The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 42. El deseo consume #2
60%

Capítulo 42. El deseo consume #2

Después solo sentí un dolor opresivo, tan intenso que creí que me iba a ahogar en él. Aquella reacción me desconcertó. Yo ya sabía que estaban comprometidos, pero oírlo anunciar frente a la sociedad divina lo hacía mucho más real, mucho más inapelable.

Marx me miró de soslayo.

—Creo que necesitas esto —me dijo, y me puso una copa en la mano.

La acepté con precaución, pero al dar un sorbito vi que no tenía el regusto amargo de la bebida de las Cataratas de Cristal. Sin darme tiempo a reconsiderarlo, vacié el contenido de un trago, deseosa de sentir la oleada de calor que llegó a continuación.

La voz se oyó de nuevo por toda la sala, para invitar a Xül y Nyvora a compartir el primer baile.

Vi como le rodeaba la cintura con los brazos y mi cuerpo casi sintió el eco fantasmal de su contacto, reviviendo cómo me había sujetado durante las lecciones de baile, los dedos que me presionaban la parte baja de la espalda, que me guiaban.

Era un recuerdo grabado en mis músculos, una impronta imposible de negar.

No soportaba seguir mirándolos. Les di la espalda y me alejé varios pasos, con los ojos clavados en un mensaje escrito en la pared con letras de plata: «El deseo consume».

Concordé en silencio con la ominosa afirmación; podía sentir la verdad que contenía en el hueco doloroso que se había abierto bajo mis costillas. «Sí —pensé—. Joder si consume».

Inspiré hondo para tranquilizarme y luego regresé con Thatcher y Marx, que parecían embelesados por todo lo que los rodeaba.

Varias parejas se habían unido a Xül y Nyvora en la pista de baile, como remolinos de belleza divina.

Por un instante, los ojos de Xül se cruzaron con los míos y vi que se le tensaba la mandíbula y me observaba de arriba abajo. Parecía furioso.

Thatcher miró de reojo a Marx y luego a mí.

—¿Debería pedirle un baile? —me preguntó sin apartar los ojos de ella.

Marx se rio, aunque sonó más bien como un cacareo.

—Estoy aquí y te oigo, ¿sabes? —Me lanzó una mirada significativa y luego lo sacó a bailar tirándole de la chaqueta.

Él la siguió de buen grado. Al parecer, mi hermano también había recibido una buena dosis de clases de baile.

Marx, por su parte, parecía empeñada en guiarlo a él, una batalla de voluntades al ritmo de la música que los hacía reír a ambos.

Algo me rozó el brazo, y el contacto me produjo un escalofrío. Al volverme vi a un hombre de pelo plateado y ojos de oro fundido… Un hombre no. Un aesymar, una Leyenda. Que no debía de participar en los Juicios, porque no lo reconocí.

Me sonrió.

Yo le sonreí a mi vez. No sabía qué me pasaba, pero sentía como si la interacción me fuese a quemar, y un cosquilleo me recorría toda la piel.

—La famosa Thais Morvaren —dijo con una voz que se enroscó en mi nombre—. Me llamo Axel. He seguido con gran interés tu progreso en los Juicios.

La calidez que corría por mis venas hacía que los colores fuesen más brillantes; las sensaciones, más intensas. Sus pupilas se contrajeron hasta formar dos estrechas rendijas.

—¿Debería halagarme o preocuparme que me hayas prestado atención? —le pregunté. Las palabras fluyeron con más facilidad de la que me esperaba.

Su sonrisa dejó a la vista unos dientes demasiado blancos y perfectos.

—Puede que las dos cosas. No es frecuente encontrar mortales tan… resistentes. —Me rozó la muñeca con los dedos, que se demoraron sobre mi pulso—. Casi todos se quiebran mucho antes de llegar a esta fase.

—Yo no soy como casi todos —repliqué, consciente del movimiento sutil de su cuerpo hacia el mío.

—Desde luego que no. —Me miró a la cara—. Cabe preguntarse qué te hace diferente.

—Puede que solo sea testaruda —propuse.

Axel se echó a reír.

—Elaren está lleno de testarudos. Sus huesos se amontonan en el camino de la ascensión. —Me acercó una mano para juguetear con un mechón suelto—. No, en tu interior arde algo más, algo que se niega a apagarse.

—Hablas como si hubieras visto muchos Juicios —señalé en un intento de recuperar el control de la conversación.

—He visto a innumerables mortales tratar de alcanzar la divinidad —respondió. Luego bajó la voz—. Algunos buscaban el poder; otros, la inmortalidad. —Me recorrió con los dedos la línea de la mandíbula, casi sin rozarme—. ¿Qué buscas tú, Thais Morvaren?

La pregunta quedó suspendida en el aire. No estaba segura de recordar la respuesta.

—Sobrevivir —conseguí decir por fin.

—Una contestación sincera. Muchos mienten, incluso a sí mismos. —Se acercó más, hasta que pude sentir el frío que le emanaba de la piel—. La supervivencia es el instinto más primario, el que perdura por encima de todos los demás. Es una base sólida.

La música cambió y el ritmo se volvió más insistente, más dominante. Los otros invitados se movían con abandono creciente, como si las notas les arrebatasen las inhibiciones.

