The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 37. Bestias de fuego
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Capítulo 37. Bestias de fuego

R ecordar mi objetivo me resultó más fácil de lo esperado. Xül no solo se ausentó durante el resto de la tarde: había desaparecido en la Ciudad Eterna varios días atrás, cinco para ser precisos.

El segundo día me llegó una carta: «Volveré pronto. Aelix se encargará de tu entrenamiento». Y eso fue todo. Sin ninguna explicación ni calidez alguna. Solo órdenes.

Me molestaba, y mucho, que con su usencia la Aguja de Hueso pareciese vacía.

Que las sombras me resultasen ajenas si él no salía de ellas.

Sentir la opresión del silencio en los oídos, donde debería estar su voz.

Sin su presencia constante, que me obligaba a concentrarme, me sumía en mis propios pensamientos. Y, por los dioses, eran espantosos.

Los recuerdos me perseguían en la oscuridad.

La sangre de Sulien que teñía el suelo arenoso de la cueva; el instante exacto en que me apartaron de todo lo que conocía; el modo en que mi mundo se había comprimido en un único punto de terror absoluto antes de expandirse en una explosión de caos.

Los monstruos de los Juicios, llenos de articulaciones antinaturales.

El sueño se había convertido en mi enemigo.

Me despertaba sin aliento, con las sábanas empapadas en sudor frío y el sabor metálico del miedo en la lengua.

A veces trataba de conectar con una presencia que no estaba; me olvidaba, en aquellos momentos confusos justo antes de despertar, de que estaba sola.

Aelix se encargaba de mi entrenamiento mientras Xül estaba ausente.

Pobrecillo.

El caos que Marx y yo generábamos parecía multiplicarse en presencia de Aelix.

Se esforzaba, por los dioses que sí, pero gestionaba la autoridad como un niño un espadón que le viniera grande.

Mientras que Xül habría acabado con una rebelión con una simple mirada, las órdenes de Aelix caían en saco roto.

Cada día se lo veía más desesperado, con el rostro más tenso y lleno de arrugas de preocupación.

Había recibido instrucciones de que trabajáramos en mi corona de estrellas.

Logré invocarla sin necesidad de que Aelix me ofreciese ninguna motivación externa, loados fuesen todos los dioses que nos escuchaban.

Supuse que Xül no le había contado cómo consiguió que yo desbloquease ese poder la primera vez.

Su boca en la mía. El calor que me corrió por las venas. El mundo que se redujo hasta que solo existieron sus manos, sus labios, las promesas peligrosas de su cuerpo estrechado contra el mío…

Cerré la puerta a ese recuerdo ante de que se formase, pero mi cuerpo, el muy traidor, se acordaba.

Vaya si se acordaba. Ni siquiera estaba segura de que Xül y yo hubiésemos traspasado una línea.

Los mortales y los inmortales no podían tener relaciones, pero ¿a qué se refería eso?

¿A besarse o a ir más allá? Supuse que lo segundo, dado que lo había hecho sin esconderse, como si retara al mundo a detenerlo.

Al cuarto día, Marx ya había conseguido enloquecer a Aelix.

Cuando estaba a solas con ella, evitaba mencionar los temas que se habían quedado colgados.

Sus padres. Lo que había tenido que revelar en los archivos, mientras que yo había escapado con mis secretos intactos.

Quería hacerle preguntas, pero las palabras se me morían en los labios al ver la angustia que a ratos le ensombrecía las facciones.

No había sido voluntad suya dejar aquella herida a la vista.

Lo mínimo que podía hacer por mi parte era no hurgar en ella.

Pero Marx no era tan circunspecta. La veía lanzarme miradas cargadas de sospecha, que me decían: «Sé que ocultas algo». Porque, claro, todo el mundo lo sabía. Todos me habían visto salir de los archivos sin pagar el precio. Vivía de prestado hasta que sus preguntas me arrinconasen.

Mientras que Xül prefería la brutal honradez de la costa, Aelix se decantaba por los claros del bosque; así que entrenábamos ahí.

En esta ocasión no era diferente. El sol se filtraba entre las densas copas de los árboles y salpicaba el claro con su luz matutina.

Allí, los árboles eran distintos de los de Elaren, más oscuros, más sensibles, con una corteza que parecía latir con vida propia.

A ratos habría jurado que los oía respirar.

Me había acostumbrado a las particularidades de aquel dominio, pero a veces, en los momentos de tranquilidad, la extrañeza de todo aquello me volvía a sorprender y me hacía añorar el lugar al que nunca podría volver.

—Otra vez —ordenó Aelix. Tenía la frente perlada de sudor pese a la fresca brisa matutina—. Y ahora, Marx, intenta no dejar todo el claro agostado con una maldición.

Marx le lanzó una sonrisa llena de dientes y amenazas.

—¿Y perderme la diversión?

Reprimí una sonrisa y traté de hacer acopio de mi poder una vez más.

Me atravesó y se me acumuló en las palmas de las manos, para saltar a continuación y envolverme la cabeza; formó primero unas chispas que luego se transformaron en palpitantes esferas de luz.

Marx, al otro lado del claro, flexionó los dedos y se preparó.

