The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 42. El deseo consume
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Capítulo 42. El deseo consume

–H ace su entrada Thais Morvaren.

Las sílabas de mi nombre resonaron en la sala y parecieron quedar suspendidas en el aire. Me encontraba en lo alto de una enorme escalera, y el mundo que se extendía a mis pies era un caos vertiginoso de belleza y excesos. Deslicé los dedos por el lujoso pasamanos.

El salón de baile se encontraba al final de la escalera.

Las arañas de cristal colgaban del aire sin soporte visible.

El techo, que se elevaba hasta una altura absurda, estaba decorado con constelaciones que no había visto jamás en un cielo mortal, con estrellas que se movían y se reorganizaban por sí mismas.

Alrededor de la estancia había grandes ventanales dorados y terrazas que se abrían al cielo cuajado de estrellas.

Por todas partes se veían pozos con hogueras que cambiaban del amarillo intenso al rojo del metal fundido, y cuyas llamas se alzaban en el aire y lamían la niebla que impregnaba la habitación. Sus colores eran tan intensos que, entre tanto tono pastel, casi parecían fuera de lugar.

La calidez que florecía en mi interior desde que había bebido aquel trago se hacía más intensa a cada latido de mi corazón.

Me rondaba por las venas, difuminaba las aristas de la realidad y acentuaba cada sensación hasta que el simple hecho de respirar me provocaba escalofríos.

Recordé el aviso apremiante de Lyralei. El regusto amargo que se había demorado en mi lengua.

¿Sería un veneno? No, lo que sentía no era la muerte; o, si lo era, estaba enmascarada por el placer.

Al bajar por la escalera sentí sobre mí el peso de innumerables miradas inmortales: calculadoras, inquisitorias, quizá incluso admirativas. Los volantes del vestido susurraban al rozarme la piel a cada paso; el tejido traslúcido me hacía sentir más desnuda que si no llevase nada.

Rebusqué entre la multitud, tratando de localizar un par de ojos desiguales, pero, para mi decepción, seguían ausentes. A quien sí encontró mi mirada fue a Marx, cerca de la base de la escalera, y al verla casi me quedé paralizada.

Estaba transformada. Era una visión envuelta en un vestido que parecía tejido a partir de la mismísima medianoche; un marrón oscuro, casi negro, que se retorcía sobre su figura y dejaba entrever retazos de su piel a través de desgarros repartidos con habilidad que resultaban a la vez violentos y sensuales.

Hasta los sirvientes se deslizaban entre la muchedumbre ataviados con ropajes que habrían llevado a la bancarrota a reinos de menor calibre, y que se adherían a sus siluetas a cada grácil paso que daban. Syrena no había escatimado ningún detalle a la hora de planear aquella noche de diversión.

Me preparé para escuchar los habituales comentarios sarcásticos de Marx sobre lo sofocantes que resultaban tales acontecimientos; pero, cuando habló, arrastraba un poco las palabras, cosa que me pilló por sorpresa.

—Pareces una fantasía —suspiró con los ojos muy abiertos—. ¿Habías visto alguna vez un sitio tan bonito?

El calor me corrió de nuevo por las venas y no pude evitar mirar a mi alrededor con el mismo asombro que ella.

El salón de baile era, sin duda, una maravilla; una demostración de la extravagancia que permitía la eternidad.

Me tuve que recordar que debía permanecer atenta y no rendirme por completo al esplendor que nos rodeaba.

Bajo la euforia que se me abría paso en el pecho quedaba aún, soterrada, una pizca de cautela que no era capaz de silenciar del todo, un susurro que me recomendaba ser precavida.

—Hace su entrada Thatcher Morvaren.

Me giré tan deprisa que el mundo se volvió borroso hasta que logré enfocar la figura de mi mellizo que descendía las escaleras por las que yo acababa de llegar.

Se movía con esa confianza innata que era natural en él.

Esbozaba una sonrisa, y a sus ojos asomaba un brillo malicioso que no le había visto desde nuestras trastadas infantiles en Cresta Salada, cuando hacíamos carreras en el puerto con barcas «prestadas» mientras los mercaderes nos gritaban improperios desde el muelle.

¿Qué había pasado aquella noche para despertar en él a ese diablillo travieso?

—Jo-der —susurró Marx, que estaba a mi lado. La palabra soez no se correspondía con el tono reverente que había empleado al pronunciarla. Un sirviente apareció junto a nosotras con una bandeja cargada de copas altas de cristal, y Marx cogió dos sin dudarlo.

—¡No! —le susurré al recordar el aviso, y le sujeté la muñeca—. No bebas.

Estaba convencida de que Lyralei no me habría dicho aquello sin un buen motivo, aunque yo no supiese cuál era.

—Tienes razón. Ya me he tomado unas cuantas antes de que llegaras —respondió, aunque su voz dejó entrever que le molestaba tener que renunciar a la bebida.

Sabía que debería preocuparme por Marx, pero la veía tan hermosa, tan llena de vida… Me prometí que no le quitaría ojo.

En vez de inquietud, lo que sentía era el vértigo de la anticipación.

