Capítulo 37. Bestias de fuego #2
—Ya sabes a qué me refiero. —Cogió una brizna de hierba y la deshizo entre los dedos—. Desde los archivos. Desde que conté… lo que había hecho.
—No te he estado esquivando. Es solo que… no quería presionarte. Pensé que no te apetecería hablar de ello.
—¿Me ves de un modo distinto, ahora que sabes que maté a mi familia? —Enarcó una ceja.
La estudié unos instantes, tratando de decidir con qué Marx estaba lidiando en ese momento: la salvaje sarcástica que lo destruía todo o la muchacha comprensiva que a veces parecía perderse en su propia oscuridad.
—Después de enterarme de lo que te hicieron, jamás se me ocurriría juzgarte por haberte desquitado.
—Vaya, te lo agradezco, supongo —respondió, y desvió la mirada.
—Sé que tú también tendrás preguntas que hacerme. —Inspiré hondo.
—Como, por ejemplo, cuál es la razón de que tu hermano y tú seáis incapaces de seguir las reglas. —Se había vuelto hacia mí y me miraba con los ojos muy abiertos.
—Sí, algo así.
—Claro, me encantaría saber a qué se debe.
—¿Puedo confiar en ti? —le pregunté en voz baja.
Marx resopló.
—¿A qué viene eso?
—Hablo en serio. —Me giré hacia ella para que viera la certeza en mis ojos—. Marx, necesito saberlo. ¿Puedo confiar en ti?
Supongo que captó algo en mi tono, porque la expresión sarcástica se desvaneció de su rostro.
—Sí —respondió con sencillez—. Puedes confiar en mí, Morvaren.
Hice acopio de fuerzas. Me temblaban las manos.
—No puedo contártelo todo. No porque no quiera, sino porque no puedo. Hay secretos que no son solo míos. Secretos que pondrían en peligro a cualquiera que los conociese.
Entrecerró los ojos y su mente se activó a pleno rendimiento.
—¿Tiene algo que ver con vuestra sangre?
Mi vacilación fue respuesta suficiente. Asentí, incómoda.
—Lo sospechaba —señaló. Se inclinó para acercarse y bajó la voz—. Ningún bendecido normal tiene poderes como los tuyos o los de tu hermano. —Dejó de hablar y estudió mi rostro con atención.
Yo guardé silencio. El corazón me latía con tanta fuerza que pensé que ella debía de oírlo. ¿Cuánto había supuesto? ¿Cuándo podía arriesgarme a confirmarle? Una palabra fuera de lugar y todo podría complicarse.
—Estás en lo cierto —dije.
Marx me miró de soslayo; no se perdía un detalle.
—Tu madre…
Me tensé y después asentí. Fue un movimiento mínimo, pero suficiente.
Marx parpadeó y la comprensión se abrió paso en sus ojos. No tenía todas las piezas, pero empezaba a montar el rompecabezas más deprisa de lo que yo había supuesto.
—Joder, vaya mierda —dijo, y se recostó sobre las manos.
Pese a lo tenso de la situación, me eché a reír. La carcajada que se me escapó nos sorprendió a las dos.
—Es una forma de describirlo.
Sacudió la cabeza y un mechón de cabello oscuro le cayó por la cara.
—No me extraña que Xül esté tan… interesado en entrenarte. ¿Lo sabe?
—Sí. —Reconocerlo era peligroso—. Se lo imaginó.
—Y, aun así, te guarda el secreto. —No era una pregunta—. Qué interesante.
Antes de que pudiera responder oímos en el claro el eco de unas pisadas que aplastaban las hojas. Los pasos eran demasiado pesados.
Marx también lo había oído. En un instante ya estaba de pie.
—¿Aelix? —llamé mientras me levantaba con cuidado.
Silencio.
—Algo va mal —me susurró Marx. Rebuscaba con la mirada entre los árboles.
Nos colocamos espalda contra espalda y giramos, poco a poco, alertas ante cualquier movimiento.
—¡Aelix! —llamé de nuevo, más alto.
Nada.
Y entonces…
Los árboles que rodeaban el claro no se abrieron; más bien retrocedieron. Se doblaron para apartarse de lo que surgía entre ellos mientras los troncos gemían en señal de protesta. Era Kavik.
Tras él llegó Aelix, tambaleándose. Tenía las manos atadas a la espalda con cadenas refulgentes que emitían una luz enfermiza. Tenía el rostro hecho una ruina, lleno de sangre y magulladuras, con un ojo hinchado.
Flanqueando a Kavik por ambos lados había unos seres que jamás había visto.
Sus cuerpos eran de llamas. Sus siluetas cambiaban, se rehacían, adoptaban una forma distinta a cada instante, y dejaban unas marcas de pisadas más profundas de lo que cabría esperar. Donde plantaban los pies, la hierba no solo se quemaba, se fundía, y quedaban heridas en la tierra.
—Thais —jadeó Marx. El horror de su voz era inconfundible—. Son elementales del fuego.
Una cruel sonrisa se asomó a los labios de Kavik. Su rostro era tan inhumano que parecía tallado en piedra.
—Señoras —saludó con amabilidad—, qué encuentro más afortunado.
—¿Qué cojones pasa aquí? —exigió saber Marx, ya en postura de combate, con los músculos tensos, preparados para un estallido de violencia—. ¿Qué le has hecho a Aelix?
—Es solo una molestia temporal —replicó Kavik despectivo—. No te preocupes, Marx. No vengo a por ti. —Me clavó los ojos y no vi nada en ellos. Ni reconocimiento ni emoción, solo vacío—. Vengo a por la portadora de estrellas.
