Capítulo 56. Revelaciones #3
—Queréis dar un golpe de Estado. —Las palabras me sonaron irreales mientras las pronunciaba.
Un pensamiento traicionero me entró en la cabeza, indeseado y doloroso. ¿Xül y yo habíamos estado persiguiendo el mismo objetivo todo el tiempo?
Darme cuenta de aquello fue como una patada en el estómago. Los dos queríamos quitarnos de en medio a Olinthar. Los dos queríamos acabar con su reinado…
No. Reprimí la idea antes de que pudiera complicar las cosas más aún.
Porque estaba dispuesta a reducir todos los mundos a cenizas antes de permitir que Thatcher muriese a causa de su error de cálculo. En cuanto a Xül… Xül estaba dispuesto a permitir que ocurriera.
—Es el objetivo final —confirmó Aelix—. Pero tenemos que proceder con cuidado, con precisión. Un movimiento en falso y Olinthar acabará con todos nosotros… y con cualquiera de quien sospeche siquiera que está involucrado.
—¿Y mi hermano? —Mi voz sonó ahogada—. ¿Qué es?, ¿un daño colateral en vuestra guerra civil divina?
—Cuando Olinthar mira a Thatcher, solo ve a Vivros —dijo Xül en voz baja—. Una ventaja que hace mucho se le escapó de entre los dedos. Quiere una segunda oportunidad.
—Y, en ese caso, la resistencia quedaría aplastada antes aún de haber empezado de verdad —concluyó Aelix—. Quieren evitar esa posibilidad antes de que ascienda y obtenga pleno acceso a su poder. Y, ahora que Vorinar está organizando el último Juicio, se presenta la ocasión.
—De asesinar a un inocente. —Las palabras me supieron a veneno—. Qué forma más bonita de dar comienzo a tan noble causa.
—Desde su punto de vista, es una muerte que podría evitar millares —adujo Aelix con severidad—. Si el poder de Olinthar crece descontrolado, si consigue aliados como tu hermano…, se producirá un derramamiento de sangre inimaginable.
—Pues os garantizo que Thatcher no guarda la menor lealtad a Olinthar, así que ¿podemos retirar la recompensa por su cabeza? —Mi voz era firme, pero no alcanzaba a ocultar el pánico.
—Ahí era donde estaba hoy, lo que estaba haciendo. Intentaba hacerlos entrar en razón —dijo Xül, con una voz aún aterradoramente controlada—. Como he intentado cada vez que hablábamos del plan.
Me lo quedé mirando.
—¿Esperas que me trague eso? ¿Que pretendías salvarlo mientras…
? —Dejé de hablar; el recuerdo de la noche anterior estaba demasiado fresco.
No podía dejar de pensar en lo oportuno que había sido todo.
¿Habría llegado a contármelo si yo no lo hubiese descubierto por mi cuenta y le hubiera plantado cara?
Mi mente y mi corazón libraban una batalla.
—Cree lo que quieras —dijo con aquella calma inquebrantable—. Eso no cambia la verdad.
—Supongamos que te creo. ¿Has conseguido algo con esos esfuerzos, Xül? ¿Has convencido a tu padre para que no elimine a mi hermano en el último Juicio?
Se limitó a mirarme, con la mandíbula en tensión.
—No.
—Llévame ante Morthus —dije sin pensarlo—. Ahora mismo. Quiero rogar en persona por su vida.
Se hizo el silencio. Hasta Marx parecía conmocionada.
—No —respondió Xül de inmediato, rotundo. La temperatura cayó en picado—. Ni hablar.
—Me da igual lo que…
—Piensa, Thais. —Su tono era letal—. En el momento en que pidas que dispensen a tu hermano estarás revelando que sabes más de lo que debes.
Al entenderlo se me heló la sangre.
—Se dará cuenta de que sabes que existe la resistencia. —Le ardían los ojos—. Y entonces te matará para proteger el secreto.
—Pero…
—Sería como firmar tu propia sentencia de muerte.
—Entonces ¿qué se supone que tengo que hacer? —Volví a tirar con fuerza de las ataduras, ahogada de desesperación—. ¿Dejarlo morir?
Silencio.
—Estoy dispuesta a correr ese riesgo —insistí.
—¡Pues yo no! —estalló Xül, y contra las paredes se estrellaron remolinos de energía letal—. ¡No estoy dispuesto a verte morir!
El silencio que siguió fue ensordecedor.
—Si alguna vez me has apreciado —dije con voz ronca—, si algo de lo que ocurrió entre nosotros fue real, haz esto por mí.
Las palabras lo atravesaron y en su rostro se reflejó el dolor.
—No —dijo en un susurro—. No uses eso en mi contra.
Las lágrimas me abrasaban los ojos.
—Dices que es imposible, pero dame al menos la oportunidad de intentarlo.
Se quedó paralizado, sumido en una lucha interna. Cuando por fin habló, su voz sonaba hueca.
—¿Estás dispuesta a utilizar mis sentimientos en contra mía?
—¿Para salvar a mi hermano? Sí. —Me dolía reconocerlo, pero era la verdad—. Estoy dispuesta a usar cualquier cosa. A cualquier persona.
—Estás decidida a morir por él.
—Estoy decidida a tratar de salvarlo —corregí—. Si eso implica mi muerte, qué se le va a hacer.
Un prolongado silencio se extendió entre nosotros. Xül tenía el aspecto de quien acaba de perder una guerra.
—Vale. —La palabra sonó cortante, sin vida.
—¡Xül! —protestó Aelix—. No puedes decirlo en serio.
—Desátala —ordenó Xül, desoyendo las objeciones de su amigo.
Todo aquello había empezado conmigo de rodillas en la Prueba, suplicándoles que le perdonaran la vida a Thatcher. Si terminaba igual, conmigo rogando por su vida mientras la mía pendía de un hilo, que así fuera.