The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 38. Infortunadas debilidades #2
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Capítulo 38. Infortunadas debilidades #2

Una sombra fugaz cruzó el rostro de Xül.

—Murió.

—¿Lo mataste tú? —susurré.

—Cuando llegué y lo vi rodeándote el cuello con las manos… —Hizo una pausa; se le contraía un músculo de la mandíbula—. Los muertos lo despedazaron.

—No recuerdo gran cosa —reconocí—. Solo el frío y la aparición de las almas, y luego… todo se quedó oscuro.

—Kavik era una Leyenda —dijo Xül en voz baja, cargada de tensión—. Su ausencia no es algo que vaya a pasar desapercibido. Cuando Pyralia descubra que una de sus Leyendas ya no está… —Dejó la frase flotando en el aire y su expresión se ensombreció.

—Crees que habrá consecuencias —conjeturé.

—Lo sé —corrigió—. La pregunta es qué forma cobrarán y quién las sufrirá. Aún no sabemos qué ocurre —continuó, suavizando el tono—; pero, de momento, debemos guardar el secreto. Si Pyralia envió a Kavik y ve que no regresa…

—Entonces —deduje—, hay poca gente que sepa lo que pasó aquí.

—Sí. Si nos quedamos callados, probablemente averiguaremos más que si exigimos respuestas. Quiero ver cómo evoluciona esto, quiénes reaccionan y quiénes no. —Sus ojos se encontraron con los míos, inquisitivos—. ¿Puedo confiar en que esto quede entre nosotros?

—Claro —dije sin dudarlo.

—Gracias —murmuró.

—¿Y qué hacemos mientras tanto?

—Mientras tanto —repitió—, no volveré a dejarte. Te lo prometo.

Aquellas palabras me despertaron en el pecho una sensación de calidez, algo peligrosamente parecido a la confianza. La reprimí para centrarme en los asuntos prácticos.

—¿Por qué pasaste tanto tiempo en la ciudad? —pregunté tratando de usar un tono desenfadado.

Xül vaciló y después se puso en pie.

—No estaba en la ciudad, estrellita —dijo en voz baja—. Al menos, los últimos días.

—Entonces ¿dónde estabas?

—En Verdara —dijo al cabo de un rato, de espaldas a mí—. Con mi padre.

Verdara. El dominio de Davina. Xül dejó escapar un suspiro casi inaudible.

—Y con Nyvora —añadió, y dejó que el nombre flotara en el aire.

Intenté hacer caso omiso de la punzada que sentí ante la mención de la bella diosa que había manifestado a las claras su interés por Xül en el banquete.

Era una tontería sentir aquellos celos infundados e injustificados.

No tenía ningún derecho sobre él; ningún derecho a sentir nada en relación con sus compañías.

—¿Por qué? —pregunté con tono neutro a pesar del nudo en la garganta.

Cuando por fin habló, su voz sonó monocorde, resignada.

—Mi padre ha tomado una decisión —dijo midiendo cuidadosamente cada palabra—. Sobre mi matrimonio.

—Así que va a ser ella…, Nyvora —susurré, y odié a mi voz por traicionarme y quebrarse al pronunciar su nombre.

Asintió una vez, con un movimiento brusco y tenso.

—No sé cuándo, pero sí. En algún momento. Estuvimos en Verdara pactando las condiciones.

Un dolor punzante me oprimió el pecho. Era un dolor irracional que no tenía derecho a sentir. Intenté mantenerme inexpresiva, pero debí de fracasar, porque Xül frunció el ceño.

—Eso está mal. —No pretendía hablar con tanta dureza, pero lo hecho, hecho estaba—. No tienes por qué casarte con ella después de lo que te hizo, después de cómo te trató.

Xül se giró hacia mí.

—Hay cosas que no entiendes, Thais. —Apretó la mandíbula—. Tengo que obedecer. No existe otra opción.

