The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 40. Bailando con la muerte #2
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Capítulo 40. Bailando con la muerte #2

No perdió el paso, pero percibí un sutil cambio en su atención, un nuevo enfoque.

—¿De Cresta Salada?

—Sí. Lo tenía todo planeado. Había ahorrado el dinero de los trabajillos que hacía en el pueblo de vez en cuando, tenía hecho el equipaje con lo imprescindible y ya sabía qué ruta iba a seguir hacia el interior.

—De pronto reviví el recuerdo con toda nitidez: la necesidad desesperada de huir cuando mis poderes se manifestaron—.

Iba a marcharme la noche de la cosecha de otoño.

—¿Qué te detuvo?

Tragué saliva mientras rememoraba aquella noche.

—Thatcher se puso muy enfermo. Contrajo unas fiebres que el curandero del pueblo no conseguía curarle.

No podía dejarlo cuando quizá… —Dejé la frase en el aire—.

Al final se recuperó; pero, para entonces, algo había cambiado.

Me di cuenta de que no podía abandonar por las buenas a mis seres queridos.

—Te quedaste por sentido del deber —observó Xül—. Incluso entonces.

—Por amor —corregí—. Me quedé por amor. No es lo mismo.

—¿De verdad? —preguntó pensativo—. A veces no hay diferencia en lo que se siente.

—Te toca —dije—. Cuéntame algo que nunca le hayas contado a nadie.

Siguió guiándome unos pasos más antes de hablar.

—Una vez le salvé la vida a una niña mortal.

Ahí estaba de nuevo: un atisbo de ternura bajo el exterior encallecido. Cada revelación lo hacía más real, lo alejaba de la deidad intocable para acercarlo a un ser capaz de sentir compasión. Y eso lo hacía más peligroso.

De todas las confesiones posibles, aquella era la que menos me esperaba.

—Y eso es un secreto porque…

—Porque no debía interferir —explicó—. Mi madre me llevaba a veces a su pueblo, donde aún tiene familia lejana. Vi a una niña caerse a un canal. La corriente era demasiado fuerte y la arrastraba hacia una catarata.

—Así que la salvaste.

—Así es —confirmó—. Aunque con disimulo.

Manipulé las almas que vagaban bajo la superficie para que la empujaran en dirección a la orilla, e hice que pareciera que un árbol caído había desviado su rumbo.

—Ponía atención en hablar con voz neutra—.

Mi padre lo habría considerado una injerencia improcedente en asuntos de mortales.

—Te arriesgaste a ganarte su desaprobación con tal de salvar a una niña —dije en voz baja.

—El papeleo habría sido tedioso.

No pude evitar sonreír.

—Claro. Puro pragmatismo.

El baile terminó, pero no nos apartamos.

Me encantaba escuchar anécdotas de su pasado, atisbar cómo era en otros tiempos, en otro mundo.

Cuando era un Xül diferente. Pero una parte de mí tenía la sensación de que solo llenaba los silencios que no queríamos sustituir por otras cosas, por cosas más duras.

Siguió con la mano en mi cintura un poco más de lo necesario y después dio un paso atrás. Lo vi acercarse a la ventana; su perfil se recortaba contra el cielo rojo sangre de Draknavor.

—¿Sabes, Thais? —dijo de repente, sin apartar la mirada del exterior—, nunca me preguntas qué viene después.

Me quedé inmóvil, sin saber a qué se refería.

—¿Después?

—Después de los Juicios. —Se volvió hacia mí—. Nunca me has preguntado qué pasará si asciendes.

Aquella pregunta me pilló por sorpresa. Nunca me había parado a considerar que existiera un futuro más allá de todo aquello.

Las posibilidades no me parecían lo bastante reales para tomármelas en serio.

La verdad era que no habría un «después».

No para mí. No para Thatcher. Al sellar aquel pacto, sabíamos a qué nos comprometíamos.

Dar muerte al rey de los dioses no era algo a lo que esperásemos sobrevivir.

—Pues… —dudé, incapaz de repente de sostenerle la mirada—. Nunca he pensado a tan largo plazo.

Me estudió con aquella expresión penetrante que siempre me hacía sentir desnuda.

—Me cuesta creerlo.

