Capítulo 43. Déjate llevar y arde
X ül me guio por el laberinto de Lunadaire a través de pasillos que giraban y se adentraban en la oscuridad.
Me sujetaba la mano con firmeza y el calor de su piel ofrecía un contrapunto al aire fresco que susurraba a nuestro alrededor.
Nos desplazábamos en silencio y los sonidos de la celebración se hacían más tenues a cada paso que dábamos, hasta que solo quedó el roce de nuestros pasos en el mármol.
Por fin se detuvo frente a una puerta, aferró el pomo y la abrió.
—Tú delante —murmuró.
Dudé en el umbral, consciente de pronto de la incertidumbre de lo que acechaba más allá.
—Xül…
—Solo quiero hablar —insistió, y me indicó con un gesto que entrara.
El corazón me martilleaba las costillas como un prisionero frenético que sacudiera los barrotes de su celda. «Un prisionero estúpido e imprudente». A pesar de mis reparos, la curiosidad me empujó a traspasar la puerta, que se cerró a nuestro paso con un suave chasquido.
La habitación se desplegó frente a mí: niebla y luz de luna que danzaban sobre las paredes llenas de adornos, una cama enorme cubierta de sedas doradas.
En una pared había un espejo que llegaba del suelo al techo, enmarcado por hileras retorcidas de perlas semejantes a enredaderas congeladas en el tiempo.
A mi lado había una cómoda repleta de aceites, perfumes y otros líquidos en frascos de cristal.
—¿Por qué me has traído aquí? —pregunté.
Dio media vuelta y se quitó la capa.
—Porque estoy harto de fingir.
Mis ojos se fijaron en la camisa negra que se estiraba sobre su ancha espalda.
—De fingir… ¿qué?
—Que no te deseo.
Cuatro palabras. Cuatro palabras que había anhelado tanto oír…
—Acabas de anunciar tu compromiso, Xül —le recordé, y la frase me supo amarga en la boca—. A toda la sociedad divina.
—Política —respondió con desprecio mientras se desabrochaba los gemelos—. Solo eso.
—¿Y esto? —Señalé el espacio que nos separaba, la habitación diseñada con un único y evidente propósito—. Esto, entonces, ¿qué es?
Se me acercó; cada paso que daba reducía la distancia entre nosotros. No me tocó, aunque todas las terminaciones nerviosas de mi piel lo pedían a gritos.
—Esto —dijo, con una voz grave que me resonó en los huesos— es lo único sincero de todo este reino.
Su olor me envolvió, pero no eran la madera oscura y los cítricos de siempre. Era un aroma más intenso, como a hierbas, humo y miel. Casi demasiado dulce.
—¿Sabes lo que es —murmuró— desear aquello que no deberías?
«Sí —pensé—. A ti».
Levantó la mano y me la acercó a la cara. No sentir su contacto resultaba más enloquecedor de lo que sería cualquier caricia suya.
—Cada vez que entras en una sala —dijo con voz aún más grave, y por fin me tocó la garganta—, lo siento como una fuerza física.
Cada vez que hablas, tu voz me llama como si fuera el único sonido que importase.
—Su otra mano se me posó en la cintura, al principio con cautela, luego con más firmeza al ver que no me apartaba—.
He intentado resistirme, enterrar esos sentimientos.
—Y, sin embargo, aquí estamos —susurré. Mi propia voz me resultó irreconocible.
—Efectivamente, aquí estamos —convino.
Me hizo retroceder hasta que pude ver nuestro reflejo en el enorme espejo: mis ojos muy abiertos y oscuros de deseo, la piel sonrojada, los labios entreabiertos. Su corpulencia envolvía la mía.
—Dime que tú no lo sientes también. —Su respiración cálida me acarició la oreja—. Dime que por la noche, en la cama, no piensas en el contacto de mis manos en tu piel, imaginando mi boca en la tuya.
