The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 56. Revelaciones
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Capítulo 56. Revelaciones

E l mundo recuperó la nitidez de pronto, con un ruido ensordecedor que me arrancó de la oscuridad. Me dolía la cabeza en el lugar que había alcanzado la maldición de Aelix, pero eso no era nada en comparación con el ardor que sentía en muñecas y tobillos.

Cuerdas de sacerdote.

Me habían atado con cuerdas de sacerdote.

El fuego me lamía todos los puntos de contacto. No solo me retenía, también me drenaba. Me estaban arrebatando mi poder. Cada latido de mi corazón me empujaba un poco más hacia las ataduras encantadas, vaciándome. Temblaba de cólera.

Tiré bruscamente de las cuerdas para probar su resistencia. La silla crujió, pero no cedió.

—¿… qué cojones ha pasado? ¿Qué pretendías?

La voz de Marx atravesó la neblina roja. Estaba acuclillada frente a mí. Detrás de ella, Aelix paseaba de un lado a otro.

Y Xül.

Estaba apoyado en la pared más alejada, cruzado de brazos, taladrándome la piel con los ojos entornados. Como si tuviera derecho a mirarme.

Mi poder se desencadenó contra las ataduras, como una reacción llevada por la rabia, y de nuevo sentí un dolor insoportable. Contuve un grito y noté el sabor de la sangre.

—¿Por qué lo atacaste? —insistió Marx escrutando mi rostro—. ¿Qué tenías en la cabeza, Morvaren? No quieren contarme nada.

Miró a Xül y de nuevo a mí, pero él se mantuvo impertérrito, con una expresión que me daba ganas de arrancarme la piel. ¿Cuántas veces me habían mirado esos ojos fingiendo afecto? ¿Cuántas mentiras pronunciadas por esa preciosa boca me había tragado?

Le devolví la mirada con todo el odio del que pude hacer acopio. Mi voz sonó áspera, desgarrada por la traición.

—No te hagas el avergonzado. Explícaselo.

Aelix dejó de pasear de un lado a otro y se acercó a Marx.

—Hala. Ya has visto que se ha despertado y está bien. Ahora tienes que irte.

Marx rio sin tomarse la molestia de disimular el desprecio.

—Buen intento, pero no pienso irme a ningún sitio.

—Lo digo en serio, Marx. —La agarró del brazo y la levantó con una facilidad insultante.

—Yo también. —Alrededor de los dedos de Marx crepitó un poder que hizo que Aelix la soltara y diera un paso atrás.

Se puso a mi lado, en una muestra de solidaridad que me encogió el corazón—.

No creo que Thais sea tan suicida como para intentar atacar a tu príncipe sin una buena razón, así que ¿qué ha pasado?

—Miró a Xül con los ojos entrecerrados—. ¿Te ha hecho daño? —me preguntó.

«Sí», quería gritar.

Pero en vez de eso miré a Aelix.

—¿Lo sabías?

La solemnidad de su expresión fue bastante respuesta. Claro que lo sabía.

—Si no quieres que Marx corra el peligro que corres tú ahora por saber lo que sabes —interrumpió Aelix con tono imperioso—, te recomiendo que no digas ni una palabra más hasta que la haya sacado de aquí.

—Vete a la mierda con tus acertijos —espetó Marx, y la adoré por ello—. Me quedo, y lo que digas me importa un cojón de pato.

—Marx…

—No pienso irme a ningún sitio hasta que alguien me diga qué ha pasado —gruñó Marx.

Tiré con fuerza de las ataduras para inclinarme hacia delante, haciendo caso omiso del dolor.

—Esto es lo que ha pasado —siseé—. Que confié en él. Confié en él, y entonces encontré una carta en su estudio. —Se me quebró la voz, cargada de furia—. Hablaba de matar a mi hermano.

Marx se quedó inmóvil. Aelix cerró los ojos.

En cuanto a Xül, ni se inmutó. Mostraba una calma perfecta y aterradora que me daba ganas de gritar hasta que me sangrara la garganta.

—¿Qué? —dijo Marx con voz ahogada.

—Una cosa es que quieras hacer algo y otra que te digan que tienes que hacerlo. —Las palabras de Aelix eran demasiado cautelosas y medidas.

—Vaya, qué bien. Eso es puta poesía, Aelix. —Me incliné hacia delante tanto como me permitían las cuerdas y sentí que se me clavaban más en la piel—. Dime una cosa: ¿te acostarías con la hermana del hombre cuyo asesinato estás tramando?

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Aelix se quedó boquiabierto. La brusca inspiración de Marx arrancó ecos a las paredes de piedra.

Y por fin, ¡por fin!, Xül reaccionó. Tan solo un movimiento imperceptible, lo justo para que yo captara la contracción de un músculo en su mandíbula, para que viera que los nudillos se le ponían blancos.

—No puede ser —dijeron al unísono Aelix y Marx; ella me miraba horrorizada a mí, y él, a Xül.

—A ver, un momento. —Marx levantó las manos—. Es mucha información de golpe.

—¿No podías esperar a que ascendiera? —preguntó Aelix a Xül, y sentí que se me llevaban los demonios.

—Desde luego que no. —Se me quebró la voz al pronunciar esas palabras; la furia y el dolor me formaban un nudo en la garganta—. ¿No ves que es mucho más difícil seducir a una mujer en pleno duelo? Es mejor follársela mientras el último miembro de su familia siga con vida.

Xül se apartó de la pared con un movimiento fluido, y, cuando acortó la distancia entre nosotros, me obligué a no separarme. Se inclinó hacia abajo para hablar con una voz suave como la seda y el doble de peligrosa, y tuve que esforzarme para no desviar la mirada de esos ojos traicioneros.

