The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 39. Ecos de los olvidados #2
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Capítulo 39. Ecos de los olvidados #2

Me llamó la atención su elección de palabras.

—¿«Todos los descendientes»? —pregunté—. ¿Te refieres a los aesymar?

Hubo un destello de sorpresa en los ojos de Xül, ya fuese por mi perspicacia o por el desliz que había cometido; no lo supe con certeza. Abrió un cajón del escritorio y sacó otro pergamino, atado en este caso con cordeles de cuatro colores: oro, plata, negro y un extraño verdeazulado.

—Los aesymar, tal como tú los conoces —bajó aún más la voz—, no fueron los únicos seres divinos que se alzaron contra los Primigenios durante la Ruptura.

Desplegó el pergamino para mostrar un mapa que no se parecía a ninguno que hubiera visto jamás; no representaba la tierra ni el mar, sino reinos conectados por caminos que formaban una compleja red.

Cuatro mundos distintos, cada uno dibujado con los colores de un cordel, dispuestos como los pétalos de una flor de cuatro hojas.

—Antes de que empezasen a caer Primigenios, existían en armonía cuatro panteones, todos ellos descendientes de los Primigenios en sus diversos aspectos.

—Trazó con los dedos la sección dorada—.

Los aesymar. —Luego, la plateada—. Los esprithe.

—La verdeazulada—. Los ehlistrea. —Por fin, la sección negra—. Y los vaerhuun.

Me incliné para mirar.

—Cada grupo gobernaba su propio reino mortal, según su naturaleza —continuó Xül—. Los aesymar, con orden y jerarquía; los esprithe, con armonía y equilibrio; los ehlistrea, con pasión y transformación. —El dedo se demoró sobre la sección negra del mapa—. Y, los vaerhuun, con miedo y dominación.

Clavé los ojos en aquel cuadrante sombrío.

—Los vaerhuun parecen gente maja, como para irse de fiesta con ellos.

—No lo recomendaría —respondió Xül—. Aunque todos los panteones descendían de diversos Primigenios, los vaerhuun compartían la afinidad de Moros por los aspectos más oscuros de la existencia.

—¿Y todos ellos se pusieron de acuerdo para atacar a los Primigenios?

—Los cuatro panteones se unieron, sí —confirmó Xül—. Pese a sus diferencias, tenían en común la sed de poder. Supongo que los vaerhuun participaron porque Moros no era el objetivo de aquel golpe de Estado.

Contemplé el mapa y los cuatro reinos conectados por aquellos caminos.

—Pero ahora solo quedan los aesymar —comenté pensativa—. ¿Qué les pasó a los otros?

Xül carraspeó.

—Cuando los Primigenios murieron, algo… se rompió.

Los mismos cimientos de la realidad se quebraron.

Después, durante la confrontación final entre Moros y Vivros, los caminos que conectaban los reinos se destruyeron.

—Siguió con el dedo una de aquellas líneas—.

Hay quienes creen que el cataclismo acabó con los otros panteones.

Otros —añadió en voz baja— piensan que están a la deriva en el Abismo, a la espera de ser encontrados.

—¿El Abismo?

—El tejido de la nada que se extiende más allá de los reinos de Elaren y Voldaris. Absolutamente inaccesible.

Guardó silencio. Yo me había aferrado al borde del escritorio para equilibrarme mientras sopesaba las consecuencias de lo que me había revelado.

Los dioses a los que me habían enseñado a temer habían ascendido gracias a la traición y al oportunismo, no al derecho divino.

Y su ambición había hecho trizas el universo.

—¿Cómo sabes todo esto? —le pregunté.

—Mi padre tiene una amplia colección de textos de esa época. Ya has visto la biblioteca. Nunca me impidió acceder a ese conocimiento; solo me explicó las consecuencias de poseerlo.

—¿Y por qué me lo cuentas? —pregunté por fin. Lo miré a los ojos—. Supongo que saber todas esas cosas se considerará traición.

—Míralo como un gesto de confianza.

—¿Confianza en qué, en concreto?

—En tu capacidad para comprender las consecuencias mejor que la mayoría de la gente.

—Se puso a reorganizar con cuidado las cosas desperdigadas sobre el escritorio—.

A muchos candidatos a la ascensión solo se les enseña lo que deben saber; lo suficiente para que puedan desenvolverse en el reino divino, pero no tanto como para que lleguen a cuestionárselo.

Xül tanteaba los límites, los ponía a prueba.

—Los aesymar no suelen explicar su origen ni el derrocamiento de los Primigenios —concluí.

