The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 51. Inmersión
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Capítulo 51. Inmersión

L a mañana llegó acompañada de los sonidos de una casa en movimiento: risas infantiles, el traqueteo de los utensilios de cocina, conversaciones animadas.

Me desperté poco a poco, desorientada al principio por la habitación desconocida hasta que recordé dónde estaba.

La luz del sol entraba por la ventana que había dejado abierta, y, con ella, el aroma del pan recién hecho y las enredaderas en flor.

Al final me levanté, me vestí y me lavé la cara con el agua de la jofaina antes de aventurarme a salir a la casa.

La estancia principal ya bullía de actividad, con los preparativos del desayuno en pleno apogeo, niños que correteaban entre los adultos, charlas que fluían en aquella lengua musical que yo no podía entender.

—¡Por fin amaneces! —exclamó Teller al verme, y alzó una taza humeante a modo de saludo—. Creíamos que ibas a pasarte todo el día durmiendo.

—Lo siento —dije, cohibida de repente—. No me había dado cuenta…

—Te toma el pelo —dijo Amara, que apareció a mi lado con una taza caliente y me la puso entre las manos—. La mañana aún es joven. Bebe; te despejará.

Era una bebida aromática y algo dulce, con especias desconocidas que me producían un agradable hormigueo en la lengua.

—¿Y Xül? —pregunté como quien no quiere la cosa mientras inspeccionaba la habitación.

—Se ha marchado antes del alba —dijo Nuri, y ocupó un asiento junto a la ventana—. Ha ido a pescar con unos cuantos hombres.

Sentí una punzada de decepción, pero intenté no analizarla demasiado.

—Ha prometido que volverá para las festividades de la noche —añadió Amara, a quien no se le había escapado mi expresión.

—Ah —dije—. Eso está… bien.

La sonrisa cómplice de Nuri me sacó los colores. Clavé la vista en mi taza y fingí que no me daba cuenta.

El día transcurrió en un placentero torbellino de preparativos para la celebración del solsticio.

Me pusieron a trabajar, y ayudé a cocinar platos especiales y colocar la decoración para la noche.

Dara y Davi me seguían cuando su madre no les decía que me dejaran en paz, y me asaeteaban a preguntas sobre Cresta Salada, sobre Xül, sobre mis poderes…

—¿Puedes hacer una estrella grande? —preguntó Davi, quizá por décima vez, fascinado y con los ojos muy abiertos—. ¿Tanto como para montarse en ella?

—Te reduciría a cenizas antes de que llegaras a acercarte —le expliqué mientras amasaba.

—¡Increíble! —exclamó admirado.

Cuando se aproximaba la puesta de sol, la casa se transformó. Los invitados se pusieron vestimenta especial, se pintaron elaborados dibujos en la cara y se adornaron el pelo con cuentas y con flores diminutas.

Amara me encontró en mi cuarto, al que me había retirado para adecentarme un poco la ropa con la que había llegado; no era lo más adecuado para una celebración, pero no tenía otra cosa.

—No puedes salir con eso —declaró. Me miraba consternada. Desapareció un momento y volvió con un fardo de tela de intensos tonos azules y morados—. Mena es la que tiene una talla más parecida a la tuya. Dice que te lo presta.

Eran unas prendas preciosas: un vestido de vuelo con bordados en las mangas y el dobladillo, y un chal de tela finísima al que la luz arrancaba sutiles destellos. Protesté con la boca pequeña, pero Amara insistió.

—Es el solsticio —dijo como si no hicieran falta más explicaciones—. Ahora, siéntate. Hay que arreglarte el pelo.

Dejé que me hiciera un complejo peinado, con trencitas y tirabuzones intercalados, salpicado de flores blancas del jardín. Al terminar, dio un paso atrás para inspeccionar su trabajo.

—Mejor —declaró satisfecha—. Ya no pareces fuera de lugar.

Esas palabras me provocaron un inesperado vuelco en el estómago. Aquel no era mi sitio, por mucho que me hubiera gustado. Pronto volveríamos a Voldaris, a los Juicios, a la espantosa realidad que nos esperaba allí.

Amara suavizó la cara como si me hubiera leído el pensamiento.

—Esta noche, al menos, eres una de los nuestros. Sácale todo el partido posible.

La fiesta comenzó en cuanto el sol se ocultó en el horizonte.

El centro del pueblo se había transformado: colgaban lamparillas de todos los lugares posibles; alrededor de la plaza central había mesas repletas de comida, y los músicos se habían instalado cerca de una plataforma de madera que se usaba de pista de baile.

Todo el pueblo parecía haber acudido, desde los niños de cuna hasta los ancianos, todos ataviados con sus mejores galas y engalanados con flores y pinturas. Me mantuve cerca de la familia de Amara.

Y entonces llegó Xül. Apareció a un lado de la multitud justo cuando las primeras estrellas se hacían visibles en el cielo cada vez más oscuro.

Él también se había cambiado de ropa: llevaba una túnica sencilla pero elegante de color azul oscuro con bordados plateados en el cuello y los puños.

Aún tenía en el pelo las trenzas que le había hecho Nuri, con pequeñas cuentas de madera en vez de las de oro que llevaba siempre.

