The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 56. Revelaciones #2
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Capítulo 56. Revelaciones #2

—Tenemos espías en Sundralis, Thais. —La voz de Xül interrumpió mi diatriba. Se había vuelto hacia nosotros, y la furia de su mirada me cortó el aliento—. No has visto lo que sabemos ni lo que ha hecho.

Su tono hizo que un escalofrío me recorriera la espalda.

—¿De qué hablas?

—Tu hermano mató a un umbrío. Ayer. Por orden de Olinthar.

—Eso no significa…

—No se limitó a matarlo. —La voz de Xül se hizo más grave, más fría—. Lo aniquiló.

Se me cayó el alma a los pies.

—¡Eso es mentira! —grité.

—Ojalá. El umbrío era de los míos. Y tu hermano lo convirtió en una niebla sanguinolenta delante de Olinthar.

Marx inspiró con brusquedad. Hasta Aelix estaba cariacontecido.

—Si eso es cierto sería por algo —espeté—. O no tendría más remedio.

—Thais… —murmuró Marx, y volvió a aculillarse frente a mí.

—Mi hermano está interpretando un papel —siseé—.

Para recabar información. Está aprovechando para averiguar todo lo que pueda sobre Olinthar y Chavore.

Y sobre Sundralis. Cualquier cosa que creáis haber visto es tan solo la máscara que lleva puesta.

Cualquier cosa que haya hecho era necesaria para guardar las apariencias.

—¿Y cómo lo sabes? —preguntó Xül.

—Porque, a diferencia de ti, mi hermano no me miente.

Silencio.

—¿Y por qué interpreta ese papel? —preguntó Aelix con cautela.

Solté una exhalación temblorosa mientras sopesaba mis opciones. Aquel secreto llevaba oculto mucho tiempo; ni siquiera se lo había revelado a Marx. Pero si podía salvar a Thatcher…

—Si os cuento esto, quiero una cosa a cambio. —Hablé con frialdad, decidida.

—No estás en posición de negociar —señaló Aelix.

—Te aseguro que sí. —Lo miré a los ojos sin pestañear—. Porque lo que sé podría alterar vuestro plan.

Xül se me acercó; las sombras se retorcían a sus pies.

—¿Qué quieres?

—Una garantía. La vida de Thatcher. Pase lo que pase.

—No te puedo prometer eso —se apresuró a responder Xül.

—Entonces, no tengo nada que decir.

—Sé razonable, Thais.

—¿Razonable? —Dejé escapar una risa hueca—. ¿Algo de esto es razonable, Xül?

Palideció, no sé si por la ira o por el dolor.

—Escucha —intervino Aelix—, si sabes algo que pueda cambiar las cosas, que pueda ayudarnos a negociar para salvarle la vida a tu hermano, este es el momento de contárnoslo.

—¿Con quién tenéis que negociar?

Solo se me quedaron mirando.

—Si nos enseñas vuestras cartas, te enseñamos las nuestras —ofreció Aelix.

Lo miré, luego a Xül y por último a Marx. Era mi única aliada en aquella habitación.

El secreto era solo de Thatcher y mío, enterrado en lo más profundo desde el momento en que hicimos los votos.

Revelarlo en aquel momento me parecía una traición, pero ¿no traicionaría a Thatcher en mayor medida si el silencio implicaba su muerte?

Mi mente iba a toda velocidad. Ya habían planeado matarlo; ¿qué tenía que perder?

¿Y qué podríamos ganar si entendían que Thatcher no era su enemigo, que odiaba al mismo monstruo al que temían ellos?

Tal vez fuera lo único que podía salvarlo.

Tomé una decisión e inspiré a fondo.

—Cuando nos trajeron aquí después de la Prueba, después de que se manifestaran las habilidades de Thatcher, hicimos un pacto.

—¿Qué clase de pacto? —preguntó Xül con los ojos entrecerrados.

No lo miré. No podía. En vez de eso me concentré en Aelix, en el desconcierto creciente que reflejaban sus ojos dorados.

—Matar a Olinthar.

Ya estaba. Nuestro secreto, revelado al mundo.

Xül apretó tanto los puños que le crujieron los nudillos.

—Así que sí que quieres morir —gruñó. Su postura transmitía calma, pero sus ojos estaban cargados de ira.

No le hice ni caso.

—No lo entiendo —dijo Aelix al cabo de un momento—. ¿Por qué pretendéis…?

—Por lo que nos hizo. —Mis palabras salieron crudas, sangrantes.

La comprensión afloró a los ojos de Marx.

—Joder, Thais.

Pero Aelix seguía confundido; su mirada vagaba entre Xül y yo.

—¿Alguien podría explicarme, si no es mucha molestia, lo que al parecer sabéis todos menos yo?

Clavé la vista en Xül con desprecio indisimulado.

—Me sorprende que me guardaras el secreto. ¿O es que no vino a cuento mientras conspirabais?

—Thais… —dijo Xül en tono de advertencia, pero yo ya no estaba para jueguecitos.

—Olinthar violó a nuestra madre. Es nuestro padre.

Aelix se quedó paralizado, pero sus ojos se desplazaron hacia Xül.

—¿Tú lo sabías?

El silencio de Xül fue suficiente respuesta.

—¿Tu padre lo sabe?

Más silencio.

—Supongo que eso es un no. —Aelix se alisó el pelo con las dos manos—. Tenemos que decírselo a los otros…

—¿A los otros? —interrumpió Marx.

Aelix y Xül se miraron.

—Marx —dijo Aelix en tono pausado—, lo que estoy a punto de contarte… Como se lo repitas a alguien, todos estamos muertos. ¿Lo entiendes? No nos meterían en la cárcel. No nos castigarían. Nos matarían.

Marx se puso muy pálida, pero asintió.

Aelix inspiró a fondo.

—En Voldaris hay gente que se ha cansado de la tiranía de Olinthar. Tanto como para pasar a la acción. Hay gente que quiere que cambien las cosas.

Se me paró el corazón.

—¿Quiénes?

—Morthus. Y cuenta con el apoyo de Vorinar, Syrena y sus seguidores.

El señor de la muerte. El señor del destino. La diosa de los sueños.

Me acudieron a la mente las palabras que había pronunciado Lyralei en la Prueba: «Que sirvamos al reino divino no significa que todos estemos de acuerdo con cada tradición que se nos exige respetar».

—Y pronto se nos unirá Davina —dijo Aelix entre dientes, mirando a Xül.

Claro. Nyvora. El matrimonio. Lo habían concertado para asegurar una alianza.