Capítulo 50. Reflexiones
S eguí a Xül a trompicones a través del portal, con las palabras de Heron grabadas a fuego en la mente: «El hilo del destino de tu hermano está truncado». Cuando la luz plateada del portal cedió y me dejó pasar, el mundo que me rodeaba se transformó.
El calor del desierto desapareció, remplazado por una brisa fresca y suave que arrastraba un aroma a agua y vegetación. Parpadeé sorprendida y, por un instante, me olvidé del pánico.
La niebla colgaba a baja altura sobre canales que se extendían en todas direcciones y cuyas superficies reflejaban la luz dorada del atardecer.
Cuando se disipó la neblina, entreví edificios que parecían flotar en el agua: cabañas con tejado de paja muy inclinado y paredes pintadas de colores vivos que contrastaban con el luminoso verdor.
Pasarelas que se extendían sobre cauces angostos y conectaban casas que, de otro modo, serían islas aisladas.
El mundo cobraba forma ante mis ojos: un niño que corría por un estrecho sendero detrás de una cometa muy colorida, pájaros de tupido plumaje que planeaban entre los árboles, flores encaramadas a las celosías y que se derramaban por los alféizares en cataratas de blanco y morado.
—¿Dónde estamos? —susurré, temerosa de estropear la magia de aquel lugar.
—En un sitio al que debería venir más a menudo —respondió Xül—. El pueblo de Mireen.
Una barca estrecha pasó cerca, pilotada por una mujer de piel oscura y largos rizos negros. Gritó algo en una lengua que no reconocí. Xül alzó la mano para saludarla y le respondió.
—Hablas su idioma —comenté. Era una obviedad, pero estaba tratando de poner en orden mis pensamientos y me salió así.
—Sería raro que no lo hablase. —Echó a caminar por un sendero que bordeaba uno de los canales más anchos—. Aquí vive mi familia. Los descendientes de Osythe.
Aparté a un lado los pensamientos sobre Thatcher y corrí para alcanzar a Xül.
—No me habías dicho que fuéramos a reunirnos con más familia.
Él contemplaba el pueblo como si estuviese apreciando en silencio cada detalle que veía.
—No quería perderme la oportunidad.
—¿Cuánto hace que no vienes? —pregunté mientras me agachaba para esquivar una rama baja cubierta de florecillas blancas.
—Dos años —respondió con un toque de pesar—. Puede que tres.
Torcimos por un canal más estrecho bordeado de arbustos floridos cuyas ramas tocaban el agua; era tan cristalina que, entre las raíces de las plantas acuáticas, se distinguían pececillos diminutos que nadaban a gran velocidad.
Levanté un momento la mirada al ver que nos acercábamos a una cabaña más grande, un poco apartada del agua, sobre un pequeño promontorio.
A diferencia de las otras casas, aquella estaba rodeada por un jardín: tallos gruesos con hojas anchas, arbustos tupidos cubiertos de flores blancas, enredaderas que se introducían por las rendijas del exterior de la casa.
La puerta se abrió de par en par antes de que llegáramos, y salió una mujer, alta y majestuosa, con la piel del color de la nuez y el cabello negro recogido en unas trenzas muy elaboradas.
Llevaba un vestido de un añil intenso, adornado con bordados de oro.
Clavó los ojos en Xül y, esbozando una mueca burlona, se cruzó de brazos.
—Vaya. Así que regresa el vagabundo. —Hablaba con un acento que no logré identificar.
Xül saludó con una ligera inclinación.
—Amara…
La mujer lo observó unos instantes más y luego sonrió de buena gana.
—Ha pasado mucho tiempo, príncipe.
Para mi sorpresa, se adelantó y envolvió a Xül en un abrazo, que él le devolvió sin dudarlo. Cuando se separaron, la mujer desvió la mirada hacia mí.
—¿Y a quién has traído a nuestro umbral?
—Es… —intentó decir Xül.
—Es mi tutor —interrumpí, sin saber muy bien por qué sentía la necesidad de definir nuestra relación de inmediato—. Soy Thais Morvaren.
Amara enarcó las cejas y paseó la vista del uno al otro.
—Thais —sonrió de nuevo—, cualquier invitado de Xül es bienvenido en nuestro hogar. Entrad los dos.
—¿Qué relación tienes con ella? —le pregunté a Xül mientras lo seguía al interior.
—Es una pariente lejana.
Nuestros brazos se rozaron al entrar y el fuego me lamió la columna vertebral. Desde aquella noche era algo constante: cada contacto accidental iba acompañado del recuerdo de sus manos en mi pelo y de sus ojos que me devoraban.
Pasamos a un gran salón central iluminado por la luz de las ventanas que daban al canal. En él había al menos una docena de personas de edades diversas que iban de un lado a otro preparando lo que parecía una fiesta. En el aire flotaba un aroma a especias desconocidas.
Por todas partes se oían conversaciones en la misma lengua de antes, puntuadas por coros de risas.
Todos los presentes tenían la piel morena, con tonos diversos pero similares, y los rasgos de muchos de ellos me recordaban a Xül y a su madre: el contorno de los ojos, el ángulo de los pómulos, la forma de gesticular al hablar.
—¡Xül! —Una voz profunda retumbó por toda la sala. Un hombre ancho de hombros, con un pelo entrecano recogido en mechones gruesos, se abrió paso a empujones entre la gente—. ¡Ya era hora de que te dignases asomar por aquí!
