Capítulo 53. Thatcher
E strujé el pergamino en el puño y el sello dorado de Olinthar reflejó la luz mortecina que atravesaba el cristal. La lluvia golpeaba con fuerza la ventana del estudio de Chavore, y mi corazón hacía lo mismo contra las costillas.
—Quiere verme de nuevo —dije, y arrojé la carta al escritorio que nos separaba—. Esta semana ya van tres veces.
Chavore estaba de pie junto a la ventana, con los hombros tensos bajo la túnica bordada de plata. No se giró, pero el reflejo mostró que apretaba los dientes.
Me recosté en la silla.
—Para tratarse de alguien que gobierna el panteón entero, desde luego, le sobra tiempo libre.
Las cenas no habían sido nada muy elaborado; solo estábamos presentes nosotros tres, y Olinthar me hacía una pregunta tras otra sobre mi vida en Cresta Salada, el entrenamiento con Chavore, mi opinión sobre los dominios divinos…
Las partidas de ajedrez se alargaban durante horas; las jugadas iban acompañadas de observaciones filosóficas sobre estrategia y sacrificio.
Cada momento era una actuación; cada palabra, una cuidadosa danza alrededor de la verdad.
Aquellos encuentros me dejaban agotado. Sentarme frente a aquel monstruo y verlo comer y reír. Sonreír y asentir a sus historias. Responder a sus preguntas como si fuéramos viejos amigos poniéndose al día. Me costaba muchísimo no estirar el brazo sobre la mesa y clavarle un cuchillo en el cuello.
Después, cuando regresaba a mis habitaciones, me dolía la cabeza por el esfuerzo de ocultar lo mucho que lo odiaba. Pero merecía la pena si con ello podía acercarme a él tanto como para llegar a matarlo.
—En toda mi vida no le había visto mostrar tanto interés en algo como el que tú le provocas.
—La voz de Chavore se mantuvo serena, pero asomó a ella una nota áspera—.
Incluso te mira cuando hablas. Te has dado cuenta, ¿a que sí?
Cuando contaste la anécdota de la competición de pesca, se rio. Se rio de verdad.
Lo estudié con atención. Me costaba conciliar la imagen del dios que me entrenaba y la del hijo abandonado a la sombra de su padre.
—Te cambiaría el lugar sin pensármelo —respondí—. Su atención es agobiante.
Chavore le dio la espalda a la ventana.
—¿Te haces una idea de cuántas veces he estado en la cámara del consejo mientras él debate con sus asesores?
¿Cuántas horas me he pasado esperando que preste atención a una sugerencia mía?
—Cogió una botella de cristal y vertió su contenido ambarino con demasiada fuerza—.
Y a ti te escribe él en persona. Te invita a audiencias privadas.
Me esperaba resentimiento, o quizá celos. Pero lo que veía era una vida entera de heridas invisibles, una desesperada necesidad de reconocimiento que nunca se satisfacía.
Antes de que pudiera responderle, un portal floreció en el centro del estudio y abrió una grieta de luz dorada en la realidad.
Chavore se alisó la ropa.
—Parece que nos están esperando.
—No hace falta que vengas —sugerí.
—No te preocupes por mí, Thatcher. —Chavore fingió una sonrisa despreocupada—. He tenido muchas ocasiones para practicar el arte de decepcionar a mi padre. Estoy acostumbrado. —Señaló el portal que nos esperaba—. Pasa tú primero.
Vacilé.
—Por si sirve de algo —comenté—, creo que él se lo pierde.
La sorpresa asomó a los rasgos de Chavore, aunque la disimuló enseguida con un descuidado encogimiento de hombros. Pero llegué a ver el brillo de gratitud de sus ojos.
Me adentré en la luz dorada y el mundo se disolvió a mi alrededor. Mi cuerpo se dispersó y se reintegró al otro lado.
Sundralis resplandecía; su eterna luz solar era casi demasiado intensa tras la suave lluvia de Bellarium.
Y allí, en el borde de la plataforma de llegada, nos esperaba el mismísimo Olinthar.
El rey de los dioses vestía ropa sencilla, ajustada con un cinturón de oro; el único adorno que llevaba era una fina corona sobre el cabello negro.
—Thatcher Morvaren. —La voz de Olinthar resonó en la explanada de mármol—. Bienvenido otra vez a mi domino.
Hice una reverencia. En las visitas previas ya me había acostumbrado a ese gesto.
—Gracias por la invitación, lord Olinthar. —Las palabras me supieron a veneno.
—Padre… —Chavore imitó mi gesto, con la espalda tiesa como una tabla.
La mirada de Olinthar pasó sobre Chavore sin detenerse.
—Espéranos fuera de mi despacho. —Olinthar se volvió hacia mí—. Tengo asuntos que tratar con Thatcher.
Al mirar de reojo a Chavore vi el destello de dolor antes de que pudiera ocultarlo.
Olinthar me puso la mano en el hombro.
—No tardaremos mucho.
Chavore hizo otra reverencia y, tras retroceder varios pasos, dio media vuelta. Caminó hacia los distantes jardines, con la espalda igual de envarada, como un soldado que acude a la batalla, y no un hijo despedido por su padre.
Olinthar contempló su partida con una expresión indescifrable.
—Ven —me dijo—. Quiero enseñarte una cosa.
