The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 55. Lluvia de estrellas
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Capítulo 55. Lluvia de estrellas

S alí de la biblioteca hecha una furia, con la carta que me quemaba en el bolsillo. Aceleraba a cada paso que daba, hasta que acabé corriendo por los pasillos.

Mi hermano. Alguien iba a matarlo.

Y Xül lo sabía. Lo había sabido desde el principio.

«Hay cosas que no sabes sobre mí —me había dicho—. Cosas que podrían hacerte cambiar de opinión».

El aviso de Heron se refería a eso. Ese era el motivo por el que el hilo de la vida de Thatcher se truncaba.

Irrumpí a través de las puertas del castillo, en dirección a la costa, con tanta fuerza que el golpe casi las arrancó de los goznes. El cielo rojo oscuro teñía de morado el horizonte. El océano golpeaba con fuerza y escupía sobre la arena.

Dioses, qué idiota había sido. Muy muy idiota.

Le había dejado tocarme, susurrarme palabras contra la piel. Lo había dejado entrar.

Me arañé el pecho, los lugares donde Xül se había abierto camino hacia mi corazón. Cada recuerdo de la noche pasada, las manos, la boca, los labios dulces que me susurraban palabras en el cuello.

Me daban ganas de gritar, pero las contuve. No. Primero necesitaba respuestas. Necesitaba entender el motivo.

Corrí por la orilla; mi mente iba más deprisa de lo que podían llevarme mis pies.

No supe cuánto tiempo había pasado hasta que oí el sonido, la brecha que se abría en la realidad. Di media vuelta y vi que Xül cruzaba un portal.

—¿Thais? —Se detuvo para observar mi rostro—. ¿Qué sucede?

Con un esfuerzo sobrehumano mantuve la voz bajo control, aunque me temblaban las manos, que me colgaban a los costados.

—¿Hay algo que quieras decirme?

Frunció el ceño.

—¿Sobre qué?

—Lo que sea —insistí—. ¿Algo que se te haya… olvidado mencionar, quizá?

—No entiendo la pregunta. —Dio un paso hacia mí y yo retrocedí para mantener la distancia. Frunció el ceño, sorprendido.

—Piénsalo mejor —le dije con voz gélida; la calma que fingía empezaba a ceder por las costuras—. Sobre los Juicios. Sobre lo que va a ocurrir.

Me miró con cansancio, pero mantuvo la expresión neutra.

—Llevamos semanas preparándonos, Thais. Estás lista.

—¿Sé todo lo que debería sobre los Juicios? —exigí.

—Thais, ¿de qué va todo esto? —Su confusión parecía auténtica, pero yo ya no distinguía qué era real y qué una pantomima.

—El último Juicio. —Perdí el control y alcé la voz—. ¿Qué pasará en el último Juicio, Xül?

Su rostro se volvió inexpresivo.

—¿A qué te…?

—¿Qué le pasará a Thatcher en el último Juicio? —grité, perdida ya toda la compostura.

Por fin pareció comprender, y enseguida entornó los ojos con sospecha.

—¿Qué has hecho?

—¡Lo sabías! —Las palabras se abrieron paso desde la garganta—. ¡Sabías que iban a intentar matarlo y no dijiste nada!

—No tienes ni idea de lo que dices.

—¡Pues ayúdame a entenderlo! —grité—. ¡Explícame por qué me lo has ocultado! Por qué me has… —Se me quebró la voz—. ¡Por qué me has permitido confiar en ti!

Entonces, mi poder se activó y me fluyó por las venas. La piel chisporroteaba de luz, y la energía escapaba por las delgadas grietas que se me habían abierto en los brazos.

—Thais, tienes que calmarte —sugirió Xül con voz cautelosa, vigilante.

—¡No me digas lo que tengo que hacer! —La luz se me acumuló en la palma de la mano, como un remolino que se condensaba. Me la quedé mirando, asombrada, según cobraba forma: una espada, aunque yo no la había invocado conscientemente.

—Thais, para. —La voz de Xül se había vuelto más apremiante—. Tienes que reabsorber el poder.

Las estrellas del cielo me respondieron. Varias abandonaron su posición y se desplomaron sobre la tierra. Cayeron en la playa, alrededor de nosotros, y dejaron cráteres humeantes en la arena.

—¿Cómo has podido? —Las lágrimas, cálidas y amargas, me corrían por las mejillas.

Di un paso hacia él. La espada que blandía era cada vez más sólida y brillante. No quería hacerle daño; por los dioses, ni siquiera entonces quería hacerle daño. Pero el poder respondía a emociones que yo no podía controlar.

—¿Qué estás haciendo? —gritó una voz lejana que procedía de detrás de mí.

Xül miró de reojo por encima de mi hombro.

—Lo tengo todo bajo control.

Pero yo avancé un paso más, y entonces noté el olor.

Sangre.

Se me nubló la visión. La espada que sostenía en la mano parpadeó.

—Aelix, no… —trató de decir Xül.

Una maldición me golpeó la mente; fue como si me clavaran un carámbano en el cráneo. Arqueé la espalda, gritando, mientras la energía se abría paso a través de mí.

Y luego ya no hubo nada más, excepto la oscuridad que me devoró por completo.