Cada vez que trataba de poner en orden mis pensamientos, se dispersaban de nuevo y solo dejaban atrás sensaciones sueltas: el roce de la seda contra la piel, la presión del aire en los pulmones, el ritmo de la sangre en las venas.

—Querida hermana… —Thatcher, que se había acercado, también arrastraba las palabras—. Estamos los dos estupendos, ¿no te parece?

—Thatcher Morvaren —ronroneó Marx, y acarició con un dedo la solapa del abrigo de Thatcher—. Esta noche estás aún más apetitoso que de costumbre.

A Thatcher le brillaron los ojos con picardía.

—Lo mismo se puede decir de ti, Marx.

—Dioses. Parad, por favor —grazné.

Había algo importante de lo que deberíamos hablar, ¿no? ¿Algún peligro, una estrategia…? El pensamiento se me escurría de la mente como el agua entre los dedos; no conseguía retenerlo.

Pero sí sabía que resultaba reconfortante ver a mi hermano tan relajado, tan como siempre, con todo lo que habíamos pasado.

El peso que cargaba sobre los hombros desde que nos involucramos en aquel juego mortal parecía haber desaparecido por el momento, y eso permitía salir al muchacho despreocupado que había sido antaño.

—¿Te vas a beber eso? —Thatcher señaló con un gesto una de las copas que sostenía Marx. Ella alzó la vista y se la ofreció.

—No, no lo bebas —repetí, pero barboteé las palabras como si mi lengua se hubiese olvidado de cómo pronunciarlas.

—¿Por qué? —Thatcher miró el líquido con sospecha.

Me costaba recordar el motivo. De hecho, me costaba recordar cualquier cosa, aparte del placer exquisito de vivir aquel momento.

Thatcher me miró extrañado y luego bebió. Lo vi tragar el líquido y esperé… algo. ¿Qué creía que iba a suceder?

Miré a mi alrededor para estudiar a los presentes: sirvientes de todos los dominios, otros aesymar y Leyendas que charlaban en grupitos.

El banquete había sido rígido y formal, y el baile ofrecía un contrapunto mucho más libertino.

Los invitados se movían con grácil languidez y las manos se les iban adonde no debían.

—¿Esto es… normal? —Señalé con un gesto sutil las diversas muestras de afecto visibles en la sala—. Todos parecen mucho menos… contenidos de lo que me esperaba.

Thatcher soltó una risita mientras recorría la sala con una mirada despreocupada.

—Supongo que la divinidad les permite ciertas libertades, hermana. Cuando has vivido durante siglos, las restricciones sociales deben de resultar bastante tediosas.

—Además —añadió Marx—, ¿para qué van a mostrarse recatados si todo el mundo sabe lo que ocurre después? En los dominios abundan las historias sobre relaciones divinas. En un momento u otro, la mitad del panteón se ha acostado con la otra mitad.

—Pareces muy al tanto de los chismorreos divinos —señaló Thatcher con una ceja enarcada.

Marx se encogió de hombros y los ojos le brillaron de picardía.

—Torturo a Aelix para que me cuente esas cosas.

Una voz retumbó en el salón.

Nos giramos hacia la escalera justo cuando anunciaban la llegada de Chavore y Elysia.

Descendieron de la mano. El vestido de Elysia parecía una llama cuyo color oscilaba entre el siena y el oro a cada paso que daba, mientras que Chavore iba enfundado en una armadura dorada de factura tan exquisita que se movía como una segunda piel.

—Hacen tan buena pareja que dan asco —murmuró Marx, que los observaba con los ojos entrecerrados de admiración.

Cuando llegaron al salón, la mano que Chavore apoyaba en la espalda de Elysia descendió más de lo que se podría considerar adecuado. Marx enarcó una ceja, pero Thatcher solo rio entre dientes.

—Se están moderando mucho —comentó, con conocimiento de causa.

—Y, por último, hacen su entrada Xül, guardián de los condenados, y Nyvora, aesymar de la fauna. La Corte Divina los felicita por su reciente compromiso.

Aquellas palabras interrumpieron nuestra conversación. Se me tensaron a la vez todos los músculos del cuerpo y la copa casi se me escurrió de entre los dedos. Toda la sala pareció sacudirse bajo mis pies, y tuve que apoyarme en una columna cercana para equilibrarme.

Sentía que se me había parado el corazón.

Al levantar la vista, vi a Xül y Nyvora que bajaban las escaleras cogidos del brazo.

Él estaba impresionante; llevaba un traje del negro más profundo, de corte tan perfecto que el tejido parecía adorar su cuerpo, y una capa echada por uno de los anchos hombros.

Sus rasgos angulosos eran todavía más atractivos bajo aquella luz etérea, y su presencia dominaba hasta el último rincón de la sala.

Nyvora, junto a él, estaba radiante, con una sonrisita ridícula en los labios.

Los colores de su vestido iban cambiando entre los tonos esmeralda y verde bosque, y las hojas y las enredaderas parecían crecer y moverse por el tejido y dejaban atisbar la piel bronceada.

El pelo, rubio y revuelto, estaba domado solo a medias, adornado con flores que se abrían y cerraban.

Su belleza era innegable, elemental, de una forma que hacía que la mortalidad me pesara como un yugo alrededor del cuello.