Capítulo 40. Bailando con la muerte
L a luz del sol naciente se derramaba por los altos ventanales y teñía el comedor de tonos sanguíneos. Picoteé las diversas frutas exóticas de mi plato, sin saborear ninguna en realidad. Xül ocupaba la silla contigua.
No sabía muy bien cuándo había empezado a sentarse a mi lado en vez de al otro lado de la mesa.
Quizá fuese su forma silenciosa de no apartarse de mí a raíz del ataque de Kavik.
Sin pensarlo, me llevé la mano a la garganta; aunque por fin se habían desvanecido los moratones, su recuerdo seguía fresco.
Si Xül no hubiera llegado en aquel momento… Me estremecí. Alguien se había hecho con el control de una Leyenda y la había obligado a intentar matarme. Y ese alguien seguía en algún sitio, puede que planeando su próximo intento.
—Deberías probar la azul —dijo señalando con la cabeza una fruta celeste de mi plato—. Es más dulce de lo que parece.
La pinché con el tenedor e inspeccioné su extraña pulpa.
—Parece venenosa.
—Si quisiera envenenarte, sería mucho más sutil —respondió con sequedad.
Puse los ojos en blanco, pero probé un bocado y la explosión de dulzor me pilló por sorpresa.
—Está buena.
Un sirviente se materializó junto a Xül y le acercó una bandeja de plata con un sobre lacrado. El papel era de un lavanda claro con ribetes de plata, y el lacre formaba un intrincado dibujo de lunas entrelazadas.
La expresión de Xül se ensombreció cuando, tras romper el sello, recorrió con los ojos la fluida caligrafía.
—Fantástico —murmuró rebosante de sarcasmo.
—¿Qué pasa?
—Nos dan más tiempo para prepararnos para estos acontecimientos frívolos que para los Juicios —dijo, y me entregó la invitación.
La escritura plateada brillaba en la página:
La divina Syrena, aesymar de las ilusiones y los deseos, solicita que la honréis con vuestra presencia en el Baile de la Medianoche, que se celebra para los afortunados competidores que han sobrevivido a los dos primeros Juicios.
Todas las Leyendas y divinidades de la posición adecuada serán bienvenidos.
Tendrá lugar dentro de tres noches, en el Palacio de Cristal de Lunadaire.
La asistencia es obligatoria para todos los mentores y sus pupilos.
—¿Un baile? —Levanté la vista y vi que Xül había adoptado un cuidadoso semblante inexpresivo.
—Más bien una evaluación elaborada —dijo, y bebió un trago de su copa.
—Maravilloso —murmuré—. Así que me van a exhibir como si fuera una vaca.
—Más o menos —convino, sin tomarse la molestia de suavizar la verdad—. Aunque con ropa bastante más cara.
Dejé la invitación en la mesa.
—¿Y a efectos prácticos?
—Conversación. Baile. Surcar las aguas infestadas de tiburones de la política divina sin que te maten. —Dejó la copa en la mesa—. Por cierto, vas a tener que aprender a bailar.
—Sé bailar.
—No. Los bailes de la corte son muy exactos y formales. Tienen reglas, pasos…
—Y supongo que piensas enseñarme —dije apartando el plato.
—Desde luego —respondió con aquella arrogancia aristocrática que me sacaba de quicio.
—Y también supongo que deberíamos empezar con las clases cuanto antes —dije levantándome de la mesa—. No me gustaría dejarte en mal lugar ante tus ilustres compañeros.
Entrecerró un poco los ojos al oír mi tono, pero asintió y se puso en pie.
—Podemos usar el salón de baile del ala este.
Lo seguí por el laberinto de pasillos. Con cada paso que daba hacia el interior de aquel palacio tenía la impresión de estar alejándome de la persona que había sido.
La Thais de Cresta Salada no reconocería a la mujer en que me había convertido, alguien que caminaba junto a la muerte sin inmutarse, que había sobrevivido a dos Juicios brutales, que sentía crecer su poder a cada día que pasaba.
Aquella transformación, ¿era libertad o corrupción?
¿Estaba encontrando mi verdadero yo o perdiéndolo por completo?
¿Y por qué me resultaba tan natural seguir a Xül, confiar en él, cuando todos los instintos que había cultivado durante años de supervivencia me gritaban que era el ser más peligroso con el que me había topado jamás?
Se detuvo ante una puerta doble y la abrió, para revelar un espacioso salón con suelos de piedra pulida y paredes cubiertas de espejos. El alto techo formaba una bóveda decorada con intrincados frescos.
—¿Toda esta habitación es solo para bailar? —pregunté, incapaz de ocultar la ironía.
—En realidad es uno de los salones de baile más pequeños. —Se quitó la chaqueta y la colgó de una silla cercana; después se remangó la camisa, descubriendo los músculos marcados de sus antebrazos—. El de la Ciudad Eterna tiene capacidad para trescientas parejas.
Sacudí la cabeza, aún esforzándome por procesar semejante nivel de lujo.
—Toda nuestra casa de Cresta Salada cabría en esta sala. Cuando queríamos bailar, poníamos los muebles contra las paredes para hacer sitio.
—Enséñamelo —dijo de pronto.
—¿Qué?
—Enséñame cómo se baila en Cresta Salada. —En su expresión había verdadera curiosidad.
Me eché a reír.
—¿Aquí? ¿Ahora? No tenemos música.
—Imagínatela —sugirió mirándome con intensidad.
