Capítulo 41. Asteria
A brí los ojos sobresaltada, con el corazón golpeándome el pecho.
Una luz dorada se derramaba desde las ventanas arqueadas que iban del suelo al techo y bañaba la habitación en un resplandor cálido.
Durante un momento, mientras contemplaba aquel opulento espacio, me sentí incapaz de respirar, de pensar.
Cada superficie a la vista estaba decorada con rebuscados adornos de oro y grabados artificiosos. La cama en la que me encontraba era enorme, envuelta en sedas que relucían como perlas, y de un tacto tan suave que era como dormir en una nube.
Me incorporé de un salto, eché a un lado las mantas y salí a toda prisa de la cama. Posé los pies desnudos en un suelo de madera pulida. Corrí hasta la ventana más cercana, sin aliento, y apreté las palmas contra el vidrio fresco.
Más abajo, las nubes se ondulaban y cubrían una extensión inacabable, formas blancas que se movían y se transformaban sin parar.
—¿Qué? —susurré, y mi aliento empañó el cristal.
Al girar descubrí una inmensa puerta decorada con complejos grabados. Sin vacilar, corrí hacia ella y la abrí de un tirón, pero me quedé inmóvil al ver a Lyralei y su equipo de tejedores de sueños, que me esperaban en el pasillo con gestos que combinaban la diversión y la expectativa.
—Bienvenida a Asteria —saludó Lyralei con una formal inclinación de cabeza, y me ofreció una bata de seda brillante. Hablaba con tono profesional, pero la tirantez de sus ojos revelaba el cansancio.
Cogí la bata con dedos temblorosos y me la eché sobre el camisón.
—¿Asteria? ¿La…?
—La sede de Syrena —confirmó—. El dominio de los sueños.
Los tejedores de sueños me indicaron por gestos que los siguiera, y, a falta de otras opciones, obedecí.
Recorrimos pasillos serpenteantes sumidos en una neblina, como si las nubes que nos rodeaban se filtrasen a través de las paredes.
Los pasillos eran de un suave color rosa pálido, adornados con apliques dorados.
Era como caminar por el interior de una concha marina: hermoso y, a la vez, desconcertante.
Por fin desembocamos en un amplio espacio. Un lado se abría al aire por completo, y tenía esbeltas columnas de marfil pulido que sostenían un techo abovedado pintado con constelaciones que, si se miraban un rato, parecían moverse.
Del suelo de mármol liso se elevaban grandes formaciones cristalinas que lanzaban destellos irisados a todas las superficies.
Aquí y allá, repartidos por el suelo de mármol, había estanques de diversos tamaños; algunos humeaban poco a poco, otros eran cristalinos e inmóviles como el vidrio.
En el aire flotaba el perfume del jazmín y otras plantas aromáticas.
Por toda la sala se arremolinaban los competidores, al parecer tan confusos como yo, cada uno de ellos acompañado por su propio séquito de estilistas.
Enseguida, mis ojos se posaron en Thatcher; por su estatura era fácil de localizar entre el gentío.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, vi en su expresión que se hacía las mismas preguntas que yo.
«¿Qué hacemos aquí?».
«No tengo ni idea», intenté transmitirle con una leve sacudida de cabeza.
«¿Estás bien?».
«Sí. ¿Y tú?».
Antes de que nuestra conversación silenciosa pudiera continuar, una figura se materializó en el centro de la sala, como surgida del aire. Elysia se plantó frente a nosotros.
—Bienvenidos, competidores. —Su voz melodiosa llegó sin esfuerzo a todos los rincones de aquel amplio espacio—.
Os encontráis en las sagradas Cataratas de Cristal de Asteria.
—Señaló con un gesto elegante los estanques que nos rodeaban, cuyas ondas parecían seguir los movimientos de sus dedos—.
Hoy, los antiguos rituales que han servido a las divinidades desde el alba de la creación transformarán vuestras formas mortales.
—Su sonrisa era tan radiante que rivalizaba con los cristales que nos rodeaban—.
Esta noche entraréis en Lunadaire, no como simples competidores, sino como obras de arte vivas, dignas de pasearse entre las divinidades.
Posó los ojos en mí y esbozó una sonrisa que se desvaneció tan deprisa como había aparecido. Miré de reojo a Thatcher, de quien ya tiraba su propio equipo.
«Supongo que te veré esta noche», le envié por el vínculo.
