The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 44. Cuando el paraíso se derrumba #2
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Capítulo 44. Cuando el paraíso se derrumba #2

—Han muerto por mi culpa —repetía una y otra vez—. Los dos competidores… Los maldije, Kyren. Yo solo quería mirar, pero han estallado en llamas por mi culpa. Hacía tanto tiempo que no perdía el control de esta manera…

—No, Marx, no ha sido culpa tuya —insistió Kyren, tratando de ponerla en pie—. Vamos, levántate. Tenemos que irnos.

Corrí hacia ellos y me arrodillé a su lado.

—¡Marx! —le cogí la cara entre las manos para que me mirase—. Estamos en el tercer Juicio. Ponen a prueba nuestros deseos, nuestras debilidades. —Me volví hacia Kyren—. Tenemos que encontrar una salida.

Me miró a los ojos con lúgubre comprensión.

—Supe que algo marchaba mal en el momento en que aparecieron las ilusiones —dijo—. Soy capaz de distinguir en todo momento la realidad de la apariencia. Os he estado buscando a los tres desde que se han desatado los incendios.

Juntos conseguimos levantar a Marx. Thatcher no dejaba de mirar hacia atrás, por donde habíamos llegado, como si las falsas imágenes de nuestros padres siguieran allí, a la espera de su regreso.

Marx se paró en seco, sobresaltada, y volvió la cabeza. Seguí su mirada y lo vi: un joven rodeado de humo, sereno a pesar del caos que nos rodeaba. Tenía el pelo oscuro y una mirada afable, y tendía una mano hacia nosotros.

—¿Finn? —El nombre salió de los labios de Marx casi como un sonido gutural.

Se zafó de mi agarre y avanzó a trompicones hacia la figura. El hombre, Finn, le sonrió, sin que su expresión apacible vacilase mientras le hacía señas para que se acercara. Se dirigía hacia atrás, hacia la zona en la que las llamas eran más intensas.

—¡Marx, no! —Me abalancé tras ella y la cogí del brazo cuando estaba a punto de alcanzarlo—. ¡No es real!

—¡Suéltame! —dijo con la voz quebrada, intentando liberarse—. Está ahí mismo… ¡Espérame, Finn!

La ilusión seguía haciéndole señas, sonriente, para atraerla hacia el fuego.

—Mírame, Marx. —Le sujeté la cara con las dos manos y la obligué a mirarme a los ojos—. Finn murió. Tú misma nos lo dijiste: lo mataron los sacerdotes. No es él.

—No. —Las lágrimas le corrían por la cara, dejando surcos en la ceniza y la suciedad—. No, está… Está ahí mismo. Ha vuelto a por mí. Siempre dijo que volvería…

—El Juicio utiliza tus recuerdos en contra tuya —dije con voz entrecortada mientras la abrazaba con más fuerza. La sentí desmoronarse entre mis manos, temblorosa—. A Thatcher y a mí nos ha mostrado a nuestros padres. Todo el mundo ve lo que más desea. Nada es real.

Las piernas de Marx cedieron. La cogí al desplomarse, aferrada a mi camisa mientras los sollozos sacudían su cuerpo.

—No pude salvarlo —susurró contra mi hombro—. Me quedé plantada y dejé que…

—Intentabas sobrevivir. —La abracé con más fuerza; me ardían los ojos—. No tienes por qué avergonzarte.

La ilusión de Finn aguardaba paciente entre el humo, todavía sonriendo, todavía esperando.

—No habla —dijo Marx con voz hueca—. Finn no se callaba ni debajo del agua. Siempre tenía algún chiste malo…

—Porque no es él —dije con suavidad.

Marx se apartó y se secó la cara con manos trémulas. Miró hacia la ilusión una vez más, y vi cómo se le endurecían los ojos con la determinación que la había mantenido con vida todos aquellos años.

—Que te den —le dijo al falso Finn.

La ilusión parpadeó y su sonrisa vaciló un instante, pero luego siguió haciendo señas para invitarla a acercarse.

—Tenemos que irnos —insistió Kyren desde detrás de nosotros—. El fuego se está extendiendo.

Marx asintió y se dejó apartar, pero sus ojos seguían volviendo hacia Finn, rodeado de humo.

—No mires atrás —susurré—. Eso solo lo empeora.

—¿Lo dices por experiencia? —preguntó, aunque su intento de humor cayó en saco roto.

—Sí —reconocí—. En efecto.

Kyren y yo cogimos las respectivas muñecas de Marx y Thatcher y seguimos adelante, en busca de cualquier ruta a un lugar seguro.

—¡Ahí! —Kyren señaló una enorme puerta que se alzaba ante nosotros, de la que surgían densas columnas de humo—. Tiene que ser una salida.

Estábamos a punto de llegar cuando nos detuvo un grito desesperado.

—¡Socorro! ¡Que alguien me ayude, por favor!

Un competidor que me sonaba vagamente estaba frente a una mujer atrapada bajo una viga caída, que tendía una mano hacia él con el rostro convertido en una máscara de dolor y terror.

—Es otra ilusión —murmuró Kyren.

—No te preocupes; te salvaré —sollozó el hombre, tirando de la viga con todas sus fuerzas. Al ver que nos acercábamos se le iluminó la cara—. ¡Ayudadme a levantar esto! ¡Se va a morir!

Kyren soltó el brazo de Marx y se lanzó hacia él, pero no para ayudarlo con la viga. En vez de eso, lo agarró por la camisa y tiró hacia atrás en el momento en que se derrumbaba otra sección del techo. Les pasó a menos de un palmo.

—¡Suéltame! —aulló el hombre, forcejeando—. ¡Me necesita!

