Capítulo 50. Reflexiones #2
De pronto me sentí expuesta, como si la mujer pudiera atravesarme con la mirada y ver la confusa maraña de emociones que yo me esforzaba por ignorar: el deseo, el miedo y algo demasiado ilícito para reconocerlo.
Layla interrumpió el hilo de mis pensamientos.
—Para ser la primera vez que cortas kalara, se te da muy bien.
—Estoy acostumbrada a cocinar —expliqué—. En Cresta Salada trabajaba con mi padre cultivando ostras.
—¡Ostras! —exclamó Dara—. Nunca las he probado. ¿Están buenas?
—Estupendas —le aseguré—. Sobre todo recién pescadas.
Xül estaba sentado en un taburete bajo, rodeado de varios familiares de más edad. Nuri se había levantado de nuestra mesa y en aquel momento, de pie detrás de él, le deshacía las trenzas con dedos ágiles.
—Se lo está volviendo a trenzar —me explicó Amara al ver que me lo quedaba mirando—. Es tradición, cuando un miembro de la familia vuelve a casa.
Fascinada, observé a la anciana peinar los largos rizos morenos de Xül y dividirlos en mechones. Mientras trabajaba, sus labios se movían sin parar; Xül y los demás acogían sus palabras, según el momento, con sonrisas o con gestos solemnes de asentimiento.
—¿De qué habla? —pregunté.
—Viejas anécdotas —respondió Amara—. Cuando Xül lleva demasiado tiempo fuera, le recuerda quién es.
Lo oí reírse de buena gana. Era un sonido que rara vez había visto salir de sus labios.
—No os visita mucho, ¿no? —pregunté.
—El tiempo transcurre para él de un modo distinto que para nosotros —respondió Amara con calma—. Y la cosa irá a más a medida que pasen los años. —Señaló con un gesto a una niña que jugaba con bloques de madera en un rincón—. Eliza era un bebé la última vez que vino. Ahora ya habla y camina.
—¿Qué puedes contarnos de los Juicios? —dijo una voz queda a mi lado. Al volverme descubrí a Dara, que me miraba con expresión solemne.
El silencio se abatió sobre la cocina. Las manos de las mujeres se detuvieron, y sus facciones adoptaron expresiones reservadas.
—¡Dara! —la reprendió Amara—. De esas cosas no se habla.
—Pero la abuela dijo…
—Tu abuela dice muchas cosas —interrumpió Amara con un tono que no admitía discusión—. Ve a ayudar a tu hermano con el pan.
La niña se escabulló, no sin antes lanzarme de reojo una mirada de curiosidad. Las mujeres siguieron con sus tareas, pero el ambiente ya no era tan relajado.
Xül, al otro lado de la sala, se había quedado rígido y tenía una expresión ilegible.
—Te pido disculpas —me dijo Amara en voz baja—. Aquí no se suele hablar de esos temas.
—No pasa nada —le aseguré, aunque su reacción me tenía intrigada—. Lo entiendo.
La cena fue muy alegre, con platos deliciosos que nunca había probado: el guiso que habíamos preparado, con aquellas especias que no conocía; hogazas aún calientes del horno; verduras asadas glaseadas con miel y pimienta.
Nos sentamos en cojines dispuestos en círculos alrededor de unas mesitas bajas. Yo acabé entre Layla y uno de los mellizos: Davi, según descubrí, el hermano de Dara.
—¿Cuál es tu don? —me preguntó en cuanto me senté.
Casi me atraganté con el primer bocado. Al mirar a mi alrededor esperaba encontrar la misma vacilación de antes, cuando Dara me preguntó por los Juicios, pero no vi nada de eso. Todos los ojos se habían posado en mí, llenos de curiosidad.
—Los dones no son un tema tabú —señaló Nuri al darse cuenta de mi confusión—. Solo lo es el destino que aguarda a las personas que los manifiestan.
Xül carraspeó y se ajustó el cuello de la camisa.
—Es… complicado —respondí a Davi.
—¿Nos lo puedes enseñar? —insistió.
—Davi —lo regañó Layla con suavidad—, nuestra invitada intenta comer.
—No pasa nada —dije, aunque en realidad no estaba segura. Miré a Xül y enarqué una ceja a modo de pregunta silenciosa.
Lo consideró unos instantes y luego asintió de modo casi imperceptible.
Dejé la cuchara en la mesa, junté las manos formando un cuenco y me concentré.
Tiré del pozo de poder de mi interior, cosa que, tras meses de práctica, me resultaba mucho más fácil, e invoqué un diminuto punto de luz, no mayor que una luciérnaga, que me flotó sobre las palmas.
Latía con un color entre azul y plateado.
De las mesas me llegó un rumor de jadeos y murmullos. Davi había abierto unos ojos como platos.
—Es precioso —suspiró Layla. El bebé trató de alcanzar la luz con sus deditos.
—Fuego estelar —dijo Nuri, y la voz resonó por todo el salón.
Cerré las manos y extinguí la luz antes de que creciera más.
—No es más que un truco de salón —respondí. La atención me ponía incómoda.
—Ni mucho menos —comentó Teller, que alzó la copa para pedir un brindis—. ¡Por los talentos, tanto los antiguos como los nuevos!
Acabada la cena, cuando los niños ya dormían, los adultos y los adolescentes nos reunimos en una estancia más pequeña, cerca del salón principal. Teller apareció con un juego de dados de madera tallada y un tablero con unos complejos dibujos tallados.
—Tashara —anunció—. El juego más antiguo que se juega en este pueblo. ¿Tenéis algo parecido en Cresta Salada, Thais?
—Tenemos juegos de dados y de cartas —comenté mientras lo veía disponer unas pequeñas fichas en puntos concretos del tablero—. Pero ninguno que se parezca a este.
—Es muy sencillo —explicó Layla—. El dado dice cuántas casillas te puedes mover. El objetivo es capturar las fichas del adversario y proteger las propias.
—Estrategia y suerte —añadió Amara, que se sentó junto a su marido—. Como en la vida misma.
Xül se sentó a mi izquierda.
—Cuidado —susurró—. Teller hace trampas.
—¡Eh, que te he oído! —protestó Teller—. Que tú pierdas siempre no significa que yo haga trampas, príncipe.
—¿Siempre? —Enarqué una ceja—. ¿El poderoso príncipe de la muerte, derrotado en un simple juego de dados?
—La estrategia nunca ha sido su fuerte —se burló Nuri, y se acomodó en un cojín con la ayuda de Layla—. Es demasiado impulsivo.
—No soy impulsivo —protestó Xül, riéndose.
—Ah, ¿no? —Los ojos de Amara rebosaban picardía—. ¿Hace falta que les recordemos a todos el incidente de la barca de pesca?
Xül enarcó la ceja.
—¿De verdad es necesario?
—Me temo que sí —replicó Amara con una mueca burlona—. Thais se merece saber con qué clase de hombre trata.
—Eso quiero oírlo. —Me incliné hacia delante, interesada.
Teller se echó a reír.
—Fue hace muchos veranos. ¿Cuántos años tenías, Xül? ¿Doce? Estaba decidido a demostrar que podía pescar más peces que cualquier otra persona del pueblo.
—Una ambición muy razonable —añadió Xül.