The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 49. El vidente ciego
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Capítulo 49. El vidente ciego

E l sol de mediodía colgaba del cielo rojo sangre de Draknavor.

Xül caminaba a mi lado, ajustando sus largas zancadas a mis pasos, mientras regresábamos a la Aguja de Hueso.

Habían pasado cinco días desde aquella noche en su estudio, y ninguno de los dos la había vuelto a mencionar: lo que pasó en el escritorio, el modo en que me había mirado, las promesas susurradas en la oscuridad.

—Tu corona ha aumentado —dijo Xül en tono pausado mientras miraba de reojo las motas de luz estelar que me sobrevolaban la cabeza; tres más que la primera vez que las invoqué.

—Ahora son diez puntos —respondí, sin poder disimular mi orgullo.

Curvó los labios en aquella media sonrisa típica de él.

—Desde luego, has mejorado.

—Qué magnífica alabanza —respondí con sequedad—. ¿Debería desmayarme ante tanto honor?

—No te pongas teatral —respondió, pero no había aspereza en su voz. Al legar a un estrechamiento del camino, nuestros brazos se rozaron y ninguno de los dos se apartó.

—Te está creciendo el pelo —señaló con aquella voz grave que me producía escalofríos.

—Un lamentable efecto secundario de no haber muerto aún —respondí con fingido tono jocoso.

Su risa, por el contrario, fue suave y sincera.

—Eres toda una optimista, Morvaren.

La Aguja de Hueso se alzaba frente a nosotros en toda su terrible majestad. Una figura nos esperaba en la puerta, un sirviente umbrío cuya silueta se ondulaba bajo la luz carmesí.

Xül abandonó la postura relajada y se irguió en toda su imponente altura.

—¿Sí? —quiso saber en cuanto nos aproximamos.

El sirviente hizo una profunda reverencia.

—Ha llegado un mensaje, mi señor. —Le entregó una carta lacrada.

Xül la aceptó y examinó el sello.

—¿Qué es? —Me acerqué a mirar.

—Al menos esta la hemos recibido a tiempo —murmuró, más para sí que para mí.

Me apoyé en la puerta de obsidiana y estudié los símbolos del membrete. Dos emblemas entrelazados: una espiral y un nudo complejo.

—¿Qué representan esos símbolos? —pregunté, convencida de que la respuesta no me iba a gustar.

—El destino y el caos —respondió Xül sin apartar la mirada del lacre—. Vorinar y Aella organizarán el siguiente Juicio.

Me erguí con un escalofrío de inquietud.

—No parece una combinación muy prometedora.

—Y no lo es. —La preocupación se le asomó a las facciones antes de que pudiera ocultarla. Rompió el sello y leyó a toda prisa el contenido, con el ceño fruncido.

—¿Es malo? —pregunté, no muy segura de querer saber la respuesta.

—Puede que no —respondió, y se volvió hacia el sirviente—. Puedes irte. La señorita Morvaren y yo nos ausentaremos esta noche.

El sirviente asintió y desapareció entre las sombras.

Xül dobló la carta y se la guardó en la chaqueta.

—Vamos. Tendrás que limpiarte y prepararte.

—Prepararme, ¿para qué?

Se dirigió a la entrada de la Aguja de Hueso, caminando a buen ritmo.

—Vamos a ir al único lugar, aparte de Voldaris, donde reside un maestro del destino.

Corrí para alcanzarlo.

—No lo entiendo.

Se detuvo y me miró a los ojos.

—Ese hombre vive en Elaren, estrellita.

—¿Qué?

—Sí. —Reanudó el paso—. Arréglate. Nos vamos en una hora.

Quería extraerle más información, pero la rigidez de los hombros me hizo saber que de momento no le sacaría nada más.

Así que me dirigí a mis habitaciones con la mente hecha un torbellino de posibilidades.

El reino de los mortales. Después de todo lo que había pasado desde el principio de los Juicios, iba a volver adonde todo empezó.

Cuando salí, una hora después, Xül me esperaba en el vestíbulo. Él también se había cambiado de ropa; en vez de su refinado atuendo habitual, vestía algo menos llamativo, aunque seguía pareciendo, de los pies a la cabeza, el príncipe divino que era en realidad.

—¿Lista? —me preguntó.

—¿Me vas a decir al menos qué región vamos a visitar?

—Cuando llegue el momento. —Me tendió la mano y yo la cogí sin dudar—. Cierra los ojos.

Hice lo que me pedía y sentí un tirón que ya conocía: la magia del portal que nos envolvía. El poder hizo crujir el aire, y de pronto…

Calor. Un calor seco y ardiente en la piel. Y un aire que sabía a algo distinto: más limpio, más ligero.

Abrí los ojos y descubrí que nos encontramos en un desierto interminable, dunas doradas que se extendían hacia el horizonte en todas direcciones. Por encima de nosotros, el cielo era de un azul tan nítido que casi dolía mirarlo.

Inspiré hondo para saborear el aire que me era tan familiar. Hacía tanto tiempo que no lo respiraba que ya casi me había olvidado de lo que era sentirlo en los pulmones.

Xül ya se había puesto en marcha y avanzaba a zancadas por las dunas. Sus botas apenas dejaban huella en la arena. Corrí para alcanzarlo.

—¿Cuándo me vas a explicar todo esto? —exigí.

—Todo se revelará a su debido tiempo —respondió sin bajar el ritmo.

Fruncí el ceño, pero me daba la espalda y no me vio.

—Es la respuesta más misteriosa e insufrible que haya oído jamás.