—Los aesymar quieren que el recuerdo de los Primigenios desaparezca por completo. —Su voz estaba cargada de cinismo—. Quieren reescribir la historia para dar a entender que ellos siempre estuvieron ahí, inmutables, todopoderosos.

—Una narrativa muy conveniente.

—Como casi todas las mitologías. —Sonrió—. La verdad está enterrada en lugares como aquellas ruinas, en textos como estos, fuera del alcance tanto de los mortales como de otros seres divinos.

Deslicé las manos por el borde del escritorio.

—¿Por qué están tan decididos a mantener todo eso en secreto?

Un destello de aviso en sus ojos me recordó que, aunque ahora fuésemos aliados, Xül seguía siendo el príncipe de Draknavor y el heredero de la propia muerte.

—Los aesymar temen lo mismo que todos los gobernantes: que alguien averigüe que su poder no es absoluto ni eterno.

Que ellos mismos ascendieron y, por tanto, en teoría se los podría remplazar.

—Calló y me observó—. Piensa en lo que podría pasar si los mortales comprendieran que la divinidad no es un estado inherente, sino algo que puede alcanzarse. O robarse.

Le clavé una mirada en la que ardía una súbita comprensión.

—Los Juicios son una herramienta de contención —dije; ni siquiera me molesté en formularlo como una pregunta—. Y siempre lo han sido.

—Muchos competidores se aferran al espejismo de la benevolencia divina —dijo con un tono tan serio como el que yo había usado.

Se me escapó un suspiro de amargura sin que pudiera contenerlo.

—Sé desde hace mucho tiempo que no ascienden a los mortales por generosidad —comenté.

Las palabras brotaron de mis labios como un oscuro secreto—.

Es porque la alternativa les parece peor.

Los poderes divinos se filtran en Elaren, tanto si ellos quieren como si no.

Es mejor reunir a quienes los manifiestan, y controlarlos, que permitir que unos rivales en potencia se desarrollen sin que ellos lo sepan.

—Y más aún —añadió Xül en voz baja—, porque muchos aesymar carecen de auténticos dones. Imagínate su terror: inmortales pero indefensos, aparte de sus sentidos y fuerza extraordinarios…, mientras ven a algunos mortales manifestar los poderes que a ellos les faltan.

—Y, a los que no pueden controlar, los eliminan antes de que se conviertan en amenazas. Cada competidor que muere en los Juicios no es más que otro cabo suelto del que se han deshecho. Otro usurpador en potencia neutralizado.

Siempre había tenido clara la economía brutal que subyacía en todo el asunto. Me había criado a la sombra de esa comprensión, la había inhalado con el temor de mi padre y la había exhalado con mi propia reserva cautelosa.

Lo que me sorprendía no era esa revelación, sino la audacia de hacerlo a semejante escala. Que el reino divino hubiera mantenido ese dominio de modo sistemático a lo largo de los eones.

—Y los mortales no se dan cuenta —seguí con renovada cólera—. Generación tras generación, adoramos a los seres que nos sacrifican. Nos venden los Juicios como una bendición divina, cuando en realidad no son más que… control de plagas.

A Xül le brillaban los ojos.

—El mayor triunfo de los aesymar fue convencer a los mortales para que venerasen el sistema diseñado para mantenerlos en su lugar.

La comprensión nos unía en aquel momento. Ver que uno de ellos me daba la razón, oírlo confirmar lo que nunca habían sido más que sospechas y conjeturas, encendió un fuego muy peligroso en mi sangre.

Él desvió la vista antes que yo, e interrumpió aquel momento.

—Va a salir el sol. La Aguja de Hueso despertará pronto.

En efecto, la luz había cambiado y la plata del amanecer daba paso a los tonos escarlata de las primeras horas del día.

—Debería irme. —Me encaminé a la puerta—. Antes de que alguien se dé cuenta de que he forzado la cerradura.

Un atisbo de asombro le cruzó las facciones.

—Ah, así es como te escapas. Tendría que haberlo sabido.

—No deberías haberme encerrado —repliqué.

—Quería asegurarme de que descansabas. —No había ni rastro de disculpa en su voz.

—Sabia decisión. —Imité su tono con un esbozo de sonrisa.

—Thais…

—¿Qué?

—Lo que has averiguado hoy… no puede salir de esta habitación —dijo con la más absoluta seriedad—. En Voldaris hay oídos por todas partes. Y yo diría que, a estas alturas, ya te has pintado una diana enorme en la espalda.

Asentí porque comprendía el aviso que se escondía tras sus palabras.