—Todo el mundo te observa —murmuró. Su aliento frío me rozó la oreja—.

Las Leyendas, los otros competidores… Se preguntan hasta dónde llegarás, qué límites pondrás a prueba.

—Dibujó con los dedos, sobre mi hombro desnudo, figuras que dejaron a su paso un rastro de hielo y no de calidez—. Yo también me lo pregunto.

—¿Y qué hay de ti? —lo reté, envalentonada por lo que fuese que me corría por las venas—. ¿Qué buscan las Leyendas cuando ya han alcanzado la inmortalidad?

Un destello voraz brilló en sus ojos.

—Diversión —respondió con sencillez—. Cuando has vivido durante siglos, el mayor lujo de todos es la novedad.

Extendió la mano con la palma hacia arriba: una invitación.

—¿Me harías el honor de concederme un baile, Thais Morvaren?

Dudé unos instantes, pero al fin acepté.

Enseguida tiró de mí para llevarme al centro de la pista, y sus manos se deslizaron y ocuparon los mismos lugares que había tocado Xül apenas unos días antes.

La comparación fue inmediata e involuntaria.

El tacto de Xül me había quemado; el de Axel me helaba.

Bailar era muy emocionante. Me sentía ingrávida, sin ataduras.

Axel me hizo girar y girar, y yo eché la cabeza hacia atrás, con el pelo formando una catarata a mi alrededor.

La alegría burbujeaba en mi interior y amenazaba con desbordarse y estallar en una risa incontrolable.

Cuando me atrajo hacia su pecho, el contacto fue electrizante, como una corriente que me recorrió el cuerpo entero.

Me sujetó con más fuerza mientras seguíamos bailando.

—Eres muy hermosa —murmuró con los labios junto a mi oído—. Sería un desperdicio que no llegaras a ascender.

Supuse que debería inquietarme que hablara de mi mortalidad tan a las claras, pero en aquel momento me daba igual. La muerte parecía una preocupación muy remota, un problema para otra versión de mí. Asentí en muestra de conformidad con su valoración.

Por el rabillo del ojo vi una masa oscura que atravesaba el gentío.

Antes de que pudiera volverme a mirar, algo tiró de mí y me depositó en los brazos de otra persona.

Me sobrecogió el aroma a cedro y cítricos, tan familiar que el corazón me dio un vuelco.

Casi me estreché contra él sin pensarlo; mi cuerpo había reconocido su presencia antes que mi mente.

—¿Te importa bailar un rato con mi prometida? Necesito hablar con mi discípula. —La voz de Xül era fría, pero su tacto me quemaba la piel.

Parpadeé varias veces para intentar despejar la placentera niebla que me ofuscaba la mente y miré en dirección a Axel, que danzaba con Nyvora. Los dos nos clavaron miradas de desconcierto, tal vez de irritación. Unos pasos después desaparecieron tras otras parejas de bailarines.

—¿Qué crees que haces, estrellita? —me preguntó sin el más mínimo rastro de humor.

Alcé la vista, confundida por su cólera.

—¿Y qué haces tú, guardián? —contraataqué—. ¿Por qué no estás bailando con tu prometida?

No pude ocultar la irritación de mi voz, pero tampoco lo intenté.

Se le ensombreció la mirada.

—Tendré que hablar con tus estilistas. Estás prácticamente desnuda —dijo con un esfuerzo obvio por no mirarme.

—Tiene gracia viniendo de ti —repliqué—. Las hojas del traje de tu prometida dejan aún menos espacio para la imaginación. Al menos mis órganos vitales están cubiertos.

—No es lo mismo —gruñó.

—¿Por qué? —lo reté—. ¿Privilegio divino?

Me sujetó la cintura con más fuerza.

—No sabes nada del privilegio divino, estrellita.

—Lo suficiente para reconocer la hipocresía cuando la tengo delante —respondí—. ¿Qué te pasa, guardián?

Le tembló un músculo de la mandíbula.

—No me ha gustado cómo te miraba.

—¿Y cómo me miraba?

—Como si fueras algo que devorar —siseó, y por fin me miró a los ojos—. Algo que tomar para sí.

—Y quizá lo sea —se me escapó—. Quizá sea lo que yo quiero.

Xül se quedó en silencio y me observó con una intensidad que me hizo sentir desnuda pese al tejido que me cubría.

—Esta noche no pareces tú misma —dijo por fin, con un tono más suave—. ¿Qué has bebido?

Me eché a reír con un sonido frágil y agudo.

—¿Y a ti qué más te da?

—Thais… —En sus labios, mi nombre sonó como un aviso, una súplica.

—Ve a buscar a tu prometida, guardián —insistí—. Si no te importa, me gustaría volver con mi pareja de baile.

Me cogió de la mano y se negó a soltarme.

—No es tu pareja.

Le lancé una mirada penetrante.

—Ni tú tampoco —atajé.

La frustración le asomó a los ojos, pero enseguida recuperó la expresión impasible. Aflojó la presión sobre mis dedos y yo aproveché la oportunidad para apartarme. Donde me había tocado, me quemaba la piel.

Necesitaba alejarme de allí, un espacio para respirar. La presión de los cuerpos, el calor de la sala, el peso de su mirada… Todo era excesivo. La sensación que unos momentos antes me parecía deliciosa amenazaba con ahogarme.