Capítulo 57. La negociación #2
—Estamos de nuevo en la misma encrucijada.
Mi hermano blande el poder de Vivros. La historia se prepara para repetirse.
—Di un paso al frente para reducir la distancia que nos separaba—.
Por tanto, te pregunto, lord Morthus… ¿Vas a escoger el tradicionalismo ahora?
¿Vas a destruir lo que temes? ¿O eres un reformista, como afirmas?
Morthus se rio con una carcajada corta y seca.
—Eres muy atrevida, Thais Morvaren. Me arrojas a la cara mis propios principios.
—Reanudó su deambular por la sala, pero su actitud había cambiado—.
Muy bien. Digamos que estoy dispuesto a considerar tu propuesta.
¿Qué garantía tengo de que tu hermano comparta la misma… claridad de propósito que tú?
—Ninguna, excepto mi palabra. Pero lo conozco mejor que a ninguna otra persona.
—Me callé, pensativa—. Siempre hemos compartido un vínculo mental.
Cuando estamos cerca, podemos oír cada uno los pensamientos del otro.
Pero, incluso de lejos, lo percibo, sé lo que siente.
Noto su compromiso con nuestro objetivo.
—Qué interesante —musitó Morthus—. Los mellizos divinos suelen compartir una conexión así, pero nunca la había visto manifestarse en mortales…
—Dejó la frase en el aire—. Dime, señorita Morvaren…
, ¿qué crees que quiere mi resistencia? ¿Qué clase de mundo crees que imaginamos para cuando caiga Olinthar?
La pregunta me pilló por sorpresa.
—Yo… suponía que quieres su trono. Gobernar en su lugar.
—Si voy a remplazar un tirano con otro, ¿por qué se iba a arriesgar nadie a seguirme? —Parecía casi ofendido—. ¿Esa es la triste imagen que tienes de nuestra causa?
—Explícamelo, por favor.
Adoptó una expresión seria.
—Queremos que terminen los Juicios de Ascensión.
Dejar de arrebatar hijos a las familias.
Nada de pruebas de mérito arbitrarias que suman pueblos en el llanto por la pérdida de los mejores y más brillantes.
—Hizo un gesto expansivo—. Durante milenios, el reino divino ha atesorado la magia, pero el universo siempre encuentra la forma de reequilibrarse.
Creo que hay una razón para que nuestro poder se filtre al mundo mortal.
Las barreras no deberían ser muros —continuó con renovado ímpetu—.
Deberían ser umbrales. La magia debería fluir de modo natural, estar disponible para cualquiera que posea el talento y la voluntad de ejercerla.
La inesperada nobleza de su visión me atrapó. Me incliné hacia delante, interesada.
—El reino mortal está lleno de belleza —explicó Morthus con dulzura—.
Pero también de conflictos innecesarios, pobreza, enfermedad…
Sufrimientos que se prolongan no porque no existan soluciones para ellos, sino porque nosotros rehusamos ponerlas en práctica.
Tenemos el poder colectivo de cambiarlo todo, de guiar en vez de gobernar.
De elevar, no dominar. —Tenía fuego en la mirada—.
Ese es el mundo por el que luchamos. Por eso Olinthar debe caer.
Él representa las viejas costumbres: el poder mediante el miedo, el control a través de la separación.
—En ese caso, está claro que queremos lo mismo —señalé—. Así que ¿por qué destruir uno de tus mayores activos potenciales?
—Porque la pasión sin lealtad no es más que otra forma de caos —respondió Morthus—. Porque…
—O quizá —interrumpió una nueva voz, suave como la seda y con un deje de diversión— deberíamos probar un enfoque distinto.
Las puertas se habían abierto en silencio y Osythe estaba en el umbral. Su presencia suavizó de inmediato las duras líneas de la sala. Cuando avanzó me di cuenta de que incluso la oscuridad parecía echarse a un lado para dejarla pasar.
—Perdonad mi intromisión —dijo, aunque su tono indicaba que no lo sentía en absoluto—, pero no he podido evitar oír vuestra conversación. De noche, los sonidos se transmiten muy lejos en el palacio.
Con ella presente, la cara de Morthus se transformó y la tensión desapareció.
—Osythe…
—Amor mío… —Se le acercó y le tocó el brazo con un gesto fugaz, sencillo, que situó al señor de la muerte en un papel que trascendía su título. Luego se volvió hacia mí—. Piensas a muy corto plazo, querida.
—Quiero que muera Olinthar —afirmé tajante.
—Quieres que muera enseguida —me corrigió Osythe—. Nosotros queremos eliminarlo para siempre. No son objetivos mutuamente excluyentes, pero requieren unos plazos distintos de los que tú imaginas.
Se puso a dar lentas vueltas a mi alrededor y, por un instante, me pregunté si ella no sería el poder en la sombra.
—¿Y si, en vez de actuar con precipitación tras los Juicios, tu hermano y tú os unierais a nosotros como es debido y pasarais a formar parte de la estrategia a largo plazo?
—¿Quieres que esperemos? —La idea chocaba con mis instintos, que me exigían una venganza inmediata.
