The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 44. Cuando el paraíso se derrumba
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Capítulo 44. Cuando el paraíso se derrumba

E l corazón me golpeaba las costillas con fuerza mientras volvía corriendo por el pasillo; la elegante arquitectura que unos instantes atrás me resultaba arrebatadora se había convertido en un laberinto de muerte. El sudor me resbalaba por la frente, y aún notaba el calor en la piel.

—Thatcher —susurré. Alargué la mano a través de nuestro vínculo, pero lo encontré nebuloso, como envuelto en el humo que se arremolinaba por los pasillos.

¿Qué puerta sería? ¿Detrás de qué puta puerta había desaparecido? Todas me parecían idénticas. Intenté recordar el destello de pelo plateado, por dónde había ido, cualquier cosa que pudiera guiarme hasta mi hermano antes de que…

Antes de que estallara en llamas.

Entonces me llegó un olor, tan visceral e inmundo que me revolvió el estómago.

Carne quemada.

Caminé dando tumbos hacia una puerta abierta, atraída por algún instinto morboso que no sabía identificar. Lo que vi se me quedó grabado a fuego en la memoria.

Un competidor se retorcía sobre una cama con sábanas de seda que se convertían en cenizas a toda velocidad.

Arqueaba la espalda en algo que podría tomarse por éxtasis si no fuera porque se le estaba derritiendo la piel; se desprendía en fragmentos negruzcos que siseaban y burbujeaban.

Las llamas le lamían las extremidades, consumiendo todo cuanto tocaban.

Debajo de él, una ilusión parpadeó y se desvaneció; una réplica perfecta de algún ser divino, que se disolvió en el aire mientras su víctima se quemaba viva.

El competidor abrió la boca en un grito mudo, con los labios ya tan carbonizados que resultaban irreconocibles. Los ojos… Por los dioses, los ojos seguían intactos y sobresalían de las órbitas.

La bilis me abrasaba la garganta. Aparté la vista y retrocedí a trompicones. Se me enganchó el talón y tuve que sujetarme a la pared, con las manos temblorosas, para no caerme.

Miré hacia abajo.

Se me detuvo el corazón.

Olinthar yacía en el suelo de mármol, con su hermoso rostro congelado.

Una espada estelar, mi espada estelar, le sobresalía del pecho, hundida hasta la empuñadura en el lugar exacto en el que tantas veces había soñado con clavarla.

Su sangre, negra y viscosa, formaba un charco alrededor de la herida y se extendía en un círculo perfecto, demasiado simétrico.

El grito que pugnaba por salir de mi garganta se cortó en seco cuando comprendí algo terrible: aquello no era real. Era mi ilusión, creada a partir del secreto que guardaba con mayor celo. La venganza que anhelaba.

Mi deseo oculto, hecho realidad.

Me empapó un horror frío que disipó el pánico con algo mucho peor.

Los portales de visualización. Si podían ver las ilusiones, si todo Voldaris me observaba en aquel momento…

, todo el mundo se habría enterado. Mi secreto más preciado, la oscuridad que había conseguido ocultar durante los dos primeros Juicios, había quedado al descubierto.

Todos podían ver lo que era en realidad. Lo que quería en realidad.

Me fallaron las piernas y caí de rodillas junto al falso cadáver. Me subió más bilis a la garganta.

Vergüenza. Culpa. Dolor.

Estaba desenmascarada.

El aire se comprimió a mi alrededor y me oprimió los pulmones hasta que fui incapaz de respirar.

Me levanté a duras penas, obligando a mis piernas a moverse, aunque las sentía de plomo, para apartarme de la prueba de mi deseo más oscuro.

Ya no importaba nada. Ni el Juicio ni la corte divina. Nada, excepto…

—¡Thatcher! —grité, tanto en voz alta como a través de nuestro vínculo. Seguí adelante, forzándome a llegar más allá del espanto del cadáver de Olinthar, más allá de las estancias de las que surgían más gritos, en las que se abrasaban más personas.

El olor se había hecho abrumador, una mezcla de carne y pelo quemados que me impregnaba la lengua y las fosas nasales, que se me metía hasta por los poros. Intenté no vomitar, no preguntarme qué…, a quién estaba oliendo.

Abrí una puerta tras otra, pero no revelaban más que estancias vacías o escenas demasiado espantosas para asimilarlas. A continuación, las cerraba a portazos. Cada vez me movía más deprisa; la desesperación me otorgaba velocidad.

—¡Thatcher, contéstame de una vez! —Ya no podía sentirlo; no podía percibir aquella presencia familiar que me había acompañado desde antes del nacimiento.

Abrí otra puerta de golpe, lista para presenciar más muerte, más fuego.

En lugar de eso, encontré a mi hermano.

Thatcher estaba sentado en una silla ornamentada, sin camisa.

La piel, muy pálida, le brillaba a causa del sudor que se evaporaba tan pronto como surgía.

De espaldas a mí, a horcajadas en su regazo, la mujer de pelo plateado que había entrevisto antes se movía contra él.

Thatcher le agarraba las caderas y echaba la cabeza hacia atrás, con aire de abandono.

Pero su piel resplandecía desde dentro, una luz roja que se acumulaba bajo la superficie, y desde cada punto de contacto entre ellos se elevaba el vapor. Vetas de fuego se abrían paso a través de sus ojos.

