Capítulo 51. Inmersión #2
Me miró un momento y después asintió. A pesar de que Xül sujetaba la barca con firmeza, al subirme noté un balanceo alarmante, pero él me agarró del codo para ayudarme a mantener el equilibrio hasta que me senté en uno de los dos estrechos bancos.
Él me siguió con movimientos más gráciles; tomó asiento frente a mí y extrajo el único remo, sujeto a la borda.
A nuestro alrededor, otras barcas se alejaban de la orilla en una procesión dispersa que avanzaba despacio por el canal. Nuestra embarcación se les unió.
Ya era noche cerrada; sobre nosotros, el cielo era un manto de estrellas, atravesadas de tanto en tanto por retazos de nubes.
No había más luz que la procedente de las lamparillas que colgaban de las barcas y de las ventanas junto a las que pasábamos.
Era una escena onírica. Los sonidos de la celebración se fueron apagando a nuestras espaldas a medida que nos adentrábamos en el pueblo, sustituidos por el suave roce de la madera contra el agua y algún que otro comentario de una barca a otra.
—Esto parece de mentira —dije en voz baja, deslizando los dedos por la fresca superficie del agua.
Xül emitió un murmullo de conformidad. Paseaba la mirada entre mi rostro y el canal que teníamos delante. La lamparilla que colgaba de nuestra proa iluminaba sus rasgos con una luz dorada que le suavizaba los ángulos y le resaltaba la curva de los labios, la línea de la mandíbula.
—¿Qué tal si emprendemos nuestra propia aventura? —propuso.
—¿Ese era tu plan desde el principio? —pregunté enarcando una ceja.
—Puede ser —contestó con una sonrisa.
—Bueno, ¿por qué no?
Tomó un canal más estrecho, que discurría hacia el este, alejándonos de las luces y la música, y pasamos bajo un puente de piedra. Al otro lado, el cauce se ensanchaba, flanqueado de sauces llorones cuyas ramas se arrastraban por el canal creando un arco natural.
La corriente nos llevó hasta un remanso, un círculo perfecto rodeado por los elegantes árboles. La luz de la luna se filtraba entre sus ramas y moteaba el agua.
Xül soltó el remo y la barca se quedó flotando en el centro. No había más sonidos que el susurro de las hojas agitadas por la brisa y el ocasional chapoteo de algún pez que rompía la superficie cerca de nosotros.
—A veces —comenzó en voz baja—, cuando vengo aquí, casi me olvido de lo que soy.
—Una escapatoria —deduje; lo había entendido de inmediato.
—Este lugar existe al margen de ese mundo —dijo asintiendo—. Aquí no llegan los tejemanejes políticos de Voldaris ni las intrigas de los Doce. —Alzó la vista a las estrellas que nos cubrían—. Pero no es mi sitio; ya no.
—Porque eres inmortal —apunté mientras el peso de la comprensión caía sobre nosotros—. Y ellos no.
—Porque nuestras responsabilidades llegan mucho más allá de este pueblo —corrigió, aunque con una cara que me daba a entender que mi primera suposición era la que más se acercaba a la realidad—. Más allá de cualquier lugar o momento determinados.
Bajé la vista a nuestros reflejos en el agua: dos figuras que estaban cerca, pero no se tocaban, suspendidas entre el cielo y la tierra. Tal como estábamos desde aquella noche; existíamos en el mismo espacio, pero de algún modo nos separaba una distancia insondable.
—Será difícil —dije en voz baja— tener un pie en cada mundo.
—Y solo porque, al parecer, no encuentro las fuerzas para renunciar a uno de ellos —completó con una sonrisa incómoda.
—¿Todo tiene que ser blanco o negro? ¿Por qué renunciar a uno?
—Mis obligaciones con Voldaris me apartan continuamente de este sitio; por muchas veces que vuelva, siempre estoy de paso.
Pensé en la familia que nos había proporcionado una acogida tan calurosa, en las historias de Nuri, en la naturalidad con que me habían integrado en sus tradiciones a pesar de que solo estaba de visita.
—Te quieren de todas formas —dije—. Aunque sepan que volverás a marcharte.
—Eso es lo peor —respondió, y desvió la mirada a las estrellas que asomaban entre las ramas de los sauces—. Saber que cada vez me darán la bienvenida, aunque tengan caras distintas, aunque todos mis conocidos envejezcan y mueran.
Su voz transmitía un dolor tan crudo, tan auténtico, que me senté a su lado en el banco sin pensarlo. La barca se balanceó con mi movimiento, pero se estabilizó cuando me quedé quieta junto a él. Nuestros hombros se rozaban.
—¿Por eso te has mantenido lejos tanto tiempo? —le pregunté—. ¿Porque te duele volver?
Tardó en contestar, pero no se apartó.
—En parte —reconoció al fin—. Aunque también me gusta que me vean como algo que no sea un príncipe o un dios.
—Yo te veo, Xül —susurré, incapaz de dar marcha atrás.
—Lo sé, Thais. —Volvió la cabeza hacia mí y noté el movimiento de su hombro—. Es el único motivo por el que te confío todo esto, por el que te los he presentado.