—Teller —dijo Xül cuando se saludaron agarrándose los antebrazos—, ¿sigues dándole quebraderos de cabeza a Amara?
—Siempre que puedo —respondió el hombre con una gran carcajada. Cogió a Xül de los hombros, y sus ojos me descubrieron—. Y esta ¿quién es?
—Thais —respondí antes de que nadie se me adelantara.
—Es mi pupila —añadió Xül, que me lanzó una mirada de reojo.
—Interesante. —Nos miró a los dos y alzó las cejas. Luego me tendió la mano—. Soy Teller, sufrido esposo de Amara.
—El que me hace sufrir a mí, quiere decir —aclaró Amara al pasar junto a nosotros de camino a la cocina.
Los niños corrían por todas partes y llamaban a Xül en su lengua.
Una anciana se levantó despacio de un sillón cercano a la ventana; sonrió y su rostro se transformó en un laberinto de arrugas.
Dos hombres jóvenes dejaron de lado la partida a la que estaban jugando y se unieron al círculo creciente que nos rodeaba.
—Niños, dadles espacio para respirar a nuestros invitados —ordenó Amara, aunque con amabilidad—. Nuri, ven a conocer a Thais.
La anciana se acercó con ayuda de un bastón de madera labrada. Tenía el cabello blanco trenzado y recogido sobre la cabeza, adornado con pequeñas cuentas de madera.
—Entonces —comentó con una voz más fuerte de lo que correspondía a su edad—, la has escogido a ella para entrenarla. —Me estudió—. Hay fuego en su interior.
—Es muy especial, sí. —A Xül le tembló la comisura de los labios.
—Como tú, entonces —respondió con una sonrisa irónica antes de volver a centrarse en mí—. ¿Eres tan gamberra y alborotadora como ese?
Me eché a reír.
—No se me ocurriría ni compararme con él.
—Chica lista. —Asintió y le dio un codazo a Xül en las costillas.
Una mujer más joven apareció con un bebé apoyado en la cadera.
—Abuela, déjalos entrar y acomodarse antes de empezar con tus interrogatorios. —Se volvió hacia mí con una gran sonrisa—. Me llamo Layla. Bienvenida a nuestro hogar.
—Gracias —respondí, consciente de pronto de lo fuera de lugar que me sentía en aquella reunión tan familiar—. Es precioso.
—Eso nos gusta pensar —convino Layla. Meció al bebé, que empezaba a mostrarse agitado—. Nos estamos preparando para la fiesta del solsticio de verano, que es mañana. Habéis llegado justo a tiempo.
—Oh, no nos vamos a quedar —intervino Xül.
—Bobadas. —Nuri le dio un golpe con el bastón—. Seguro que una noche podéis quedaros. Luego tardaremos años en volveros a ver.
Xül suspiró, derrotado; se dejó caer en el sofá y se cruzó de piernas.
—¿El solsticio? —pregunté, para encaminar la conversación—. En Cresta Salada no lo celebrábamos tan a lo grande.
Layla abrió mucho los ojos, interesada.
—¿El pueblo de la costa?
Asentí sorprendida.
—¿Lo conoces?
—Mi nieta iba mucho por allí cuando era más joven —intervino Nuri—. Decía que la comida estaba para morirse.
—Ven conmigo —interrumpió Amara—. Te prometo que en la cocina no seguiré interrogándote.
Me reí y la seguí hasta una gran mesa de madera sobre la que se apilaban verduras de todos los colores.
Varias mujeres ya se afanaban cortando hortalizas, moliendo especias o amasando.
Una niña de unos doce años estaba sentada en un taburete con las piernas cruzadas y pelaba las judías de una cesta.
—Dara, haz sitio a nuestra invitada —le indicó Amara.
—¿De verdad eres la elegida de la muerte? —preguntó al instante, en voz baja, pero interesada.
—¡Dara! —la regañó Amara—. Compórtate.
—No pasa nada —aseguré. Me senté en el asiento que me ofrecían junto a Dara—. Sí, lo soy. Pero él no es realmente…
—No es la muerte —terminó Dara por mí, con expresión de sabiduría—. Es el príncipe de la muerte. La abuela me lo explicó. Su padre es la auténtica muerte, pero Xül trabaja para él.
La miré sorprendida.
—Eso es… correcto, en realidad.
Amara me pasó un cuchillo y una pila de tubérculos.
—Hay que cortarlos en rodajas finas, para el guiso —explicó—. Así. —Me lo enseñó con movimientos rápidos y precisos.
Seguí su ejemplo y me adapté al ritmo familiar del trabajo culinario. Me fijé en que, al otro lado del salón, Teller había arrinconado a Xül y los dos estaban sumidos en una intensa conversación.
—Entonces —dijo Layla, que se sentó frente a mí mientras seguía acunando al bebé— ¿cómo llevas Voldaris?
—Unos días mejor que otros —respondí, concentrada en lo que cortaba—. Pero no es tan terrible como me imaginaba.
—Xül todavía no te ha vuelto loca —comentó con una carcajada—. Así que me imagino que tienes mucha fuerza de voluntad.
—Es una forma de decirlo… —coincidí, incapaz de reprimir una sonrisita.
—Contigo se lo ve distinto —observó Nuri, que se acomodó en una silla a la cabeza de la mesa—. Más relajado.
Levanté la vista, sorprendida.
—Yo no diría eso.
—Pues yo sí —insistió la anciana—. Y conozco a ese muchacho de toda la vida.