Capítulo 52. Consumidos
–S i seguimos adelante —aclaró, con ese susurro suyo tan peligroso—, no seré tierno. No te trataré como a una frágil florecilla. Te tomaré justo como me apetece; seré duro, exigente, implacable. ¿Lo comprendes?
—Por suerte para ti, no busco ternura.
Una pícara sonrisa se asomó poco a poco a sus labios.
—Aquella noche disfrutaste provocándome.
—La voz se había vuelto tan grave que hizo que me ardiera todo el cuerpo—.
Cuando te corriste en mi escritorio y trataste de ahogar aquellos soniditos que escapaban de tus labios perfectos.
—Me puso la mano en el cuello—. ¿Te haces idea de lo difícil que fue no tumbarte allí mismo y tomar lo que me apetecía?
Tragué saliva, y el pulso se me aceleró con el contacto de la palma en la garganta.
—¿Por qué te contuviste?
Se rio.
—Porque sabía que, si lo probaba, no me conformaría con eso. —Me acarició el labio inferior con el pulgar; siguió el movimiento con ardiente concentración—. Habría querido devorarte entera.
—Tal vez quiera que me devoren.
Se le oscurecieron aún más los ojos.
—Cuidado con lo que deseas, estrellita.
Antes de que pudiera responderle, me tapó la boca con la suya y toda pretensión de ternura desapareció. No fue una exploración cuidadosa, sino una posesión, salvaje y primitiva. Me atrapó el labio inferior entre los dientes y sentí una punzada de dolor; me arrancó un jadeo que él devoró con ansia.
Llevó las manos a mi vestido empapado y rompió los lazos con dedos impacientes.
—Demasiadas putas capas —murmuró. Los movimientos bruscos delataban la frustración que sentía.
—Me gustaba el vestido —protesté, aunque mi voz desmentía cualquier posible objeción.
—Te compraré otros cien. —Lo dijo con una mueca burlona e insufrible; aun así, desató en mi vientre un ardor intenso e innegable—. Pero, ahora mismo, este tiene que irse.
Cuando el corpiño por fin cedió, tiró de la tela mojada hacia abajo sin miramientos y me dejó la piel expuesta al aire frío de la cámara. Al verme así, se le oscurecieron los ojos y su mirada me dejó un rastro de fuego por la carne.
—Qué hermosa —murmuró para sí. Luego cambió de cara, y aquel breve instante de admiración dio paso a la picardía—.
Desde que te probé, he querido más. —Me puso la mano en un pecho y trazó un círculo con el pulgar por el pezón erguido—.
Aquí. —La mano descendió por las costillas, el estómago, hasta detenerse en el vértice de los muslos—. Y aquí.
Cuando se quitó la ropa, quedaron a la vista los planos esculpidos de su cuerpo. A la luz parpadeante del brasero, parecía tallado con sombras y llamas, hermoso y terrible, absolutamente demoledor.
Cuando regresó a mi lado, en sus facciones se marcaba un propósito único y definitivo que me dejó sin aliento.
Sus manos y su boca parecían estar por todas partes, aprendiéndose mi cuerpo con implacable eficacia.
Si antes había sido cuidadoso, ahora era exigente y me arrancaba reacciones con la confianza de un dios que sabía con total precisión lo que estaba haciendo.
Me rozó el pezón con los dientes, y la sorpresa me hizo arquear la espalda y levantarla de la cama.
—Muy sensible —comentó con tono satisfecho—. Bien.
Lo repitió con más fuerza en el otro pezón, y luego lo chupó, una sensación cálida que me hizo jadear sin control.
Deslizó una mano hasta mi vientre, con los dedos extendidos para tomar posesión de mi piel, y luego siguió bajando. Cuando vio lo húmeda que estaba, se le escapó un gruñido grave y animal.
—Estás lista —murmuró mientras me exploraba con los dedos—. Te mueres de ganas.
Me mordí el labio para no darle la satisfacción de oír cuánto me afectaba lo que hacía. Al ver que yo guardaba silencio, entornó los ojos y aceptó el reto implícito.
—¿Crees que vas a conseguir no hacer ruido? —me preguntó con engañosa suavidad—. Ya lo veremos.
Sin previo aviso, me introdujo dos dedos y los dobló para encontrar el punto perfecto que hizo que me estallaran estrellas por dentro de los párpados. Se me escapó un grito sin poder evitarlo, y mi cuerpo se cerró con fuerza alrededor de aquella intrusión.
—Eso es —me animó. Su pulgar me trazaba círculos en el clítoris mientras los otros dedos seguían con su asalto inexorable—. Quiero oírte gritar.
Bajó la boca hasta mi pecho, y los dientes y la lengua se confabularon con la mano que se movía entre los muslos; mi reacción fue aferrarme a sus hombros y clavarle las uñas con fuerza.
—Así —murmuró con ronca satisfacción—. Déjame marcas. Que pueda sentir lo mucho que me deseas.
Cuando estaba llegando al clímax, se retiró. Jadeé, pero, antes de que pudiera protestar, me puso bocabajo con pasmosa facilidad y tiró de mí para ponerme de rodillas.
—Dóblate para que te posea —ordenó con un tono que no aceptaba discusión.
Obedecí con una mezcla de expectación y nerviosismo. Lo oía respirar detrás de mí y sentía el calor de su cuerpo mientras se colocaba entre mis muslos abiertos.
