Capítulo 57. La negociación
L as puertas de acero se cerraron detrás de nosotros. En la vasta sala del trono del palacio de la Ciudad Eterna, la oscuridad se movía como dotada de vida propia, se enroscaba en las columnas y se acumulaba en los rincones.
Morthus se levantó del trono. Su piel pálida relucía en la oscuridad.
A diferencia de nuestro último encuentro, no había la menor calidez en su actitud, ni rastro del hombre que se había sentado a cenar al lado de Osythe y que, mientras pasaba los platos, estaba atento a su esposa.
En aquel momento era el dios de la muerte, en la sede de su poder.
—Xül… —La voz profunda reverberó en aquel espacio cavernoso—. Una visita inesperada, a una hora inusual. —Desvió la mirada y sentí el peso de su atención, aquellos dos vacíos que tenía por ojos clavados en mí—. Y has traído a la señorita Morvaren. No me esperaba este… ¿placer?
La última palabra incluía una pregunta implícita, como si ya imaginara que algo marchaba mal.
Xül, a mi lado, guardó silencio. El mensaje era claro. La audiencia era para mí y era yo quien debía tomar la palabra.
Morthus entornó los ojos al ver que su hijo me mostraba una deferencia poco habitual.
—Qué curioso —murmuró. Bajó los escalones del trono—. Mi hijo, que habla hasta cuando el silencio sería mejor opción, ahora contiene la lengua.
Se acercaba más y más, y con su proximidad llegó una presión, un peso invisible que convertía el hecho de respirar en un ahogamiento a la inversa. Logré mantenerme inmóvil y no estremecerme, aunque se detuvo a corta distancia de mí.
—De acuerdo entonces, señorita Morvaren. Puesto que parece que mi hijo se ha quedado mudo, quizá quieras explicarme tú cuál es el objetivo de esta visita.
Tenía la boca seca. Cada palabra que iba a pronunciar a continuación podría ser la última. Pero la vida de Thatcher pendía de un hilo, y solo quedaban unas horas para el comienzo del último Juicio.
—Sé que hay un movimiento de resistencia.
Morthus se quedó inmóvil, y su mirada se desplazó poco a poco hacia Xül.
—Cuéntame qué crees que sabes, señorita Morvaren —ordenó—. Y, por favor, sé concreta. Odio las acusaciones infundadas.
Tragué saliva con dificultad.
—Sé que hay algunos en el reino divino que se oponen a Olinthar. Que quieren que haya cambios.
—Mucha gente quiere cambios. —Dio un trago de su bebida—. Querer es habitual. Actuar, no tanto.
—Sé que te cuentas entre los que quieren pasar a la acción.
—¿Lo sabes? —Se giró por fin y me taladró con sus ojos oscuros—. ¿Y qué te lleva a suponer que yo no sea un miembro leal de los Doce, satisfecho con mi dominio y mis deberes?
La pregunta era una trampa, pero no me quedaba otro remedio que activarla.
—Que vas a matar a mi hermano durante el último Juicio.
Morthus dejó a un lado el vaso con todo cuidado.
—Es una acusación muy grave. —Hablaba con suavidad, lo que era mucho peor que si estuviera encolerizado—. Dime, ¿qué te hace pensar que tu hermano sea tan importante como para merecer tal atención?
—Tiene el poder de Vivros.
Clavó los ojos en Xül.
—No has podido convencerme para que perdone la vida de Thatcher ¿y crees que contarle a ella cosas que no debería saber, que ahora exigen su muerte, y traerla aquí me va a hacer cambiar de opinión?
Xül apretó los dientes, pero no se defendió. Tampoco lo negó.
Así que me había dicho la verdad. Había tratado de salvar a Thatcher.
Saberlo debería aliviarme, pero fue como una cuchillada en las costillas.
El dolor seguía allí, salvaje e insoportable; no me sentía capaz ni de mirar a Xül.
Porque, aunque había peleado por salvarle la vida a mi hermano, había escogido no decírmelo.
Me había mirado a los ojos y había fingido ignorancia, aunque tenía plena consciencia del destino que aguardaba a Thatcher.
¿Qué plan tenía? ¿Dejar que ocurriera? ¿Verme perder la única familia que me quedaba?
—Qué decepción —siguió Morthus, cuya atención se centraba de nuevo en mí—. Y qué típico de ti, hijo mío, jugar con las vidas de los demás y no con la tuya.
El silencio se prolongó.
Morthus se acercó a una mesa que había junto al trono y se rellenó el vaso de una jarra de cristal. El gesto me recordó tanto a Xül que me costó reprimir un respingo de sorpresa.
—Antes de que decidas mi destino, o el de mi hermano —dije con precaución—, deberías saber quiénes somos en realidad.
Arqueó una ceja oscura.
—Soy todo oídos. Me encantan los misterios.
Inspiré hondo. Iba a revelar un secreto que jamás había pensado contar a nadie. Tal vez había sido muy inocente por mi parte creer que escaparíamos de aquella terrible experiencia sin que la verdad saliera a la luz.
—Thatcher y yo no somos bendecidos.
—Fascinante… —Enarcó de nuevo la ceja.
—Somos hijos de Olinthar.
Morthus me estudió largo rato con una expresión indescifrable.
—Es una afirmación muy grave.
—Es cierto —interrumpió Xül, que se adelantó por primera vez en todo el encuentro—. La prueba alquímica es innegable. Cuando la enseñé a crear una guarda, se volvió dorada.
