The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 39. Ecos de los olvidados
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Capítulo 39. Ecos de los olvidados

C uando desperté, el dormitorio estaba vacío y silencioso. En el otro lado de la cama, la manta estaba movida, echada hacia abajo como si alguien se hubiera levantado sin hacer ruido. Me sorprendió. ¿Qué significaba eso? ¿Él había dormido ahí, a mi lado?

El amanecer se empezaba a filtrar por los altos ventanales y pintaba la habitación con una luz pálida, bajo la cual el mobiliario oscuro no parecía tan imponente.

Me quedé inmóvil unos instantes mientras catalogaba las sensaciones de mi cuerpo.

La quemazón de los pulmones se había reducido a un dolor sordo.

Tenía la garganta irritada, pero nada más.

La fiebre que me había consumido los últimos días por fin había remitido, así que, aunque estaba agotada, al menos tenía la mente despejada.

Me senté en el borde de la cama y probé cómo me respondían las piernas. Cuando me levanté temblaron un poco, pero aguantaron mi peso. En una silla cercana había una bata de seda; negra, por supuesto, bordada con hilos de plata. Me la puse sobre la camisa de Xül.

Me acerqué a la ventana y contemplé el paisaje sombrío de Draknavor. El cielo de color sangre empezaba a iluminarse y dejaba entrever las formas retorcidas del bosque y de la costa oscura que había más allá. Era hermoso, a su manera; severo, pero no escondía su naturaleza.

¿Dónde estaría Xül? ¿Lo habrían vuelto a llamar a la Ciudad Eterna? ¿Alguna crisis divina que requería la atención del príncipe de la muerte? ¿O se había hartado de hacer de enfermero?

Al intentar abrir la puerta descubrí que estaba cerrada con llave.

—Tiene que ser una broma —murmuré. Sacudí el tirador.

Me arrodillé, me saqué del pelo una larga horquilla y la doblé para darle la forma que necesitaba. El cerrojo se rindió con un clic muy satisfactorio, y yo me permití una sonrisita de triunfo. «Chúpate esa, príncipe de la muerte».

El pasillo estaba vacío y silencioso, excepto por el suave susurro de la corriente de aire que parecía traspasar la Aguja de Hueso. Caminé descalza, siguiendo la ruta que había memorizado durante mis exploraciones. A aquella hora del día, la fortaleza siempre estaba muy tranquila.

Un delgado haz de luz que salía de una puerta, en el centro del corredor oriental, me atrajo como un faro. La puerta del estudio de Xül estaba entreabierta y derramaba una luz cálida y ambarina en el pasillo.

Xül, de pie, me daba la espalda y examinaba algo que sostenía con sumo cuidado entre los largos dedos.

Parecía una astilla de cristal, como las que había en las ruinas.

Al verla, los recuerdos de aquel día me volvieron a la mente: el antiguo campo de batalla, los restos de una guerra que había enfrentado a seres incomprensibles.

Las preguntas que entonces había sido demasiado precavida para formular seguían clavadas en mi cerebro.

Su confesión sobre los sacerdotes me hizo sentirme osada.

Al entrar en la sala procuré hacer ruido para anunciar mi presencia, aunque sospechaba que él sabía desde el principio que yo estaba allí.

—Te has levantado temprano. —Me esforcé por mantener un tono tranquilo y mesurado.

Xül no se volvió, pero vi el ligero movimiento de sus hombros cuando hizo una profunda inspiración.

—Los inmortales no necesitamos mucho sueño.

—Qué buena excusa.

Esa respuesta me granjeó una mirada por encima del hombro y una ceja enarcada.

—Veo que ya te encuentras mejor. Desde luego, has recobrado por completo tu carácter habitual.

Me adentré más en el estudio, atraída por el cristal que sostenía en la mano.

—¿Qué es eso?

—Arcanita —respondió. La hizo girar para que la luz se reflejara en sus facetas.

Vacilé, sopesando los riesgos de mi siguiente pregunta. Días atrás, Xül había compartido conmigo una verdad peligrosa. Ahora lo iba a presionar para conseguir más información.

—Las ruinas aquellas que visitamos —empecé mientras estudiaba su rostro con atención—. ¿Qué pasó para que Moros y Vivros fueran los únicos que quedaban? Me mostraste el campo de batalla donde pelearon, pero ¿qué había ocurrido antes?

Dejó el cristal en el escritorio y por fin se volvió hacia mí. Mostraba una ligera expresión de sorpresa, bien por la pregunta, bien por mi atrevimiento al formularla.

—La Ruptura —dijo como tanteando las palabras—. Es un tema peligroso, estrellita.

—Tratándose de mí, diría que es una progresión natural. —Me encogí de hombros y me apoyé a un lado del escritorio.

Hizo una mueca, pero me pareció más de curiosidad que de burla.

—Supongo que tienes razón.

Sus ojos se demoraron un instante más sobre mí; luego se dirigió a un cofre que había junto a la pared más lejana y lo abrió con una llave que se sacó de un bolsillo del abrigo. Del interior extrajo una caja redonda, rajada y manchada.

—Al principio había trece Primigenios —siguió. Con todo cuidado sacó de la caja un rollo de pergamino amarillento—. Existían en un estado de perfecto equilibrio. Hasta que se rompió, claro.

