The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 47. Consecuencias inevitables
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Capítulo 47. Consecuencias inevitables

M e permití sentir lástima de mí misma durante una noche.

Una noche para yacer entre las sábanas, hecha un ovillo, y rememorar cada momento humillante del Juicio, cada confesión vergonzosa que me había arrancado el Xül fantasmal.

Una noche para sentirme mortificada, para recordar que todo Voldaris me había estado mirando.

Pero, al llegar el alba, me obligué a salir de la cama.

Aquella mañana dediqué especial atención a mi aspecto, empeñada en presentar una fachada de perfecta indiferencia.

Cuando me peiné el largo cabello ondulado casi no me temblaron las manos.

Practiqué la máscara que quería mostrar en mi rostro: un poco aburrida, con un toque de diversión y sin la más mínima preocupación por lo que cualquiera hubiera podido oír.

Me miré en el espejo e hice un esfuerzo por relajar la mandíbula.

—Afróntalo como un día más —me susurré.

¿Qué me importaba que todos hubieran oído mis patéticos deseos? ¿Que Xül supiera que lo deseaba? Yo estaba allí para matar a Olinthar, y todo lo demás era secundario.

Cuando terminé de prepararme, ya había conseguido mantener mis emociones bajo control.

Pero, en vez de dirigirme al comedor, como habría hecho otro día, algo me impulsó a ir a la salida oriental de la Aguja de Hueso.

Necesitaba aire, espacios libres. Y, quizá lo más importante, necesitaba a alguien que no me mirase con compasión.

Me daba igual que me juzgase. Pero nada de compasión.

Me escabullí por pasillos poco usados y evité los corredores principales, donde era más probable que me tropezase con sirvientes o, peor aún, con el propio Xül. A la salida de la Aguja, el aire matutino me besó la piel.

El paseo hasta el otro extremo de la isla no era demasiado largo; solo había que atravesar bosquecillos de árboles blancos como el hueso cuyas ramas se sacudían y crujían bajo el viento constante. Cuando llegué al chapitel más pequeño, tenía las mejillas sonrosadas por el aire fresco.

Marx estaba en un pequeño patio de entrenamiento, detrás del edificio principal, practicando posturas y movimientos con un cuchillo arrojadizo.

Y embrujado, a juzgar por los vórtices de energía negra que lo rodeaban.

Se movía con gracia felina, y cada ataque era preciso y letal.

Me detuve unos instantes a admirar su control.

—¿Te vas a quedar ahí plantada todo el día o quieres algo? —dijo sin interrumpir el ritmo de sus ejercicios.

Esbocé una sonrisa.

—¿Cómo has sabido que era yo?

—Vamos… —se mofó. Por fin se detuvo y se me encaró—. Solo tú te quedarías ahí en silencio, en vez de presentarte como una persona normal. —Enfundó la hoja con un giro de muñeca—. Además, tu melancolía era perceptible desde el otro lado del patio.

—No estoy melancólica —protesté sin demasiada convicción.

—No, desde luego que no. —Hizo un gesto de exasperación, pero bajo el sarcasmo asomó una pizca de preocupación; había arrugado un poco la frente, que era la única pista que solía delatarla.

—Tan encantadora como siempre.

—Es parte de mi atractivo. —Señaló un banco de piedra, en un lateral del patio—. Siéntate. Y cuéntame por qué te escondes aquí en vez de seguir a tu guardián como un cachorrillo enamorado.

Me sonrojé.

—Yo no…

—Ahórratelo —me interrumpió—. Todo el reino sabe lo que ocurrió en tu Juicio. Bueno, los detalles no, pero sí lo suficiente. —Se dejó caer en el banco, a mi lado, y se puso seria de repente—. ¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes?

Me miré las manos, sin saber muy bien cómo responder.

—He tenido momentos mejores.

—Ya imagino. —Me golpeó el hombro con el suyo—. Por si te sirve de ayuda, piensa que estás viva y podrás seguir luchando.

—Casi me rendí.

—Pero aguantaste —contestó con firmeza—. Rechazaste lo que estaba pasando, y eso cuenta.

Nos sumimos en el silencio. El viento silbaba entre los árboles de hueso que nos rodeaban. Lo había rechazado porque Xül interrumpió la ilusión y me avisó. Si estaba viva era gracias a él.

—¿Quieres contarme algo? —preguntó al cabo de unos instantes—. Sobre la ilusión, y sobre Xül.

Me puse tensa.

—Solo fue algo físico. El Juicio estaba diseñado para explotar nuestras debilidades. Y resulta que la mía es una inoportuna atracción por mi tutor.

Los ojos oscuros de Marx me estudiaron con atención.

—¿Solo física?

—Por supuesto —atajé, quizá un poco demasiado deprisa—. Tengo ojos, y es muy atractivo. No hay nada más.