«No hagas nada que yo no haría».
Mi equipo ya me estaba guiando por un pasillo distinto, que se abría a un largo estanque con vistas a las nubes que se movían más abajo.
El agua brillaba con un suave resplandor rosado, como si tuviera su propia fuente de luz.
La bañera estaba tallada a partir de un único fragmento de cristal rosa traslúcido; los laterales eran ásperos, al natural, mientras que el interior estaba pulido y liso como el vidrio.
—El agua procede de un manantial que brota en las profundidades de las montañas de cristal, y en ella hay disueltos diversos minerales que le otorgan esa luminiscencia. Aclara tanto el cuerpo como la mente —explicó Novalie mientras comprobaba la temperatura con sus esbeltos dedos.
—Es increíble —contesté. Me fijé en unas partículas de luz que se arremolinaban bajo la superficie, como motas de polvo atrapadas en un rayo de sol.
—En Asteria, todo existe en el espacio intermedio entre la realidad y los sueños —explicó Vesper, al tiempo que me ayudaba a quitarme la ropa—. Eso es lo que hace único nuestro dominio.
—¿Vuestro dominio? —pregunté. Me metí con cuidado en la bañera. El agua estaba a la temperatura ideal y envolvió mi cuerpo con una sedosa calidez que se me filtró hasta los huesos.
—Todos somos de Asteria —respondió Lyralei—. Todos los tejedores de sueños nacemos aquí, en el dominio de Syrena.
Mientras me hundía más y más en las aguas resplandecientes, Novalie empezó a verter en ellas diversos aceites y esencias procedentes de frascos de cristal; cada uno de ellos liberó un olor distinto e hizo cambiar el color de la luz que resplandecía bajo la superficie.
—¿Cómo sobreviviste al segundo Juicio? —quiso saber Vesper, cuyos dedos expertos aplicaban en mi cuero cabelludo algún ungüento aromático—. Pensábamos que estabas acabada.
Cerré los ojos y me permití un instante de complacencia antes de responder.
—Supongo que se podría decir que las reglas no estaban muy claras… —Dejé la frase sin terminar; esperaba que la mentira fuese creíble.
—Y lograste salir adelante —terminó Lyralei por mí, con voz suave—. Como siempre.
Abrí un ojo y me la quedé mirando. El cansancio que le había notado antes se había vuelto más pronunciado. Tenía ojeras de las que antes carecía.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Por supuesto —respondió con premura—. Solo estoy cansada. Preparar el baile de esta noche ha sido… agotador.
Las siguientes horas transcurrieron en una sucesión de tratamientos de lujo.
Tras el baño me llevaron a una estancia excavada en la misma piedra rosada, y allí me limpiaron la piel con un exfoliante que olía a sal y hierbas machacadas.
A continuación, me hicieron un masaje con un aceite que emitía una iridiscencia sutil y me pusieron una máscara facial que, según Novalie, se hacía con una arcilla especial que solo se extraía de los picos más altos de Asteria.
Durante todo el proceso, los tejedores de sueños no dejaron de hablar de Asteria. Al describir su hogar, sus voces se volvían cada vez más animadas.
—Las cascadas son el paisaje más hermoso de todos los dominios —insistió Vesper mientras me aplicaba un polvo reluciente en los hombros—. Los reflejos cambian cada noche, en función de las estrellas que haya en el cielo.
—Y los estanques de los sueños… —añadió Novalie—. Los minerales del agua provocan sueños vívidos y placenteros, adaptados a los deseos más íntimos.
—¿Y qué hay de Lunadaire? —pregunté al recordar la invitación que había recibido Xül el día anterior.
—Es el palacio personal de Syrena —explicó Lyralei, cuyos dedos se afanaban metódicos sobre mi cabello y me lo trenzaban con destreza y precisión—. Esta noche acogerá la reunión más elitista de toda la temporada celestial.
—Qué emocionante —murmuré con un nudo en la garganta.
—No te preocupes, querida; lo de esta noche solo es una celebración —me aseguró Novalie, aunque cruzó una mirada rápida con Lyralei.
—Mirad —dijo de repente Vesper, y se acercó a la ventana—. El cielo empieza a despejarse.
Me reuní con él frente al cristal y, al ver lo que señalaba, me quedé sin aliento.
A lo lejos, donde las nubes se apartaban como una cortina vaporosa, una magnífica construcción parecía flotar en el aire.
