Capítulo 53. Thatcher #2
Quería detenerlo, pero eso solo revelaría mis auténticos sentimientos. Así que me quedé plantado, con las manos a los costados, los puños apretados y las uñas clavadas en las palmas.
—La justicia requiere tomar decisiones difíciles, Thatcher.
—Me miró de reojo para evaluar mi reacción—.
¿Es justo permitir que un espía vuelva junto a su amo con información que podría destruir vidas inocentes?
En los conflictos no existen las soluciones fáciles, solo las acciones necesarias y sus consecuencias.
La luz se le acumuló de nuevo en las yemas de los dedos, más caliente que antes. Los ojos del umbrío, llenos de miedo, buscaron los míos.
—Ayúdame —susurró, casi inaudible.
Se me encogió el corazón. La culpa y el instinto de supervivencia libraban una batalla en mi interior.
Me acordé de Chavore, que esperaba fuera; de Thais, en Draknavor; de nuestro plan, tan frágil, que dependía por completo de que yo fuera capaz de mantener aquella farsa.
Pensé en Sulien, que había muerto para proteger nuestro secreto.
En mi madre, destruida por el mismo ser que tenía delante en aquel momento.
Durante un breve instante de insensatez, pensé en terminar con él allí mismo; tirarme a su cuello, quemar mis reservas mortales para desatar todo lo que se agazapaba en mi interior.
Peo el poder que irradiaba era sofocante, antiguo e inmenso.
Me aplastaría como a un insecto antes de que pudiera tocarlo siquiera.
No; para poderlo retar con alguna posibilidad de éxito, primero tenía que ascender, convertirme en una deidad.
Un momento de venganza, por satisfactorio que fuera, destruiría todo aquello por lo que nos habíamos sacrificado.
Olinthar posó la mano en el hombro del prisionero. El grito que siguió, agudo, desesperado, inacabable, hendió la cámara. El aire se llenó del olor de la carne chamuscada.
Mantuve el rostro inexpresivo mientras, dentro de mí, se desataba la cólera. Aquello era un numerito montado para que yo lo viera. Y lo odié por ello. Me odié por ser testigo, por no intervenir.
Los minutos se alargaron en un borrón de dolor. El prisionero ya no parecía un ser de la oscuridad. Tenía el cuerpo cubierto de quemaduras, la piel con trozos al rojo vivo. Un brazo le colgaba en un ángulo antinatural. La sangre negra se acumulaba bajo la silla.
—Por favor —susurró el umbrío entre grito y grito, con la mirada clavada en mí—. Pon fin a esto.
Olinthar se detuvo y se volvió hacia mí con una mirada expectante.
—¿Ves? Hasta él te suplica que intervengas.
Los gritos fueron a más, se me clavaron en el cerebro, me hicieron vibrar los dientes, saturaron el aire hasta que ya no pude pensar, no pude respirar. Mi odio por Olinthar luchaba con la necesidad aplastante de terminar con aquello.
No por Olinthar. No para complacerlo.
Por el ser cuyo sufrimiento ya era insoportable.
Di un paso al frente. El umbrío me vio aproximarme con un destello de esperanza en su único ojo funcional.
Mi poder se desató, salvaje y sin control.
El umbrío estalló en pedazos.
Fue la única compasión que pude ofrecerle.
—Extraordinario —comentó Olinthar en voz baja—. En el entrenamiento te has estado reprimiendo. Lo sospechaba.
Me esforcé por respirar con normalidad, por aplacar el huracán de emociones que amenazaban con hacer pedazos la máscara que mantenía con todo cuidado. No confiaba en mi capacidad de hablar. Dioses. Quería arrancarle la puta cabeza. Quería hacerle a él lo mismo que le había hecho al umbrío.
—El poder en bruto responde a la emoción, Thatcher. A la intención. —Olinthar me estudió con renovado interés—. Querías terminar por completo con su sufrimiento y lo has hecho.
Se equivocaba. Lo que quería era reventar algo…, y el umbrío era el único objetivo disponible. Porque mi auténtico objetivo estaba frente a mí, intacto excepto por las salpicaduras de sangre oscura que se limpiaba con gesto indiferente.
—Ya hemos terminado aquí. —Me posó la mano en el hombro y me condujo de vuelta a las escaleras.
Tuve que reprimir el impulso de sacudirme de encima la mano que me tocaba.
Cuando salimos, la puerta se cerró con un golpe hueco—.
Tu compasión habla bien de ti, Thatcher.
Pero recuerda que, a veces, la compasión debe rendirse a la necesidad.
Subimos las escaleras en silencio, y, mientras, yo repasaba en mi mente lo ocurrido. La sala. Los gritos. El momento en que se había desatado mi poder y había terminado con una vida.
Cuando llegamos a la superficie y la luz me deslumbró tras las sombras de las mazmorras, todavía me sentía tan furioso que era incapaz de hablar.