Me pasó la mano por la columna, casi con suavidad, hasta que llegó a la cadera y ahí la cerró con fuerza, causándome un delicioso dolor.
—No te haces ni idea de lo hermosa que estás —dijo—. De rodillas, esperando a que yo te posea.
Sentí que se inclinaba sobre mí y su pecho me apretaba la espalda.
—Pero con eso no basta —me susurró al oído.
El aire de la sala se enfrió de repente, señal de que su poder se concentraba.
Oí un susurro, un movimiento, y al levantar la mirada vi formas espectrales que se materializaban en la oscuridad, cerca del techo.
Manos, docenas de ellas, entrelazadas con la misma oscuridad eterna que se aferraba al guardián de los condenados.
—¿Qué estás…? —intenté decir, pero me interrumpí cuando la primera mano fantasmal me sujetó de la muñeca, con un tacto frío pero sólido, para que no me moviera.
—Una salvaguarda —murmuró Xül con evidente satisfacción mientras aparecían más manos; algunas me sujetaron la otra muñeca, otras se me deslizaron por los costados o me recorrieron la espalda—.
Mi ejército personal. —El murmullo interrumpió mis pensamientos.
Una mano espectral me acariciaba la curva de la cadera—.
Que te retendrá para que yo haga de ti lo que quiera.
Me deslizó la mano entre los muslos y vio que estaba aún más húmeda que antes.
—Me parece que te pone muy cachonda que te sujeten —observó. Me exploró con los dedos, sin prisas, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Una de las manos fantasmales se entrelazó con mis cabellos y me tiró de la cabeza hacia atrás.
—Quiero verte la cara cuando te corras —explicó Xül—. Quiero ver cómo te rindes ante mí.
Aquellas palabras me provocaron otra oleada de excitación; mi cuerpo respondía de modo instintivo a la oscura promesa de su voz. Noté que colocaba la polla, y la brusca presión me hizo tensarme sin querer.
—Relájate —murmuró, a la vez que me acariciaba con la mano libre entre los muslos—. Si no, te va a doler más de lo necesario.
Me esforcé por controlar la respiración.
Las manos se recolocaron para sujetarme mejor; algunas me acariciaban los pechos y otras me dejaban la huella fría de su contacto en el interior de los muslos.
El contraste entre el toque fantasmal y las manos ardientes de Xül era enloquecedor; me llegaban demasiadas sensaciones a la vez, de todas partes.
En cuanto me relajé, empujó hacia delante, y, aunque estaba preparada y ansiosa, sentí una quemazón cuando me penetró.
No podía moverme. No podía tocarlo ni apartarme, ni siquiera cambiar de postura para evitar el dolor que me brotaba entre los muslos.
Las manos me retenían con firmeza y me impedían echarme atrás para introducirlo más adentro.
Estaba por completo a su merced, como me había prometido.
Y entonces ocurrió algo muy extraño. En mi mente se hizo el silencio.
Estar alerta en todo momento, la agotadora necesidad de adelantarme a cada amenaza, cada complicación, cada posible problema… Todo eso dejó de importar. La decisión estaba tomada. No había nada que calcular, nada de lo que protegerse.
Se me saltaron las lágrimas, pero a la vez me invadió una oleada de alivio. Joder, estaba tan cansada… El control permanente se había convertido en una pesada carga. Allí, sujeta, indefensa, por fin podía liberarme de ella.
Al principio se movió poco a poco, para que pudiera adaptarme a su tamaño, pero la paciencia no le duró mucho.
Pronto adoptó un ritmo agotador; cada empujón se adentraba más que el anterior y alcanzaba sitios dentro de mí que yo ni sabía que existían.
Las manos se movían en sincronía con las acometidas; unas me sujetaban las muñecas con más fuerza; otras me rozaban los senos, el cuello, el interior de los muslos…
Eran una extensión de su voluntad, que me tocaba por todas partes a la vez.
—Joder —siseó—. Qué prieta. Eres perfecta.
La mano que me sujetaba el pelo seguía tirando de mi cabeza para que Xül pudiera ver mis expresiones. Otra se deslizó debajo de mí para acariciarme el clítoris, y me arrancó un gemido.
—Mírate —gruñó con voz tensa—. ¿Sabes lo que pareces ahora mismo, estrellita? ¿Con mi polla bien dentro y tan dispuesta? —Me dio un fuerte palmetazo en la nalga, con un chasquido seco que resonó por todo mi cuerpo.
Se me escapó otro gemido.
—Parece que seas mía.
Dioses, al oír esas palabras quise derretirme.
—Dilo —exigió—. Di que eres mía.
—Tuya —jadeé. Los últimos vestigios de resistencia saltaron en pedazos. No me había conquistado; me había demolido por completo.
El ritmo vaciló un momento, como si mi obediencia lo hubiera pillado por sorpresa. Luego, sus ojos se oscurecieron todavía más.
—Otra vez.
—Soy tuya, Xül —repetí, pero se me quebró la voz porque había alcanzado el punto perfecto en mi interior.
Emitió un gruñido satisfecho y se inclinó hacia delante hasta que su pecho me oprimió la espalda.
—Buena chica —me murmuró al oído, y la alabanza me provocó un inesperado escalofrío de placer—. Ahora quiero que te corras con mi polla dentro.