Capítulo 37. Bestias de fuego #3
Marx gritó desde algún lugar situado a mi izquierda.
Me giré y vi que estaba sobrepasada, que sus maldiciones parpadeaban y perdían cohesión a medida que el agotamiento le pasaba factura.
Intentó una última y desesperada invocación, una masa que se retorcía y que marchitó y consumió el brazo del elemental, y luego se le doblaron las rodillas.
«No».
Rebusqué dentro de mí, a mayor profundidad, para alcanzar reservas que no sabía que existían. El dolor, como si me volvieran del revés, fue inmediato y absoluto. Sentía la piel tan tirante que parecía que se iba a rasgar. Pero el poder se manifestó, puro, salvaje y terrible.
Una erupción de luz estelar brotó de mí; no era hermosa, sino violenta, desatada, una nova de pura destrucción que hizo volar a los elementales. El atacante de Marx se desintegró.
Pero el coste…
Caí de rodillas, gritando. Mi visión se volvió blanca, luego roja, y luego empezó a difuminarse. Me ardía la piel… No, no era la piel. Bajo la piel. Me estaba sobrecalentando.
A través de la neblina del dolor vi que Kavik dejaba de pelear con Aelix y volvía los ojos hacia mí; unos ojos terribles, vacíos, con la mirada perdida. El aesymar cruzó el claro en segundos. Extendió la mano para agarrarme de la garganta, y no me quedaba nada con que pararlo.
—La amenaza debe ser eliminada —dijo, con los dedos a escasa distancia de mi piel. Y entonces…
El mundo se detuvo.
Las llamas se congelaron en pleno movimiento. El viento murió. Todos los sonidos se desvanecieron.
El suelo… ¿se movía? ¿Se rompía?
Todo lo que aparecía en mi campo visual se enfocaba y se desenfocaba, lo veía doble, triple. Me llegaban sonidos distorsionados, un ruido húmedo de algo que se rompía y que podría tratarse de un tejido, o de algo peor. Luego, chasquidos.
Algo surgía del suelo. Formas oscuras de movimientos extraños, que tenían demasiadas articulaciones que se doblaban en direcciones que dejaban aturdida mi mente emponzoñada. Luego me llegó el hedor a corrupción, tierra y un dulzor pútrido.
Las figuras seguían surgiendo y avanzando hacia las bestias de fuego.
Entonces hubo gritos. Todo se oía amortiguado, como un sonido subacuático que no significaba nada.
El rostro de Kavik flotó por encima de mí; movía la boca, palabras coléricas que yo no lograba procesar.
Me cerró la mano alrededor de la garganta con una fuerza aplastante.
Los dedos eran como tiras de acero que me impedían respirar y me aplastaban la tráquea.
Le arañé las muñecas, pero ya no me quedaban fuerzas.
Los pulmones reclamaban un aire que no acababa de llegar.
Una silueta oscura surgió de entre las sombras, y el frío llegó con ella. Mi campo visual se estrechaba, pero sentí la bajada de temperatura y vi que se formaba escarcha en el pecho de Kavik.
Una palabra. Esa voz. «Su voz».
—Suéltala.
Kavik aumentó la presión. Más palabras que no entendí.
La tierra retumbó. Algo se abría paso a zarpazos. Era pálido en la oscuridad, y el olor a podredumbre me impregnaba las fosas nasales.
La cosa se alzó por encima de nosotros; unos chasquidos me taladraron los oídos.
Y, de pronto, se hizo visible por completo.
Un cadáver. Al lado de la cara de Kavik.
La mitad de su carne se había podrido y había desaparecido, dejando a la vista un cráneo sonriente.
Una cuenca ocular, que debería estar ocupada por un ojo, estaba llena de tierra apelmazada.
La mandíbula le colgaba de un lado, y solo se sostenía gracias a unos tendones ennegrecidos.
Los muertos.
Xül había alzado a los muertos.
Un gusano se desprendió de la garganta de Kavik y le cayó en el hombro.
El cadáver extendió las manos, y los dedos putrefactos se hundieron en los brazos de Kavik.
Más cadáveres surgieron del suelo, un círculo de podredumbre que se cerró sobre él.
