The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 50. Reflexiones #3
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Capítulo 50. Reflexiones #3

—Así que «tomó prestada» la barca del viejo Tomar. —Amara hizo las comillas con los dedos.

—Sin permiso —añadió Layla.

—Un detalle sin importancia —apuntó Xül con un gesto despectivo.

—Navegó hasta el canal más profundo —Teller se había hecho cargo de la historia y gesticulaba mucho con las manos—, por donde pasan los peces grandes del río. Pero nunca había navegado por esas aguas.

—Me había fijado muchas veces en cómo se hacía —protestó Xül.

—Fijarse en cómo se hace y hacerlo son dos cosas muy distintas —añadió Nuri, muy sensata, mientras lo amonestaba con el dedo extendido—. Como descubrió muy pronto, en cuanto la corriente atrapó la barca y la arrastró hasta los sauces llorones de la otra orilla.

—La barca volcó —explicó Amara, que casi no podía contener la risa— y al futuro príncipe de la muerte lo encontraron colgando bocabajo de una rama de sauce, enredado en hilos de pesca, y sin un solo pez después de tanto esfuerzo.

Toda la sala estalló en carcajadas, incluso Xül, que agitó la cabeza con fingida resignación.

—Está claro que los peces conspiraron en mi contra.

—Claro que sí, cariño. —Nuri lo consoló con unos golpecitos en la rodilla—. Tu absoluta falta de experiencia no tuvo nada que ver.

Al verlo así, riendo, bromeando, relajado, parecía una persona totalmente distinta del inmortal frío y calculador que yo había conocido en Voldaris. En el pueblo, rodeado de su familia, solo era Xül.

La partida empezó y Teller me fue explicando las reglas a medida que jugábamos. Las aprendí enseguida, y pronto, para su gran fastidio, le capturé tres fichas seguidas.

—¡Se le da muy bien! —exclamó Layla, que me aplaudió.

—La suerte del principiante —gruñó Teller, aunque de buen humor.

—O quizá tus trampas son demasiado obvias —dijo Xül, lo que le granjeó un amistoso palmetazo de Teller.

A medida que caía la noche, los presentes se fueron excusando uno tras otro: Layla, para ver cómo seguía el bebé; Amara, porque salía de madrugada hacia un pueblo cercano y tenía que preparar las cosas.

Los mellizos se rindieron por fin a la insistencia de su madre de que hacía ya mucho que deberían estar en la cama.

—Nos vamos a dormir. Deberías mostrarle su cuarto a Thais —sugirió Nuri tras ahogar un bostezo.

Tras esas palabras, nos dieron las buenas noches y desaparecieron cada uno en su habitación; Xül y yo nos quedamos solos en la salita poco iluminada.

—Duerme bien, estrellita —me dijo mientras me guiaba por el pasillo.

—Y tú también —respondí, parada en el umbral.

Ambos parecíamos querer decir algo más, sin acabar de encontrar las palabras.

Una parte de mí deseaba tirar de él, arrastrarlo al interior de mi habitación y seguir viviendo el sueño que había tejido el pueblo para nosotros, en el cual podíamos olvidarnos de las consecuencias y de las responsabilidades.

Pero otra parte de mí sabía que eso solo complicaría más las cosas, que diluiría una línea que ya era bastante difusa de por sí.

Con un último asentimiento, se volvió y entró en su cuarto, y me dejó sola con mis pensamientos.

La habitación de invitados era pequeña pero cómoda, con una cama estrecha cubierta de mantas de varios colores, una mesita con una jofaina y una ventana que se abría a un pequeño canal. Me lavé la cara, me puse la ropa de dormir que me habían dejado sobre la cama y apagué la lámpara.

Pero el sueño no llegó. Me puse a pasear por la pequeña habitación, con los sucesos del día dándome vueltas en la cabeza: los funestos presagios de Heron en relación con Thatcher, aquel atisbo inesperado de la otra vida de Xül, el recuerdo de su contacto, que no lograba olvidar por mucho que lo intentara.

Me acerqué a la ventana y la abrí para que entrase la brisa nocturna. El pueblo estaba en silencio, y casi todas las ventanas, a oscuras. Solo se oía el golpeteo rítmico del agua contra las paredes de los canales.

Desde ese remanso de paz, los Juicios parecían una pesadilla lejana: Voldaris, la Aguja de Hueso, el peligro constante… Todo aquello daba la impresión de pertenecer a otra vida. Allí, en el pueblo, casi podía creer en un camino distinto, en un futuro distinto.

Pero ese futuro no me pertenecía. Yo tenía responsabilidades, juramentos, un hermano cuyo destino pendía de un hilo. Y Xül… Xül tenía obligaciones que yo ni alcanzaba a comprender. Cosas que no me iba a contar.

Acaricié el alféizar con los dedos; la madera gastada era suave al tacto.

Una cosa era desear su cuerpo… Eso ya lo había reconocido ante mí misma cuando casi le supliqué que me tocara.

Pero aquello… Aquello era muy diferente.

Peligroso. Era como querer partes de él que no tenía ningún derecho a reclamar.

Les di la espalda a aquellos sueños tentadores que nunca podrían ser míos y me metí en la cama sin ganas.

Mientras me llegaba el sueño, me di cuenta de que deseaba que Xül volviera a traerme en el futuro a este lugar donde, por un breve instante, podíamos fingir que éramos algo distinto de aquello en lo que nos había convertido el destino.