The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 48. El punto de inflexión
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Capítulo 48. El punto de inflexión

E l estudio de Xül seguía como siempre: el gigantesco escritorio de ébano pulido, las estanterías rebosantes de libros desgastados, la chimenea que proyectaba un resplandor cálido en la estancia. Xül estaba de espaldas a la puerta, llenando dos copas de cristal de un líquido del color del ámbar.

—No sabía si ibas a aparecer —comentó sin volverse—. Cierra la puerta.

Obedecí y me quedé junto al umbral; de repente me sentía incómoda e insegura.

Se giró y me ofreció una de las copas.

—Parece que te hace falta.

Acepté la bebida con cuidado de que no se rozaran nuestros dedos.

—¿Así es como sueles preparar los Juicios? ¿Emborrachando a tus competidores?

—Solo a los más difíciles —respondió enarcando una ceja.

Bebí un trago y disfruté del ardor que me bajaba por la garganta.

—¿Y yo soy difícil, guardián?

—No sabes cuánto —respondió con una sonrisa, y tomó asiento en un sillón de orejas, frente al fuego—. ¿Te acuerdas de la primera vez que entraste aquí?

Bebí un poco más antes de responder.

—Sí.

—Te comportabas como una niña mimada —dijo, y casi sonrió—. Convencida de que eras importantísima, pidiendo un trato especial…

—Si, para ti, el mínimo imprescindible es un trato especial, supongo que tienes razón —repliqué.

El alcohol empezaba a hacer efecto; rebajaba la vergüenza y me soltaba la lengua. Antes de que pudiera pensármelo mejor, se me escapó lo que me había estado atormentando.

—Siento lo que pasó en el Juicio —admití, forzándome a mirarlo a los ojos.

Dejó la copa en la mesa con sumo cuidado.

—No tienes por qué disculparte.

—No mientas —repliqué—. Vi la cara que ponías después.

—¿Por eso estás tan enfadada conmigo? El deseo físico es natural, Thais —dijo tras una larga pausa—. Pero, en última instancia, es inofensivo. No hay por qué preocuparse.

«Inofensivo». Aquella palabra estuvo a punto de atravesarme el corazón.

—Ni siquiera me mirabas —dije, incapaz de contener el tono acusatorio.

—Eso no es cierto.

Me levanté, impulsada por una repentina oleada de ira. Crucé el estudio hasta donde él estaba sentado y me planté frente a él, en un desacostumbrado intercambio de nuestras posiciones habituales.

—No mientas. —Las palabras me salían a borbotones, imparables—. Ni siquiera te diste por enterado de mi presencia.

La irritación dio paso a una expresión más sombría.

—No era capaz de mirarte —confesó en voz tan baja que tuve que esforzarme para oírlo.

—Ya lo sé —espeté—. Estabas cohibido. Avergonzado de…

—Lo has entendido al revés.

—Pues corrígeme.

Sacudió la cabeza y apartó la mirada para adoptar una vez más aquel gesto desdeñoso que me daba ganas de gritar.

—Lo que yo pensaba —susurré, y di media vuelta dispuesta a marcharme.

Alargó la mano a una velocidad vertiginosa y me sujetó por la muñeca. Se puso en pie con un movimiento fluido, y de repente se alzaba sobre mí y me miraba con fuego en los ojos.

—No tienes ni idea de lo que dices. —Cada palabra era precisa y controlada—. No estaba avergonzado, sino preocupado.

Me lo quedé mirando, en busca de la verdad en sus ojos.

—Preocupado —repetí con tono monocorde.

—Casi te vi morir por culpa de algo que se hacía pasar por mí —dijo, y me apretó más la muñeca—. ¿Tienes idea de lo que sentí al verte a las puertas de la muerte, convencida de que era yo quien te había llevado hasta allí?

Me quedé atónita, en silencio, mientras mi mente se esforzaba por procesar sus palabras.

—Pero no fue así —dije después—. Me salvaste.

—No me diste muchas opciones —replicó con sequedad.

—¿Porque casi me acuesto con tu espejismo? —Arqueé una ceja.

—Sí, Thais. Fui yo quien te puso en peligro —explicó sin aflojar el agarre de mi muñeca—. Todo eso fue culpa mía. Si no hubiera hecho cosas como coquetear contigo, besarte…, no habrías sentido ese deseo hacia mí.

—Sí, toda la culpa es tuya… —Empecé a darle la razón, pero me interrumpió.

—Mientras te miraba, Thais, deseaba con todas mis fuerzas ser yo. —Las palabras salían trabajosamente de su interior, como si le costara un mundo confesarlo—. Y luego odiaba haber deseado ser yo.

Se me quedó mirando, y el conflicto era patente en sus ojos.

—¿Por qué?

Sus ojos se oscurecieron.

—Eso es lo de menos.

—Sí, claro —espeté—. Todo lo que tiene que ver contigo es lo de menos, ¿verdad? Tus pensamientos, tus sentimientos…, si es que los tienes.

—¿Y qué quieres que diga? —preguntó con repentina calidez—. ¿Que me he fijado en tu cuerpo? ¿Que no soy ciego a tu forma de moverte, a tu forma de mirarme? Y eso, ¿de qué nos sirve a ti o a mí?

Aquella confesión, por escueta que fuera, me sacudió.

—Por lo menos sería algo sincero —respondí desafiante.

—¡Sinceridad! —dijo en tono burlón—. ¿Eso te pondría las cosas más fáciles?

—No lo sé, pero sigo prefiriéndola.

Soltó una risa áspera.

—Está bien. Te besé en la playa porque me apetecía. ¿Es lo que querías oír?

No estaba preparada para el impacto que me causaron aquellas palabras, a la vez cortantes, reales y cálidas.