—No es real —insistió Kyren, esforzándose por sujetar al otro hombre, más corpulento—. Es una ilusión.

—Debemos irnos —insistí con la vista fija en la puerta que teníamos delante, aunque al otro lado solo se veían nubes y estrellas—. ¡Ahora mismo!

Pero Kyren no se daba por vencido.

—No pienso dejarlo aquí —gruñó sin dejar de retener al competidor, cada vez más violento—. Moriría.

A pesar de que todos los instintos me pedían a gritos que huyera, que me salvara a mí y a mis seres queridos, me sorprendí agarrando el otro brazo del hombre.

Entre los dos lo arrastramos a la salida; sus gritos de protesta se mezclaban con el rugido de las llamas y los gemidos del palacio que se desplomaba a nuestro alrededor.

Cruzamos el umbral a toda velocidad justo cuando una explosión sacudía el edificio a nuestras espaldas, y la onda expansiva nos impulsó hacia delante, a una amplia terraza. El competidor cayó de rodillas, abandonando el impulso de luchar mientras se desplomaba entre sollozos.

Durante un momento, todos nos limitamos a respirar a bocanadas; el aire limpio era una bendición tras aquellos pasillos cargados de humo. Después, muy despacio, miré a mi alrededor.

La terraza flotaba en el cielo, rodeada tan solo de las nubes y el centelleo lejano de las estrellas. Detrás de nosotros ardía el palacio; las llamas crecían a cada segundo que pasaba. Ante nosotros se extendía… el vacío. Un vacío infinito.

—Las reglas —jadeé, recordando las letras doradas que había visto— estaban escritas en las paredes. «Cuando el paraíso se derrumba, tan solo queda el cielo» —recité la críptica frase.

Kyren abrió mucho los ojos.

—Tenemos que saltar —dijo con una tranquilidad que contrastaba con lo descabellado de la sugerencia—. No hay otra forma de seguir adelante.

—¿Saltar? —repitió Marx—. ¿Hacia dónde?

—O saltamos, o nos abrasamos —dijo Thatcher en voz baja, con la vista fija en las llamas que amenazaban con envolvernos—. ¿O tenemos alguna otra opción?

Una punzada de pánico me atravesó el pecho. Si nos equivocábamos, todos nos precipitaríamos hacia la muerte, y tanto los competidores como el Juicio acabarían con un solo error fatal. Pero la seguridad de Kyren era contagiosa, y, dado que el calor se intensificaba, las opciones se reducían a cero.

Di media vuelta para incluir al otro competidor en nuestro plan desesperado, pero el lugar donde se había arrodillado estaba vacío.

—¿Dónde se ha…? —comencé, girando en redondo.

El mundo pareció detenerse cuando lo vi. Tenía el rostro contorsionado por el dolor y la rabia, y un trozo de metal de bordes irregulares flotaba delante de él, apuntando a Kyren. Me abalancé hacia allí, pero ya era tarde.

El metal golpeó la sien de Kyren con un ruido sordo que me revolvió el estómago. Abrió los ojos como platos por la sorpresa, y un sonido de desconcierto escapó de sus labios antes de que se desplomara hacia atrás. Ya le brotaba sangre de la herida.

—¡No! —grité, y me lancé hacia él. Le recorrí con las manos el rostro, el cuello, buscando con desesperación un pulso que ya no latía. Sus ojos miraban sin ver el cielo tachonado de estrellas.

La furia estalló en mi interior, ardiente y devoradora. Me levanté con un movimiento fluido mientras creaba una espada estelar y me arrojé contra el competidor.

Lo derribé y le puse la espada contra la garganta, con la fuerza suficiente para trazar una fina línea de sangre, pero no para matarlo.

—Te había salvado la vida, maldito idiota —rugí con una voz que me costó reconocer—. Te había sacado de allí cuando podría haberte dejado arder.

El hombre tenía los ojos enrojecidos por el llanto, pero en ellos no había remordimiento, solo una ira vacía.

—No me dejó salvarla —dijo con voz entrecortada—. Mi esposa… ahora está muerta por su culpa.

Apreté la hoja con más fuerza, sintiendo su pulso bajo el filo. Sería tan fácil… Un tajo rápido y pagaría por lo que había hecho. Kyren quedaría vengado.

Pero, a pesar de la rabia, me di cuenta de que estaba demasiado ido para razonar, sumido en un dolor que lo consumía tanto como las llamas habían consumido a otros.

—¡Thais! —La voz de Thatcher atravesó mis divagaciones asesinas—. ¡Se acerca el fuego! ¡Ahora o nunca!

Volví la cabeza y vi que las llamas lamían el borde de la terraza. La decisión estaba tomada por mí.

Tras una última mirada de repugnancia hacia el hombre destrozado que yacía a mis pies, me puse en pie de un salto y corrí a reunirme con Thatcher y Marx.

Detrás de nosotros, el hombre no hizo ademán de seguirnos; continuaba donde lo había dejado, como si esperase a que las llamas también se lo llevaran a él.

Los tres nos paramos al borde del precipicio, mirando hacia abajo, donde no se veía más que una extensión interminable de nubes y estrellas. Thatcher cogió mi mano con la derecha y la de Marx con la izquierda, para que saltáramos juntos.

—Si esto no funciona —dijo Marx con la voz más firme que había oído desde que la encontré—, solo quiero que sepáis…

—Déjalo —interrumpió Thatcher—. Ya nos lo dirás cuando hayamos sobrevivido a esto.

Cruzamos una última mirada.

Entonces, juntos dimos un paso hacia el borde del mundo y nos precipitamos al abismo que aguardaba debajo.