The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 54. Descubrimientos
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Capítulo 54. Descubrimientos

U n aroma a carne asada y pan recién hecho me arrancó del sueño, y, de forma instintiva, extendí un brazo por encima de las sábanas antes de haber despertado del todo. Mis dedos solo encontraron un espacio vacío, aunque todavía cálido.

Me incorporé y las sábanas de seda se me arremolinaron alrededor de la cintura.

La luz escarlata de Draknavor entraba por las ventanas, pintando de tonos sanguíneos la ropa de cama arrugada.

El suelo estaba sembrado de las pruebas de nuestras fechorías: mi vestido hecho jirones, los cristalitos de una copa que ninguno de los dos se había molestado en atrapar cuando cayó.

Me apreté con los dedos la sensible marca de un mordisco en el hueco de la garganta; el ligero dolor era un recordatorio tangible de que lo ocurrido la noche anterior no había sido un sueño febril.

Cuando me levanté, el frío perpetuo del castillo me erizó el vello de la piel desnuda. Me puse lo primero que encontré: la bata de seda negra de Xül, que colgaba de la puerta. El tejido se deslizó por mi piel como si fuera agua.

Seguí el olor de la comida, con la fría piedra mordiéndome los pies descalzos. La bata revoloteaba alrededor de mis tobillos con cada paso, y las mangas colgaban cómicamente más allá de mis dedos.

Doblé la esquina para entrar en el pequeño comedor y me quedé paralizada.

Xül estaba junto a la mesa, poniendo comida en los platos. Lo tenía de espaldas, y sus músculos se flexionaban con sus movimientos. Solo llevaba un pantalón negro holgado, con la cinturilla por las caderas. Sus trenzas del color de la medianoche seguían revueltas por el sueño.

—Eso de quedarte mirando se ha convertido en un hábito —dijo sin volverse, y su voz grave me acarició unos nervios que ya estaban a flor de piel—. Pero tampoco es que me importe.

Me apoyé en el marco de la puerta y contuve el ridículo impulso de correr hacia él, de pegarme a su espalda desnuda y sentir su calor.

—¿Ahora cocinas?

Volvió la cabeza hacia mí, con la boca arqueada en aquella media sonrisa que le hacía cosas peligrosas a mi corazón. Me inspeccionó de arriba abajo, y sus ojos se demoraron en la V que formaba la bata en mi pecho.

—He dado el día libre al personal —dijo girando hacia mí—. Hoy quería ser yo quien te sirviera.

Me acerqué a él, hecha un manojo de nervios. ¿Qué reglas regían aquella frágil y recién nacida relación entre nosotros?

—Siéntate —dijo, y me acercó una silla—. Antes de que se enfríe.

Así lo hice, y el aroma del pan recién horneado arrancó a mi estómago un rugido vergonzoso. Xül sonrió divertido mientras tomaba asiento frente a mí. Su pie descalzo rozó el mío por debajo de la mesa.

—Come —dijo señalando lo que había preparado: un pan aún humeante, cerdo a la plancha y huevos revueltos con pimiento y cebolla—. Tienes que reponer fuerzas.

Partí un trozo de pan.

—¿Se puede saber para qué?

Sus ojos se oscurecieron.

—No te hagas la inocente, estrellita.

—¿Para los Juicios? —pregunté con tono ingenuo.

—Entre otras cosas.

Su forma de decirlo me provocó un escalofrío.

Era curiosa la rapidez con que habían cambiado las cosas entre nosotros. Dos meses atrás me habría cortado la lengua antes de compartir mesa con el guardián; en aquel momento no podía quitarme de la cabeza sus jadeos contra mi cuello, la reverencia con que sus manos me recorrían el cuerpo.

—Estás pensando muy alto —dijo interrumpiendo mis cavilaciones.

Alcé la vista y lo vi mirándome con una expresión indescifrable.

—Igual es que prestas demasiada atención.

—La bata no ayuda. O, mejor dicho, la ausencia de bata en sitios demasiado llamativos para pasarlos por alto.

—Puede que lo haya hecho adrede —dije con una sonrisa.

—No me cabe la menor duda —murmuró, y dejó el tenedor en el plato—. Pero tengo que irme en breve; debo ocuparme de un asunto urgente.

Se me encogió el corazón.

—¿Qué clase de asunto?

—De los que no pueden esperar. —Su tono tajante luchaba con la vacilación de sus ojos.

—¿Tiene algo que ver con Nyvora? —La pregunta se me escapó, débil y patética.

En sus ojos brilló la sorpresa, o puede que la culpa.

—No —dijo tras una pausa demasiado larga—. No tiene nada que ver con ella.

—Ya veo. —Dejé la copa en la mesa para no lanzársela a esa puta cara perfecta—. ¿Cuándo vuelves?

—Esta noche. —Dudó, y luego añadió—: ¿Me esperarás despierta?

Por todos los dioses, esa pregunta me dejó sin fuerzas para resistirme.

—Lo intentaré, guardián.

Sus labios esbozaron una sonrisita.

—Bien.

—Antes de que te vayas —dije pasándome una servilleta por los labios—, ¿es posible que vea a Thatcher antes del próximo Juicio?

—Eso puede ser difícil —respondió con la cabeza ladeada y los ojos entrecerrados.

—¿A causa de Chavore?

—Hace mucho tiempo que nuestra relación no es cordial —dijo con cautela—. Una visita mía a su dominio no sería… bien acogida. Y una solicitud suya de venir aquí, menos aún.

