Capítulo 48. El punto de inflexión #2
—Desátate el corpiño —me ordenó en voz baja mientras volvía a su sillón y tomaba asiento frente a mí—. Despacio.
Me temblaban los dedos mientras empezaba a desanudar los cordones, sin apartar la mirada de la suya ni un momento. El aire que nos separaba parecía vibrar a medida que cada movimiento mío revelaba un poco más de piel.
—Dime una cosa —añadió en voz aún más baja, sin dejar de observarme—. ¿Con qué frecuencia piensas en mí cuando estás sola?
El calor me subió a la cara ante aquella pregunta tan íntima, pero me miraba de una forma que me impulsaba a ser sincera.
—Con demasiada —reconocí.
Un destello de satisfacción le cruzó el rostro.
—¿Y qué me imaginas haciendo en esas fantasías?
Dudé un momento, con los dedos inmóviles entre los cordones.
—No pares —me ordenó—. Y no mientas. Quiero oír todos los pensamientos obscenos que has tenido sobre mí.
—Te imagino recorriéndome con las manos —confesé, y seguí desatándome el corpiño—. Con la boca…
—¿Por dónde? —insistió con voz acariciadora—. Enséñamelo.
Tiré del último lazo y el corpiño se abrió; el aire frío contra la piel me irguió y endureció los pezones.
Subí las manos hasta ellos y me pasé los pulgares por la piel erizada, lo que hizo que una profunda sacudida me recorriera el cuerpo.
Sus ojos, cada vez más oscuros, parecían oprimirme el pecho cuando me pellizqué la piel, y separé los labios cuando aquella sensación me provocó un calor palpitante entre los muslos.
—Bien —murmuró—. Sigue.
Tragué saliva a duras penas, turbada, mientras bajaba los dedos hasta llegar a la falda. Me amontoné los volantes sobre los muslos y me abrí para él. La delgada tela de la ropa interior era la única barrera. Rocé el tejido húmedo y un gemidito escapó de mis labios.
No era bastante.
Me bajé la prenda de encaje por las caderas con rapidez y fui a echarla a un lado, pero la mano extendida de Xül me detuvo.
Aturdida, la solté en su mano extendida, y, al seguir el movimiento mientras se la guardaba en el bolsillo delantero, los ojos se me fueron al bulto que se le marcaba en el pantalón.
Se lo recolocó, rodeando con la mano aquella provocativa longitud. Volví a separar las piernas sin pensarlo, y mis dedos encontraron con rapidez el palpitante botón lleno de nervios que pedían con desesperación que se les hiciera caso.
La intensidad de su mirada era como un contacto físico que agudizaba cada sensación. Seguía inmóvil, excepto por el rápido vaivén de su pecho, por el control que saltaba a la vista en su puño, cerrado con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.
—Dime qué piensas —susurré, animada por el deseo indisimulado que le veía en los ojos.
—Estaba pensando —respondió con voz tensa— que nunca más podré concentrarme en ese escritorio.
No pude contener la sonrisa que me curvó los labios.
—¿Eso es todo?
—Qué insistencia —ronroneó—. Pero, ya que me lo preguntas con tanta amabilidad, también pienso en mi boca recorriendo toda tu piel, saboreándote hasta que llores de deseo —siguió, y bajó la voz—.
En ver cómo te hago derrumbarte con la lengua, los dedos, la polla, hasta que no seas más que un manojo de nervios palpitantes que suplican más.
Me acaricié el clítoris despacio; sentía los párpados más y más pesados con cada susurro lascivo.
—Me imagino cómo sería tenerte a mi alrededor —dijo, pronunciando cada palabra con deliberación—. Lo prieta que estarías, lo húmeda, lo perfecta.
Gemí y mis movimientos se hicieron más apremiantes.
—Eso es —me animó—. Enséñame cómo te moverías si me tuvieras dentro.
Bajé la mano y curvé los dedos hasta llegar al lugar que me transportaba a las estrellas. Jadeante, arqueé la espalda hasta quedar con los hombros apoyados en la madera. Estaba entregada a él, moviendo las caderas adelante y atrás, frotándome con la palma.
Tenía los ojos cerrados por el éxtasis cuando capté una sombra a través de los párpados.
—Mírame —ordenó, justo por encima de mí.
Hice lo que me pedía y me lo quedé mirando mientras las oleadas de placer crecían en mi interior.
Él apoyó los brazos a los lados de mi cuerpo.
Tenía el corazón tan desbocado que pensé que iba a ahogarme.
Me arqueé hacia él, desesperada por sentir su contacto, pero no llegaba.
Quería que sus largos dedos sustituyeran a los míos, que explorasen lugares que yo no alcanzaba.
Quería que sus labios ardientes me arrebataran los últimos vestigios de control.
Que mis gemidos, casi suplicantes, derribaran sus barreras.
—¿Esto era lo que querías ver, guardián? —pregunté en voz baja y desafiante—. ¿Cuánto te deseo mientras tú te quedas ahí plantado? ¿O prefieres notar cuánto me mojo pensando en ti?
Sus ojos adquirieron una oscuridad peligrosa.
—Te torturas tanto como me torturas a mí —seguí, animada por el ansia de su mirada—. Los dos sabemos que quieres ser tú quien me haga gritar.
—¿Y privarme de esta visión? —murmuró—. Ni hablar; lo que quiero es ver cómo te deshaces.
Contuve un bufido ante su negativa.
—Di mi nombre —ordenó—. Quiero oírlo de tus labios cuando te corras.
Mis dedos habían encontrado un ritmo embriagador, y los sonidos de mi excitación llenaban la estancia. Tenía el aliento atascado en la garganta; hasta el último músculo de mi cuerpo vibraba con mayor intensidad a medida que me acercaba a la cúspide.
Se me ponían los ojos en blanco, pero noté que la presencia de Xül se desplazaba hacia abajo, hasta que sentí su aliento contra el interior de los muslos.
Eso me hizo levantar caderas, ansiosa, y entonces su exhalación llegó al centro de mi ser.
Esa fue mi perdición: me precipité en caída libre a un orgasmo que hizo estremecerse el mundo, que me despojó de cualquier pensamiento coherente.
—Xül —jadeé, una mezcla de plegaria y maldición en una sola sílaba.
Cuando las oleadas amainaron, apoyé la espalda en el escritorio. Xül estaba deshecho. Su pecho subía y bajaba rápidamente, y, aunque no había cambiado de postura y no me había tocado ni una vez, tras sus ojos ardía el deseo en estado puro.
Los dos guardamos silencio durante un largo momento; no había más sonido que el de nuestras respiraciones entrecortadas, que poco a poco recuperaban el ritmo normal.
Después, Xül alargó la mano hacia la mía.
Muy despacio, se llevó mis dedos a la boca y, sin dejar de mirarme a la cara, separó los labios y entrecerró los ojos. Jadeé al sentir que su lengua daba vueltas, saboreando los restos de mi placer.
Me besó las yemas de los dedos con infinita suavidad y a continuación me soltó la mano.
—Dulces sueños, estrellita —murmuró, y, sin una palabra más, dio media vuelta y se encaminó a la puerta, dejándome temblorosa y sin aliento en su escritorio.