No me condujo al alto palacio que ya había visitado en otras ocasiones, sino a una estructura más pequeña de oro y piedra blanca. En el interior había una escalera de caracol descendente; cada peldaño emitía, al pisarlo, un tenue resplandor dorado que se desvanecía tras nuestro paso.
—¿Tu entrenamiento avanza a buen ritmo? —me preguntó Olinthar mientras bajábamos hacia la oscuridad.
—Sí, mi señor.
—Déjate de formalismos cuando hablemos en privado, por favor. —Con cada vuelta que dábamos por la escalera, la luz ambiental se hacía más débil—. Entiendo que a la hora de desarrollar tu talento te enfrentas a ciertas… restricciones.
Me detuve un instante.
—¿Restricciones?
—Dominar tu poder por completo requiere práctica. —Su voz reverberaba en las paredes de piedra—. Pero no puedes matar tan solo para entrenarte.
Un escalofrío me recorrió la columna.
—No, no sería capaz.
—Un dilema ético. Quieres afinar tus habilidades sin comprometer tus principios.
La escalera desembocaba en un pasillo estrecho. Había antorchas encendidas en apliques de hierro, pero las llamas mostraban una inmovilidad antinatural… como todo en aquel dominio sometido a un control perfecto.
—¿De qué querías hablar conmigo? ¿Por qué me traes aquí? —pregunté. La inquietud me producía un hormigueo en la piel.
—Creo que he encontrado una solución para tu dilema. —Olinthar se detuvo frente a una gruesa puerta con herrajes—. Un modo de que practiques tu don sin reservas.
Posó la palma en la puerta, que se abrió hacia dentro sin el menor ruido. La sala estaba sumida en la penumbra, pero en el centro distinguí una figura atada a una silla.
—¿Qué es esto? —pregunté.
Olinthar entró y de la palma le brotó una luz. La repentina iluminación reveló lo que nos rodeaba: una sala de piedra carente de cualquier adorno. Y, en el centro, un sirviente umbrío.
La figura estaba envuelta en ropas negras y carmesí. Las facciones eran casi las de un mortal, pero más alargadas, y los ojos, dos charcos de tinta. El ser estaba desplomado hacia delante, sostenido por las ataduras, y con la cabeza agachada.
—Mis guardias capturaron a este espía en la frontera de Sundralis hace tres días. —Olinthar dio vueltas alrededor del prisionero como un depredador.
El umbrío levantó la cabeza al oír la voz de Olinthar. Tenía un ojo cerrado e hinchado, pero el otro se clavó en mí con inquietante claridad. Llevaba en el rostro las marcas de la violencia reciente: un labio partido, una mejilla amoratada, sangre seca que parecía aceite en la comisura de la boca.
—Ha sido interrogado a fondo, pero se niega a cooperar. —Olinthar se detuvo tras el prisionero y le puso las manos en los hombros—. Y, ahora, debe enfrentarse a la justicia.
Lo que daba a entender fue como una bofetada.
—Quieres que lo mate.
—Quiero que practiques tu don con un ser que lo merece. —Olinthar no alteró su expresión serena—. No es inocente, Thatcher. Es un enemigo que habría provocado daños a mi dominio y a sus habitantes.
Miré al umbrío en busca de la amenaza que describía Olinthar, pero lo único que vi fue un prisionero maltrecho, atado e indefenso.
—No puedo —respondí.
Olinthar me estudió con una expresión ilegible de sus ojos dorados.
—Lo comprendo. Arrebatar una vida, aunque sea algo merecido, no es nada fácil si no representa una amenaza inmediata. —Asintió—. Puede que no estés tan preparado como pensaba.
Sentí un gran alivio, que se evaporó en cuanto Olinthar habló de nuevo.
—Muy bien. Habrá que hacerlo de otra manera. —Se situó frente al umbrío—. Puesto que nuestro invitado se niega a compartir con nosotros lo que sabe, y tú te niegas a concederle un final rápido, tendremos que ser más persuasivos.
Y, antes de que yo pudiera reaccionar, Olinthar levantó la mano. Una luz ardiente y cegadora se le acumuló en las yemas de los dedos. Posó la palma en el pecho del umbrío.
El grito de aquel ser atravesó la sala y me resonó en el cráneo. El olor de la carne quemada, espeso y repulsivo, llenó la estancia.
Sentí que la bilis me subía por la garganta e hice un enorme esfuerzo por mantener una expresión neutra. El odio se me metió bajo la piel y amenazó con hacer trizas mi tapadera. Ahí estaba: ese era el ser al que mi hermana y yo habíamos jurado destruir.
Y que en aquel momento torturaba a un prisionero indefenso delante de mis ojos.
Olinthar retiró la mano y la luz se desvaneció. El umbrío cayó hacia delante; entre los dientes apretados se le escapaba un jadeo entrecortado. Tenía en el pecho una quemadura en forma de mano, cuyos bordes aún relucían por el calor.
—Este es el destino que aguarda a los enemigos de mi reino, Thatcher. —Olinthar se expresaba con la misma calma que si estuviera hablando del tiempo y no de la tortura—. No me produce ningún placer. Pero los actos necesarios rara vez son fuente de alegría.
Mentiroso. Le había visto el brillo de los ojos cuando el umbrío gritó, la sonrisa de satisfacción en los labios. Había disfrutado con aquella demostración de poder, con el recordatorio de su control absoluto.
Volvió a levantar la mano. El umbrío se sobresaltó y emitió un gemido.