—Sí —susurré—. Es un comienzo.

Durante un momento nos quedamos inmóviles mientras su confesión flotaba en el aire entre nosotros. Entonces, con impulsividad e imbuida del arrojo que sus palabras habían despertado en mí, apreté los labios contra los suyos.

Se quedó rígido bajo mi contacto, conteniendo el aliento. Después se apartó con un movimiento brusco y se alejó tan deprisa que me dejó aturdida.

—Maldita sea, Thais —dijo con voz ronca mientras me daba la espalda—. Esto no puede pasar.

Xül tenía las manos apoyadas en la ventana que daba al mar negro. Le veía los hombros muy rígidos bajo la camisa; la tensión irradiaba de cada línea de su cuerpo.

—Tienes que marcharte, Thais. Ahora mismo —dijo entre dientes.

—No.

Por fin se giró hacia mí, y su expresión me provocó una escalofriante sensación de peligro. Su mirada tenía un primitivismo salvaje.

—No puedes hacer esas cosas —gruñó.

—Empezaste tú —le recordé—. Muy cerca de este mismo castillo, a la vista de todo el mundo.

—Eso fue distinto. —Me miró con enfado—. Lo que acabas de hacer… Los dos sabemos dónde iba a terminar ese beso.

—¿Sí? ¿Dónde?

—Donde no debería —dijo con firmeza—. Tú sigues siendo una competidora, y yo voy a casarme.

—Todo eso me da igual.

—Pues no debería. —Me miró muy serio—. No es una trivialidad, Thais.

—¿Es que piensas delatarme ante los Doce?

—No digas tonterías. —Se me quedó mirando un largo rato.

—Intento entenderte. Dices que te apetecía besarme; sin embargo, mira cómo te comportas.

—Porque no te puedo tener —reconoció entre dientes—. Porque, cada vez que te miro, quiero… —Se detuvo a media frase y se pasó la mano por la cara—. No sabes con qué juegas —dijo al fin.

—Ilumíname.

Entonces se me acercó.

—Te has lanzado hacia mí a la desesperada y yo he tenido el buen sentido de apartarme, pero no dejas de ponerme a prueba.

El calor me recorrió el cuerpo, en parte por vergüenza y en parte por furia ante su tono despectivo.

—Creo que te alteras porque, por una vez, quieres algo que está al margen de tus preciados juegos políticos —le solté.

Sin darme tiempo a reaccionar, me acorraló contra su escritorio y apoyó las manos a los lados de mi cuerpo, cortándome la retirada. Me deslizó los dedos por la mandíbula y me levantó la cara hacia la suya.

—¿Quieres saber qué soy? —Su voz se había reducido a un susurro que era como una caricia para todas mis terminaciones nerviosas—.

Soy un hombre que te encontró excitante desde el momento en que te puso los ojos encima.

Soy un hombre que, desde entonces, se ha pasado todas las noches acariciándose mientras pensaba en ti.

Un estremecimiento me cortó la respiración mientras se arremolinaba el fuego, bajo y profundo.

—Soy un hombre que sueña con tenerte debajo, suplicándome que te llene, que te posea, que te haga mía de todas las formas obscenas que quepa imaginar. —Sus ojos se clavaron en los míos—. Así que dime: ¿sigues pensando que huyo de mis deseos?

—Pues aquí me tienes —susurré con voz temblona—. Toma lo que quieras.

—Cállate. —Pero me sujetó con más fuerza y pude ver la guerra que se libraba tras sus ojos.

—Oblígame —dije desafiante.

Me agarró el pelo con la mano, me echó la cabeza hacia atrás y se inclinó hasta que su boca quedó a un aliento de la mía.

—Dime qué quieres que te haga —me ordenó.

—Fóllame —susurré, y expresarlo me provocó un escalofrío—. Aquí mismo.

Me agarró por los muslos, me levantó de un tirón y me estampó contra el escritorio mientras se abría paso entre mis piernas.

Moví las manos sin pensarlo y encontré con los dedos los botones de su pantalón, que desabroché con torpeza apresurada.

Necesitaba tocarlo, necesitaba sentirlo, necesitaba volverlo tan loco de deseo como él me estaba volviendo a mí.

Pero, en el momento en que lo rocé, se quedó inmóvil.

Su mano salió disparada hacia abajo y me sujetó por la muñeca para frenarme.

—No.

—¿Por qué no? —pregunté desafiante.

—No voy a tocarte, ni tú a mí —murmuró con aquel tono sedoso que me erizaba el vello. Antes de que yo pudiera reaccionar, guio mi mano a mi propio muslo y la deslizó hacia arriba—. Pero voy a mirar mientras te tocas —dijo con los labios casi pegados a mi oreja.

Retrocedió lo justo para dejarme espacio, sin apartar los ojos de los míos.

—Aquí mismo, en esta mesa —añadió.

El corazón me martilleaba el pecho. Aquello era una locura, una verdadera y deliciosa locura. Pero el deseo de sus ojos, su forma de mirarme, me impulsaban a la temeridad.

La excitación que me recorrió al pensar que él me observaría, que podría provocarlo, fue innegable. Y puede que también me sintiese poderosa al hacer que el guardián perdiese su insufrible compostura sin tocarlo siquiera.

A la mierda. Si aquello era todo lo que podíamos tener, unos momentos robados, fragmentos de lo que podría haber sido, lo aceptaría. Y lo haría memorable.

—Dime qué quieres que haga —susurré.

—Con una condición.

—¿Cuál?

—Esto solo pasará una vez, y no lo mencionaremos nunca más.

Vacilé, mordiéndome el labio.

—Vale.

Sus ojos se oscurecieron un poco más.