Cerré los ojos y pensé en la celebración de la Última Luz. Desde entonces, antes de que cambiase todo, no había bailado desenfadada. Casi podía oír el violín, el golpeteo de los pies contra la tierra compactada.
Empecé a moverme, dejando que mi cuerpo recordara los ritmos de mi hogar. Me puse a dar vueltas con los brazos extendidos, sintiendo el tirón del pelo que giraba a mi alrededor.
Cuando abrí los ojos, Xül me observaba con una cara que iba más allá de las expresiones calculadora o divertida habituales.
—Eso no es un baile —dijo al fin, aunque no había juicio en su tono—. Eso es libertad.
Me quedé inmóvil, de pronto consciente de la impresión que debía de darle.
—No me servirá de gran cosa en la fiesta de Syrena, ¿verdad?
—No —convino, acercándose—. Para eso solo tienes que aprender un baile.
Se colocó frente a mí con el brazo extendido. Apoyé la mano en la suya, intentando no fijarme en la calidez que me invadía el cuerpo con el contacto. Me posó la otra mano en la cintura, firme pero sin apretar.
—Ponme la mano en el hombro —me indicó.
Obedecí, muy consciente de la firmeza del músculo bajo la palma.
—Ahora, sígueme. Tres pasos, pausa; tres pasos, pausa.
Empezó a girar, guiándome, pero casi de inmediato me enredé con sus pies.
—Lo siento —dije entre dientes mientras crecía la frustración.
—Vuelve a intentarlo —dijo con una paciencia que me sorprendió—. Con la espalda recta y mirando un poco hacia arriba.
Clavé los ojos en los suyos y volvimos a empezar. En aquella ocasión conseguí dar varios pasos antes de trastabillar.
—Mejor —murmuró—. Concéntrate en mí, no en los pies. El cuerpo sigue a los ojos.
Alcé la vista y caí presa de su mirada dispareja. Antes me inquietaba el contraste, pero ahora me resultaba extrañamente hipnótico.
—¿Qué fue lo primero que robaste? —preguntó de repente.
Me pilló tan desprevenida que estuve a punto de volver a tropezar.
—¿Cómo?
—Ya me has oído. —Había un deje de diversión en su voz—. Siento curiosidad.
Lo miré entornando los ojos.
—¿Qué te hace pensar que he robado algo alguna vez?
—Eres bastante buena cerrajera —dijo con suavidad—. Nadie adquiere esas habilidades si no es por algo.
—Un cuchillo de pescador —reconocí sonrojándome—.
A los once años. Tenía tallado en el mango un delfín en pleno salto.
—Me concentré en los pasos de baile mientras dejaba vagar el recuerdo—.
El pescador trataba muy mal a sus hijos.
Los golpeaba con el cinturón cuando no limpiaban la pesca lo bastante rápido.
—Entonces ¿fue por venganza?
—No del todo. —Me encogí de hombros—. Solo quería que supiera lo que era perder algo que valoraba.
—¿Funcionó? ¿Cambió?
—No —respondí—. En todo caso, empeoró. Por aquella época no entendía que algunas personas… rompen otras cosas cuando están rotas.
Xül me guio en un giro, sujetándome la cintura con firmeza.
—Así que eso te enseñó una lección.
—Supongo. ¿Y tú? ¿Cuál fue la primera regla que rompiste?
En sus labios apareció un atisbo de sonrisa.
—¿Quién dice que haya roto alguna regla?
—Por favor —le dije sin apartar la vista.
Se quedó pensándolo un momento.
—Tenía siete años. Había una sección de la biblioteca a la que me habían vedado el acceso hasta que fuera mayor.
—A ver si lo adivino —dije—. Encontraste la manera de entrar.
—Por supuesto. Me pasé meses observando las pautas de los guardias, averiguando qué libros pedían los eruditos, trazando un plano de la distribución a partir de lo que veía por la puerta…
—Todo eso, ¿solo para leer unos libros?
—El conocimiento prohibido siempre es el más tentador —dijo—. Al final descubrí un pasadizo secreto: un túnel de mantenimiento.
—¿Qué encontraste?
—Decepción, sobre todo —confesó—. Casi todos los textos «prohibidos» eran tediosas historias políticas y registros diplomáticos. Aunque había un estante de poesía amorosa que me resultó instructivo en otros sentidos.
No pude evitar reírme ante la imagen de Xül como un niño serio que se escabullía para leer poemas.
—¿Te pillaron?
—Al cabo de un tiempo —dijo—. Pero para entonces ya había memorizado los versos más explícitos. Mi tutor se escandalizó cuando le recité algunos durante una clase.
—Me lo figuro. —Ya me resultaba más fácil dejarme guiar—. ¿Te castigaron?
—Tres días de aislamiento —dijo con naturalidad—. Consideré que había valido la pena.
Mientras bailábamos, Xül movió un poco la mano para acercarme más.
—Esta parte requiere más precisión —me dijo—. Y confianza.
—La confianza escasea hoy en día.
—Es cierto —convino—. Cuéntame algo que nunca le hayas contado a nadie.
—¿Por qué? —pregunté mirándolo con curiosidad.
—Porque es más fácil revelar secretos a alguien a quien no se está mirando. —Sin dejar de rodearme la cintura con un brazo, me hizo girar de tal modo que mi espalda quedó apoyada en su pecho. Casi me rozaba la oreja con los labios mientras hablaba—. Y porque quiero saberlo.
—Una vez casi estuve a punto de escaparme —confesé en voz baja—. Cuando tenía dieciséis años.