Me dirigí a la ventana opuesta para eludir su escrutinio. Por debajo se extendían las arenas negras, hasta chocar con el mar oscuro en la unión de dos reinos de sombras. Mi reflejo en el cristal me devolvía la mirada, una desconocida con mis facciones.

—Supongo que nunca he tenido la esperanza de salir con vida —reconocí.

Oí a Xül dar una bocanada de sorpresa.

—Nunca habías dicho nada parecido.

—Intento no pensar en ello —repliqué sin apartar la vista del horizonte.

—¿Y tu hermano comparte tu pesimismo? —preguntó con tono cauteloso.

—Thatcher siempre ha sido el optimista —dije ofreciendo una verdad parcial.

—Pero siempre has estado tan segura, tan convencida… —insistió—. Los que esperan morir en los Juicios no suelen comportarse así.

—Es la verdad pura y dura, Xül. —Por fin me volví hacia él, con una sonrisa cómplice—. Tú mismo lo dijiste cuando nos conocimos: mis posibilidades de sobrevivir son ridículas.

—No hagas eso. —Su voz había adquirido un tono grave, peligroso.

—Que no haga ¿qué? —pregunté encogiéndome de hombros—. Fuiste tú quien lo dijo.

Xül salvó la distancia entre nosotros con tres pasos decididos.

—Esto no es ningún juego para mí, Thais. Quizá lo fuese al principio, antes de conocerte, antes de saber quién eras en realidad. Pero ya no lo es. Y lo sabes de sobra.

—Que te haya impresionado no cambia nada —respondí poniéndome muy recta—. Aún quedan dos Juicios, y, después, el Forjado.

Se limitó a sostenerme la mirada, abriendo y cerrando la boca. Se bajó la mano por la cara.

—No te preocupes; no es que tenga el menor deseo de morir —añadí al darme cuenta de lo seria que se había puesto la conversación—. Lo único que intento es ser realista.

—¿Y qué hay de la gente que te aprecia? —preguntó—. ¿Has pensado en lo que sentirían si murieses?

—Quedan pocas personas que me aprecien —dije con naturalidad—. Las demás murieron por mi culpa.

Xül apretó la mandíbula.

—Entonces ¿esto te parece una especie de expiación?

—Supongo que sí, en cierto modo. —Me volví hacia la ventana para esquivar su mirada.

Estaba obligándome a hablar de algo que había reprimido hasta entonces, una verdad a la que era demasiado débil para enfrentarme.

Era posible que la idea de la muerte se hubiera apoderado de mí con tanta facilidad porque, de alguna forma retorcida, me parecía que con ella se haría justicia por todas las secuelas de mi existencia.

La muerte de mi madre. La de Sulien. Que se llevaran a Thatcher para obligarlo a presentarse a los Juicios junto a mí.

Guardó silencio durante un largo rato. Cuando volvió a hablar, fue con aplomo.

—No seas absurda.

Su tono me hizo volverme hacia él, y su expresión me lanzó un escalofrío por la espalda.

—¿Por qué me miras así?

—Porque dices tonterías —gruñó—. Ni siquiera te reconozco ahora mismo.

—Entonces ¿qué imagen de mí te habías formado?

—Veo a alguien que mira a los dioses cara a cara sin pestañear —dijo tenso; le brillaban los ojos—. A alguien que arroja luz sobre las falsedades, que ve más allá de los embustes. A la mujer que, la primera noche, salió a esa playa y se desnudó sin el menor atisbo de vergüenza. Desafiante.

Aquello me dejó sin palabras.

—Esa mujer no se oculta tras el fatalismo —continuó—. Ni tras el martirio. Lucha, y no porque espere ganar, sino porque la rendición no está en su naturaleza.

—Eso no es justo —dije cuando por fin recuperé la voz—. Reconocer la realidad no es darse por vencido.

—Ah, ¿no? —Dio otro paso hacia mí—. La Thais a la que conozco escupiría a la cara a lo inevitable. No aceptaría la muerte como una conclusión lógica; se rebelaría, le plantaría cara, daría con la forma de vencerla a base de pura obstinación.

—Puede que no me conozcas tan bien como crees —contesté, y me crucé de brazos.

—O puede que yo te vea con más claridad que tú misma. —Suavizó la voz, pero no la mirada—. Ese derrotismo… no es propio de ti, Thais. Tú no eres así.