The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 38. Infortunadas debilidades
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Capítulo 38. Infortunadas debilidades

L os gritos ya me desgarraban la garganta antes de que terminase de recuperar el conocimiento.

Mi cuerpo se convulsionaba, luchando contra unas ataduras invisibles mientras unos tentáculos pesadillescos seguían aferrándose a mi mente.

Me debatía con violencia, y tenía la piel empapada en sudor frío a pesar del infierno que ardía en mi interior.

—Thais… —Una mano se me posó en la frente.

Golpeé a ciegas y mi puño impactó contra algo sólido. Se oyó un ligero gruñido, pero la mano no se apartó de mi piel.

—Estás a salvo, estrellita.

La voz atravesó la neblina que me envolvía, y la realidad se fue recomponiendo a mi alrededor.

Las sábanas de seda bajo el cuerpo, mojadas de sudor.

El débil resplandor de los cristales incrustados en las paredes oscuras, que proyectaba sombras alargadas en el techo.

El familiar aroma a cedro, naranjas y libros antiguos.

Me estremecí al darme cuenta de que estaba en su habitación.

Me obligué a abrir los ojos y parpadeé para ahuyentar los vestigios de terror.

Él estaba sentado en la cama, mirándome con expresión neutra, aunque podía apreciar la tensión de su mandíbula, el delgado surco entre sus cejas.

Una barba incipiente mancillaba su rostro inmaculado, y la piel algo oscurecida por debajo de los ojos indicaba que no había dormido.

—Eso es —dijo en voz baja.

Mi respiración seguía siendo demasiado rápida y superficial. Cada inspiración me hacía sentir como si el metal fundido me atravesara la garganta hasta llegar al pecho. Intenté incorporarme, pero él me retuvo con una mano en el hombro.

—Siempre que me despierto estás… ahí, mirándome —acerté a decir con un susurro entrecortado—. Es inquietante.

Levantó una comisura de la boca.

—Es que no paras de sufrir heridas mortales. Empieza a convertirse en costumbre.

—No lo hago adrede —murmuré, apretándome el pecho con la mano. El dolor era profundo; me llegaba hasta los huesos.

—¿Qué tal te encuentras? —preguntó Xül enarcando una ceja.

—Como si respirase fuego. —Hice una mueca de dolor y me agité entre las almohadas—. Tengo los pulmones…

—Dañados —concluyó por mí—. Canalizaste más poder del que podía contener tu cuerpo.

Entonces lo recordé: aquella necesidad desesperada de algo más mientras se me acercaban los elementales, el calor abrasador que se había acumulado en mi interior, hasta que pensé que iba a estallar. Las estrellas que respondían a mi llamada, que vertían demasiada luz en mí. Y, después…, nada.

—Estuviste a punto de morir —dijo Xül con naturalidad—. Otra vez.

—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —pregunté.

—Tres días. —Cogió un vaso de agua de la mesita de noche y me lo tendió—. Los has pasado en duermevela. Esta es la primera vez que te veo lúcida del todo.

Tres días. Aquello me cayó como una piedra en el estómago. Acepté el vaso con dedos temblorosos. El agua, fresca y aromatizada con menta, me alivió la irritación de la garganta. No me había dado cuenta de la sed que tenía hasta que mis labios rozaron la primera gota.

—Despacio —me advirtió Xül—. A sorbitos.

Obedecí, aunque tuve que hacer acopio de voluntad para no apurar el vaso de un solo trago.

—¿Con qué has soñado? —preguntó al cabo de un momento, con una suavidad desacostumbrada.

Respiré hondo, lo que me provocó una mueca de dolor.

—Con Sulien —susurré.

Xül mantuvo la misma cara, pero percibí cierto cambio en él, como si volcara en mí toda su atención. No me presionó para que continuara; se limitó a esperar.

—Mi padre —aclaré—. Cuando los sacerdotes se presentaron en Cresta Salada —apreté tanto las sábanas que los nudillos se me pusieron blancos—, nos llevaron a Thatcher y a mí. Pero Sulien… —Se me quebró la voz al pronunciar su nombre—. Sulien nos había ocultado todos esos años.

Xül se quedó inmóvil. Nunca le había hablado de lo que ocurrió aquella noche.

—Lo ejecutaron —añadí pese al dolor de decirlo en voz alta—. Delante de todo el mundo. Delante de nosotros. En castigo por haber dado cobijo a bendecidos.

El recuerdo era tan vívido que casi podía oler el humo de la hoguera, oír las exclamaciones de sorpresa de los aldeanos. Cerré los ojos para ahuyentarlo, pero solo conseguí que se intensificaran las imágenes.

—No se resistió —dije con voz entrecortada—. Se arrodilló a esperar, digno hasta el final. Y sus últimas palabras… —No podía hablar, y tuve que aspirar otra dolorosa bocanada de aire para poder continuar—. Fueron de amor hacia los hijos que le habían costado la vida.

Una lágrima solitaria me rodó mejilla abajo. Me la sequé con un movimiento brusco.

Alcé la vista a Xül, esperando ver indiferencia o, quizá, aquel interés frío y analítico tan propio de él. Pero en lugar de eso encontré una ira descarnada, una oscuridad que parecía atraer las sombras hacia él.

—Los sacerdotes —dijo con peligrosa delicadeza— suelen hacer pasar la crueldad por rectitud.

—Quería morirme —reconocí—. Con lo de Sulien, simplemente… me rendí. Cuando me desperté en aquella celda, deseé que me hubieran matado a mí también. Creo que me habría dejado morir de no haber sido por Thatcher…, porque sabía que me necesitaba.