—Entonces, mi reputación sigue intacta.

—¿Quién es ese maestro del destino? ¿Por qué no está en Voldaris? ¿Por qué nos arrastramos por el desierto para encontrarlo? —Las preguntas se me escaparon a borbotones mientras me ponía a su altura.

—Cualquiera diría que voy a cambiar de opinión y voy a revelárselo todo solo porque lo exige en voz cada vez más alta —murmuró Xül para sí.

—Eres inaguantable —siseé.

—Y tú, muy observadora, estrellita.

Al coronar una duna, divisamos a lo lejos una aldea reluciente.

Los edificios de adobe, de cálidos tonos ocre, se agolpaban alrededor de algo que me pareció un pozo.

Había palmeras que ofrecían algo de sombra y toldos coloridos que se extendían entre los edificios y protegían las callejuelas del castigo del sol.

Al acercarnos empezamos a ver gente: mujeres que llevaban cántaros, niños que jugaban en las escasas sombras, comerciantes que ofrecían a gritos sus productos…

Cuando entramos en la aldea, me fijé en la reacción de sus habitantes al ver a Xül. No gritaban ni le hacían reverencias, pero era evidente que lo reconocían como algo distinto, no humano. Guardaban las distancias, con la mirada baja y el cuerpo orientado como para apartarse de él.

Xül, por su parte, tenía una mueca burlona en los labios, como si disfrutara de la incomodidad que provocaba.

—Te temen —dije en voz baja.

—Por supuesto —respondió—. Todos los mortales temen a la muerte.

Por fin llegamos a lo que parecía ser un templo, situado en el otro extremo de la aldea, casi en el límite.

A diferencia de las casas, que eran construcciones sencillas, el templo era de arenisca clara y tenía en la fachada tallas en espiral.

Unas figuras con túnicas de suave color gris entraban y salían por la puerta arqueada.

Me detuve en seco.

Sacerdotes. Aunque no fueran los seguidores de Olinthar, con sus túnicas blancas, seguían siendo sirvientes de la divinidad, agentes de la voluntad divina entre los mortales.

Se me disparó el corazón, y las palmas de las manos se me empaparon de un sudor que no tenía nada que ver con el calor del desierto.

Xül se volvió con una ceja enarcada, como para preguntar, pero le cambió la expresión al entender lo que pasaba. Se me acercó y habló con una voz tan baja que solo yo pude oírlo.

—No son como los sacerdotes que conoces —explicó—. Sirven a Vorinar y no le hacen daño a nadie. Su único propósito es observar y registrar; no se dedican a cazar ni a capturar.

Vi una figura con túnica que pasaba junto a nosotros con la cabeza gacha, en reconocimiento tácito y silencioso de la presencia de Xül. A diferencia de los sacerdotes de Olinthar, con sus ojos fríos e inquisitivos, aquel mostraba una expresión serena, casi contemplativa.

—No pienso entrar —dije. Mi voz sonaba muy lejana.

—Esto es lo mejor que puedo ofrecerte —respondió Xül con una expresión mucho más seria de lo habitual—. Suponiendo que sea posible prepararse para lo que hayan planeado Vorinar y Aella.

—Me arriesgaré. —Di un paso atrás—. Tendré que improvisar.

Xül entornó los ojos y me estudió el rostro.

—No digas tonterías. —Lanzó una mirada significativa a otro sacerdote que pasó cerca de nosotros—. No querrás hacerme creer que esas personas te dan miedo.

Me envaré.

—El miedo y el odio son cosas distintas.

—Sí —convino—. Y tú puedes usar las dos para alimentar a tus estrellas si te sientes amenazada.

—¿Me das permiso, entonces? —Lo miré de reojo.

—Digamos que sí, aunque no creo que lo necesites. —Sonrió—. Si haces que el cielo les caiga encima a los de ahí dentro, los harás pedazos. No son guerreros ni estrategas. Son gente de paz.

Contemplé a los sacerdotes que iban y venían entregados a sus quehaceres.

—Entonces ¿no debo esperar que haya violencia? —pregunté. Me molestó sonar tan vulnerable.

A Xül le cambió la cara.

—Te lo prometo. Y, si alguno recurriera a ella, no sobreviviría al intento.

La fiera certeza de su voz me tranquilizó. Inspiré con fuerza y asentí.

—De acuerdo. Pero como note algo raro…

—Nos iremos al instante —completó—. Te doy mi palabra.

Me tendió de nuevo la mano y, tras una ligera vacilación, la acepté. Cerró los dedos alrededor de los míos.

Tras el sol abrasador del desierto, el templo era fresco y estaba sumido en la penumbra, iluminado por lámparas de aceite que proyectaban sombras danzarinas sobre las paredes de color de arena.

El aire olía a incienso y a pergaminos viejos.

Los sacerdotes se movían en silencio; unos transcribían manuscritos, otros descansaban en nichos excavados en los muros.

Xül me condujo a la sala principal, y luego ascendimos por una escalera de caracol. Cuanto más subíamos, menos gente encontrábamos, hasta que por fin llegamos a una sencilla puerta de madera.

Se giró hacia mí e inspiró hondo.

—Lo que voy a enseñarte no puedes repetírselo a nadie. ¿Comprendido?

La seriedad de su voz me hizo dudar.

—Si es así, ¿por qué me lo enseñas?

—Porque vas a necesitar todas las ventajas que pueda ofrecerte —respondió. Y, antes de que yo pudiera decir nada, siguió—: Prométemelo, Thais.

Asentí despacio.

—De acuerdo.