Capítulo 49. El vidente ciego #2
Me sostuvo la mirada un breve instante más y luego tanteó el pomo con suavidad. Sin esperar respuesta, abrió la puerta y me indicó que lo siguiera al interior.
La estancia era pequeña y con escaso mobiliario; unos cuantos cojines en el suelo, una mesa baja con un juego de té y, en las paredes, estanterías llenas de pergaminos y de objetos extraños que no pude identificar.
Sentado en un cojín, cruzado de piernas, había un anciano con la espalda muy recta pese a su edad y los ojos cerrados.
Tenía la piel del color del pergamino, entrecruzada de profundas arrugas. El pelo, de un blanco luminoso, le caía en rizos por los hombros. Llevaba una túnica sencilla de cambiantes tonos grises; pero, a diferencia de los otros sacerdotes, aquel estaba rodeado por un aura de luz dorada.
Cuando entré en la sala, el anciano abrió los ojos y yo sofoqué un jadeo. Eran blancos como la leche. Volvió el rostro hacia nosotros.
—Príncipe Xül… —saludó con voz grave y melodiosa.
Xül inclinó la cabeza, una deferencia que no le había visto hacia nadie, ni siquiera su padre.
—Heron…
El hombre volvió su atención hacia mí.
—Y traes una invitada. Que, además, es de un linaje de lo más interesante.
Me quedé inmóvil, con el corazón en un puño, y le lancé a Xül una mirada de pánico.
Heron sonrió, y eso hizo que su rostro curtido adquiriera un aspecto casi infantil.
—No voy a fisgonear. Hay secretos que no me corresponde revelar a mí. —Señaló los cojines que tenía enfrente—. Sentaos, por favor.
Lo hice, aturdida.
—Tú…, ¿sabes que soy…? ¿Solo con mirarme? —pregunté con un hilo de voz.
—Niña —respondió Heron con amabilidad—, veo los hilos del destino que te atan a los cielos y a la tierra.
—Cogió la tetera de la mesita que tenía delante y sirvió el líquido humeante en una taza—.
Capto el brillo de tu naturaleza divina con tanta claridad como la luz solar; es una hebra dorada y brillante.
—Heron es hijo de Vorinar —explicó Xül, que se sentó a mi lado—. Mortal.
La revelación me produjo un cosquilleo en la piel. Otro hijo semidivino. Como Thatcher y yo. Pero más viejo…, mucho más viejo.
—Eso es… —Me costaba encontrar las palabras—. Entonces ¿por qué no estás…?
—¿En Voldaris? —terminó Heron por mí, con una sonrisa triste en los labios—.
Bueno, eso fue decisión de mi padre. Como ya sabrás a estas alturas, el único modo de vivir en Voldaris es ascender, y solo hay una forma de hacerlo.
Pero yo nací ciego, querida. Mis ojos nunca han visto el mundo físico.
—Señaló con un gesto vago sus ojos lechosos—.
Y, aunque la ceguera no me haya impedido ver los caminos del destino, e incluso puede haber agudizado ese don, considerando lo físicos que son los Juicios, habría sido una sentencia de muerte.
Sopesé sus palabras y comprendí lo que implicaban.
—Así que tu padre te escondió.
—Sí —fue su única respuesta.
Otra idea, nueva y terrible, me acudió a la mente.
—¿Tu madre…? —No pude terminar la pregunta. Al recordar el destino de la mía se me atragantaron las palabras.
La expresión de Heron se dulcificó.
—Mi madre sobrevivió al parto —respondió con amabilidad—. Con ayuda de mi padre. Vivió una vida larga y plena… Casi ochenta años.
No pude evitar que se me escapara un sonido ahogado.
—¿Cómo? —logré decir con voz ronca.
—Vorinar cambió el tejido de su destino —explicó Heron—.
Enlazó el hilo de su vida con el mío, de modo que la sostuvo durante el parto.
Fue algo que requirió un considerable poder y…
sacrificio por su parte. —Se detuvo para escoger con cuidado las siguientes palabras—.
No todos los aesymar son igual de insensibles hacia las vidas mortales, Thais Morvaren.
Bajé la vista y asentí.
—Mi madre era escriba del templo durante el equinoccio de otoño —siguió—.
Registraba las profecías que tenían lugar cuando el velo se volvía más tenue.
Mi padre se fijó en ella porque fue la única que no se acobardó al verlo manifestarse.
Lo miró a los ojos y le corrigió la pronunciación de una palabra antigua.
—Una sonrisa melancólica le asomó a las facciones—.
Regresó al solsticio siguiente, solo para hablar de lingüística con ella.