Xül guardó silencio largo rato, con la mirada perdida más allá de las paredes.

—Los sacerdotes sirven a dioses que olvidaron el significado de la justicia —dijo, cada palabra precisa y contundente.

Me quedé paralizada y dejé escapar todo el aire de los pulmones. ¿Había oído bien? ¿El príncipe de la muerte condenaba no solo a los sacerdotes, sino también a los propios dioses?

Abrí los ojos como platos mientras lo miraba fijamente, buscando en su rostro cualquier indicio de que lo había entendido mal. Pero su expresión seguía seria, resuelta.

—¿De…? —comencé, pero me interrumpí temerosa de expresar lo que implicaban sus palabras. De pronto, la habitación se me hizo demasiado pequeña, opresiva—. ¿De verdad crees eso?

—Desde luego. —Se inclinó hacia mí—. Pero debo hacerte una advertencia: ten mucho cuidado a la hora de compartir tu dolor, estrellita. —Recuperó el tono contenido—. No todos los que llevan corona merecen tu confianza.

—Ya lo sé —dije en voz baja.

Movió la cabeza en señal de conformidad, y las sombras que lo rodeaban se disiparon poco a poco. Volvió a clavarme los ojos, estudiando mi rostro. Le sostuve la mirada sin disimular todos los pedazos heridos que solía mantener ocultos.

—¿Por qué no llamaste a Miria esta vez, para que me curase? —pregunté al cabo de un momento, cambiando de tema.

—Había ocurrido algo sin precedentes —dijo con precaución—. Que Kavik entrase en mi dominio, sin invitación, para atacar a la discípula que elegí… —Hizo una pausa—. Eso plantea preguntas.

Entonces lo recordé. El extraño comportamiento de Kavik, el vacío antinatural de sus ojos. Su forma de hablar, como una marioneta cuyos hilos moviera otra persona.

—Estaba… muy raro —dije despacio.

—Desde luego —convino Xül—. Aelix y yo hemos estado tratando de entender qué pasó. Kavik puede ser muchas cosas: impulsivo, temperamental y con frecuencia insufrible… Pero no me cuadra algo como aquello. No es propio de su carácter.

—Mató a su propio competidor —señalé.

—Eso es diferente. —Xül frunció el ceño—.

Las Leyendas matan a sus pupilos todo el tiempo.

Si un bendecido demuestra ser indigno o se convierte en un lastre, adiós.

—Su tono era un recordatorio de la brutal realidad de los Juicios—.

Pero ¿presentarse en un dominio en el que no tiene autoridad y atacar a la competidora a la que entrena otra Leyenda? —Negó con la cabeza—. Inaudito.

—Me parece interesante que eligiera ese momento.

—¿Que atacara mientras yo estaba fuera? —Sus labios se arquearon—. Casi como si supieran que yo no iba a estar.

—¿Crees que era así? —pregunté, y presté atención a su rostro.

Entornó aquellos ojos disparejos mientras lo consideraba.

—Es posible. Mucha gente podría haberlo sabido.

—Kavik intentaba matarme. Ni a Marx ni a Aelix; a mí. —Lo miré a los ojos—. ¿Por qué?

Xül se quedó muy quieto, y percibí la verdad en aquella vacilación: no lo sabía. A pesar de todo su poder, de todo su conocimiento, estaba tan perdido como yo. Se movió para acercárseme y noté el cambio de peso en el colchón.

—Kavik ha pasado casi toda su vida consagrado al dominio de Pyros —dijo lentamente—. No entiendo por qué habría podido elegirte como objetivo. ¿Qué ganaría Pyralia con tu muerte?

—Decía lo mismo todo el rato —dije, recordando escenas sueltas del ataque—. Como si no pudiera parar de repetirlo.

—Sí. «La chica es una amenaza. Debe ser eliminada». Una y otra vez, como si…

—Como si le hubieran trastornado la mente —concluí.

Nuestras miradas se cruzaron. Fuera lo que fuese lo que le había pasado a Kavik, no era natural. Algo o alguien lo había condicionado, lo había utilizado como un arma que me apuntaba a mí.

—Cuando llegué —dijo Xül en voz más baja—, ni siquiera se fijó al principio. Solo seguía intentando matarte, a pesar de que yo estaba allí mismo. —Una sombra le cruzó el rostro—. Kavik puede ser temerario, pero no suicida. No se le ocurriría desafiarme en mi propio dominio.

—Así que fue alguien con el poder suficiente para hacérselo olvidar —concluí.

—En efecto.

Se me ocurrió una idea, aunque me daba miedo expresarla en voz alta.

—¿Crees que podría haberlo mandado Olinthar?

Xül frunció el ceño mientras lo consideraba.

—Si Olinthar quisiera eliminarte, habría enviado a los portadores de luz —dijo al cabo de un momento—. Son sus escoltas personales; le guardan lealtad absoluta y son mucho más eficientes.

—A menos que no quisiera que nadie pensara en él —repliqué.

Xül entrecerró los ojos.

—No puedo estar seguro —reconoció—. Pero Pyralia suele mantener la neutralidad en lo relativo a los asuntos divinos.

Nunca se mete en maquinaciones políticas.

—Sacudió la cabeza—. No se me ocurre cómo podría convencerla Olinthar para que participase en algo así sin revelar por qué quería verte muerta, y los dos sabemos que eso es improbable.

—¿Qué ha sido de él? —pregunté—. De Kavik, quiero decir.