Nuestras miradas se cruzaron de un lado a otro de la plaza, y durante un momento todo lo demás pareció desvanecerse. Mientras caminaba en mi dirección, Xül respondía a los saludos de los aldeanos con movimientos de cabeza y sonrisas breves, sin apartar ni un momento los ojos de los míos.

—Estás… —empezó a decir cuando llegó a mi lado, pero entonces se lo pensó mejor—. Distinta.

—¿Y eso es bueno o malo? —pregunté.

Media sonrisa se dibujó en una comisura de su boca.

—Estás distinta, sin más. Estoy acostumbrado a verte cubierta de moratones del entrenamiento y mirándome con cara de pocos amigos.

—Yo no te miro así —protesté.

—¿Cómo que no? —replicó, y recorrió con la mirada mi vestido ajeno y mi pelo adornado—. Aunque esta noche me miras de otra forma.

Antes de que pudiera responder apareció Teller y palmeó el hombro de Xül.

—¡Aquí estás! Venid, que va a empezar la ceremonia.

Lo seguimos para unirnos al círculo que estaban formando los aldeanos alrededor de un estanque poco profundo instalado en el centro de la plaza. En él flotaban montones de pequeños cuencos de arcilla, cada uno con una vela rodeada de pétalos de flores.

Nuri dio un paso al frente, muy solemne, y levantó los brazos para pedir silencio. Cuando cesaron los murmullos tomó la palabra, con una voz que se transmitió diáfana por toda la plaza. Aunque yo no entendía las palabras, su ritmo me resultaba hipnótico, casi como un letanía o una plegaria.

—Está bendiciendo las aguas —me susurró Xül al oído, y sentí su aliento cálido en la piel—. Para que los cultivos sean fértiles, los niños estén sanos y reine la paz en el pueblo.

Mientras Nuri continuaba, unas muchachas se desplazaban por la multitud, entregando cuencos con velas apagadas. Cuando Amara me puso uno entre las manos, lancé una mirada interrogante a Xül.

—Tus deseos para la próxima estación —me explicó en voz baja—. Enciendes la vela, pides un deseo y lo dejas en el agua.

Uno por uno, los aldeanos fueron encendiendo las velas y depositando los cuencos en el estanque. Algunos susurraban algo antes; otros tan solo cerraban los ojos un momento, y la luz titilante iluminaba su rostro sereno.

Cuando llegó mi turno, encendí la vela y su luz cálida me inundó las manos. ¿Qué podía desear? La supervivencia me parecía demasiado básica, demasiado egoísta. El éxito en los Juicios me resultaba vacuo.

Al final, cerré los ojos y deseé que Thatcher estuviera a salvo, que tuviera un futuro en el que, pese a los vaticinios de Heron, su destino no se viera truncado.

Di un tirón a nuestro vínculo y sentí su respuesta.

Seguía bien. Cuando volviéramos a Draknavor tendría que dar con la forma de llegar a él, de que nos comunicáramos. Lo necesitaba.

Me arrodillé para depositar el cuenco en el estanque y lo observé mientras se alejaba flotando hasta unirse a los demás.

Xül fue el último en aportar su luz.

Cuando volvió junto a mí, los músicos empezaban a tocar.

Los instrumentos de cuerda, los tambores y las flautas entonaban una melodía alegre y nostálgica a la vez.

Al parecer ya había terminado la parte formal de la celebración, y los asistentes se dispersaban para llenarse los platos, bailar y charlar.

De pronto, Xül me tendió la mano.

—¿Qué haces?

—Baila conmigo, estrellita —dijo con un desafío en los ojos—. ¿No te apetece poner en práctica esas habilidades que te enseñé?

Solo vacilé un instante antes de aceptar su mano para que me condujera a la plataforma, donde otras parejas se movían al ritmo de la música. Me rodeó la cintura con una mano y yo le posé la mía en el hombro, y entrelazamos las otras dos.

—Aún no se me da muy bien —le advertí mientras empezábamos a movernos.

—Por suerte, a mí sí —respondió mientras me guiaba con una sutil presión en la cintura—. Ya marco yo el compás.

Lo seguí mientras ejecutaba los sencillos pasos del baile. Tardé poco en relajarme y dejarme llevar la música.

—Esta noche eres una caja de sorpresas —dije mientras giraba con delicadeza para esquivar a una entusiasta pareja de edad avanzada.

—¿Solo esta noche? —preguntó en voz baja.

Pensé en las diversas formas en que me había sorprendido desde que nos conocimos: sus inesperados ataques de amabilidad, su humor seco, sus vulnerabilidades momentáneas.

—No —reconocí—. No solo esta noche.

Se me quedó mirando y, durante un momento, me pareció que iba a decir algo más. Pero entonces terminó la canción, y él me soltó y dio un paso atrás.

—Gracias por el baile —dijo con tono formal, aunque sin apartar los ojos de mí.

—Ha sido un placer —respondí con más sinceridad de la que me gustaría aparentar.

—Ven —me dijo.

Lo seguí. Había barquitas decoradas con flores y farolillos, y los aldeanos se montaban en ellas, riendo y diciéndose cosas a través del agua.

—La procesión nocturna —dijo—. Recorremos en barca las inmediaciones, para visitar los manantiales del corazón de los canales más antiguos.

—¿Un paseo en barca por la noche con el príncipe de Draknavor? Qué intriga —bromeé.

—Tampoco es obligatorio.

—No, me gustaría —confesé—. Si no te importa.