—Quiero que seáis inteligentes. —Osythe se detuvo frente a mí—. Piensa en todo lo que podría averiguar Thatcher. La información que podría reunir. Olinthar tratará de ganárselo, de convertirlo en el arma que necesita.
La idea, fría y clara, se abrió paso en mi mente.
—Quieres que Thatcher le haga creer que se ha salido con la suya.
—Tendríamos una visión desde dentro —siguió Osythe, cuyas palabras pintaban un amplio cuadro de posibilidades—. Alguien que pueda descubrir sus puntos débiles, desvelar sus alianzas, identificar sus flaquezas. Alguien que, en el momento perfecto, ya estaría muy cerca.
—Eso es lo que hace ahora mismo.
—Pues que siga haciéndolo. Puede que desempeñe un papel clave en la caída de Olinthar. —Sonrió con amabilidad—. Tu venganza será un plato frío, pero la espera lo hará aún más satisfactorio.
Sopesé lo que me proponía. Hasta entonces, Thatcher y yo nos habíamos apresurado a buscar la venganza, convencidos de que no sobreviviríamos a ella.
La muerte siempre había sido el final de nuestro camino, el precio que aceptamos pagar cuando hicimos nuestro pacto.
En nuestros planes nunca había habido un «después». Solo la misión. La venganza.
Pero Osythe ofrecía… algo distinto, que jamás se me habría ocurrido imaginar. Un modo de destruir a Olinthar y aun así sobrevivir.
Tener un «después».
—Me pides que ponga toda la resistencia en manos de dos mellizos desconocidos. —La voz de Morthus interrumpió el momento—. Si nos traicionan, o si los descubren, todo lo que hemos construido durante siglos saltará en pedazos.
—¿Y desde cuándo los grandes cambios se producen sin asumir grandes riesgos? —replicó Osythe—. Además, mírala, Morthus. Siempre se te ha dado bien juzgar el carácter de la gente. ¿Ves en ella alguna señal de traición o, por el contrario, ves a alguien que quemaría el mundo entero por su familia?
El señor de la muerte me estudió durante un rato; sentí sobre mí el peso de un discernimiento tan antiguo que, a su lado, mis años de vida resultaban insignificantes. Al cabo, habló.
—Si tu hermano quiere demostrar su fidelidad a nuestra causa, después de su ascenso no solicitará unirse a mi dominio.
Se comprometerá con Sundralis. Morará en la Ciudad Dorada.
—Las palabras de Morthus cayeron como una losa, pesada e inapelable—.
Se arrodillará frente a Olinthar y le jurará fidelidad.
—¿Quieres que…? —No pude acabar; me asfixiaba solo de pensarlo.
—Quiero que su tapadera sea creíble. Olinthar esperará que él escoja el poder, y eso es lo que representa Sundralis. Y así Thatcher estará justo donde lo necesitamos. Será alguien en quien confíen. Lo vigilarán, sí, pero estará en el mismísimo corazón del poder de Olinthar.
—Eso es… —No supe qué decir.
—Necesario —completó Morthus—. Hablaré con Vorinar y me aseguraré de que esté a salvo en el último Juicio. Te doy mi palabra. Pero necesitaré una confirmación por su parte. Un juramento de sangre a nuestra causa.
—¿Un juramento de sangre? —me sorprendí.
—No es negociable —murmuró Morthus—. Tiene que unirse a nosotros antes de la ascensión, antes de que posea el control completo de su poder, o le retiraré la protección.
—Le pides que apueste la vida a tu causa cuando ni siquiera te conoce —protesté.
—Le ofrezco la vida en vez de la muerte —respondió Morthus—. Y la oportunidad de tomar parte en la caída de Olinthar. Yo diría que las condiciones son más que justas.
—Lo convenceré de que se una a nosotros —acepté por fin.
—Pareces muy segura de ello —observó Morthus.
—Conozco a mi hermano. Cuando comprenda lo que nos jugamos, lo que le ofreces, estará de acuerdo. Si eres sincero al decir que quieres cambiar las cosas, no se me ocurre nada que él pueda desear más. Es lo que siempre hemos querido.
—En ese caso, trato hecho. —Morthus regresó a su trono—.
Tu hermano estará bajo mi protección en el último Juicio.
Nuestras fuerzas no le harán ningún daño.
—Morthus guardó silencio un instante y ladeó la cabeza—.
Una última cosa: cuando llegue el momento, seré yo quien acabe con la vida de Olinthar.
Aquellas palabras me privaron del último asidero que me quedaba.
La mirada que cruzamos Thatcher y yo en la Elección, la silenciosa promesa de que encontraríamos un modo de hacer pagar sus fechorías a Olinthar eran lo único que me había mantenido cuerda entre toda aquella locura.
La certeza a la que me aferraba cuando todo lo demás parecía fuera de control.
Y ahora la negociación me había arrebatado incluso eso.
Quería gritar. Quería decirle a Morthus que no tenía derecho a despojarnos de nuestra venganza.
Pero la vida de Thatcher dependía de ello.
—Lo comprendo —acepté por fin.
Osythe se me acercó y me tocó el hombro con la mano; fue poco más que un roce fugaz.
—Al venir aquí esta noche has demostrado una valentía fuera de lo común. Eso te ha brindado esta oportunidad. No la desperdicies.