—Entonces, supongo que me conoces. Por dentro y por fuera.

Aquellas palabras me calaron muy hondo. Me ardían los ojos por el peso de unas lágrimas que me negaba a derramar en aquel lugar, por su causa. Él sabía lo que me había ocurrido. Sabía lo que había sido de Sulien y de mi madre.

—Eso creía —susurré, y odié que me flaqueara la voz.

Habría jurado que se le tensaron los músculos de la cara, pero fue algo tan breve que no estaba segura del todo. Entonces giró en redondo y nos dio la espalda a los tres.

Otro suspiro de Aelix. Se me quedó mirando y sentí deseos de escupirle.

—Hay muchas cosas que no entiendes, Thais. Te falta contexto.

Me agité en la silla, aprovechando la quemazón de las cuerdas para sofocar la rabia.

—Necesito respuestas —dije—. Respuestas reales. Y vais a dármelas.

Aelix enarcó las cejas.

—¿Cuánto hace? —pregunté—. ¿Cuánto hace que ese plan se puso en marcha?

Silencio.

—¡Contestad! —Tiré de las ataduras con tanta fuerza que hice crujir la silla.

—Semanas —reconoció Aelix al cabo de un momento.

—¿Quién dio la orden?

Aelix miró a Xül, que seguía de cara a la pared.

—Es complicado.

—Pues descomplicadlo. —No estaba dispuesta a seguirles el juego—. Basta de adivinanzas. Basta de verdades a medias. Quiero saber por qué han puesto a mi hermano en la lista negra, y quiero saberlo ya.

Aelix vaciló y, después, empezó a hablar muy despacio:

—Los competidores establecen vínculos con sus mentores. Y esos vínculos se suelen convertir en alianzas. Por eso se nos recomienda elegir pupilos con poderes parecidos a los nuestros, eso simplifica su elección de dominio.

—No necesito clases de política divina.

Aelix apretó la mandíbula.

—A veces, los mentores eligen a sus contendientes por otros motivos. Motivos estratégicos, ventajas potenciales… Piezas útiles en el juego.

—Suéltalo, Aelix —espetó Marx.

—Están pasando cosas raras en Voldaris —prosiguió Aelix—. Se están formando alianzas que no deberían existir. En concreto, entre la guerra y el orden. Y puede que otras más de las que no estamos al tanto.

Dejé escapar un suspiro, aunque el peso de la traición me oprimía el pecho.

—Ya lo sé, pero ¿adónde quieres llegar?

—¿Sabes lo que ha estado haciendo tu hermano? —Miró de reojo la figura inmóvil de Xül.

—A ver si lo adivino. ¿Prepararse para unos Juicios ideados para matarnos a los dos?

—En Sundralis. Con Olinthar.

Sentí que se me paraba el corazón, pero me mantuve impasible. No sabía que las cosas hubieran evolucionado hasta este punto.

Pero habría preferido morirme a darles la satisfacción de ver mi sorpresa.

—Si Olinthar consigue hacerse con Thatcher como aliado —dijo Aelix en voz baja—, el equilibrio de poder de Voldaris dará un vuelco peligroso.

—¿Y eso justifica su asesinato? —Tiré de las ataduras, y, de nuevo, el fuego me recorrió los brazos—.

¿Solo por si acaso se rompe vuestro preciado equilibrio?

Sois todos unos putos monstruos. Lo único que os importa es el poder y quién lo ejerce.

Él ya es el rey de los dioses, el amo de Voldaris. Todos sois sus subordinados.

—No lo entiendes. No podemos permitir que Olinthar se haga aún más fuerte.

—¿Por qué? —exigí saber—. ¿Qué es lo que no me contáis?

Aelix cruzó otra mirada con Xül, que por fin se había vuelto hacia nosotros.

—Antes de revelar nada más —dijo Aelix con cautela—, tengo que saber cuánto sabes.

Dejé escapar una risa cargada de rencor.

—Ni hablar. Ya estoy harta de vuestros juegos, de que tengáis todas las cartas en la mano.

—Esto no es ningún juego, Thais…

—Ah, ¿no? ¿Vas a decirme que los poderosos no jugáis con nuestras vidas como si fueran piezas en un tablero? —Sentí que mi poder volvía a desencadenarse, y saboreé la muerte en la lengua mientras las cuerdas chisporroteaban contra mi piel.

Al final, Xül dio un paso al frente.

—Thais…

—No. —Destilé en aquella única palabra todo el veneno que pude reunir—. No me hables como si aún estuviéramos… Como si no me hubieras traicionado.

El dolor destelló en sus ojos. Puede que hubiera hasta arrepentimiento. Me daba igual. No podía importarme.

—No podemos permitir que alguien con las habilidades de Thatcher se alíe con Olinthar —insistió Aelix—. Y parece que es el rumbo que están tomando las cosas: tu hermano acabará siendo leal a Sundralis.

Dejé escapar una risa salvaje, demencial. Eran idiotas. Idiotas de cojones.

—¿Os habéis creído que entendéis lo que pasa? —Ladeé la cabeza—. ¿Que conocéis a mi hermano? ¿Que sabéis lo que está haciendo?

Aelix enarcó una ceja, expectante.

No debería decírselo. Todos mis instintos me pedían a gritos que guardara nuestros secretos. Pero la vida de Thatcher pendía de un hilo y no veía otra opción.

—Thatcher no piensa aliarse con Olinthar, idiotas. No se está dejando manipular ni convertir, ni lo que sea que haga en vuestras fantasías paranoicas —dije alzando más la voz con cada palabra.