—¿Por qué me haces esto? —pregunté, de repente frustrada.
—¿Llevarte a dar un agradable paseo nocturno en barca? —preguntó conteniendo una sonrisa.
Mi cólera iba en aumento.
—Sabes de sobra a qué me refiero. ¿Por qué bailas conmigo? ¿Por qué me presentas a tu maravillosa familia? ¿Por qué me haces sentir lo que no debería? ¿Por qué, Xül? —Intenté mantener la voz firme.
Me miró con los ojos entrecerrados. No era nada habitual que el príncipe de la muerte se quedase sin palabras, sobre todo cuando sus ojos me decían que sabía cómo responder, pero se contenía.
Así que opté por convertir la cólera en arrojo.
—Dime que esto que hay entre nosotros está solo en mi cabeza y no volveré a mencionarlo.
Se le tensaron los músculos de la mandíbula.
—No está solo en tu cabeza —confesó con un tono que sonaba como si hablase contra su voluntad—. Pero eso no hace que sea sensato, correcto ni posible.
—¿Qué más da? —pregunté desafiante—. Si es lo que queremos los dos, ¿por qué no podemos tenerlo, aunque sea algo provisional?
—No sabes lo que me pides —dijo en voz baja.
—Los dos nos precipitamos hacia destinos que no podemos evadir. Pronto habrá desaparecido toda la zona gris, y, con ella, nuestra capacidad de decisión. Y entonces siempre nos lo preguntaremos. No quiero pasar el resto de la eternidad preguntándomelo, Xül.
—¿Crees que es así de fácil? —Alzó la mano para trazar la línea de mi cuello, casi sin tocarme—. ¿Crees que puedo tomarte como a una puta cualquiera, y a otra cosa?
La crudeza de aquellas palabras contrastaba con la suavidad de su contacto.
Lo cierto era que quería más de él. Lo quería todo, hasta el último pedazo que pudiera darme.
Quería rogarle que no se casara con Nyvora, convencerlo de que merecía la felicidad como cualquier otra persona.
Pero era imposible. Nunca podría ocurrir, ni en este mundo ni en el siguiente.
Y también existía la posibilidad de que, de todas formas, yo no viviera lo suficiente para verlo con ella.
Que mi venganza me costara la vida mucho antes de que se oyeran campanas de boda en Voldaris.
Pero sí que podíamos tener aquel único momento en que nos olvidáramos de todo lo demás, de todos los demás, excepto el uno del otro. Y tal vez fuera suficiente.
—Si eso es todo lo que puedes ofrecerme, aun así lo quiero —afirmé—. Podría morir mañana, Xül. Podría morir dentro de unos días, en el próximo Juicio.
Soltó algo a medias entre un gruñido y gemido.
—No tienes ni idea de lo que dices, joder.
Levanté una mano para seguir con los dedos el lugar por el que su cuello desaparecía bajo la camisa, y comprobé satisfecha que se le cortaba la respiración.
—Te deseo.
—Para —ordenó, aunque se inclinó hacia mis dedos.
—¿Es lo que quieres de verdad? —susurré, acercándome a pesar del balanceo de la barca.
—No sabes cuánto te estás acercando, Thais —me advirtió—. Vas a llevarme a un punto en el que olvidaré todas las reglas, todas mis obligaciones, todos los motivos por los que debería mantener las manos quietas.
—Bien —susurré.
—No lo entiendes, Thais. —Me clavó la mirada—. Para mí, esto, contigo, nunca podría ser solo algo físico. Y te mereces mucho más que la mitad de un hombre comprometido con otra.
—Ni siquiera soportaste estar en la misma habitación cuando otro hombre mostró interés hacia mí.
A Xül le tembló la mandíbula.
—Porque ninguno de ellos te merece, ni ahora ni nunca —casi me gruñó al oído—. Ni siquiera yo, Thais. Yo menos que nadie.
—Me da igual que estés prometido. Sé que no estás enamorado, y que lo único que quiere ella de ti es lo que puedes darle.
—Ese no es el único problema. No solo quiero tu cuerpo; quiero tenerte entera. Hasta la última parte de tu ser. Si esto ocurriese, pasaría destrozado el resto de mi vida.
Me quedé inmóvil, empapándome de la promesa que entrañaban sus palabras. Eran todo lo que quería oír, y, a la vez, lo más aterrador que me habían dicho nunca.
—Hay cosas que no sabes sobre mí —dijo con voz casi quebrada—. Cosas que podrían hacerte cambiar de opinión. Puede que sea un cabrón egoísta, pero no hasta ese punto. No contigo.
Xül podría tener sus secretos, pero yo tenía los míos y tampoco pensaba revelarlos, al menos de momento. No me importaban los secretos.
La barca se balanceó violentamente y el agua salpicó el casco. Xül se me acercó y me atrajo hacia sí, y entonces la pequeña embarcación se inclinó más aún. Los dos caímos al agua oscura.
La conmoción del frío en todo el cuerpo me arrancó de aquel momento de pasión. Pataleé para volver a la superficie y jadeé tras alcanzarla. Xül emergió a mi lado, con las trenzas empapadas.