The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 45. El aterrizaje
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Capítulo 45. El aterrizaje

C aíamos.

Era una verdadera caída libre. El viento me agitaba la ropa y el pelo, me gritaba en los oídos, mientras nuestros cuerpos atravesaban nubes y cielo.

Al principio tenía los ojos abiertos y veía el palacio incendiado hacerse cada vez más pequeño allí arriba; sus llamas doradas eran una pira funeraria recortada en la noche.

Yo seguía cogida de la mano con Thatcher; a su otro lado, los aullidos de Marx habían dado paso a un silencio conmocionado, y su cuerpo era un borrón en movimiento.

El tiempo se estiraba y comprimía, imposible de medir. ¿Segundos? ¿Minutos? No había punto de referencia en el infinito negroazul, solo el aire que arreciaba cada vez más frío, la presión que me azotaba la piel mientras nuestro picado se hacía más y más rápido.

Me pregunté si no habríamos malinterpretado las reglas, si no estarían poniendo a prueba la capacidad de sacrificio en vez de la contención. Quizá no nos esperase la salvación, sino el impacto inevitable.

O quizá fuéramos a caer eternamente.

Cerré los ojos en busca de un resquicio de paz en los que tal vez fueran mis últimos momentos. Mis pensamientos se dispersaban como las nubes que atravesábamos: retazos de recuerdos, de remordimientos, de cosas que habían quedado sin decir y sin hacer.

Pero, si aquello era la muerte, por lo menos no estaba sola.

Entonces se produjo un cambio en el aire que nos rodeaba; noté la presión contra la espalda, algo que frenaba nuestro descenso de forma tan brusca que se me sacudió todo el cuerpo.

Por un instante de desconcierto pensé que nos habíamos estampado contra el suelo, pero no hubo un impacto ni un dolor desgarrador, solo una extraña sensación de estar acunada por el aire.

La caída se había ralentizado. El estómago se me subió a la boca mientras flotábamos y, por último, llegamos a tierra firme con una suavidad inesperada.

Me fallaron las piernas, desprevenidas ante la repentina estabilidad. Me puse de rodillas, respirando entrecortadamente mientras mi cuerpo recordaba cómo existir en un mundo con límites.

—¿Qué cojones…? —me llegó la voz de Thatcher por encima del zumbido de mis oídos—. Mira, Thais.

Levanté la cabeza, parpadeando para disipar la humedad con que el viento me había llenado los ojos…, y me quedé paralizada.

Estábamos en la terraza desde la que acabábamos de saltar, salvo por el hecho de que no había llamas, destrucción ni el menor rastro del infierno que consumía el palacio poco antes. La elegante arquitectura resplandecía inmaculada y perfecta a la luz de las estrellas.

Pero lo que más conmocionada me dejó fueron las figuras que nos observaban alineadas en la terraza: las Leyendas y los aesymar del baile, todos ellos ilesos y ataviados con sus mejores galas, como si hubieran estado esperando nuestra llegada a modo de perverso comité de bienvenida.

Frenética, pasé la mirada de un rostro a otro en busca de guardias, de algo que me indicara que estaban a punto de prenderme.

Todos los músculos de mi cuerpo se tensaron, listos para huir, aunque no había vía de escape.

Tenían que haber visto la ilusión del cadáver de Olinthar, mi espada estelar clavada en su pecho, la prueba de mi más oscuro deseo de venganza.

Si los portales de visualización habían mostrado mi vergüenza a las masas de Voldaris, sin duda la justicia sería rápida y despiadada.

—No era real —susurró Marx a mi lado, con la voz quebrada—. Nada de eso era real.

Pero aquello no era cierto del todo. El terror había sido real. Las decisiones habían sido reales. Y mi deseo de clavar una espada en el corazón de Olinthar… Eso también era real.

Sin embargo, no se me acercó nadie. Ningún dedo acusador me apuntaba. Las Leyendas continuaron con sus conversaciones sin apenas dedicarnos una mirada.

Recorrí con la vista los rostros de los competidores que habían superado el Juicio antes que nosotros. Nueve en total, incluidos Marx, Thatcher y yo.

Kyren debería haber sido el décimo. Noté una opresión en el pecho al pensar en él. Había estado a punto de lograrlo.

En el extremo más alejado de la terraza, por encima de los congregados, se alzaban dos tronos. Los seres que los ocupaban no podían ser más distintos entre ellos, pero tenían en común un aura de poder antiguo y terrible. Dos de los Doce.