Los chapiteles y las cúpulas, que emitían destellos de plata bajo la luz menguante, estaban conectados por puentes delicados que unían secciones que parecían flotar de modo independiente.
Era como si hubieran capturado la esencia de la luz de la luna y con ella hubieran esculpido un palacio.
—Lunadaire —susurró Novalie con voz reverente.
Me quedé contemplando el lejano palacio, incapaz de desviar la mirada.
—Es muy bonito —comenté.
—Pues espera a verlo de cerca —señaló Vesper—. Las cámaras interiores son asombrosas. Y esta noche, con la luna llena y las estrellas visibles en el cielo despejado, el palacio será más magnífico que nunca.
»Hablando de eso… —siguió, con los ojos brillantes—. Nos han dicho que cada competidor debe llevar ropa inspirada en su don. —Se irguió y casi vibró de satisfacción—. Llevo varias semanas trabajando en tu vestido. Nunca había estado tan orgulloso de un diseño.
Abrió una funda para ropa y extrajo, doblado sobre el brazo, algo que parecía luz estelar licuada.
Inspiré haciendo ruido sin poder evitarlo y se me escapó una sonrisa.
Pese a mi desinterés por todos aquellos actos, debía reconocer que empezaban a gustarme los vestidos, aunque solo fuese por el arte y la imaginación que demostraban.
Aquel estaba hecho de un tejido traslúcido que parecía desvanecerse sobre mi piel y cubrirla con unos intrincados adornos de plata dispuestos en forma de dibujos floreados que me resaltaban hasta la última curva.
Los cristales se concentraban a lo largo del corpiño y descendían en cascada por el vestido como ríos de estrellas que, al menor movimiento, reflejaban la luz.
El escote era rígido y dejaba los hombros descubiertos, para realzar las clavículas. Las mangas, con delicados adornos de cuentas, me caían por los brazos y se agitaban con mis movimientos.
—Es… —No encontraba las palabras adecuadas.
—Tan deslumbrante como tú misma —completó Vesper mientras me ajustaba las correas adornadas con cristales—. Como si el cielo nocturno estuviese entretejido con tu piel.
Me miré en el espejo de cuerpo entero que habían colocado frente a mí.
El añil de los ojos brillaba entre las pestañas oscuras, y los párpados relucían pintados de plata.
La mitad del pelo me caía formando ondas por la espalda, y el resto estaba trenzado sobre la cabeza y entreverado de cristales nacarados.
La mujer que me devolvía la mirada era regia, peligrosa, impactante… Me costaba reconocerla.
Una suave llamada a la puerta interrumpió el momento. Entró otro tejedor de sueños, ataviado con ropa formal; llevaba, en una bandeja de plata, una copa alta llena de un líquido espumoso en el que danzaban motitas de luz.
—Una bebida de celebración antes del baile —anunció con una profunda reverencia.
Mis tejedores de sueños empezaron a recoger sus cosas, aprestándose a irse. Acepté la bebida con un gesto de agradecimiento. La copa estaba fría entre mis dedos.
—Disfruta de la noche, querida —me deseó Vesper, que me besó ambas mejillas y luego se encaminó a la puerta.
Novalie se despidió con un gesto emocionado y lo siguió.
En el exterior, el cielo se había oscurecido hasta convertirse en un tapiz de terciopelo negro sobre el que se dibujaban más estrellas de las que había visto en toda mi vida.
Lyralei se demoró mientras los otros iban saliendo; en su mirada había una extraña intensidad. Me llevé la copa a los labios y bebí un trago. El líquido era más dulce de lo que me esperaba, pero con un toque de amargor.
En el preciso instante en que se cerró la puerta, Lyralei se lanzó hacia mí y me golpeó la mano. La copa cayó, y el resto del líquido se derramó por el suelo.
—No bebas ni una gota más —siseó, con el rostro casi pegado al mío y una mirada imperiosa en los ojos, muy abiertos.
Me quedé inmóvil, sorprendida por la intensidad de su gesto.
—¿Qué? ¿Por qué…?
Me sujetó el brazo con tanta fuerza que casi me hacía daño.
—Nada es lo que parece. No lo olvides.
Sin darme tiempo a pedirle más explicaciones, me soltó, corrió hacia la puerta y desapareció en el pasillo sin decir ni una palabra más.
Me quedé sola, con el sabor de la bebida en los labios y el corazón desbocado.