Una sonrisa cómplice se le dibujó en las comisuras de los labios.

—No he dicho que hubiera nada más.

—Mejor. —Desvié la mirada; no me gustaba el cariz que estaba tomando la conversación—. Porque no lo hay.

Marx guardó silencio, pero sentí que me clavaba los ojos.

Una curiosidad repentina me llevó a lanzarle un vistazo.

—¿Quieres que hablemos de lo que viste tú?

Se le ensombreció el rostro.

—Es mucho menos… libidinoso que lo tuyo.

—No hace falta que hablemos de ello si no te apetece —respondí al instante.

—No quiero hablar de Finn. —Exhaló poco a poco—. Pero antes de eso… Bueno, solo viste las consecuencias. Al parecer, lo que más deseo no es el poder, el amor ni ninguna otra tontería de esas tan respetables. Lo que deseo es mirar.

—¿Mirar?

—Sí. Mirar. —Esbozó una sonrisa dolorida—. Porque lo mío no fue ninguna ilusión. Eran dos personas reales, dos competidores, que murieron. Hablamos durante el baile y nos caímos bien, y luego sugirieron que nos buscásemos un sitio más íntimo…

Mantuve una expresión neutra.

—En fin —continuó en voz baja—, empezaron a arder enfrente de mí.

La piel se les ennegreció y se empezó a pelar, y gritaban.

Y yo no podía apartar la vista. Pensé… Estaba convencida de que, de algún modo, los había maldecido.

—Le temblaban un poco las manos—. Las llamas se extendieron hacia mí y me empezó a humear la piel, y entonces me encontró Kyren.

—Kyren. —Se me encogió el corazón.

Marx desvió la mirada.

—Se dio cuenta de que algo iba mal. Tiró de mí antes de que las llamas pudieran alcanzarme. —Había una expresión de tristeza en su mirada.

—No merecía morir así —murmuré.

—No —convino Marx—. Era un cabroncete y un incordio, pero muy útil cuando importaba de verdad.

—De un modo u otro, todos estamos vivos gracias a él.

—No te me pongas sentimental ahora —bufó Marx—. Es demasiado temprano para eso.

—No me puedo quitar de encima la impresión de que está pasando algo extraño —reconocí—. Aparte de los Juicios. Algo está sucediendo entre bambalinas, fuera de nuestra vista.

—No hace falta ser un genio para darse cuenta.

Recordé los avisos de Lyralei, todas las cosas extrañas que habían ocurrido desde que llegué a Draknavor.

Había cosas que no podía contarle a Marx. No eran secretos míos, sino de Xül. Y, por algún motivo, eso hacía que mereciese la pena protegerlos.

—Y hay algo más —siguió Marx, bajando la voz más aún—. El asunto de Kavik.

—No tengo ni la menor idea de a qué vino aquello. ¿Te ha dicho algo Aelix?

Marx echó un vistazo rápido a nuestro alrededor y se inclinó hacia mí.

—Es evidente que algo o alguien lo controlaba. Aelix lo está investigando, para tratar de averiguar quién tendría el poder de hacerle algo así a una Leyenda.

—Tiene que haber sido uno de los Doce.

—Es posible. —Se frotó los brazos como si se hubiera quedado helada de repente—. Se tratase de una persona o de otra cosa, lo cierto es que fue lo bastante poderoso para dominar por completo su voluntad.

—Pero ¿por qué atacarme a mí? —quise saber—. ¿Qué amenaza puedo representar para ellos?

Marx enarcó una ceja.

—Estás de coña, ¿verdad? Thais, tu poder es una locura. Y, además, está el asunto de tu sangre…

Me puse tensa. Ya habíamos tocado de refilón ese tema.

—Cierto —reconocí con voz queda.

Marx se acercó más aún.

—Quien controlase a Kavik debe de saber quién eres, y te tiene miedo.

—Entonces, tiene que tratarse de Olinthar —dije, despacio. La observé para asegurarme de que comprendía lo que implicaban mis palabras. Confiaba en Marx y no quería seguir ocultándole cosas.

Marx se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos.

—Luz y orden. Las estrellas. —Suspiró y se acomodó contra el muro de piedra—. Joder. Tiene sentido. Supongo que nunca me había parado a pensarlo.

—Es el único que tiene algo que perder si los demás descubren quiénes somos Thatcher y yo en realidad —susurré, muy cerca de ella—. Quiere que Thatcher viva y a mí me quiere muerta.

—¿Por qué crees que quiere que Thatcher viva? —se sorprendió.

«Mierda».

—Otro secreto que voy a tener que pedirte que guardes.

—A estas alturas ya tengo una buena colección. ¿Qué importa añadir uno más? —Chasqueó la lengua.