Le seguiría el juego. Le haría creer que sus lecciones me enseñaban algo.
Y, cuando llegara el momento, usaría hasta la última brizna de mi poder contra él.
Encontramos a Chavore en el pasillo que llevaba al despacho de Olinthar. Lo acompañaba Elysia, que tenía el pelo brillante y se reía. Al vernos llegar, con la ropa cubierta de manchas negras, su risa se apagó.
—Padre… —dijo Chavore. Paseó la mirada entre él y yo.
Olinthar asintió.
—Necesito también un momento de tu tiempo, hijo mío. —Desvió la mirada hacia Elysia—. ¿Te importaría acompañar a Thatcher de vuelta a Bellarium? Creo que ya hemos alterado demasiado su régimen de entrenamientos.
Elysia sonrió.
—Será un placer. —Se me acercó con pasos gráciles, como si flotara—. ¿Nos vamos?
Antes de que pudiera responder, Olinthar dio un paso hacia mí y me sujetó el hombro con fuerza.
—Gracias por tu visita, Thatcher. —Bajó la voz para que solo la oyera yo—. Eres un buen hombre.
Las palabras cayeron sobre mis hombros como un pesado manto. Logré asentir, y enseguida Elysia me cogió del brazo y me llevó a un nuevo portal, que se abrió con un destello al aproximarse ella.
—Buen viaje —se despidió Chavore, y nuestras miradas se cruzaron un instante. Vi en sus ojos preocupación… y algo más. Una pregunta, quizá, o un aviso.
A continuación, atravesamos la luz y Sundralis desapareció. Bellarium se materializó alrededor de nosotros; sus tonos azules y plateados fueron un alivio tras tanto oro implacable. La lluvia seguía cayendo y salpicaba los senderos de piedra mientras cruzábamos los jardines.
Elysia no me había quitado la mano del brazo.
—Pareces preocupado —dijo, rompiendo el silencio.
—No es nada. —La mentira me dejó un sabor amargo en los labios.
Elysia se detuvo y me clavó la mirada. Los ojos dorados me examinaron el rostro.
—Cuando Olinthar concede una audiencia privada, nunca es porque no pasa nada. —No lo dijo con tono acusatorio, sino con una tranquila certeza—. ¿Qué quería de ti?
Desvié la mirada. La lluvia se me acumulaba en el pelo.
—Me ha ayudado con mi entrenamiento.
—Ya veo —respondió con un tono que me obligó a mirarla. La comprensión se le reflejaba en los rasgos—. Puede llegar a ser… muy exigente.
—Es una forma de decirlo —murmuré.
Elysia frunció los labios.
—Muchos lo malinterpretan. Olinthar carga con el peso de mantener el orden en todos los reinos. Eso lo obliga a tomar decisiones que otros considerarían demasiado severas.
—¿Como la tortura? —se me escapó.
No cambió de expresión, pero entornó los ojos.
—¿Eso es lo que ha sucedido?
No dije nada, lo que fue respuesta suficiente.
Elysia suspiró, y al poco reanudamos nuestro paseo por los jardines empapados por la lluvia.
—La línea que separa la necesidad y la crueldad se difumina cuando gobiernas un panteón, Thatcher. Las acciones de Olinthar siempre sirven a algún propósito.
—¿Y eso lo justifica todo?
Me miró de soslayo.
—A Chavore también le cuesta… entender lo que requiere el verdadero liderazgo.
Pensé en la cara de Chavore cuando Olinthar lo dejó al margen, la herida que no logró ocultar del todo.
—Busca la aprobación de su padre.
—¿No es lo que hacemos todos? —La risa de Elysia sonó hueca en el jardín empapado de lluvia. Parte de mí quería estrangularla. Estaba chalada. Estaba como una puta cabra.
Llegamos a la entrada del ala oeste, donde se encontraban mis aposentos. Elysia me soltó el brazo y retrocedió.
—Piensa en lo que ha ocurrido hoy —me sugirió—. No solo en los actos, sino en su porqué. Olinthar no hace esas pruebas sin una razón.
—Pruebas —repetí. Una palabra hueca, insustancial.
—Todo es una prueba, Thatcher Morvaren. La cuestión es si busca los límites de tu fuerza… o los de tu debilidad.
Se dio la vuelta y se alejó caminando; el brillo de su pelo se perdió entre la neblina húmeda.
Volví a mi cuarto y me quité la ropa manchada de sangre de umbrío. Estuve bajo el agua muy caliente hasta que se me enrojeció la piel, pero me seguía sintiendo sucio. Había matado a un prisionero indefenso. Me había alejado un paso más de la persona que era en Cresta Salada.
Una prueba. Por supuesto que sí. Pero no podía sacudirme de encima la sensación de que Olinthar había encontrado en mí lo que iba buscando.
Y no había nada que pudiera darme más miedo.