The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 54. Descubrimientos #2
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Capítulo 54. Descubrimientos #2

Mi mirada se detuvo en un panel de madera de la pared de detrás del escritorio, de un tono algo distinto al de los demás. Recorrí los bordes con los dedos hasta notar un pequeño saliente. Apreté y el panel se deslizó hacia un lado.

Dentro había varios pergaminos y una carpeta de cuero sujeta con una cinta negra. Se me aceleró el corazón cuando la saqué, y desaté la cinta con unos dedos que de repente sentía torpes. Cayó una libreta encuadernada en cuero rojo oscuro.

La recogí, intrigada, y hojeé las páginas cubiertas por la letra de Xül.

Parecía una especie de diario en el que documentaba su opinión sobre los participantes en los Juicios.

Había muchos tachones. Muertes. Cada entrada era una valoración breve: «Marx: imprevisible, prefiere las tácticas de emboscada, postura defensiva débil», o «Elian: dominio adecuado de la magia de los elementales, poco imaginativo, es improbable que sobreviva».

Encontré mi propio nombre. «Thais Morvaren: manipulación estelar superior a la esperada, mente táctica, apego preocupante a su gemelo». Lo último me revolvió el estómago. Mi amor por Thatcher le parecía una debilidad. Cómo no.

Estaba a punto de cerrar el compartimento secreto cuando otra cosa me llamó la atención: un pergamino doblado encajado al fondo. Alargué la mano y mis dedos se cerraron en torno a él.

Al sacarlo me di cuenta de que estaba sellado con un lacre que no reconocí.

Pasé los dedos por el sello mientras la culpa y la curiosidad libraban una batalla en mi pecho. Aquello no estaba destinado a mí; era correspondencia privada de Xül.

Pero me carcomía la inquietud y desplegué el pergamino.

Era una sola hoja, cubierta de una letra elegante y fluida… en un idioma que no reconocí.

Pero una palabra me llamó la atención de inmediato: «Morvaren».

Me dio un vuelco el corazón.

Volví a doblar la carta con determinación y me la guardé en el bolsillo de la bata de Xül.

Tenía que traducirla.

Tras haberme asegurado de que todo lo demás estuviera tal como lo había encontrado, cerré el compartimento y después abandoné el estudio. Iba toqueteando la carta que llevaba en el bolsillo mientras me dirigía al único lugar donde podría encontrar las respuestas que buscaba.

La primera vez que entré en la biblioteca de la Aguja de Hueso me quedé boquiabierta como una tonta pueblerina, abrumada por el tamaño. Incluso en aquel momento, al empujar las enormes puertas con herrajes, sentí una punzada de vértigo al contemplar el espacio que se extendía ante mí.

¿Por dónde se suponía que debía empezar?

En circunstancias normales habría pedido ayuda a uno de los bibliotecarios, aquellas figuras silenciosas y traslúcidas que deambulaban entre las estanterías. Pero Xül había dispensado a todos los sirvientes, y en la amplia biblioteca vacía reinaba un silencio sobrecogedor.

En cierto modo me venía bien: nadie iba a preguntarme por qué me interesaban de repente las arcanas lenguas divinas. Pero también significaba que estaba sola en aquel laberinto.

Deambulé por allí durante lo que me parecieron horas, tratando de descifrar la forma en que se organizaban los escritos.

En su mayoría estaban etiquetados en lenguas que no conocía, y en los pocos volúmenes identificados en la lengua común se utilizaba algún sistema de clasificación que no acertaba a entender.

Al final divisé unos símbolos familiares en un estante lejano: la misma escritura fluida de la carta. Estaba en el tercer nivel del ala este, al que se accedía por una estrecha escalera de caracol que crujía bajo mi peso.

Forzando la vista en la penumbra, inspeccioné una página tras otra de denso texto académico. El dolor de cabeza que acechaba desde por la mañana floreció detrás de mis ojos, un latido constante que me hacía difícil enfocar.

A última hora de la tarde estaba a punto de gritar de frustración. Me desplomé en un sillón y me froté los ojos mientras la carta se burlaba de mí desde la mesa. ¿Qué esperaba? ¿Encontraría un manual titulado Lengua divina para principiantes ?

Tenía que abordarlo de una forma más inteligente.

Si no podía traducir la carta por mí misma, quizá encontrase algo ya traducido, una edición bilingüe que me permitiera relacionar los símbolos con sus significados.

Dejé atrás los libros desordenados y me trasladé a otra sección, donde había visto volúmenes con diversas escrituras en el lomo, quizá tratados o registros diplomáticos. Bien merecía un intento.

Las estanterías eran aún más altas en aquella zona, y solo se podía acceder a los estantes superiores por medio de una escalera móvil instalada en un riel. Subí con precaución por la madera que crujía bajo mis pies, mirando los títulos a medida que avanzaba.

Cerca de la parte de arriba, casi fuera de mi alcance incluso con la escalera, divisé un libro prometedor: Concordancias de los doce dominios ; su lomo lucía caracteres de varios alfabetos.

Era más pesado de lo que parecía. Estaba encuadernado en cuero azul oscuro y tenía símbolos plateados grabados en la cubierta. Bajé con él a mi mesa de lectura y sentí encenderse una llamita de esperanza cuando, al abrirlo, encontré justo lo que buscaba.

Mi entusiasmo se desvaneció en cuanto profundicé en el contenido. Estaba repleto de tratados y acuerdos formales, todo cortesía y jerga administrativa. Era improbable que el vocabulario propio de las relaciones entre los dominios me ayudara a traducir una carta personal.

Aun así, era un comienzo. Emprendí el laborioso proceso de emparejar las palabras de la carta con las del libro, y fui tomando notas en un trozo de papel que había encontrado dentro de otro tomo.

Iba a paso de tortuga; para descifrar cada palabra tenía que pasar muchas páginas y hacer un montón de conjeturas.

A medida que transcurrían las horas me ardían los ojos, me dolía la mano de tanto escribir y me rugía el estómago, recordándome que no había comido nada desde el desayuno. La luz que entraba por los ventanales pasó del perpetuo carmesí diurno de Draknavor al granate del atardecer.

Xül volvería pronto. Tenía que darme prisa.

«Por los dioses, Thais. Concéntrate».

Pero, palabra por palabra, la carta empezaba a cobrar forma.

«… principal preocupación…», «último Juicio…».

Y ahí estaba de nuevo: «Morvaren».

El corazón me martilleaba las costillas mientras volcaba toda mi atención en las palabras que rodeaban mi apellido.

Hojeé frenética la Concordancia , en busca de coincidencias. Algunas palabras se resistían a revelar su significado, lo que creaba lagunas en mi traducción, pero entendí lo suficiente para que se me helara la sangre.

«Morvaren…», «… riesgo inaceptable…», algo que no lograba traducir, «… inestable…», «… amenaza…».

«¿Qué?».

Trabajé con urgencia renovada, olvidando el agotamiento mientras el miedo me impulsaba a continuar. Conseguí descifrar más fragmentos: «… último Juicio…», «… hombre…», «… preocupación…», «… eliminado…».

«Eliminado». Aquella palabra destacaba entre las demás, con un significado inequívoco.

Pero entonces traduje la línea y se me heló la sangre en las venas.

«El hombre Morvaren es nuestra principal preocupación. Debe ser eliminado en el último Juicio».

No hablaba de mí.

Hablaba de Thatcher.

«Debe ser eliminado».

La hoja resbaló de mis dedos entumecidos y cayó a la mesa como un fantasma. Me invadieron las náuseas y un sudor frío me brotó de la piel.

Y después no sentí más que rabia.