—El objetivo de este ejercicio —explicó Aelix, cuya paciencia estaba a punto de extinguirse— es el control, no la destrucción.

—Qué aburrimiento —murmuró Marx, pero cuadró los hombros de todos modos.

Llevábamos horas con ello. Aelix comenzaba cada sesión cortándose la palma con un arma y dejando que las gotas carmesí cayeran al suelo, donde se hundían y esperaban sus órdenes.

Sus maldiciones provenían de la sangre: de la suya, ofrecida con un propósito, y de las nuestras cuando sangrábamos a causa de las heridas del combate.

Pese a su desesperación, era un excelente profesor, mucho más paciente de lo que jamás sería Xül; nos explicaba la mecánica de la lucha en vez de asumir que la aprenderíamos a base de dolor y fracaso.

—¿Listas? —preguntó. Entornó los ojos dorados y adoptó una pose de combate, con el peso repartido sobre las puntas de los pies.

Asentimos, y Aelix entró en acción.

Apretó la palma ensangrentada contra el suelo y la tierra le respondió.

Unas vetas de color rubí, que latían como una forma de vida maligna, se extendieron formando una telaraña por el suelo.

Dondequiera que tocaban brotaba la sangre, un vapor que se coagulaba y adoptaba formas horribles: serpientes de grumos de sangre, manos de dedos líquidos que trataban de agarrar algo, espinas que lloraban lágrimas escarlata.

Me tiré de lado y sentí el calor de la sangre corrupta muy cerca de la cara.

Levanté las manos, cogí una estrella de mi corona y forjé con ella un escudo de luz estelar que se materializó a la vez que se producía el segundo ataque.

Un latigazo de sangre golpeó el escudo. Con el impacto me vibraron los brazos y me castañetearon los dientes.

Cada vez que la sangre y la luz entraban en contacto, se elevaba un vapor que olía a hierro y a polvo de estrellas.

Marx esquivó y se apartó con agilidad mientras trazaba sutiles dibujos con los dedos.

Yo no veía las maldiciones que lanzaba, pero sí sus efectos.

Aelix se tambaleó al dar un paso y se le torció el tobillo.

Se recuperó con facilidad, pero Marx ya estaba cambiando de postura y moviendo los dedos para formar otro patrón.

Aelix sufrió un calambre en el brazo. Se pasó la espada de una mano a la otra, pero tuve tiempo de ver en sus ojos un fogonazo de irritación. Marx hizo otro gesto y en la nuca de Aelix, donde la maldición había alcanzado la carne, aparecieron ronchas de un rojo vivo.

—Mejor —reconoció Aelix mientras se rascaba el cuello—. Pero predecible.

Se llevó dos dedos a un pequeño corte que tenía en la mejilla, y la gota de sangre se expandió y se transformó en una niebla carmesí que quedó flotando en el aire.

Marx la inhaló antes de poder evitarlo. Cuando la maldición la afectó, le vi abrir mucho los ojos, y sus movimientos se ralentizaron como si estuviese dentro de un tarro de mermelada.

Del suelo brotaron más gotas rojas, y se endurecieron para formar agujas escarlata que flotaron en el aire y me apuntaron.

—Y por eso —comentó Aelix según se acercaba poco a poco— vosotras seguís siendo estudiantes y yo soy una Leyenda.

Sacudió la muñeca y las maldiciones se disolvieron. La sangre se hundió de nuevo en la tierra y solo dejó atrás manchas de color óxido en nuestra ropa y piel. Caí de rodillas, jadeante. Tenía la sensación de que mi sangre fluía muy despacio, de que era algo ajeno a mis venas.

—Presumido —murmuró Marx, inclinada, con las manos en las rodillas. Respiraba con dificultad.

—En el combate no hay otra regla que la supervivencia —corrigió Aelix, que ni siquiera parecía cansado—. Seguro que Xül te ha explicado eso, Thais.

Me erguí y di un respingo; me dolía el hombro, donde había penetrado una maldición.

—Sí, por supuesto. Casi siempre, mientras me hacía tragar la lección a base de golpes con el tope de una espada de entrenamiento.

Aelix se echó a reír.

—Muy propio de él. —Miró el sol de reojo e hizo unos cálculos mentales—. Creo que nos merecemos un descanso. Voy a traer comida de las cocinas.

—Me podría comer un jabalí entero —declaró Marx, y se tumbó en el suelo con los brazos extendidos.

—No, por favor —respondió Aelix, que ya emprendía el camino de vuelta a la Aguja de Hueso—. La última vez que lo intentaste, el personal de cocina se negó a servirte durante una semana.

—Mereció la pena —le gritó Marx mientras él se adentraba entre los árboles.

Nos quedamos unos minutos sentadas para recuperar el aliento.

Del bosque que nos rodeaba nos llegaban ruidos que delataban la vida: pájaros que se llamaban unos a otro con extraños trinos, el roce de animales con demasiadas patas al desplazarse bajo los arbustos.

Era todo muy pacífico, a su manera salvaje y natural.

—Me has estado esquivando —dijo Marx, muy seria.

La miré y fingí no saber de qué hablaba.

—Pero ¿qué dices? Si entrenamos juntas cada día…