Capítulo 52. Consumidos #2
Otra mano se deslizó con suavidad y me rodeó el cuello.
—No te corras hasta que te diga —me avisó al notar que estaba a punto—. Aguanta.
Gimoteé. El placer se tensaba como un muelle en mi interior y la orden era imposible de cumplir.
—No puedo…
—Puedes —insistió con una voz repleta de autoridad—. Y lo harás.
El esfuerzo me llenó los ojos de lágrimas; todo mi cuerpo temblaba por la tensión acumulada. Las manos se frenaron y aliviaron la presión, lo justo para mantenerme en el umbral del éxtasis.
—Eso es —murmuró Xül, y sus embestidas se volvieron más comedidas, más controladas pese a la obvia tensión de su cuerpo—. Qué obediente eres.
Cuando yo creía que no podría aguantar ni un segundo más, extendió la mano, que ocupó el sitio de la fantasmal en mi cabeza, y tiró de mí hasta que noté todo su pecho en la espalda y su boca me rozó la oreja.
—Ahora —ordenó con un nuevo empujón enloquecedor mientras me rozaba con los dientes el lóbulo—. Córrete ahora, Thais.
Al recibir su permiso, la presa se rompió y el placer se desbordó sobre mí en oleadas tan intensas que grité su nombre, y todo mi cuerpo se estremeció en torno a él, que seguía empujando y empujando para prolongar la sensación.
Él se corrió poco después; el ritmo se interrumpió, y enterró el miembro dentro de mí con un gruñido gutural que sonó casi como mi nombre.
Durante unos instantes seguimos entrelazados; los brazos que me rodeaban eran lo único que me mantenía erguida mientras las últimas convulsiones nos sacudían a ambos.
Cuando por fin se retiró, me derrumbé sobre la cama. Las piernas ya no aguantaban mi peso.
Las manos se disolvieron en volutas de oscuridad y desaparecieron en los rincones de la habitación, como si jamás hubieran existido.
Durante unos momentos no hubo otro sonido que nuestras respiraciones entrecortadas.
Yo estaba tumbada bocabajo en la cama, agotada por completo, pero mi cuerpo aún se estremecía.
El colchón se reajustó al moverse Xül, y de pronto sus manos volvían a estar sobre mí, pero de un modo distinto; antes eran exigentes y ahora tiernas; antes me hacían moratones y ahora me cuidaban. Me atrajo hacia sí y, tras acomodarse contra el cabezal de la cama, me acunó en su pecho.
—¿Estás bien? —murmuró con una voz que no podría ser más distinta del gruñido dominante de poco antes. Me apartó el pelo de la cara con los dedos.
Se me escapó una risa entrecortada.
—Creo que me has roto.
Frunció el ceño al instante, y el brillo satisfecho de sus ojos se trocó en preocupación.
—¿Te he hecho daño? No…
Le puse el dedo en los labios para silenciarlo.
—Ha sido perfecto —le aseguré—. Mejor que perfecto.
La tensión desapareció de sus hombros. Me estrechó contra sí y me acarició la espalda con una mano; con la otra cogió un frasquito de la mesilla de noche.
—Date la vuelta —me pidió con una voz dulce, casi tímida.
Le hice caso y dejé que me recolocara con la espalda contra su pecho. Descorchó el frasquito y se vertió una pequeña cantidad de líquido iridiscente en la palma. Las manos, untadas de aceite aromático, me masajearon los hombros y deshicieron nudos de tensión que yo ni siquiera había notado.
—¿Qué es eso? —pregunté mientras me derretía bajo sus manos. Dondequiera que el aceite me tocaba la piel, irradiaba una suave calidez.
—Un bálsamo curativo —explicó. Sus pulgares trabajaban a ambos lados de la columna, descendiendo poco a poco—. Ayuda a prevenir la… irritación.
Aquel asomo de incomodidad en su voz me hizo sonreír. Era un aspecto de él que casi nunca veía: indeciso, casi adolescente.
—¿Con cuántas mujeres lo has usado? —bromeé, aunque en parte prefería no saber la respuesta.
—Con ninguna —respondió en voz baja.
Mientras las manos seguían afanándose con suavidad, yo me hundí en una neblina placentera, una combinación de la descarga física y del tacto delicado que me empujaba hacia el sueño. Cuando se me empezaban a cerrar los ojos, su voz me devolvió al presente.
—Estaba preocupado —confesó, tan bajito que casi no lo oí.
Volví la cabeza para mirarlo.
—Preocupado, ¿de qué?
—De haber llegado demasiado lejos. De haber sido demasiado brusco. —Tuvo un tic en la mandíbula—. De haberme mostrado en exceso.
—¿Y qué eres, en realidad?
Me clavó la mirada, y vi asomar la vulnerabilidad al fondo de sus ojos.
—Egoísta. Posesivo.
Sopesé sus palabras.
—Eso no me da miedo —le dije—. Me da miedo que te escondas tras tus barreras.
Las manos que me masajeaban la espalda se quedaron inmóviles, como si, durante un momento, no supiera qué decir.
Después, para mí sorpresa, se echó a reír, con una carcajada vibrante y juvenil.
—Tenías que ser tú —dijo con un gesto de asombro—. Solo tú, y nadie más, te enfrentarías a un dios de la muerte en su momento de mayor descontrol y te quejarías de que oculta sus emociones.