—Podrías plantar cara a tu padre —repliqué, enderezándome a pesar del dolor. La sábana cayó y dejó al aire la camisa negra de Xül que me cubría el cuerpo—. Decirle que no piensas seguir adelante con eso.

—¿Plantarle cara? —Soltó una risa entre amarga e irritada.

Su poder latía a su alrededor, un aura de oscuridad que alargaba y retorcía las sombras de la estancia—.

Eso está fuera de lugar —añadió en un susurro cargado de peligro—.

Lo hago para ayudar a mi padre, porque así tiene que ser.

Es mi deber para con mi familia, para con mi dominio. Para con el futuro de Voldaris.

Me lo quedé mirando, sin dejarme intimidar.

—¿Así que vas a casarte con alguien a quien no amas? ¿Con alguien que te ha hecho daño?

Dio un paso atrás y, por un momento, la ira pareció abandonarlo, sustituida por un vacío.

—El amor nunca ha tenido nada que ver, Thais —dijo—.

No es posible para alguien como yo. —Dejó vagar la mirada por el escarlata de más allá de la ventana—.

Siempre he sabido que tendría un matrimonio sin amor.

Lo acepté hace mucho. —Volvió a mirarme—.

Por eso no me permito establecer vínculos que puedan hacerse más profundos.

No tiene sentido que me exponga a esa vulnerabilidad cuando sé cómo acaba la historia.

Su tono hizo que me preguntase si hablaba por experiencia, si alguien, alguna vez, había traspasado esos muros.

—Eso suena… solitario —dije en voz baja.

Una sonrisita se dibujó en sus labios.

—Te acostumbras.

Pero pude ver en sus ojos que no era así, no del todo. Detrás de la fría máscara del príncipe de la muerte había alguien que se había pasado la vida manteniendo las distancias con todo el mundo.

—Lo que yo quiera es irrelevante. —Sus ojos se cruzaron con los míos y capté una expresión fugaz, demasiado como para identificarla, que desapareció antes de que llegara a entenderla—. Desde siempre.

Me negaba a amilanarme ante sus palabras.

Caían demasiado cerca de los pensamientos que había estado intentando ahuyentar desde lo ocurrido en la costa, de la calidez traicionera que me invadía cuando recordaba la presión de su boca contra la mía, la forma en que mi poder se había disparado en respuesta a su contacto.

Desde entonces me esforzaba por relegar aquellos recuerdos a los rincones más oscuros de mi mente.

Para él, aquel beso había sido un medio para alcanzar un fin.

No significaba nada; no podía significar nada.

Sin embargo, yo no conseguía apartarlo de la memoria.

Forcé un asentimiento y desvié la vista. Su mirada era demasiado… intensa. Demasiado perspicaz. Y, en aquel momento, me aterrorizaba que pudiera leerme el pensamiento.

—Pero, en cualquier caso —dijo al fin, pronunciando cada palabra muy despacio—, tendrás todo mi apoyo. Te ayudaré a superar los Juicios, Thais. —Hizo una pausa y añadió—: Eso te lo puedo prometer.

Alargué la mano sin saber muy bien por qué, y él la cogió con la suya. Sentía la frialdad de su piel, los dedos que envolvían los míos. Me pasó el pulgar por los nudillos. Por algún motivo, ese simple contacto me provocó un nudo en la garganta.

—Descansa —dijo, y me soltó la mano.

Lo miré mientras se dirigía a la puerta, con los hombros muy firmes en esa postura perfecta y regia que no delataba nada.

—Xül —dije justo cuando llegaba al umbral.

Se detuvo sin volverse.

—Gracias —dije en voz baja—. Por salvarme la vida. Otra vez.

Volvió la cabeza hacia mí y, por un instante, su expresión se suavizó. Percibí en su rostro una ligera relajación alrededor de los ojos, una sutil curva en los labios.

—Puedes contar con ello, estrellita —respondió, y el apelativo hizo que una calidez inesperada me recorriera el cuerpo—. Siempre.