The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 46. Thatcher
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Capítulo 46. Thatcher

N o pude esbozar ni tan siquiera la sonrisa fingida que había perfeccionado desde que llegué a aquel maldito reino. Sentía el cuerpo vaciado, despojado de todo menos de la vergüenza cruda y purulenta que había arraigado en él durante el Juicio.

Los aposentos de Bellarium, por lo general demasiado lujosos para mi gusto, de repente me resultaban claustrofóbicos. Cada trazo de la decoración de las paredes parecía juzgarme; era como si percibiesen mi debilidad.

Y Kyren. Aún podía verlo desplomarse.

Él había tenido una muerte heroica, mientras que yo había cedido a mis bajos deseos, surgidos de mis vulnerabilidades más profundas.

La mujer perfecta. Sin duda era arrebatadora, pero lo que me atormentaba era hasta qué punto me olvidé de todo en aquellos momentos. Me olvidé de Thais, de nuestra misión. De mí mismo.

Y, después, nuestros padres. Sanos y salvos entre el fuego, sonriéndome como si esperasen a que volviera a casa. Había sido una ilusión perfecta, muy real. Las manos curtidas de Sulien. La sonrisa afable de mi madre y sus ojos añil, mis ojos.

Incluso entonces sabía que no era real. En algún lugar, enterrado bajo el anhelo desesperado, lo sabía. Pero quería creerlo. Por los dioses, cómo lo deseaba.

—Qué intenso ha sido.

Di un respingo y vi a Chavore en el umbral. Mostraba menos bravuconería que de costumbre. Tenía el pelo revuelto y los ojos enrojecidos.

—No sabíamos qué ocurría —añadió, y entró en mi habitación sin esperar a que lo invitara—. Que era el tercer Juicio.

No pude sino asentir, desconfiando de mi voz. Tenía la garganta en carne viva, como si hubiera estado gritando, aunque no lo recordaba. Era posible.

Los portales de visualización habían mostrado a todos nuestra vergüenza, habían sacado a la luz nuestros anhelos más profundos.

Chavore se dejó caer en un sillón, frente a mí, y apoyó los codos en las rodillas para inclinarse hacia delante.

—¿Quieres hablar de ello? ¿De lo que has visto ahí dentro?

Pensé en decirle que no, pero su expresión parecía sincera, y el peso de lo vivido amenazaba con aplastarme si lo seguía reprimiendo.

—Al principio era solo una mujer —dije al fin, con una voz que me sonaba distante incluso a mí—. Eso sí, la mujer más perfecta que hubiera visto en mi vida.

Chavore soltó una risita.

—Sí. Se te veía muy entusiasmado.

El calor me subía por el cuello. Era humillante saber que todos me habían visto sucumbir con tanta facilidad, tan por completo, a la tentación más básica imaginable. Gracias a los dioses, Thais había aparecido a tiempo.

—Y después vi a mis padres —añadí, y la vergüenza dio paso a un dolor más profundo que pensé que no se aplacaría jamás.

Chavore asintió con atención plena.

—¿Estabais muy unidos?

Miré por la ventana hacia el cielo iluminado por la luna. ¿Cuánto podía revelar sin ponerme en peligro?

—Perdí a mi madre de pequeño. Pero Sulien, mi padre… —Se me quebró la voz—. Era genial.

—Yo tampoco pasé mucho tiempo con mi madre —dijo Chavore al cabo de un momento. Cogió un decantador de cristal de una mesa cercana y sirvió dos copas de un líquido ambarino—. La conocí, pero fue muy incómodo y formal. Cuando se me presentó la oportunidad de volver a verla, me abstuve.

Me tendió una copa y la acepté, sorprendido por aquella revelación personal. Nunca había pensado en las relaciones sentimentales de Olinthar, ni en su ausencia. Pensé en el panteón y caí en la cuenta de que, aunque casi todos los Doce tenían herederos, solo Morthus parecía estar emparejado.

—¿Eso es habitual entre los Doce? —pregunté, y tomé un trago. La bebida sabía a miel y fuego líquido, y hacía que el calor se me propagase por el pecho—. ¿La vida… solitaria?

Chavore agitó su copa.

—La idea de tener un heredero no es algo en lo que piensen por sí solos los seres inmortales —dijo con absoluta naturalidad—.

Pero, cuando uno de los Doce tuvo un vástago, los demás decidieron seguir su ejemplo.

Firmaron contratos con aesymar menores con los poderes que querían conferir a sus descendientes.

—¿Contratos? —repetí.

—Para crear las piezas de ajedrez perfectas —aclaró con una sonrisa desprovista de humor—. Que al crecer se convertirían en herramientas para forjar alianzas estratégicas, combinaciones poderosas.