Un calor intenso se desbordó desde lo más profundo de mi ser.
—No puedo —confesé a regañadientes—. No puedo decírtelo.
Entrelazó los dedos en mi pelo y me subió la cabeza para que lo mirase a los ojos.
—Entonces, deja de resistirte —me apremió—. Deja de fingir que no estás justo donde te gustaría estar.
—Sigo siendo mortal, Xül —le recordé. Una última protesta poco convencida—. Esto está prohibido.
—Esta noche no —respondió—. Esta noche podemos tener lo que deseemos.
—¿Cómo…?
Me sujetó la cara con las manos.
—Te deseo a ti, Thais. —Me acarició los pómulos con los pulgares—. Ahora.
La confesión me dejó muda. Le apoyé las manos en el pecho y sentí su fuerza y su solidez bajo la ropa de gala, el ritmo regular de su corazón.
—¿Por qué me dices todo esto?
—Cuando te he visto con Axel… —Su mirada se tornó salvaje—.
Con las manos encima de ti, la boca junto a tu oído…
Te he visto sonreírle como me sonríes a mí.
—Me hundió los dedos en el pelo—. Y me he dado cuenta de que no podía soportarlo, que no podía aceptar la idea de que él, ni nadie más, te tocase.
—No tienes derecho a ponerte celoso —protesté, aunque saberlo me excitó.
—Ninguno —convino, con los labios curvados en una sonrisa depredadora—.
Pero aquí estoy, consumido por los celos.
—Su boca se movía sobre la mía, sin llegar a tocarla—.
Dime que me detenga —me retó, con la voz ronca por el esfuerzo de resistirse—, que te lleve de vuelta al baile, y no volveremos a hablar de esto nunca más.
Tendría que haberlo hecho. Debería haber recordado mi orgullo, mi objetivo, el juego mortal en el que todavía estaba involucrada.
Pero lo que hice fue cerrar los dedos alrededor del tejido de su camisa y susurrarle:
—No te atrevas a detenerte.
Se le escapó un gruñido y se abalanzó sobre mí.
La idea de controlarse se había desvanecido.
Me sujetó por la cintura y me hizo girar tan deprisa que se me nubló la vista.
El choque de mi espalda contra la cómoda lanzó frascos de cristal por todos lados.
De algunos de ellos escapó mercurio, que trazó senderos líquidos por el mármol.
—Te voy a quemar viva, Thais —gruñó con voz ronca—. Para compensar todo el tiempo que hemos perdido.
Sus labios se apoderaron de los míos; me atrapó el inferior entre los dientes, con tanta fuerza que me hizo sangre.
Aquel sabor metálico se mezcló con el suyo, a hierbabuena y a licor.
Mi cuerpo respondió con una fiereza similar.
Le clavé las uñas en la espalda y rasgué el fino tejido de la camisa hasta que los botones rodaron por el suelo.
La sensación empezó como un temblor en el vientre y luego se extendió, caliente, dolorosa; me consumía por completo.
Era una calidez más intensa de lo que me esperaba.
Dioses, de verdad me iba a quemar viva. El recuerdo distante de un aviso me cruzó la mente, pero la sensación de sus manos en mi cuerpo lo ahogó y lo hizo desaparecer.
El sonido de la tela al rasgarse atravesó el aire cuando cerró las manos sobre mi vestido y me lo arrancó de la cintura a los pies.
El aire fresco me besó la piel desnuda, como un respiro momentáneo de la fiebre que despertaba en mi interior, pero, a continuación, su boca trazó un sendero ardiente en mi clavícula que me dejó sin aliento.
—Esto era lo que querías, ¿verdad? —exigió saber. Me sentó en el borde de la cómoda y, con las manos, me separó los muslos para adueñarse del espacio que había entre ellos—. Dímelo, Thais. Dime que tu cuerpecito mortal me ha deseado desde que te saqué de aquel baile.
