Capítulo 42. El deseo consume #4
Tenía que encontrar a Marx y asegurarme de que estuviera bien. Los efectos de lo que habíamos consumido la habían afectado más que a mí, y no me perdonaría que le pasara algo mientras yo perdía el tiempo compadeciéndome a causa de Xül.
Salí de nuevo al salón de baile y rebusqué entre la multitud.
Vi a Kyren apoyado contra una columna, enfrascado en una conversación con otro competidor.
Nuestras miradas se cruzaron y yo lo saludé con la mano, aliviada por ver un rostro amigo.
Él me sonrió y me saludó a su vez, y me indicó con un gesto que me acercara.
Mientras iba hacia él miré alrededor a ver si localizaba a Xül, pero no lo vi entre los presentes, y tampoco a Nyvora.
Lo que eso podía significar me provocó una nueva punzada de dolor en el pecho, pero deseché ese pensamiento.
Sabía que él no sentía nada por ella, que quizá hasta la odiara, pero la noche se había convertido en un torbellino de hedonismo, y tampoco estaba segura de que eso fuera a detenerlos.
El sexo por odio era muy excitante, o eso había oído decir.
Dioses. Lo último que necesitaba era torturarme imaginando lo que podrían estar haciendo en algún rincón privado del palacio.
—¿Has visto a Marx? —le pregunté a Kyren en cuanto llegué hasta él, sin perder el tiempo en cortesías.
Recorrió la multitud con sus ojos oscuros.
—La última vez que la vi estaba ahí, de pie, mirando boquiabierta a Chavore y a Elysia, que…, bueno, estaban dando todo un espectáculo. —Al decirlo señaló un rincón en el extremo opuesto del salón de baile.
Miramos hacia allí, pero no había ni rastro de Marx, Chavore ni Elysia; solo más gente bailando o bebiendo, y más inmortales que se dejaban arrastrar por el momento.
—¿Necesitas ayuda para buscarla? —se ofreció, con el ceño fruncido por la preocupación.
—No. —Negué con la cabeza—. Disfruta de la velada. Ya la busco yo.
Sonrió y asintió.
Llamé a Thatcher a través del vínculo, que en ese momento parecía algo difuso.
«¿Dónde se ha metido Marx?».
Su respuesta, teñida de irritación, me llegó al instante.
«Se ha puesto a bailar con otro. Y, ahora, ¿te importaría hacer el favor de dejarme en paz? Estoy en mitad de un asuntillo».
Cerró el vínculo con más fuerza de la necesaria. Típico de mi hermano, disfrutar de los favores divinos mientras yo me preocupaba de nuestra amiga.
Seguí desplazándome por la multitud, cada vez más inquieta, hasta que, por fin, ¡por fin!
, divisé a Marx. Bailaba con dos competidores, un hombre y una mujer que me sonaban vagamente de otros Juicios.
Se movía con fluidez, desinhibida, y reía con una voz tan cristalina que atravesaba el jaleo circundante.
Me pareció que estaba bien, disfrutando del momento, pero sin ningún peligro a la vista.
Como si hubiera notado que la observaba, se volvió y me clavó los ojos. Me lanzó una mirada traviesa que me dejó muy claro que estaba justo donde quería estar. Asentí, aliviada al comprobar que se encontraba bien y no necesitaba mi intervención.
Suspiré; de repente estaba agotada. Me abrí paso hacia el perímetro de la sala y me apoyé contra una fresca pared de cristal para recuperarme. Sentía que había recobrado el control, pero aún notaba bajo la piel aquella sensación eléctrica que zumbaba en sincronía con la música.
—Aquí estás.
La voz de Xül sonó a mi lado, suave como una sombra e igual de inevitable. Al volverme vi que también estaba recostado contra la pared. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? La luz hizo relucir los adornos de plata de su traje y me distrajo unos instantes.
—Te he estado buscando —siguió. Ya no había cólera en su voz, ni preocupación, solo una oscuridad aterciopelada.
—Pues ya me has encontrado. —Desvié la mirada, con miedo de lo que pudiera leer en mis ojos.
—¿Qué te pasa? —preguntó bajando la voz.
Lo miré de reojo y a continuación me reprendí por ello.
—Nada —mentí—. Solo necesitaba apartarme un rato de todo este caos.
Me recorrió con la mirada de modo lento y deliberado.
—Esta noche tienes un aspecto etéreo —dejó caer—. Como si ya hubieras ascendido.
Suspiré y no pude contenerme.
—Creía que pensabas que enseñaba demasiado.
Se inclinó y, al contestar, me rozó la oreja con los labios.
—Que no quiera que todo el panteón te devore con los ojos —susurró— no significa que yo no disfrute mirándote.
Al oír esas palabras me atravesó un fuego líquido, una oleada de deseo tan poderosa que casi me cedieron las rodillas. Pero con ella llegó también un dolor punzante, el conocimiento de que aquello, fuera lo que fuese, nunca sería nada más que un instante fugaz.
—No hagas eso —siseé—. Esta noche ahórrate esos jueguecitos que te traes conmigo.
—Debo entregarme a ciertos juegos, sí —reconoció; atrapó entre los dedos un mechón de mi pelo y lo retorció con aire distraído—. Pero no esta noche. Y no contigo.
Suspiré con fuerza y lo miré para tratar de averiguar si me engañaba.
Extendió la mano con la palma hacia arriba.
—¿Por qué no buscamos un sitio más privado donde podamos hablar?
En contra de lo que me dictaban la razón y el sentido común, deposité la mano en la suya.
Y un instante después me arrastraba hacia lo desconocido.