Aquella revelación me puso la piel de gallina. Herederos divinos, concebidos pensando en su utilidad. Pensé en Thais y en mí, secuelas de la lujuria de Olinthar y no de la estrategia, pero aun así atrapados en el juego.

—Me cuesta asimilar todo eso —dije con sinceridad—. La estrategia y la planificación… —Vacilé, pero después decidí ir más allá—. ¿Qué papel desempeña Elysia en todo eso?

La risa de Chavore estaba cargada de un resentimiento sorprendente.

—Bueno, supongo que al final resultó que yo no era la baza de negociación idónea.

No me seguía un ejército de truenos ni tenía una espada que pudiera destrozar el mundo ni volaba con las alas llameantes del juicio.

Solo era… perspicaz. No era algo que Olinthar considerase una valiosa moneda de cambio para sus componendas.

—En Pyros, Elysia me dijo que Olinthar apoyaba vuestra relación sin ambages —dije al recordar cómo alardeaba de contar con la aprobación del rey.

—¿Cuándo estuviste en Pyros con Elysia? —preguntó Chavore con el ceño fruncido.

Lo miré con desconcierto.

—¿Qué quieres decir? Tú me llevaste después del banquete.

Me miró como ausente, como si se esforzase por recordar algo que se le escapaba. Sacudió la cabeza muy despacio.

—Dioses, a veces tengo la sensación de que estoy perdiendo la cordura.

Se levantó de golpe y se dirigió a la ventana. ¿Cómo era posible que no se acordase? Habíamos pasado horas allí.

¿Se trataba de algún tipo de prueba? ¿O a Chavore le ocurría algo?

—Sé que puede parecer injusto que un príncipe se queje de tantas cosas —dijo tras un largo silencio, aún dándome la espalda—.

Pero mi padre y yo tenemos una relación muy peculiar.

—Se volvió hacia mí con una inusitada expresión de vulnerabilidad—.

Tú tenías a tu padre y a tu hermana. Y, claro, yo nunca he estado solo, pero no creo que mis relaciones se parezcan en nada a la tuya con ellos.

La cruda sinceridad de su voz me pilló por sorpresa, y me descubrí respondiendo en consonancia antes de habérmelo pensado mejor.

—Cuando nos llevaron a Thais y a mí a los Juicios, los sacerdotes mataron a nuestro padre —dije; la confesión me abrasó la garganta—. Por habernos ocultado.

El rostro de Chavore se contrajo un poco.

—Lo siento mucho. Es una verdadera tragedia. —Volvió a su sillón y se inclinó hacia delante con gesto franco—. Ojalá hubiera formas mejores. Pero es peligroso que los bendecidos vivan entre la gente.

Aquellas palabras sonaron ensayadas, como si se las hubieran inculcado desde niño.

En mi pecho bullía la cólera, no solo hacia él, sino hacia todo el sistema que le había costado la vida a Sulien.

Pero al mirar a Chavore, al ver la angustia sincera en sus ojos, me di cuenta de que era así como lo habían criado, de que eso era lo que le habían enseñado a creer.

Y no podía correr el riesgo de revelar demasiado de lo que sentía en realidad.

—Mi padre no me pidió ni una sola vez que me quedara con él en Sundralis —dijo Chavore en voz baja, con la vista fija en su copa—.

Se decidió desde el principio que me instalaría en Bellarium.

Aunque no tuviera hermanos con los que competir, siempre me sentí el segundón. Como si nunca fuera suficiente.

No se lo había pedido a su heredero legítimo, pero a mí sí.

Nos quedamos en silencio. Me di cuenta de que entendía sus sentimientos mejor de lo que quería reconocer, aunque puede que no en el mismo grado.

Thais era una parte muy querida de mí, mi melliza, mi otra mitad.

Pero en algunas ocasiones tenía la impresión de que ella me superaba.

A raíz de la manifestación de sus poderes, tanto la vida de Sulien como la mía comenzaron a girar en torno a ella, y tuvimos que reorganizarlo todo para protegerla.

Nadie tenía la culpa, pero Sulien y Thais siempre habían estado más unidos en cierto modo.

Aun así, no podía imaginarme cómo sería sentirse inferior a alguien que ni siquiera existía, a un reino, a un trono, a unas expectativas que nunca se podrían cumplir.

Miré a Chavore, mi hermano que no sabía que lo éramos, y, por algún motivo, sentí su dolor.

Tal vez en otra vida, en otro mundo, habríamos podido reconocernos como tales.

Pero no en aquel. En aquel no podía olvidar que, por auténtica que pareciera su aflicción, no dejaba de ser el hijo de Olinthar, de formar parte del sistema que había destruido todo lo que yo amaba.

Y ninguna comprensión mutua lo iba a cambiar.