The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 42. El deseo consume #3
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Capítulo 42. El deseo consume #3

Esquivando cuerpos, me abrí paso entre la multitud.

Parte de mí era consciente de su belleza: las pieles luminosas, los rasgos perfectos, los ojos dorados que me seguían…

Pero ya no aguantaba mirarlos. Tenía que quedarme a solas para despejar la mente, para apagar el fuego que aún me ardía en las venas pese a todos mis esfuerzos por extinguirlo.

Un sirviente pasó cerca de mí con una bandeja de copas vacías. Lo cogí de la manga del atuendo plateado.

—¿Hay algún tocador? —pregunté con una voz que me sonó distante incluso a mí—. ¿En un rincón tranquilo?

El sirviente inclinó la cabeza y señaló con un gesto una puerta oculta tras una estatua cubierta de glicinias.

—Por allí, mi señora —murmuró.

Asentí para darle las gracias y, a toda prisa, me colé tras la estatua y crucé la puerta.

En cuanto se cerró a mi espalda, un bendito silencio me envolvió como un bálsamo.

Era una estancia pequeña pero exquisita: paredes de cristal caro que descomponían la luz en un arcoíris, un lavamanos que parecía tallado en un único diamante, espejos que reflejaban mi imagen con inquietante claridad…

Me acerqué a estos últimos y mi reflejo se agitó, inestable, como si fuera a disolverse si le prestaba demasiada atención. Mi piel resplandecía con una luz interna que no estaba antes del baile; tenía los ojos demasiado brillantes, las pupilas demasiado dilatadas.

«Respira —me dije en silencio—. Cálmate y respira».

Hundí las manos en el agua fresca; fue casi una conmoción sentirla en la piel recalentada.

Sin dudarlo, hice un cuenco con las manos y me llevé el agua a la cara para derramarla en las mejillas enrojecidas y los ojos cerrados.

Su frescura y claridad se abrieron paso por la niebla que me había dominado desde que tomé un trago de aquella maldita copa.

Me eché agua fresca en la cara, una y otra vez, y cada salpicadura helada despejaba más y más la euforia onírica que me había nublado el juicio.

A medida que recuperaba la claridad mental, la ansiedad fue anidando en mi pecho como una garra que se aferrase a mis pensamientos. Había algo que debería preocuparme, algo aparte de Xül y de su prometida.

«Piensa, Thais».

«Nada es lo que parece». El aviso de Lyralei, nítido y apremiante, me resonó en la memoria.

¿Qué habría querido decir? La bebida no era venenosa, sino algo ideado para reducir las inhibiciones, para hacernos vulnerables. Pero ¿por qué me había avisado de eso en concreto? ¿Qué detalle me estaba perdiendo?

Toqué mi reflejo en el espejo y sentí la piel cálida en la palma. Me aferré al borde del lavamanos con tanta fuerza que me palidecieron los nudillos. Sacudí la cabeza en un nuevo intento de despejarme del todo.

«Espabila. Mantén la cabeza en su sitio. Sobrevive a esta noche».

De lo contrario, lo único que conseguiría sería humillarme. Repasé en mi mente la conversación con Xül y di un respingo. Me había portado de forma infantil, celosa. Ridícula.

Pero ¿qué le pasaba a él? ¿Por qué me había apartado de Axel con un desagrado tan obvio? En otras circunstancias habría pensado que estaba… celoso.

No.

Tenía que dejar de comportarme como una idiota.

Inspiré hondo varias veces y me concentré en mi cuerpo, en el momento.

La habitación ganó nitidez; los colores se hicieron menos abrumadores; las sensaciones, más manejables.

Lo que contuviera la bebida no se había disipado del todo, pero ya era capaz de pensar con más claridad; podría pasar el resto de la velada sin hacer el ridículo más absoluto.

Dioses, solo había dado un trago. ¿Qué habría sido de mí si me la hubiera bebido entera?

Al volverme para salir, me llamó la atención un mensaje grabado en la parte interior de la puerta, con unas letras que latían: «Déjate llevar y arde».

Me la quedé mirando largo rato. ¿Otro aviso? ¿O una invitación a rendirse a lo que la noche tuviera que ofrecer? No lo sabía con certeza, pero su visión me produjo un escalofrío.

Cuando abrí la puerta, los sonidos de la celebración cayeron sobre mí: risas, música, las conversaciones que se fundían unas con otras. Salí al pasillo.

Al cruzar frente a una puerta abierta, un movimiento me llamó la atención y me hizo detenerme.

Dentro había dos Leyendas, un hombre de piel pálida y una mujer cuyo pelo azul medianoche le caía por la espalda.

Se movían juntos en un diván de terciopelo oscuro, con los cuerpos empapados de sudor y los ojos dorados entornados de placer.

Las manos de él le sujetaban con fuerza las caderas y ella se arqueaba sobre él mientras con las uñas trazaba senderos carmesí en su pecho.

Aquella cópula no tenía nada de divino ni etéreo; era algo crudo, primitivo, de una intensidad animal.

La mujer echó la cabeza hacia atrás y dejó a la vista el cuello, que él recorrió de inmediato con los dientes y la lengua.

Emitían sonidos salvajes: gruñidos profundos y gemidos jadeantes que hacían vibrar el aire.

Me quedé allí plantada un segundo de más, hasta que comprendí lo que estaba viendo. Me sonrojé al instante; mi cuerpo había respondido a la escena antes de que pudiera detenerlo. Aparté la vista de inmediato y me apresuré a seguir andando por el pasillo, con tanta prisa que casi tropecé.

Dejé atrás más cuerpos entrelazados, en rincones y en habitaciones abiertas.

La sociedad divina había abandonado toda afectación de recato, supuse.

De pronto sentí un tirón en el vínculo, y los ojos se me fueron hacia la izquierda.

Thatcher, sonriendo con pereza, se alejaba por un pasillo guiado por una mujer de rizos plateados que parecían flotarle sobre los hombros.

Puse los ojos en blanco.