Lo cogieron de las piernas, del torso; pese a sus esfuerzos por liberarse, las manos en descomposición encontraban por dónde agarrarlo.
Kavik me soltó el cuello para luchar con ellos. Pero había demasiados.
Lo arrastraron de espaldas hacia el centro del claro, donde la tierra se había abierto de par en par.
Clavó las manos en el suelo y sus dedos trazaron surcos.
Vi que los cadáveres lo arrastraban al interior de aquella grieta oscura y lo seguían.
Los gritos de Kavik se fueron apagando a medida que la tierra se cerraba sobre ellos.
Se me nubló la vista otra vez. Los sonidos eran extraños, como de succión, de desgarro, de tierra que se movía como no debería hacerlo.
Y, luego, silencio. El suelo se cerró como si allí jamás hubiera habido una grieta.
Me derrumbé de rodillas, jadeando. Sentía la garganta aplastada, destrozada. El mundo daba vueltas a mi alrededor, en un movimiento mareante, y no supe si me estaba cayendo o si la tierra se elevaba para llegar hasta mí. Y el dolor… seguía allí, como un veneno en las venas.
Unos brazos fuertes me sujetaron antes de que me estrellara contra el suelo. Xül me estrechó contra sí; sentí la frescura de su piel en la mía.
—Estrellita… —Se le quebró la voz al pronunciar la palabra. Me comprobó el pulso, chequeó el estado de mi garganta. Las manos salieron ensangrentadas—. Thais, mírame.
Lo intenté, pero cada vez veía con menos claridad. Mi campo visual se reducía; los bordes se cerraban, y luchar contra ellos era como resistirse al mar.
—No —dijo con tono tajante—. No te permito que te vayas. ¿Me oyes? Quédate aquí. Quédate conmigo.
Parecía asustado, comprendí entre la neblina del dolor. El príncipe de la muerte estaba aterrorizado.
—¡Aelix! —gritó sin quitarme los ojos de encima—. ¡Agua! ¡Enseguida!
—Estoy en ello. —La voz de Aelix me llegó de algún lugar lejano. Luego, un frescor bendito se derramó sobre mí y me empapó la ropa, el pelo. El agua luchó con el calor antinatural, y de mi piel se elevaron volutas de vapor. El alivio fue inmediato, pero insuficiente; yo seguía ardiendo por dentro.
—Se está quemando —afirmó Aelix, con la voz tensa—. Está…
—Eso ya lo veo —atajó Xül. Me abrazó con más fuerza y me estrechó contra sí. Una mano me acarició la cara, y el pulgar me rozó el pómulo—. Thais, quédate con nosotros. Es una orden.
Que le diera órdenes a alguien que quizá se estuviera muriendo me hizo reír, pero solo me salió una tos húmeda. La sangre le salpicó la camisa.
—Demasiada —logré susurrar—. Demasiada luz.
—Lo sé. —Me puso la otra mano en el pecho y sentí su poder, frío, mortal, amplísimo, intentando contener el fuego estelar que me estaba consumiendo por dentro—. Lo sé, estrellita. Aguanta. No me dejes.
Más agua. Más frío. Pero la oscuridad resultaba muy tentadora, prometía terminar con mi sufrimiento. Cada latido del corazón me provocaba una nueva oleada de dolor. Cada vez que inspiraba era más difícil que la anterior. Mis párpados aletearon y se cerraron.
—No te atrevas —gruñó Xül—. No puedes morir aquí, ni de este modo. No si yo puedo evitarlo.
Pero mi cuerpo tenía otras ideas. El poder me había quemado por dentro, había abierto canales que no deberían existir, había dejado un rastro de fuego que la carne humana no podía soportar. Me estaba deshaciendo, me desintegraba.
—Por favor —susurró Xül, dos palabras que contenían más emoción que nada que le hubiera oído antes—. Por favor, Thais. No te vayas.
Lo último que vi fue su cara sobre la mía, y unos ojos que brillaban con algo que tal vez fueran lágrimas. Lo último que sentí fue que me cogía de la mano para anclarme a un mundo que se desvanecía muy deprisa.
Luego, la oscuridad se adueñó de mí y me hundí en un silencio más profundo que la muerte.