—No se habían visto poderes como los de Thatcher desde la época de los Primigenios. Se podría decir que es la reencarnación de un tal Vivros.

Marx apartó la vista, pensativa.

—¿Por qué crees que eso significa que Olinthar quiere mantenerlo vivo? —preguntó al cabo de unos instantes.

—Chavore lo escogió, aunque su dominio no encaja con Thatcher ni de lejos. ¿Y cuántas veces crees que ha interferido Olinthar en un Juicio para salvar la vida de un competidor?

Marx levantó la barbilla.

—Tienes razón. —Se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas—. Pero os salvó a los dos.

—No pretendía salvarme a mí. Pero, si quería salvar a Thatcher, no tenía otro remedio. Estábamos en el mismo lío.

—Ya veo lo que quieres decir —murmuró Marx, y frunció el ceño—. ¿Olinthar posee el poder de controlar así una mente? ¿De hacer que alguien como Kavik pierda el control por completo?

—No lo sé —reconocí—. ¿Le has hablado de todo esto a alguien? —pregunté alarmada—. ¿De mí?

Marx se mostró ofendida.

—Claro que no. ¿A quién se lo iba a decir?

Me sentí muy aliviada.

—Gracias.

—Oye, no debemos dejar que todos esos asuntos nos distraigan.

—Marx inspiró hondo—. En Draknavor estás a salvo.

Que Kavik no haya regresado habrá enviado un mensaje muy claro: que aquí no se te puede hacer daño.

Y, en el próximo Juicio, podrás contar con Thatcher y conmigo.

Entre nosotros dos y Xül, nadie te va a tocar ni un pelo.

—Yo también tengo algún poder que otro —la pinché—. Sé defenderme en una pelea.

Enarcó una ceja y sacudió la cabeza.

—Desde luego que sí.

Nos sumimos de nuevo en el silencio, cada una ensimismada en sus propios pensamientos.

—He decidido que hoy va a ser un buen día —anuncié en tono alegre—. Pese a todo.

Marx enarcó una ceja.

—Sí que te has levantado optimista.

—No te preocupes, seguro que se me pasa. —Me puse en pie y me sacudí la ropa—. ¿Vienes?

—¿De verdad vas a fingir que esta conversación no ha tenido lugar? —Me lanzó una mirada incrédula.

—¿Qué conversación? —pregunté con la más absoluta inocencia—. Solo recuerdo que dos amigas se han puesto de acuerdo para desayunar juntas.

Marx se me quedó mirando un ratito, hasta que por fin esbozó una sonrisa reticente.

—Eres imposible.

—Prefiero considerarme tenaz.

—Más bien terca como una mula. —Pero me acompañó.

Mientras nos dirigíamos juntas hacia el comedor, por fin sentí que me tranquilizaba. Todavía notaba retazos de la vergüenza y la humillación del Juicio, pero, por algún motivo, que Marx lo aceptase sin cuestionarlo me lo hacía más llevadero.

—Gracias —le dije en voz baja.

Me miró de reojo.

—¿Por qué?

—Por ser quien eres. A ver, no te engañes, casi siempre me tocas mucho las narices. Pero tienes tus momentos.

—Por favor —se burló, aunque no pudo ocultar a tiempo la placentera sorpresa que se le asomó a los ojos—. Tienes suerte de que haya decidido no insistir en tu pequeña obsesión con el príncipe de la muerte.

—No lo quieran los dioses.

—Exacto. —Me dio un golpecito con el hombro—. Además, las dos sabemos que Xül es tan atractivo que resulta irritante. Cualquiera que tenga ojos en la cara se sentiría tentado.

Su franqueza me hizo reír a regañadientes.

—Ah, ¿sí?

—Hablo en términos objetivos. —Hizo un gesto despectivo con la mano—. No es mi tipo, desde luego. Demasiado melancólico y complicado.

Cuando entramos en el comedor, Aelix ya estaba allí, sentado a una mesa con comida para cinco personas o más. Al verme, sus ojos mostraron un destello de sorpresa, pero se recuperó enseguida y se levantó con una sonrisa cálida.

—Thais —me saludó—, me alegro de verte tan… bien dispuesta.

La preocupación de su voz casi me hizo sonrojar.

—Gracias —acerté a decir—. Por todo.

Asintió. Nos habíamos entendido.

—Siéntate. Come. Hay de sobra para todos.

Al sentarme junto a aquellos aliados inesperados, sentí asomar una pequeña chispa de esperanza bajo el peso de todo lo demás. Pronto tendría que verme con Xül. No podía seguir evitándolo. Además, no quería. Solo deseaba seguir adelante y concentrarme de nuevo en mis objetivos.

Ya lo buscaría por mi cuenta. Aquella misma noche.