La mujer de la izquierda era la personificación de la belleza etérea: una piel pálida que resplandecía con dibujos ondulantes, un pelo tan blanco que lanzaba destellos opalescentes y unos intensos ojos dorados.

Su vestido cambiaba de un estado a otro; algunas partes se volvían casi transparentes antes de volver a solidificarse.

Syrena, aesymar de los sueños y las ilusiones. Tenía que ser ella.

El otro trono estaba ocupado por Pyralia, aesymar del fuego y la pasión.

Mientras que Syrena era fluida, Pyralia era una fuerza salvaje y definida, con la piel del intenso color bronce de la tierra abrasada por el sol y un cabello en el que los tonos del fuego parecían alternarse con cada sutil movimiento.

El vestido que fluía por sus curvas parecía estar hecho de magma.

Cómo no. Ilusiones y pasión. La combinación perfecta para crear un Juicio basado en los deseos ardientes.

—Competidores —la voz de Syrena se impuso sobre los murmullos y los acalló al instante—, os presentáis ante nosotros como supervivientes del tercer Juicio, el de la contención.

—Algunos han ardido —continuó Pyralia—. Consumidos por deseos que no sabían dominar, por ilusiones que habían decidido creer reales a pesar de nuestras advertencias.

—Otros han intentado huir —añadió Syrena—, pero no había escapatoria de las llamas creadas por ellos mismos.

—Solo quienes habéis reconocido la verdad, que el deseo incontrolado se convierte en destrucción, habéis encontrado la salvación confiando en lo desconocido. —Pyralia nos recorrió con la mirada.

—La caída libre —concluyó Syrena—. La disposición a enfrentarse al éter antes que arder.

Debería haber estado escuchando, absorbiendo hasta la última palabra en busca de cualquier posible ventaja para los Juicios que hubiera por delante.

En lugar de eso, mi mente se precipitaba en una espiral de pánico.

Lo habían visto. Todos habían visto la manifestación de mis deseos.

Me ardía la piel, cada vez más, mientras me invadía la humillación. Mantuve la vista fija en el suelo de mármol. Cuando por fin hice acopio de valor y levanté la cabeza, me descubrí buscando un rostro determinado entre la multitud.

Pero los ojos que me devolvieron la mirada no fueron los de Xül, sino los de Nyvora.

Él se encontraba en la periferia del grupo, con una expresión indescifrable.

Nyvora estaba aferrada a su brazo como un bello parásito, sin quitarme ojo.

Pero Xül… Xül no me miraba; tenía la vista clavada en alguna otra cosa, obstinado.

Lo había presenciado todo: mi debilidad, mi deseo, mi vergüenza… Y ya ni siquiera soportaba mi visión.

—Podéis retiraros. —La voz de Syrena interrumpió mis pensamientos desbocados—. Descansad. Recuperaos. Id preparándoos para el último Juicio.

La multitud se dispersó, los tutores buscaron a los discípulos que quedaban y las charlas en voz baja se reanudaron. Thatcher me dio un abrazo rápido pero firme.

—Me espera Chavore —dijo, aún ronco por el humo—. Hasta la próxima.

Dioses. Había tantas cosas de las que necesitaba hablar con Thatcher…

Kavik, la advertencia de Lyralei, todo lo que había sucedido desde la última vez que habíamos tenido una verdadera conversación.

Pero el vino drogado y el frenesí del Juicio nos habían arrebatado la oportunidad. Y, de pronto, ya era tarde.

Me limité a asentir y lo observé mientras se dirigía adonde aguardaba su mentor. Capté retazos de lo que decían.

—¿… Kavik? —preguntaba Thatcher.

Chavore se encogió de hombros, indiferente.

—Como ya no tiene competidor, es probable que haya considerado que no tenía sentido que asistiera.

Fruncí el ceño.

O Chavore era un actor excepcional o en Bellarium no estaban al tanto del destino que había tenido Kavik.

—Venga —murmuró Marx, y entrelazó un brazo con el mío—. Vámonos.

Me dejé guiar por la terraza hasta el lugar en el que charlaban Xül, Aelix y Nyvora. Él seguía resistiéndose a mirarme; aún tenía la vista fija en algún punto lejano, por encima de mi cabeza. El dolor de su rechazo se intensificó.

Por lo menos, Aelix se mostró encantado de vernos. Dio un paso al frente y estrechó con calidez la mano libre de Marx.

—Bien hecho, las dos —dijo mostrando las patas de gallo de la sonrisa auténtica—.