Xül se movió a mi lado.
—La existencia de Heron ha sido uno de los secretos mejor guardados del reino divino durante siglos. Vorinar lo escondió aquí, bajo su protección, consciente de lo que ocurriría si su existencia llegaba a oídos del aesymar que no debe.
Heron asintió y me ofreció una taza de té humeante.
—Mi padre me escondió en este remoto rincón de Elaren, donde he vivido en relativa paz y he sido sus ojos y oídos. —Bebió un trago de su taza, pensativo—. Llevo aquí casi trescientos años, observando desde la distancia cómo se tejen los hilos del destino.
Casi se me escurrió la taza de los dedos, de repente entumecidos.
—Trescientos…
—La sangre divina otorga longevidad —explicó Heron con amabilidad—. Pero no auténtica inmortalidad.
Me lo quedé mirando, consciente de lo que veía: no un anciano, sino un ser que había visto surgir y caer imperios, que había vivido siglos. Que llevaba todo ese tiempo oculto y cuya vida era en sí misma una crítica de la crueldad del sistema.
—Has sobrevivido a todos los que conociste durante tus primeros años —susurré. El horror de una existencia como la suya me desbordaba.
—Excepto a mi padre —confirmó Heron con una pequeña inclinación de cabeza—.
Y a los pocos seres divinos que saben de mi existencia.
—Extendió la mano sobre la mesa y cogió la mía con una precisión infalible.
Tenía la piel muy caliente—. Es a la vez una bendición y una carga, Thais.
Puede que tú misma la acabes experimentando, si sobrevives a lo que se avecina.
Sus palabras me provocaron un escalofrío, no solo porque me recordaron el mortífero Juicio que estaba por llegar, sino por los siglos de soledad que se abrirían ante aquellos que lograran superarlos. Verían envejecer y morir a todas las personas que conocían mientras ellos permanecían inalterados.
—Habéis venido a hablar del Juicio —señaló Heron, y se volvió hacia Xül—. La creación de Vorinar y Aella. Una combinación de lo más… imprevisible.
—Te agradeceremos cualquier consejo que puedas ofrecernos —dijo Xül—. Se podría decir que no es algo que encaje en mi ámbito de especialización.
Heron, pensativo, bebió otro trago de té.
—Sabes que no puedo hablar de lo que os espera, porque ese conocimiento me está vedado incluso a mí.
—Volvió el rostro hacia el mío—. Pero puedo hablar de generalidades.
La primera, y quizá la más importante, es recordar que el caos y el destino son, por naturaleza, fuerzas opuestas. Una crea pautas; la otra las trastoca.
—Eso no me sirve de mucho —respondí, incapaz de ocultar la decepción que se me asomó a la voz.
Heron esbozó una ligera sonrisa.
—Lo útil rara vez es obvio, jovencita. —Dejó la taza en la mesa—. Piensa en esto: ¿qué es algo tuyo, que te define y que no pueden quitarte ni corromper? ¿Qué te conecta a la vez con tu pasado y con tu futuro?
Fruncí el ceño. No acababa de entender a qué se refería.
—¿Mi poder?
—El poder se puede arrebatar. —Heron negó con la cabeza—. Piénsalo mejor.
Xül se inclinó hacia delante.
—La identidad —propuso.
Heron ladeó la cabeza, sin confirmar ni negar.
—En un reino donde nada es lo que parece, el yo permanece constante; aunque incluso eso puede… enmarañarse.
Empezaba a frustrarme lo críptico de sus consejos.
—Te agradezco la lección de filosofía, pero esperaba algo más concreto. Algo que me ayudase a no morir, por ejemplo.
—La muerte no es más que un hilo posible entre muchos —respondió Heron, indiferente a mi frustración.
Reprimí el impulso de suspirar. Al parecer, las respuestas directas no formaban parte del dominio del destino.
—Otro consejo, si lo quieres —añadió Heron, y bajó la voz—. Nunca confíes en lo que parezca un camino despejado. Las rutas más obvias suelen llevar a los mayores peligros.
—Entonces ¿debo escoger a propósito los caminos más difíciles? —pregunté. Trataba de encontrar algún sentido a sus acertijos.
—Lo que digo es que, en un Juicio diseñado por la señora del caos, nada es accidental. Ni siquiera lo que parece producto de la suerte o el azar. —Se volvió hacia Xül—. Tú entiendes a qué me refiero, príncipe de la muerte.
Xül asintió despacio.
—Aella no crea auténtico azar; solo su apariencia. Siempre hay un patrón subyacente, si sabes dónde buscarlo.