarnos de todo lo demás.

Pero aquella noche se me había metido bajo la piel.

Había echado raíces cada vez que veía un destello de vulnerabilidad cuando estaba con su familia, las grietas que aparecían cuando se esforzaba por ser quien lo habían educado para ser y no quien era en realidad.

—Ya basta, Thais.

—Aunque no lo desees, vas a seguir adelante.

Y lo entiendo. Al menos en ese asunto has sido sincero desde el principio.

Pero eso no cambia el hecho de que es la realidad con la que convivimos.

—Le sostuve la mirada con esfuerzo—. Los dos sabemos cómo va a terminar todo esto: tú te casarás con ella para asegurarte la lealtad de Davina.

Y nosotros fingiremos que lo que quede entre nosotros es suficiente, hasta que termine por destruirnos a los dos. No puede ser nada duradero.

—Y entonces ¿cuál es tu solución? ¿Morir antes de que podamos averiguarlo? —Las palabras sonaron roncas, ásperas.

—Mi solución era la venganza. Siempre fue la venganza. —Me flaqueó la voz bajo el peso de la verdad—. Pero tú complicaste las cosas.

—¿Yo? —Se me acercó más—. Fuiste tú quien entró en mi dominio, me retó a cada paso, me hizo sentir… —Se calló y apretó los dientes.

—Vamos, guardián, ahora no te cortes —exigí.

—Todo. —Fue como si le arrancara la palabra—. Me lo hiciste sentir todo. Que tenía un propósito. Yo no me abro a nadie, Thais. Ya lo sabes. Y así, como lo he hecho contigo, jamás. Y de pronto descubro que tu plan siempre había sido morir.

—Como si el tuyo fuera distinto. Como si esto no fuese un pasatiempo para ti también. —Le empujé el pecho con las manos.

—Tú nunca has sido un pasatiempo para mí. —Su voz se redujo a un susurro—. Ese es el problema.

—No. —Negué con la cabeza—. No digas cosas que no pueden ser ciertas.

—¿Por qué no pueden? ¿Porque te resulta más fácil creer que los dos mentimos?

—Me cubrió las manos con las suyas—. En cierto sentido, te guardo rencor.

Por haber conseguido que te necesite. Por estar dispuesta a morir sin pensar ni un momento en cómo me afectaría a mí.

Te guardo rencor porque ni siquiera ahora, que estoy al tanto de todo, puedo dejar de desearte.

Ese era el problema.

Nunca había sentido una mezcla igual de rabia y anhelo, de irritación y deseo. Nunca había querido, a la vez, darle a alguien un tortazo y atraerlo hacia mí. Era enloquecedor.

—Lo odio. Odio que tengas tanto poder sobre mí. Porque aún…

—Aún, ¿qué?

—¿No es evidente, Xül? Porque aún te deseo, joder. A pesar de todo, te deseo.

—Necesito que me perdones, Thais. —Se pasó la mano por la cara—. La prueba de mañana se cierne sobre nosotros, tanto si queremos como si no, y no puedo permitirme que llegue creyendo que me odias.

—Ahora mismo no puedo perdonarte —confesé con pesar—. Nos hemos hecho demasiado daño el uno al otro.

—No hablas en serio. —Xül me miró como si le hubiera dado un bofetón—. Esto…, lo que hay entre nosotros…, podemos arreglarlo.

—No sabría ni por dónde empezar.

—Todo lo que nos separa… Todo es culpa de la puta resistencia. Los secretos, las mentiras, las obligaciones. —Sacudió la cabeza—. Nunca he escogido por mí mismo. Pero ¿y si lo hiciera? ¿Y si, por una vez, lo hiciera?

Me lo quedé mirando, con el corazón a punto de salírseme del pecho. No podía hablar en serio.

—Vamos a volver a la Aguja de Hueso —pedí por fin. Tenía que dar por terminada la conversación—. Necesito…

—¿Huir? —Retrocedió para dejarme espacio, pero su vista seguía clavada en la mía—. Cómo no, Thais.

Las palabras me dolieron porque eran ciertas.