Capítulo 49. El vidente ciego #3
—Eso es —respondió Heron con tono de aprobación—. Buscad el patrón dentro del caos.
Tomé nota del consejo; no sabía muy bien cómo me ayudaría, pero agradecía cualquier cosa que me diese una ventaja.
—¿Hay algo más que deba saber?
Heron inspiró hondo.
—En la casa del destino hay habitaciones en las que no se debe entrar. Haz caso de los avisos que te encuentres, o puede que descubras verdades que no estés preparada para sobrellevar.
—Parece un mal presagio —comenté.
—Las verdades guían los caminos de nuestro destino. Averiguar las que no tocan puede ser contraproducente. Si te parece un mal presagio, querida, será porque lo es.
Como si lo hubieran invocado, Xül se puso en pie y nos dio la espalda.
—Tengo que encargarme de una cosa. Os ruego que me disculpéis.
Y salió por la puerta sin darme tiempo a protestar.
Se hizo el silencio. El anciano bebía su té con una expresión serena y parecía satisfecho con el silencio. Pero mi mente era un torbellino de preguntas.
—Llevas aquí tres siglos —dije por fin— viendo cambiar el mundo mientras tú permaneces escondido.
Heron asintió.
—A veces ha sido una existencia muy solitaria. Pero cumplía un propósito.
—¿Y cuál es?
—Ser testigo. Registrar. En ocasiones, mover un hilo o dos si el Tapiz me lo permite. —Desvió los ojos ciegos hacia la ventana—. He vivido una vida de observación, no de participación. Tiene sus recompensas.
—Pero nunca has tenido más opciones —dije, incapaz de extirpar de mi voz el desprecio que sentía—. Los Juicios, los Doce… te han robado cualquier otra posibilidad.
—Sí —convino con sencillez—. Como han hecho con muchos otros.
Me miré las manos y rememoré la vida sencilla que había llevado en Cresta Salada. La sensación de la brisa marina, el peso de las ostras en las palmas, la sonrisa de Marel a la luz de las llamas. Todo aquello se había desvanecido.
—Tienes un hermano —dijo Heron de repente, en voz baja.
Miré la puerta de reojo. No había ni rastro de Xül.
—Sí.
El anciano se inclinó hacia mí con gesto serio.
—Veo tu hilo del destino, cómo se retuerce y gira en los siglos venideros. —Hizo una pausa, como para sopesar sus siguientes palabras—. Pero el suyo… está truncado.
Se me heló la sangre en las venas.
—¿Qué?
—No veo el hilo de su vida más allá… —vaciló— del final de los Juicios.
Me invadió el pánico y el corazón me dio un vuelco. No podía ser cierto.
—No es posible —dije con voz temblorosa. «Si matamos a Olinthar, moriremos los dos». Ese era el plan, y siempre lo había sido. Ambos habíamos aceptado ese precio. Jamás se me había ocurrido plantearme un futuro en el que yo sobreviviera y él no.
—Los planes y el destino no suelen coincidir —señaló Heron con suavidad—. Pero no te desanimes. Es posible cambiar el destino alterando la trayectoria.
Sacudí la cabeza. El terror me atenazaba la garganta y no me dejaba pronunciar palabras. La idea de seguir adelante sin Thatcher, de ascender a la divinidad mientras él moría, me resultaba insoportable. Éramos mellizos, dos mitades de un todo. Nunca había imaginado mi existencia sin él.
Antes de que pudiera presionar a Heron para extraerle más información, volvió a adoptar la expresión serena que tenía a nuestra llegada. A los pocos segundos regresó Xül.
—Me parece que deberíamos irnos —dijo sin percibir mi angustia—. Creo que ya te hemos robado demasiado tiempo.
Heron se puso en pie con una agilidad sorprendente para alguien tan anciano.
—Ha sido un placer conocerte, Thais Morvaren. —Cogió mi mano temblorosa entre las suyas—. Recuerda lo que te he dicho del destino. Nada es definitivo hasta que ocurre.
Asentí en silencio, aturdida por la revelación.
Mientras regresábamos a la aldea, Xül me miró de soslayo con los ojos entornados.
—Ni que hubieras visto un fantasma.
Me obligué a respirar con normalidad y adoptar una expresión neutra.
—Estoy tratando de procesar todo eso.
Me estudió unos instantes, no muy convencido, pero no insistió.
Llegamos al límite de la aldea en el momento en que se empezaba a poner el sol, que proyectaba largas sombras en las arenas del desierto. Xül alzó la mano para abrir un portal, pero vaciló.
—¿Te molestaría mucho que nos pasáramos por otro sitio antes de volver a Draknavor? —Me miró con una ceja enarcada.
Yo estaba tan sumida en mis pensamientos que casi ni me di cuenta de lo que me decía. Me obligué a responder con un gesto de negación.
Cuando el portal se abrió frente a nosotros como un remolino, hice una promesa silenciosa. Encontraría la manera de hablar con Thatcher, de advertirlo de lo que había averiguado. Juntos buscaríamos otro enfoque; un plan más a largo plazo, quizá, o alguna solución completamente distinta.
Porque no había luchado en los Juicios, no había soportado el entrenamiento de Xül y los horrores de Voldaris para luego vivir toda la eternidad sin la persona que más me importaba. Si el destino decretaba que Thatcher debía morir, yo estaba dispuesta a hacerlo trizas y tejerlo de nuevo a mi gusto.
Xül me tocó el hombro y me sacó de aquellos pensamientos sombríos.
—¿Lista?
Asentí y lo seguí a través del portal.