—¡Thatcher! —grité, lanzándome hacia delante.

Se volvió hacia mí, con movimientos torpes y cara de aturdimiento. Vi en su expresión que me reconocía mientras luchaba por liberarse del hechizo que se había apoderado de él.

—Estamos en el tercer Juicio —jadeé avanzando trabajosamente hacia él, con la mano extendida— ¡Esa mujer no es real!

Lo agarré del brazo y el contacto casi me hizo gritar.

Tenía la piel tan caliente que me quemaba la palma.

Pero me negué a soltarlo y lo arrastré para levantarlo de la silla, para alejarlo de la amante fantasmal.

Esta ya empezaba a desvanecerse; sus facciones perfectas se derretían como si fuesen de cera, para revelar la nada que había debajo.

—¿Thais? —dijo con voz ronca, confuso—. ¿Qué está pasando?

—Después —jadeé, tirando de él hacia la puerta—. Ahora tenemos que irnos corriendo.

El pasillo se había transformado durante aquel breve tiempo. Los elegantes corredores eran conductos que transportaban el calor, con llamas que lamían las paredes y lo consumían todo a su paso. El techo emitía crujidos siniestros.

Mientras avanzábamos a duras penas por el creciente infierno, unas letras me llamaron la atención: una inscripción dorada que parecía flotar sobre las llamas:

Cuando el paraíso se derrumba, tan solo queda el cielo.

Tenía que descifrar aquellos mensajes, encontrar las pautas ocultas en la críptica poesía. Era necesario escapar de aquel palacio en llamas, eso estaba claro. Pero ¿cómo? Estábamos flotando en las putas nubes.

Thatcher parecía recobrar la lucidez con cada paso, y el fulgor antinatural de sus ojos se iba desvaneciendo.

—El salón de baile —graznó, ronco por el humo—. Tenemos que encontrar a los demás.

Nos abrimos paso entre las paredes derruidas, agachándonos por debajo de vigas caídas y saltando por encima de zonas en las que el suelo había cedido y dejaba a la vista el abismo insondable de debajo.

Cuando por fin llegamos a la enorme sala de baile, estaba irreconocible: no quedaba ni rastro del lugar festivo que era antes.

Aquellas hogueras tan decorativas se habían desbordado y consumían todo cuanto quedaba a su alcance.

El espacio estaba vacío de gente, pero lleno de destrucción. Las lámparas de araña se habían estampado contra el suelo, y sus cristales rotos salpicaban el mármol. Las elegantes cortinas se habían convertido en pasto de unas llamas que subían por ellas y destrozaban el techo abovedado.

—Por aquí —le dije al ver un pasillo en el que parecía haber menos fuego que en los otros. Apenas habíamos dado unos pasos cuando Thatcher se quedó rígido junto a mí.

—¿Thatcher? —Giré para seguir su mirada.

Allí, invulnerables a las llamas, se alzaban dos figuras que hicieron que se me parase el corazón. Una mujer de pelo oscuro con los mismos ojos añil que nosotros. Y, a su lado, Sulien.

—No —susurró Thatcher, con la voz quebrada—. Nos dicen que vayamos por ahí. —Señaló un pasillo envuelto en llamas, hacia el que las dos figuras, con expresión preocupada y cariñosa, hacían gestos apremiantes.

Vacilé un instante. El rostro de la mujer, el rostro de mi madre, era tal como me lo imaginaba en mis noches más oscuras. Nos ofrecían la familia que se nos había arrebatado, la vida que deberíamos haber tenido.

Una viga nos cayó cerca y lanzó una ráfaga de chispas por el suelo, entre nosotros. Aquello dio al traste con mi debilidad momentánea.

—No son reales. —El humo me abrasaba los pulmones—. Son ilusiones, igual que todo lo demás.

Aun así dio un paso hacia ellos, con una mirada de anhelo descarnado que me hirió más que ninguna espada. Lo agarré del brazo y lo aparté de aquella familia fantasmal que nunca había sido la nuestra.

—No son reales —repetí, y en esa ocasión el dolor se filtró en mis palabras—. Ojalá lo fueran. Dioses, ojalá lo fueran.

Hubo algo en mi voz que le llegó allí donde la lógica había fracasado. Vi la derrota en su cara, que a continuación se volvió cuidadosamente inexpresiva, la vulnerabilidad encerrada tras unos muros que yo conocía muy bien.

—Si intentan llevarnos por ahí —dije, señalando con un gesto el pasillo envuelto en llamas—, tenemos que ir en sentido contrario.

Asintió y me siguió.

Seguimos avanzando, alejándonos de nuestros fantasmas, hacia un corredor que parecía algo más seguro. El humo era tan denso que cada respiración resultaba una lucha. Me cubrí la nariz y la boca con los jirones de mi vestido.

Entonces, por encima del rugido de las llamas, oí unos gritos:

—¡Marx! ¡Escúchame, por lo que más quieras! —La voz era inconfundible incluso en medio del caos.

—Kyren. —Puse rumbo hacia el sonido. Al doblar una esquina lo encontramos arrodillado junto a una figura en posición fetal. Su rostro, por lo general estoico, estaba deformado por el dolor.

Marx estaba hecha un ovillo, con su precioso vestido rasgado y manchado de hollín, y los sollozos le sacudían el cuerpo.