Capítulo 40. Bailando con la muerte #3
—¿Y cómo soy, entonces? —exigí saber mientras la cólera bullía en mi interior—. Ya que pareces tenerlo tan claro…
—Eres la mujer que se ha puesto a dar vueltas en este salón y me ha enseñado cómo es la libertad —dijo sin vacilar—.
La que se niega a seguir reglas que no haya impuesto ella.
Eres… —Se detuvo a buscar las palabras adecuadas—.
Eres la persona más sincera que he conocido en mi vida.
Hasta cuando se te hace cuesta arriba. Sobre todo en esos casos.
Tragué saliva; de repente me resultaba difícil sostenerle la mirada.
—La imagen que te has formado de mí es impresionante.
—No me la he formado yo; es lo que he visto. —Se me acercó y bajó la voz—. Y por eso no puedo aceptar lo que dices. No encaja con la mujer a la que he llegado a conocer.
Aparté la mirada, incapaz de soportar el peso de la suya.
—Está bien —dije al fin—. Tienes razón: no quiero morir. ¿Eso era lo que querías oír?
—Quiero oír la verdad.
—¿La verdad? —Mi risa sonó frágil hasta a mis propios oídos—.
La verdad es que estoy muerta de miedo. La verdad es que, aunque soñara con sobrevivir a esto, con encontrar alguna forma de salir de esta, los sueños no cambiarían la realidad.
Y la realidad es que las personas como yo no tienen un final feliz.
Permaneció en silencio un largo rato.
—Los finales no están labrados en piedra, Thais.
Aquello hizo que mi autodominio se fuera al traste. El doble rasero de sus palabras me quemaba como el ácido, y no pude contener la lengua ni un momento más.
—¿En serio? —espeté—. Tiene gracia que lo digas tú.
—¿De qué hablas? —preguntó frunciendo el ceño.
—Me sermoneas sobre mis expectativas cuando ya te has resignado a llevar una vida vacía y sin sentido —dije sin poder resistirme—. Aceptas que tu padre haya vendido tu futuro al mejor postor. Así que no intentes darme lecciones sobre la esperanza cuando tú mismo la has abandonado.
Su expresión se congeló, y por un momento pensé que me había excedido.
—No estamos hablando de mí —dijo en voz baja—, sino de ti.
—Bonita evasiva.
—No —insistió—. Es distinto. Yo he aceptado ciertas realidades de mi posición; es verdad. Las imposiciones políticas por las que debe pasar el heredero de Morthus. Pero no es lo mismo que rendirse ante la muerte.
—Ah, ¿no? —dije desafiante—. Has renunciado a tu oportunidad de ser feliz, de llevar la vida que te gustaría. ¿Dónde está la diferencia?
Dio un paso hacia mí.
—En que sigo luchando por algo más importante que yo, por un cambio que espero que me sobreviva. ¿Por qué luchas tú, Thais? Si ya has decidido que vas a morir, ¿qué sentido tiene todo esto?
Yo luchaba por algo que no podía contarle.
Pero sus palabras habían tenido en mí más efecto del que quería reconocer.
Llevaba mucho tiempo convencida de que mi muerte era inevitable, de que era el único final posible del camino que había elegido.
¿Cómo sería cuestionarse esa convicción, luchar no solo por venganza, sino también por un futuro?
—Debo advertirte que no se me da muy bien la esperanza —dije intentando apartar la conversación del precipicio al que iba abocada—. Nunca me ha servido de gran cosa.
—La esperanza no es algo que se te dé bien o mal —repuso—. Es una elección que se hace cada día. A veces, cada hora.
Me lo quedé mirando, tratando de compaginar a aquel Xül con todas las demás versiones que me había mostrado.
—Eres bastante complejo, guardián —observé.
Una ligera sonrisa se dibujó en sus labios.
—Puede. O puede que por fin estés viendo a quien he sido siempre.
Alargó la mano lentamente, dejándome tiempo para apartarme, y me recolocó un mechón detrás de la oreja. Fue un gesto tan tierno que resultó doloroso, incongruente con el poder letal que sabía que poseían aquellas manos.
—Si sirve de algo —dijo en voz baja—, creo que el mundo sería más anodino si Thais Morvaren no estuviera en él.
No sabía qué contestar. Cualquier réplica o evasiva moría en mis labios, y solo quedaba la cruda verdad.
—Es lo que solía decir mi padre —confesé.
—Un hombre sabio —dijo sin apartar los ojos de los míos—. Y te garantizo, Thais, que rara vez me equivoco.
Se me escapó una risita, en parte debida a la incredulidad, en parte a algo que se acercaba peligrosamente a esa esperanza de la que hablaba Xül.
—Tu modestia no deja de asombrarme.
Sus labios se curvaron en una sonrisa franca que lo hizo parecer más joven.
—Una de mis numerosas virtudes.
—Deberíamos seguir practicando —dije al cabo de un momento; necesitaba volver a un terreno más seguro—. Me queda mucho por aprender antes de ese estúpido baile.
Xül volvió a alargar la mano y la acepté.
Me guio para que adoptase la postura adecuada.
Por primera vez desde que nos habían obligado a participar en los Juicios, me sorprendí preguntándome cómo sería sobrevivir, seguir existiendo cuando hubiera pasado lo que estaba por llegar. Era un pensamiento peligroso.
Aun así, mientras Xül me guiaba por los pasos con una mano cálida y firme en mi cintura, no podía quitármelo de la cabeza.