Aelix, alarmado, abrió mucho el ojo que no tenía hinchado y se sacudió para tratar de liberarse de las ataduras, pero las cadenas se le clavaron más aún en las muñecas.
—¡Corred! —gritó, una palabra que pareció abrirse paso en su garganta.
Un elemental del fuego le posó una mano ardiente en el hombro, y el grito de Aelix nos llegó acompañado del hedor de la carne quemada.
—¡Detente! —grité; las chispas me bailaban entre los dedos—. ¿Qué quieres de mí?
Kavik ladeó la cabeza en un ángulo extraño, pero su terrible sonrisa no vaciló ni un instante.
—Me temo que es información confidencial.
—Mientras siga viva no pienso acompañarte —escupí.
Su sonrisa se amplió.
—Que sigas viva no forma parte del plan.
Los elementales del fuego se adelantaron como uno solo, una llamarada que convirtió en un horno el aire que nos envolvía. El calor me golpeó con fuerza; me quemó los pulmones y me dejó empapada de sudor.
Marx y yo nos movimos a la vez; nuestros poderes chocaron y formaron una barrera defensiva que zumbaba donde la luz y las maldiciones entraban en contacto. La barrera aguantó tres latidos, hasta que el primer elemental la golpeó y yo sentí el impacto en los huesos.
Eran muy fuertes, mucho más que nada a lo que me hubiera enfrentado hasta entonces.
Esquivé a la bestia de fuego y le lancé una hoja de luz al centro de su ser. La cosa chilló y cayó, convertida en ascuas que abrieron agujeros ardientes en la realidad y se desvanecieron.
Las maldiciones de Marx, que estaba a mi lado, cobraron vida propia y envolvieron a otro elemental. Donde lo tocaban, las llamas se apagaban. Su figura empezó a colapsarse; el poder de Marx corrompió la esencia que lo mantenía de una pieza hasta que el ser estalló en pedazos humeantes.
En medio de todo aquel caos, vi que Aelix se había liberado de sus ataduras. Le brotaba sangre de las muñecas, que las cadenas habían cortado hasta el hueso. Pero se tiró sobre Kavik con un rugido que hizo temblar el claro. La sangre salió de las yemas de sus dedos formando espirales.
Kavik desvió el ataque sin mirar; sus ojos no se apartaban de mí.
—¿Qué estás haciendo? —exigió saber Aelix, que daba vueltas alrededor de su adversario. Se movía con torpeza y desesperación—. ¿Te has vuelto loco? ¡Está bajo la protección de Xül!
—Es una amenaza —respondió Kavik con voz inexpresiva—. La chica es una amenaza y debe ser eliminada.
—¿De qué hablas? —Aelix esquivó una ráfaga de fuego que abrió un cráter en el lugar que acababa de despejar. El borde de la ráfaga lo alcanzó y lo lanzó dando vueltas. Con cierto esfuerzo, se mantuvo de pie—. Pero ¿qué cojones te pasa?
—La chica es una amenaza —repitió Kavik—. Debe ser eliminada.
Otra bestia de fuego, el doble de alta que yo, se lanzó a por mí. Invoqué un escudo de luz estelar y puse en él hasta el último resquicio de mi poder.
El puño abrasador de aquel ser atravesó mi defensa.
Me tiré a un lado y sentí el calor de su golpe a un par de dedos de mi rostro.
—¡Thais! —gritó Marx, que trataba de llegar hasta mí. Tres elementales se movieron para interceptarla y la hicieron retroceder, con muros de fuego que llenaron el aire de humo.
Cuando me levanté, todos mis músculos protestaron. Muy dentro de mí sentí aquella fuente de poder a la que Xül me había ayudado a acceder. Llegué hasta ella y tiré del poder con más fuerza que nunca.
Las estrellas me respondieron.
La luz fluyó desde el cielo y se me enroscó alrededor de los brazos, las piernas, el torso… Una segunda piel de fulgor celestial que hizo retroceder a las bestias. Por un instante me sentí invulnerable.
El enorme elemental cargó de nuevo. Y no lo esquivé.
Me enfrenté a él de cara, y mi puño cubierto de estrellas lo golpeó en el mismísimo centro. El impacto provocó una onda de choque que barrió el claro y redujo a astillas los árboles cercanos. La bestia estalló, convertida en una lluvia de chispas y ceniza que cayó sobre la tierra calcinada.
Mi victoria duró dos segundos. Otros tres elementales ocuparon su lugar, y aprendían rápido. Se movieron con precaución para poner a prueba mis defensas.
Me estaba debilitando. La fuente de poder no era inagotable; empezaba a percibir sus límites, y comprendía que la estaba consumiendo a una velocidad espantosa. Cada vez me tenía que esforzar más, cada invocación me costaba más que la anterior.
Aelix, al otro lado del claro, llevaba las de perder. Los ataques de Kavik eran frenéticos, como un incendio que se extendiera fuera de control. Aelix sangraba por una docena de heridas. ¿De verdad Kavik iba a matar a otra Leyenda? ¿Qué demonios estaba pasando?
—La chica es una amenaza —seguía canturreando Kavik, y cada repetición lo arrastraba más y más a un paroxismo de violencia—. Debe ser eliminada. La chica es una amenaza. Debe ser eliminada.
Mi campo visual se empezaba a nublar por los bordes. Al esforzarme para atraer más poder, unos puntos negros me bailaron delante de los ojos.