Morthus se giró hacia su hijo con una mirada inmisericorde.
—¿Cuánto hace que lo sabes?
—Bastante tiempo.
—Y no me dijiste nada.
—Decidir contarlo no dependía de mí; no era mi secreto.
Morthus se volvió otra vez hacia mí.
—Olinthar jamás ha reconocido tener hijos mortales.
—«Reconocido» es la palabra clave —bufé—. Violó a mi madre, y nosotros fuimos el resultado. Siempre hemos sabido quién era nuestro padre; mi padre adoptivo se aseguró de que comprendiésemos la clase de monstruo que nos había engendrado.
Morthus se quedó inmóvil. Un fugaz destello de dolor le cruzó los rasgos; lo noté al ver que arrugaba la frente.
—Tu madre murió en el parto. —No era una pregunta, sino una afirmación enunciada en voz baja y casi amable.
Asentí, demasiado afectada para hablar.
—La podría haber salvado. —Las palabras flotaron en el aire. Cerró los puños y, cuando me clavó los ojos oscuros, solo vi dolor—. Como yo salvé a Osythe.
—Pero Olinthar la dejó morir. —Se me quebró la voz—. Dejó que se desangrara mientras traía a sus hijos al mundo.
—Los mortales merecen algo mejor. —Su voz cargaba con el peso de los siglos, de las almas incontables que habían cruzado su dominio—. Tal crueldad deja en los vivos una marca que resuena en la eternidad. Lo sé muy bien.
Sentí moverse a Xül. Una punzada de dolor me atravesó. Esperaba que Morthus no le diera importancia, que se despreocupara por el destino de otra mortal, como si fuera algo irrelevante. Pero me miró como si le importara de verdad; como si fuera una atrocidad.
Él había pasado por aquella experiencia con Osythe y la había salvado. Porque es lo que se hace cuando se ama a alguien: salvarlo.
Pero nosotros no éramos fruto del amor.
—Dime —siguió Morthus al cabo de unos instantes—. En el segundo Juicio, en Hydrathis… Tu hermano mató a todas aquellas sirenas. En su momento pensé que había sido el instinto de supervivencia y nada más. Pero ahora… —Calló, pensativo—. Protegía su secreto, el linaje que compartís.
Guardé silencio. Morthus lo había visto, por supuesto. Todos lo habían visto.
—Es, sin duda, una verdad muy amarga —murmuró Morthus— que el secreto que os define sea la muerte de vuestra madre y la crueldad de vuestro padre. Que os veáis obligados a ocultar no solo lo que sois, sino la tragedia de vuestra concepción.
Cuando me volvió a mirar a los ojos, vi en los suyos un cierto aire paternal.
—Lo siento por ti, Thais Morvaren. Esa no es manera de vivir.
Me sequé los párpados, que se me habían humedecido.
—Te lo agradezco.
—Entonces —continuó Morthus—, crees que compartir un enemigo nos convierte en aliados. Que tu odio por Olinthar altera de algún modo el cálculo fundamental del riesgo que representa tu hermano.
—¿Y no es así? —dije desafiante—. Temes que Thatcher se convierta en un arma de Olinthar. Pero los dos lo odiamos. ¿En serio crees que mi hermano serviría al dios que nos destrozó la vida?
—Querer y poder son dos cosas muy distintas, niña.
—Se detuvo en mitad de un paso y la oscuridad que lo envolvía se agitó—.
Tu hermano posee poderes que no se han visto desde que los Primigenios caminaban entre nosotros.
Un poder de tal calibre tiene tendencia a…
corromper, incluso con las mejores intenciones.
—Temes en qué se pueda convertir —insistí—.
Y estás a punto de destruir al que, tal vez, sea el único ser con la fuerza suficiente para plantar cara de verdad a Olinthar.
¿Quieres desperdiciar una ventaja así por miedo a lo que pueda pasar?
Déjanos hacer aquello para lo que vinimos.
Deja que nos venguemos. Todos saldremos ganando.
Morthus me estudió con sus ojos insondables.
—Hablas de tu hermano y de ti como si los dos fuerais a sobrevivir a lo que se avecina.
Erguí la cabeza.
—Tal vez lo consigamos y tal vez no. Pero, si sobrevivimos, ¿no preferirías que fuera tu aliado, en vez de matar a su hermana y convertirlo en tu enemigo?
Una ligera mueca se le dibujó en los labios.
—Tu hijo me dijo una cosa hace tiempo —seguí, aprovechando la ventaja—. Cuando visitamos las ruinas de los Primigenios.
La mirada de Morthus se hizo más penetrante.
—Mi hijo es incapaz de tener la boca cerrada, me parece a mí.
Xül se cruzó de brazos y se le escapó un pequeño suspiro.
—Me contó cómo se rompió el panteón tras la caída de Vivros. Que algunos de los Doce querían comprender lo que le había pasado, tú entre ellos. —Le sostuve la mirada—. Me dijo que creías que se podía salvar a Vivros.
El señor de la muerte volvió a quedarse inmóvil; pero en esa ocasión transmitía una sensación diferente, más contemplativa que amenazadora.
—Me dijo que de ahí surgieron las primeras facciones —insistí—. Tradicionalistas contra reformistas. Los que querían destruir aquello que temían frente a los que buscaban comprenderlo.
—¿Adónde quieres ir a parar? —me preguntó Morthus, aunque su tono daba a entender que ya lo sabía.