Desenrolló el pergamino en la mesa; contenía diagramas y textos en una lengua que yo no había visto nunca. En el centro había una ilustración que representaba trece símbolos interconectados, dispuestos en un círculo perfecto.

—La Ruptura no fue una única batalla. —Xül bajó la voz al decirlo—. Fue una muerte lenta. Una decadencia que se demoró durante siglos.

—Suena apasionante.

—Para algunos sí. —Ladeó la cabeza y me observó—. Para otros es algo que desean olvidar.

—Me siento intrigada. Continúa, por favor.

Xül recorrió con la mano las delicadas líneas del pergamino.

—Esta mañana estás muy amable —se burló.

—Eso es porque todavía no me has cabreado —respondí con una dulce sonrisa.

—Es importante comprender las dinámicas entre los Primigenios para entender todo lo que ocurrió después.

—Soy toda oídos. —Me mordí el labio.

—Aunque la mayoría de los Primigenios vivían en comunidad, Moros y Vivros se habían apartado del colectivo mucho tiempo atrás.

Moros acechaba en las sombras. Vivros… —Hizo una pausa—.

Bueno, los textos no apuntan a que habitase en ningún sitio en concreto.

No lograban encontrarlo, así que dejaron de buscarlo.

—¿Por qué se apartaron de los demás?

—A Vivros nunca le interesó gobernar ni formar parte de algo más grande que él. Prefería el aislamiento. —Xül se apoyó en el escritorio—. Al menos, eso es lo que he podido deducir.

—¿Y Moros?

Xül sacudió la cabeza e inspiró hondo.

—Moros era el más débil de todos los Primigenios.

—Señaló un símbolo que parecía más oscuro que los otros que lo rodeaban, un círculo dividido por una grieta—.

No se aisló porque lo prefiriese; es solo que entre las sombras es más fácil llevar a cabo actos oscuros.

Tenía sed de poder, de fuerza. Un hambre que no lograba saciar.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—¿Sabes que era lo que Moros consumía con mayor voracidad, estrellita? —Al preguntarlo me miró a los ojos.

Negué con un gesto, incapaz de apartar la vista de su mirada penetrante.

—Recuerdos —explicó—. La mismísima esencia de la experiencia, de la identidad. Del yo.

—¿Recuerdos? —repetí, no muy segura de entenderlo—. ¿Se… alimentaba de ellos?

—Igual que tú harías con el pan y el vino —confirmó Xül—. Pero para Moros no se trataba de sustento, sino de poder. Cuanto más consumía, más grande se hacía.

Señaló diversas zonas del pergamino, en las que los símbolos parecían dispuestos según una jerarquía.

—Con el paso de los siglos —prosiguió—, Moros se alimentó de los recuerdos de los otros Primigenios.

Al principio fue tan sutil que no se dieron cuenta.

Un momento perdido aquí, un recuerdo borroso allá.

Cuando por fin lo comprendieron, ya era tarde: sus mentes estaban medio devoradas y sus poderes se habían reducido a medida que olvidaban lo que habían sido.

—Quería ser el único —comprendí, sin aliento—. Consumirlo todo hasta que no quedase nada que pudiera hacerle frente.

—Eso es. Y los Primigenios, debilitados, recurrieron a sus descendientes en busca de ayuda.

Pero fue un error de cálculo. —El pergamino mostraba unos símbolos más pequeños que rodeaban los trece originales—.

Los Doce vieron una oportunidad donde sus creadores solo veían un modo de salvarse.

Así que atacaron…, no a Moros, sino a los demás Primigenios.

Me lo quedé mirando con la boca seca.

—¿Quieres decir que… los Doce los mataron? —Solo decirlo en voz alta parecía imposible, y aun así, las palabras salieron de mis labios.

—Fue una guerra devastadora que desafía cualquier intento de comprensión —explicó Xül en voz baja pero nítida—. Aún hoy, milenios más tarde, las consecuencias de esa traición hacen temblar el cosmos.

—Dioses —fue cuanto acerté a decir.

—La mayoría de ellos cayeron —siguió mientras enrollaba el pergamino con todo cuidado—, pero hubo dos excepciones: Moros y Vivros.

—Excepciones —repetí.

—Hermanos, según algunas leyendas —añadió Xül—. Nacidos del mismo fenómeno cósmico.

—Entonces, cuando los Doce se revolvieron contra los Primigenios…

—Vivros no estaba presente, y a Moros le dio igual.

Puede que incluso contase con ello. —Una fría sonrisa—.

Vivros no se enteró de esa matanza hasta más tarde.

Pero, al saltar en pedazos el equilibrio cósmico, Moros volvió el hambre hacia su hermano, la última fuente de poder primigenio que le quedaba por consumir.

—Así que Vivros salió de su aislamiento para enfrentarse a él —comprendí.

—No por decisión propia. Moros forzó ese enfrentamiento. Era más fuerte que nunca.

—Pero, al final, Vivros mató a Moros.

—Sí. Y se convirtió en el último Primigenio vivo, hasta que los Doce decidieron que era hora de terminar lo que habían empezado y cayeron sobre él cuando aún estaba débil.

—Xül se detuvo y, ladeando la cabeza, paseó la mirada por toda la habitación—.

Tenían que darse prisa, supongo. Se decía que ni siquiera todos los descendientes actuando en concierto podrían derrotarlo, así que los Doce no podían desaprovechar la ventaja que les daba aquella oportunidad.