Sonreí.
—Contengo multitudes.
—Y tanto, estrellita. Desde luego que sí.
Nos sumimos en un agradable silencio y sus manos reanudaron el masaje. Cuando terminó con el bálsamo, no dejó de tocarme; los dedos siguieron trazando líneas por mi piel como si estuviera memorizando cada curva y cada plano.
—¿Tienes hambre? —me preguntó por fin—. Puedo pedir que nos traigan algo.
Negué con la cabeza y me acurruqué más contra su pecho.
—Solo estoy cansada.
Me envolvió en un abrazo cálido y seguro. Era otra forma de posesión, distinta de la anterior.
Me retorcí entre sus brazos para encararme a él y contemplar sus rasgos relajados, tan distintos de la expresión reservada habitual.
—Ahí estás —murmuré. Le toqué la cara.
Frunció un poco el ceño.
—¿A qué te refieres?
—A que este eres tú —expliqué con sencillez—. Ni el príncipe ni el guardián. Solo Xül.
Un brillo de incertidumbre le asomó a los ojos. Luego, me cogió la mano y besó la palma.
—Me he pasado mucho tiempo siendo lo que otros necesitan que sea —explicó con voz queda—. Lo que necesita mi padre. Lo que necesita el dominio. A veces olvido quién soy sin todas esas obligaciones.
Esbocé una sonrisa.
—Tú también contienes multitudes —señalé.
Me clavó una larga mirada teñida de asombro.
Al levantar la mano para acariciarle la cara, le rocé con los dedos el cuello, la fina cicatriz plateada que ya sabía que estaba ahí, la que había mencionado durante nuestra charla en el jardín.
La recorrí con la punta del dedo, pero entonces me di cuenta de que no terminaba en el cuello, sino que descendía.
—¿Puedo? —pregunté, con la mano a poca distancia de su hombro desnudo.
Dudó un instante y luego hizo un breve gesto de asentimiento.
Me senté y le di espacio para que se girara.
Seguí con la mirada la quebrada línea de plata que trazaba un sendero por el omoplato y seguía espalda abajo.
Era una cicatriz mucho mayor de lo que me había imaginado, no una línea delgada, sino un corte hecho con crueldad.
Había oído la historia de sus propios labios, pero ver la prueba de lo que le había hecho Nyvora cuando era niño lo volvía mucho más real y horroroso.
—Me dijiste que te había hecho daño —comenté en voz baja, según seguía con los dedos el tejido engrosado—. Pero no comprendí que…
Su silencio lo decía todo.
—¿Por qué no se ha curado? —pregunté, sin dejar de tocar la marca—. Ahora eres un dios.
—Algunas heridas nos acompañan incluso en la inmortalidad —respondió despacio—. Sobre todo, las que nos hacemos de pequeños.
Asentí y le besé el hombro.
Y, de pronto, un pensamiento me asaltó con tanta fuerza que me erguí de un salto, con el corazón desbocado.
—¿Qué pasa? —Xül se había puesto alerta, con el cuerpo tenso.
Me volví a mirarlo con los ojos muy abiertos.
—No hemos… Ni siquiera he pensado en… —Me llevé la mano al bajo vientre al comprender de pronto lo que aquello podía suponer.
Se sentó a mi lado con una expresión dulce.
—Thais —me cogió de la mano—, no tienes que preocuparte de eso.
—¿Cómo puedes estar seguro? —exigí saber.
—Porque no es posible —me interrumpió con suavidad. Me acarició los nudillos con el pulgar—. Conmigo no.
Lo miré; ya no me sentía asustada, sino confusa.
—¿Qué quieres decir?
Xül suspiró.
—Cuando ocupé mi puesto entre los aesymar, tomé ciertas… decisiones. Precauciones.
—¿Qué clase de precauciones? —pregunté. No terminaba de entender lo que me estaba diciendo.
—Un ritual —explicó—. Que me impide tener hijos a no ser que lo invierta.
No podría haberme sentido más aliviada.
—Ah, pues… genial, entonces. Una cosa menos por la que preocuparse.
Asintió y me atrajo de nuevo hacia sí.
—Entonces, duérmete, estrellita.
Nos cambió de posición a los dos hasta que quedamos tumbados en la cama, con mi espalda en contacto con su pecho y su brazo cruzado sobre mi cintura en ademán protector.
Me quedé tumbada, temblorosa. Siempre había identificado el control con la seguridad, la rendición con la debilidad.
Pero aquello, dárselo todo, dejar que él orquestase mi placer, mi dolor, hasta mi aliento…
era una forma de fortaleza que no sabía que existía en mi interior.
Tal vez requiriera más valor dejarse ir que aferrarse a algo.
Supe, con una certeza que llegaba a lo más profundo de mí, que jamás querría nada distinto.
Que nunca querría que nadie más tuviera ese poder sobre mí. Solo él.
Pero aquel era un problema para el día siguiente.
Mientras el sueño se apoderaba de mí, le oí susurrar algo con los labios contra mi piel, unas palabras demasiado tenues para entenderlas y que quizá no estuvieran destinadas a mis oídos. Pero aquella sensación me envolvió como una manta cálida, segura, perfecta.