Capítulo 51. Inmersión #3
Durante un momento nos miramos en silencio, estupefactos. Entonces, de forma inesperada, Xül se echó a reír. Era un sonido arrebatador. No pude sino imitarlo.
—Bien jugado, estrellita —dijo sacudiéndose las gotas de las pestañas.
—Tú eres el que tiene un equilibrio nefasto —repliqué sin dejar de carcajearme.
Nuestra barca flotaba volcada, no muy lejos. Xül nadó hacia ella con brazadas poderosas y la enderezó; después se volvió hacia mí y me tendió la mano.
—Vamos. Sal del agua antes de que te congeles.
Nadé hacia él y acepté la mano que me ofrecía. Pero, en vez de ayudarme a subir a la barca, me atrajo hacia sí y quedamos cara a cara en el agua.
Cualquier rastro de risa se desvaneció cuando nuestras miradas se cruzaron, suspendidas sobre el agua oscura bajo un manto de estrellas. En aquel momento de ingravidez, con las luces del pueblo a lo lejos, lo vi con claridad. Vi la forma en que me miraba.
—A la mierda —dijo, y su boca se posó en la mía. Jadeé contra él y le pasé los brazos por el cuello mientras él me rodeaba la cintura. Fue un beso desesperado, ávido, como si él llevara tanto tiempo como yo anhelándolo.
De forma instintiva, enrosqué las piernas alrededor de su cintura y lo sentí gemir contra mi boca mientras me apretaba las caderas. Estábamos medio sumergidos y rodeados de agua fría, pero yo no sentía más que fuego.
Cada caricia, cada mirada compartida, cada momento de tensión entre nosotros habían conducido a aquello, a la inevitable colisión de voluntades, deseos y necesidades.
—Sea lo que sea esto, tenga el precio que tenga, es lo que quiero —susurré contra sus labios, un voto que ya no podría retirar.
Me sujetó la cara entre las manos mientras sus ojos buscaban los míos.
—¿Estás segura?
A modo de respuesta, me apreté contra él y sentí su dureza a través de la ropa empapada.
—Nunca había estado más segura de nada.
¿Cómo podía explicar qué significaba eso?
Que después de pasar meses luchando por sobrevivir, aprendiendo a matar, endureciéndome contra el mundo, lo único que quería era rendirme a él.
Entonces, Xül me llevó a una pequeña ensenada natural, bajo las hojas de los sauces.
Allí el agua era menos profunda; solo le llegaba por la cintura. Seguía sujetándome contra su cuerpo.
—¿Aquí? —pregunté sorprendida por su audacia.
—No puedo esperar un segundo más —gruñó.
Encontró mi cuello con la boca y dejó en la sensible piel un rastro de besos ardientes y apasionados.
—Sabes a luz estelar y a pecado —murmuró contra mi garganta.
El ansia indisimulada de su voz reflejaba la mía; el deseo acumulado entre nosotros había acabado por ser insoslayable.
Yo me había imaginado aquel momento de muchas formas, a veces tierno, a veces brusco, a veces desesperado, pero ninguna de mis fantasías se había acercado siquiera a la abrumadora intensidad de estar por fin entre sus brazos.
Sus manos encontraron la falda de mi vestido prestado, convertido en un peso pegado a la piel. Con movimientos impacientes, empujó la tela hacia arriba para quitarla de en medio. El aire fresco de la noche contra la piel descubierta me provocó un estremecimiento.
—Eres preciosa —murmuró recorriendo mi cuerpo con la vista—. De arriba abajo.
Deslizó una mano entre nosotros y exhaló un sonido de satisfacción mientras sus dedos me exploraban, arrancándome jadeos y gemidos.
—He conocido placeres divinos y profanos. Pero nunca… —Empezó a trazar un círculo enloquecedor con el pulgar alrededor de mi clítoris—. Nunca había deseado a nadie tanto como a ti.
Alargué la mano para forcejear con los cordones de sus pantalones, desesperada por sentirlo.
Cuando por fin pude rodearlo con los dedos, duro y caliente, se le entrecortó la respiración.
Me sentí poderosa al saber que podía afectarlo tan a fondo como él me afectaba a mí.
Era una sensación embriagadora en la que me podría ahogar.
—Pues demuéstramelo —susurré.
Se quedó inmóvil y me agarró tan fuerte que casi me dolió. Entonces noté algo afilado en la garganta. Sus dientes.
—Aquí no —murmuró—. Así no. Necesito tenerte como es debido. Por completo.
Sentí el familiar cosquilleo de la magia en el aire mientras él abría un portal con un movimiento de la mano, sin soltarme. La luz plateada nos iluminó brevemente y proyectó nuestras sombras en el agua.
Sin el menor esfuerzo, cruzó el portal resplandeciente con mis piernas aún alrededor de su cintura, sosteniéndome con los brazos.
El apacible pueblo desapareció a nuestra espalda cuando nos materializamos en sus aposentos de la Aguja de Hueso.
El pórtico se cerró con un ligero silbido y nos quedamos en aquella habitación en penumbra.
El agua formaba un charco alrededor de sus pies en el suelo de piedra.
Con tres largas zancadas, cruzó hasta su cama y me tumbó en las sábanas oscuras, sin dejar de mirarme. Mientras se cernía sobre mí, el agua de su pelo me goteaba en la cara.
—Ahora —dijo, y su voz era una promesa que me hizo estremecer ante la expectativa—, ¿estás preparada para que haga lo que quiera con ese cuerpo perfecto, hasta que seas adicta a la sensación?