Nos engañaron hasta a nosotros. Hasta que nos trajeron aquí, ninguna de las Leyendas se había dado cuenta de que este era el tercer Juicio.

La última vez que te vi, Marx, estabas a punto de derrumbarte.

Menos mal que os tenéis la una a la otra.

Casi me eché a reír al oírlo. Si supiera lo cerca que había estado de rendirme por completo, cuánto se había acercado la ilusión a consumirme antes de que llegara la advertencia…

—Marx —prosiguió Aelix—, ¿puedo hablar contigo?

Marx me dio otro apretón en el brazo antes de soltarme y dejarse guiar por Aelix. Me quedé allí plantada, tremendamente incómoda, delante de Xül y Nyvora. El silencio se prolongó.

—Debería crear un portal —dijo Xül al fin, sin mirarme a los ojos—. Se está haciendo tarde.

Dio media vuelta para marcharse y yo lo seguí por instinto.

No había dado ni un paso cuando unos dedos se cerraron como un cepo alrededor de mi codo, clavándome las uñas en la piel. Nyvora se inclinó hacia mí y sentí su aliento cálido en la oreja.

—Patética y delirante mortal —siseó en voz tan baja que solo yo pude oírla—. ¿De verdad creías que él podría desearte? ¿Que podías competir conmigo? Le resultas repulsiva.

Intenté apartarme, pero su agarre se hizo más fuerte y aquellas uñas como espinas me rasgaron la piel.

—Puede que no te haya visto lanzarte a los brazos de mi prometido —continuó—, pero he oído todo lo que le has dicho. Hasta la última súplica desesperada y vergonzosa. Lo hemos oído todos.

Me dio un vuelco el corazón; sus palabras habían penetrado la neblina de humillación que me ofuscaba la mente. ¿No lo había visto?

—Las ilusiones eran privadas —confirmó al ver la pregunta en mi expresión—. Pero el sonido llega a través de los portales de visualización. No nos hemos perdido nada de lo que decías, aunque solo podíamos verte retorciéndote en el aire como una gata en celo.

El alivio me invadió con tanta fuerza que estuve a punto de perder pie. No habían visto el cadáver de Olinthar. No me habían visto junto a su cuerpo sangrante con una espada estelar clavada.

—Como vuelvas a acercarte a él —siguió Nyvora—, me aseguraré de que fracases en el último Juicio de forma tan estrepitosa que tu humillación se narrará durante siglos.

Una fría lucidez sustituyó a mi miedo.

Me retorcí en su agarre hasta que logré zafarme. Mi mano se lanzó adelante y cerró los dedos sobre su muñeca.

—Cuidado, Nyvora —dije con firmeza, pese a los latidos desbocados de mi corazón.

Abrió los ojos de par en par y la sorpresa cruzó sus rasgos perfectos antes de que se endurecieran, despectivos. La solté con un pequeño empujón.

—Si Xül me encontrara tan repulsiva como dices, ¿qué falta te haría amenazarme?

La pulla dio en el blanco. Por su rostro se extendió la furia, y un tono más intenso afloró a su piel dorada.

—No tienes ni idea —espetó.

—Puede ser. —En mis labios se dibujó una sonrisa temeraria—. Pero reconozco el miedo cuando lo huelo, y ahora mismo, Nyvora, apestas.

Giré en redondo para poner fin a la conversación, pero la tuve al lado otra vez en un abrir y cerrar de ojos.

—Si no te he matado yo misma es porque sería de mal gusto acabar con la pupila de mi prometido.

Sin hacerle ni caso, seguí a Xül hasta el borde de la terraza. El corazón me aporreaba las costillas; la adrenalina bullía en mis venas. Era probable que acabara de granjearme otra poderosa enemiga, aún más decidida a verme fracasar.

Xül esperaba en el portal. Lo crucé sin dudarlo.

Y entonces me encontré de vuelta en la Aguja de Hueso.

Fui directa a mi habitación, con la vista clavada en el suelo de piedra por el que caminaba; temía que, si lo volvía a mirar, perdería la poca dignidad que me quedaba.

La conocida escalera parecía interminable aquella noche; cada peldaño requería más esfuerzo que el anterior, hasta que la puerta de mis estancias se materializó al fondo del pasillo.

Nada más entrar, eché el pestillo con dedos temblorosos, antes de que las piernas me fallaran por completo.

Mientras me deslizaba contra la fría madera, las lágrimas que había estado conteniendo se liberaron por fin y cayeron silenciosas en la oscuridad de un dormitorio que nunca me había parecido tan vacío.