—Sí —jadeé sin orgullo, sin pretextos. Lo sujeté por los hombros y sentí el poder que se agazapaba bajo su piel. El calor se hizo más intenso, y se me formaron gotas de sudor en la línea del cabello, entre los senos. Demasiado calor.
—Dioses —gemí.
Su risa fue macabra, casi cruel.
—Estoy aquí. —Los dedos me rozaron el interior de los muslos y se detuvieron antes de llegar adonde yo más ansiaba—. No hace falta que me llames.
Se arrodilló frente a mí y me sujetó los muslos con tanta fuerza que me dejó marcas.
Los separó aún más para exponerme por completo a su mirada hambrienta.
El espejo reflejó nuestra imagen, mi silueta desgreñada en el borde de la cómoda, y él arrodillado frente a mí como un devoto frente a un altar de carne.
—Mira —murmuró. Su aliento caliente se derramó por mi parte más sensible—. Fíjate en lo mucho que te traiciona tu cuerpo.
El calor que sentía bajo la piel se hizo de pronto más intenso, incluso doloroso. Gemí. Algo no iba bien. La habitación era un horno.
Xül no pareció darse cuenta. Toda su atención estaba centrada en el espacio que había entre mis muslos.
—Suplícamelo —me ordenó, con la boca a corta distancia de donde yo la deseaba—. Suplícame que te saboree.
El calor arreciaba y la piel me hormigueaba con una incomodidad casi dolorosa. Eché la cabeza hacia atrás para apoyarla en la fresca superficie del espejo y aliviar el fuego que pretendía consumirme desde el interior. ¿Me estaba quemando otra vez?
Cuando toqué la pared con la cabeza, oí un susurro fantasmal.
«Todo esto es una ilusión». Era una voz que sonaba a piedra pulverizada y tierra antigua. Una voz que había oído muchas veces, en la costa de Draknavor. En la prisión. En el claro.
Una voz que pertenecía a un condenado. Y que solo tenía un amo.
«Este es el tercer Juicio, Thais. ¡Sal de ahí ahora mismo!».
El hielo remplazó al fuego en mis venas, y me atravesó un ramalazo de comprensión súbita. Abrí los ojos y miré de modo instintivo hacia arriba; sobre nosotros flotaba un portal de visualización cuyos bordes se ondulaban.
Bajé la vista y vi a Xül, que no era Xül, mirándome expectante, con la boca lista para adueñarse de la parte más íntima de mi anatomía. Pero en sus ojos no se veía la profundidad, la tristeza arcana que definía al auténtico guardián. Eran inertes, vacíos, como vidrios pintados.
Me invadió el horror, y entonces lo entendí. «El deseo consume». «Déjate llevar y arde». No eran avisos; eran reglas.
«Nada es lo que parece».
Me aparté con rapidez y estuve a punto de caerme de la cómoda en mi prisa por alejarme de aquella cosa que había adoptado el aspecto de Xül. Estiró la mano hacia mí; la confusión había sustituido a la avidez en sus ojos vacíos.
—¿Thais? —preguntó, con una imitación tan perfecta de su voz que me produjo un escalofrío—. ¿Te pasa algo?
—No eres real —contesté—. Nada de esto es real.
Los labios de la ilusión se torcieron en una sonrisa cruel.
—Chica lista —ronroneó. Se puso en pie con una gracia antinatural—. Pocos se dan cuenta antes de arder.
Con un grito que combinaba la cólera con la desesperación, me abalancé hacia la puerta. Cerré los dedos alrededor del pomo y, durante un terrible instante, temí que hubieran cerrado con llave. Pero se abrió, y yo me lancé al pasillo sin atreverme a mirar atrás.
Corrí sujetándome los restos del vestido contra el pecho, perseguida por una risa fantasmagórica que despertaba ecos a mi paso.
«Thatcher». Tenía que encontrar a Thatcher.