—¿Cuánto hace que eres inmortal? —pregunté frunciendo el ceño—. ¿Una década? ¿Y ya has tenido tiempo de cultivar rencillas?

Soltó una risa áspera, desprovista de humor.

—Te sorprendería lo deprisa que pueden torcerse las cosas. Y que él sea un perrito faldero bien adiestrado de Olinthar crea más obstáculos todavía. —Se apartó de la mesa y se puso en pie—. Le daré una vuelta.

—Es importante, Xül —dije, y yo también me levanté—. Tengo que verlo.

Asintió y su expresión se suavizó.

—Intentaré encontrar la forma.

La ternura con que habló fue mi perdición. Alargué la mano hacia él e introduje los dedos por la cintura del pantalón para retenerlo.

—¿Cómo es de urgente esa reunión? —pregunté.

Sus pupilas se dilataron; el negro casi engullía el dorado de su ojo derecho.

—Bastante —dijo, aunque no hizo ademán de apartarse.

Me apreté contra él y saboreé su brusca inspiración.

—Creo que cualquier reunión que tengas puede esperar diez minutos.

Me rodeó la cintura con las manos y, por un instante, creí que había ganado. Pero entonces dio un paso atrás y se separó.

—No puedo —dijo con voz ronca—. Por mucho que lo desee…, y, por los dioses, no sabes cuánto lo deseo, no puedo posponerla.

Me crucé de brazos sin molestarme en subirme la bata, que se me había caído por un hombro.

—¿Todo va bien?

—Sí —respondió demasiado deprisa—. No es nada de lo que tengas que preocuparte.

No me lo tragué, y enarqué una ceja para demostrárselo. Su boca se ensanchó un poco.

—Volveré en cuanto pueda —prometió—. Y entonces tendremos ocasión de… continuar con esta charla.

—¿Es una orden? —pregunté con voz melosa pese a la frustración que bullía en mi interior.

—No. —Extendió la mano y me colocó un mechón detrás de la oreja; su contacto me lanzó chispas por la piel—. Es una petición. Espérame. En mi cama.

Se me cortó el aliento. Antes de que pudiera responder, se inclinó y capturó mis labios en un apasionado beso que me dejó aturdida y con ganas de más.

—Hasta esta noche —murmuró contra mi boca.

Y entonces se marchó; la oscuridad se arremolinó a su alrededor y solo quedaron su aroma y el recuerdo de su contacto.

Me quedé inmóvil un buen rato, con los dedos apretados contra los labios, que aún me hormigueaban. La sensación de inquietud en el estómago no se disipaba. Algo iba mal.

Se me había cortado el apetito. Recogí la mesa, y envolví y guardé el pan y la carne. Había algo reconfortante en aquella tarea tan cotidiana, tan alejada del caos en que se había convertido mi vida.

Mientras mis manos trabajaban por sí solas, mi mente iba a toda velocidad.

La noche anterior lo había cambiado todo y, a la vez, no había cambiado nada.

Xül me tocaba como si fuera algo precioso, me susurraba contra la piel palabras que me hacían pensar que podríamos encontrar juntos una forma de seguir adelante.

Pero, a la fría luz de la mañana, la realidad me golpeó con todas sus fuerzas: él estaba atado a otra mujer, y yo seguía siendo tan solo una participante de los Juicios.

Xül aún tendría que contraer aquel matrimonio que lo haría infeliz. Pero ningún futuro estaba labrado en piedra. Hasta Heron había reconocido que el destino podía cambiarse, que los caminos se podían alterar.

Tenía que ver a Thatcher. Se me formó un nudo de ansiedad en el pecho al pensar en someterme a otro Juicio sin haber hablado antes con él.

¿Y si nos lanzaban a desafíos independientes?

¿Y si los aesymar nos mantenían separados hasta el final?

No podía confiar en que dispondríamos de tiempo para trazar una estrategia durante cualquier Juicio cruel que hubieran ideado.

El siguiente Juicio.

Volví a pensar en la carta que habíamos recibido. Algunas de las anteriores contenían pistas ocultas o palabras crípticas que cobraban sentido en retrospectiva. ¿Había llegado a leerla yo? Con las… distracciones de Xül, no me acordaba.

No, no era así. Xül ni siquiera me la había enseñado.

Caminé por el castillo, siguiendo los sinuosos corredores hasta llegar a la enorme puerta doble de su estudio.

Empujé la madera y entré, con un nudo de culpa en la garganta. Olía a tinta y pergamino. Los recuerdos de lo que había ocurrido allí entre nosotros me pasaron por la mente como una estrella fugaz. Mi espalda contra la mesa, papeles esparcidos por el suelo…

«Concéntrate, Thais».

Dioses. ¿Por dónde podía empezar?

Me senté al escritorio, me hundí en la silla y observé el batiburrillo que se extendía ante mí.

En contraste con el orden y la meticulosidad que caracterizaba los demás aspectos de su vida, el espacio de trabajo de Xül era un campo de batalla de papeles, pergaminos, libros abiertos y tinteros medio vacíos.

Un caos organizado. No me cabía duda de que él sabía dónde estaba cada cosa.

Pues me alegraba por él, pero yo no tenía ni puta idea.

Empecé por la pila de papeles que parecían más recientes. Casi todos eran documentos administrativos irrelevantes.

Abrí el cajón superior del escritorio y lo encontré lleno de pergaminos en blanco y plumillas de repuesto. El segundo cajón contenía lacres de diversos colores.